martes, 10 de febrero de 2026

 


PREMIOS PLANETA 1955-1958, EMILIO ROMERO, EN LA PAZ EMPIEZA NUNCA

Allá por el año 1957, España trataba de salir tibiamente de la ruina que supuso la Guerra Civil y del aislamiento al que había sido sometido el régimen de Franco por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.  Crecían los natalicios, la economía empezaba a desperezarse y pronto Eisenhower rendiría visita en Madrid al Generalísimo, en 1959, antes  el rey Saud, de Arabia Saudita, se aprestaba a viajar a Madrid, mientras Inglaterra declaraba su voluntad de poner Gaza bajo el control de la O.N.U. e Israel mostraba su oposición a que Egipto controlara la franja de Gaza. España, dos años antes, ya había sido felizmente admitida como miembro. Se iban a inaugurar las obras del ferrocarril Madrid Galicia, por Orense y Vigo. Dos obras de Unamuno estaban en el índice de libros prohibidos. Meliá expresaba su decidida apuesta por el turismo. Mientras tanto, en Granada el diario Ideal se vendía al precio de una peseta, el señor arzobispo había bendecido la inauguración del Nevada Palace, ante más de dos mil doscientos invitados y Franco, portando un cirio,  había estado presente delante del altar levantado en el Triunfo en el congreso eucarístico,  con la presencia de más de cuarenta prelados y millares de congresistas, muchos de ellos venidos de otros lugares de España y a Miguel Ríos se le prohibía cantar.

En el número 18 de la calle de Niños Luchando de Granada, a escasos metros de la Universidad que fundara Carlos V, en casa del carpintero Francisco Orero Montoro y María Aguado Moreno, vecinos de las monjas de clausura  de la Encarnación y de la Siervas de María, de la Colegiata, del convento de Santa Paula y el Colegio Mayor de san Bartolomé y Santiago,  cerca de la academia Isidoriana , compartían,  en el cada vez más reducido espacio, apresuradamente unido,  un joven matrimonio, Fernando y Maruja,  con sus cuatro hijos, Fernando, Rosa María, Blanca y Conchi, que como gotas de agua cada año habían venido al mundo, impregnados en ese hogar del olor de la madera y el continuo  ras-ras de la sierra y el cepillo o el suave siseo del  escoplo y el formón, mientras las virutas tapizaban el suelo del taller, a la vez que las voces de los carpinteros, ebanistas y escuálidos clientes, dispuestos siempre a recomponer el apolillado y desvencijado mobiliario y las nuevas escribanías,  pagando poco, o fiado, desfilaban por el patio columnado y el umbral de un porche de bellos azulejos valencianos en busca del maestro.

Era pues una época de esperanza hacia el porvenir, tras la larga noche oscura y de penurias que desde el 36 hasta el año 1945 padecieron los españoles, cuyos disidentes o  republicanos empezaban a salir de las cárceles y de la reeducación, además de un hervidero de familias numerosas en búsqueda de nuevas oportunidades, a veces dentro y, a menudo, en la emigración, válvula ésta que contribuiría a sostener la economía española con el envío de las remesas de los emigrados y evitar las tensiones sociales que ello podría haberle ocasionado al régimen de Franco.

Hecho este largo exordio, nos adentraremos ahora en el premio en sí, el Planeta, que ideara el avispado sevillano José Manuel Lara, emigrado a Barcelona y que supo ver la necesidad cultural, libresca en su caso, de esta nueva sociedad española que podía distraer alguna peseta para adquirir la prensa o un libro, por lo que para ayudar en la difusión de sus publicaciones, en 1952 su editorial  ya había empezado a organizar unos premios. En este año 1957 se otorgaron en Madrid, en los bellos salones del Hotel Palace, y según cuentan, el jurado no tuvo fácil entregar el trofeo, que le sería otorgado al ya consagrado periodista y director  don Emilio Romero (1917-2003), un falangista enormemente comprometido con la apertura del régimen, columnista y famoso director de diarios como la Mañana, Información y Pueblo, al frente del cual estuvo más de veinte años y con una difusión envidiada.

En cuanto a su libro, cuyo título ya adolece de una correcta sintaxis, que sin embargo, La paz empieza nunca, tiene el acierto de ser todavía, en el siglo XXI, un titular muy certero y, posiblemente, una realidad cuando los ecos de la contienda fratricida aún permanecen vivos en la mente de los mismos que vivieron a la sombra de Franco, especialmente sus más relevantes dirigentes socialistas, caso de Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez Castejón.

