El próximo día 10 de Enero de 2010, habría cumplido 130 años, quien viera la luz en Alcalá de Henares, en la calle la Imagen, en la casa frontera con el convento de las Carmelitas y en la cercanía de la casa natal del insigne D. Miguel Cervantes y Saavedra. En la famosa ciudad de los niños mártires, en la célebre Complutum y que también fue la villa del cardenal Cisneros.
El recinto amurallado, la Puerta de Madrid, el monasterio de San Bernardo, el hospital de Antezana, el Colegio de Málaga, la Magistral, la casa de Hypolytus, no solo le vieron deambular y soñar, como también lo haría en el Escorial; como también por las aceras, plazas y costanillas de Madrid, como por buen número de calles y jardines de toda España: La Coruña, Valencia, Bilbao, Barcelona, Granada, Santander y los campos de Castilla, además de su estancia en París.
A pesar de su amor por la literatura, protegido por las musas de las artes y las ciencias, tales como Calíope, Clío, Melpóneme y Talía, que le hicieron destacar con su obra de teatro La Corona y sus libros del Jardín de los frailes o la vida de Valera, que en 1926 obtendría el premio nacional de las letras, entre otras plumas y palabras.
Su íntima pasión fue la regeneración, el progreso y la ilustración de los españoles, motivo por el que se lanzó a la arena política y en su madurez, a los cincuenta y un años obtuvo el entorchado político como Ministro de la Guerra, para poco después y fruto de su elocuente oratoria, con su famoso discurso en Las Cortes donde dijo que “España ha dejado de ser católica”, para señalar la separación entre el Estado y la Iglesia católica, de rancia atadura en la dirección de los asuntos económicos, de orden y de enseñanza, de la vida española desde tiempos inmemoriales, hallar la dirección del gobierno de la IIª República española y en el bienio progresista, de 1931 a 1932, realizar uno de los esfuerzos más destacados, más ingentes, más trascendentes que se hayan conocido en nuestra geografía, ya que desde el Ejército, el Parlamento, la Escuela, la Agricultura y por último el rediseño del Estado español en su forma autonomista, como también en el diseño del futuro Madrid, en el siglo XXI sigamos recogiendo los frutos de sus desvelos y de su visión.
No obstante, a pesar de que la España actual tiene la forma que el ya daba a conocer en sus discursos y que se hizo realidad con la firma del Estatuto de Cataluña en 1932, refrendado en Barcelona con el clamoroso recibimiento que le tributó la ciudadanía en el balcón de la Generalitad y en compañía de Macía, el 22 de septiembre de 1932, donde desde entonces nadie más ha gritado un VIVA ESPAÑA como hicieran los trescientos mil catalanes, que oían su voz desde las calles circundantes, después de haber aclamado con delirio al paso de los parlamentarios españoles.
El Estado, en su forma autonómica. El ejército, con los cuarteles y lugares para ejercicio, caso de El Goloso, Cerro Muriano, Carabanchel. La aviación, con su conocimiento que sería el arma de futuro. La enseñanza, como medio para que España saliera de su secular atraso. Las órdenes religiosas, orientadas a su función espiritual y a desdeñar su influencia política. El periodismo, con sus escritos en la prensa previa a su ascenso político. El Ateneo de Madrid, con su adecuación y orden. La ciudad de Madrid, con su prolongación de La Castellana, los Nuevos Ministerios. El escritor, mediante sus memorias. El insigne y preclaro orador, cuyos discursos son siempre fuente de luz y del dominio de un castellano y de una expresión que nadie ha sido capaz de alcanzar todavía en nuestra actual democracia.
Todo esto, de lo que hoy disfrutamos, que a él le partió el corazón, se lo debemos a D. MANUEL AZAÑA DIAZ, quien a pesar de sus propios designios, y al igual que no fueran respetados los deseos de Isabel la Católica de descansar en lo que hoy es el Parador de San Francisco, como otros muchos españoles; por cuanto le debemos: Cataluña, El Ejército, la Enseñanza, Las Cortes, Madrid y el Estado español de las autonomías, bien merece un gran mausoleo donde descansen sus restos en tierra hispana, donde desde la eternidad, por fin, celebre que su congoja, su lucha, su muerte, han cristalizado en una España que ha sabido perdonarse, vivir en paz y sentirse fraterna en toda su diversidad.
La ciudad de Madrid, que tan sabiamente diseñó y que Indalecio Prieto, como Ministro de Obras Públicas, supo modernizar en su trazado, bien puede dedicarle una monumental estatua en el propio Paseo de la Castellana o en los Montes de El Pardo, o delante del Museo de El Prado, cuya obra la consideró más importante que la República y la Monarquía juntas.
Mientras, quienes como él nos sentimos españoles por los cuatro costados, celebraremos su aniversario sin poderle poner unas flores en su tumba española y seguir recordándole en sus obras y en la esperaza de que dentro de una Monarquía constitucional, no sea muy lejano el día en que definitivamente descanse en suelo español.



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