En esta obra, galardonada con el premio Planeta, Emilio Romero, que ya cuenta con cuarenta años, presenta a un paisano cualquiera, que apellida López, para que sea el protagonista y quien nos relate, tras una primer  invocación hecha  a un texto de Ángel Ganivet, un desesperanzado escritor sobre el devenir de  España, lo que  considere que pasa veinte años después del final de la guerra de 1936, y su conveniencia de recordarlo y del por qué se produjo esa sangrienta confrontación entre hermanos, además de presentar la razón de que se encendiera la mecha que desembocó en una conflagración fratricida, cuando  su autor cree que la convivencia de unos españoles con otros no funcionaba, “Aquí no nos podíamos ver la mitad de la otra mitad. No nos aguantábamos”.

Que le caben dudas sobre el cambio que piden las naciones democráticas para España, lo refrenda cuando nos dice: A mí me parece que el miedo es importante. Hay que tener miedo siquiera otros veinte años más, a ver si nos da tiempo a arreglar con algún valor las cuentas del todo, y a perder definitivamente el miedo al compatriota. Si perdemos el miedo antes de tiempo, creo que volvemos a tirarnos a la garganta.

Cierto es que tuvieron que transcurrir veintiún  años antes de tener la nueva Constitución democrática, y que Franco hubiera fallecido, por lo que su apelación al miedo se vio superada, aunque si aún estuviera entre nosotros en este año 2026, cuando la izquierda desempolva a Franco y la trasnochada corriente comunista de grupúsculos es proclive a consignas y banderías republicanas retrógradas y cainitas, posiblemente haya que convenir con Emilio Romero que la paz empieza nunca.

Pronto hará su presentación López, la historia grandiosa y emocionante de una generación española que lo echó todo a rodar un día con la ilusión de poner este pueblo –amargado por su decadencia, su atraso, su hambre y sus odios- otra vez en pie.

Donde se dice quién es López, su autor sitúa su origen en el pueblo del Viso del Marqués de Santa Cruz, en mitad de la Mancha, la tierra del Quijote por excelencia, frontera con el Despeñaperros y la siempre luminosa y fecunda Andalucía, en una humilde vivienda a unos pasos del famoso palacio que allí levantara el vencedor de Lepanto, el gran estratega marino y capitán general del Mar Océano al servicio de la Corona hispana, el granadino don Álvaro de Bazán y Guzmán, donde comienza su enseñanza y conoce su primer  amor, Paula la Perindola.  Es hijo de una viuda, Nicanora la Flauta, de escaso patrimonio, pero muy hábil para tasar joyas y objetos de valor, muy religiosa y de agraciada figura, por lo que siempre tuvo a su alrededor quienes la pretendieran. La Patria, pues estaba en cada pueblo, que era el mundo conocido, ya que los desplazamientos eran siempre a los alrededores, a pesar de que el tren pasara no lejos y Madrid siempre estuviera en mente de todo aquel que ansiaba un porvenir mejor y conocer más ancho mundo.

Tras abandonar las clases nocturnas de don Rufo, por edad, López se marcha a Madrid, ya que la mayoría de los chicos de su entorno a poco que enreciaban, salían a trabajar al campo o a otros oficios y las chicas no salían de casa o iban a servir por toda la comarca y hasta más lejos, aunque más de la mitad de la población de el Viso no sabían leer.

En cuanto llega a Madrid, a una pensión, en la calle de San Vicente y al precio de cuatro pesetas, de las muchas donde solían cobijarse todos aquellos que llegaban a la capital de España, es el día 14 de abril de 1931 y se acaba de implantar la República. La algarabía callejera todo lo inunda, cantando la Marsellesa y el Himno de Riego, éste  último con una letrilla anticlerical; cubiertos con gorros frigios y portando banderas tricolores, insultando ferozmente a la familia real y a los políticos monárquicos.

Se empezaron a quemar iglesias y conventos, mientras frailes y curas tenían que ocultarse. No se concebía la Monarquía sin aristócratas y terratenientes, ni aparecía la República sin sectarismo y sin Comuna, nos dirá su autor, mientras la Guardia Civil era acusada de defender el orden burgués, que esta guardia no había creado ese orden y que siempre tuvieron el encargo de defender el orden constituido, cualquiera que fuese, aunque éste fuera malo.

La República abrió la mano de las libertades populares, y se fueron haciendo los amos de la calle distintos alborotadores y disconformes, por distintas disconformidades y problemas.

Aun cuando López mantiene una relación epistolar con la Perindola y en vacaciones las pasó con ella y su padre en Alicante, la situación social general es de continuos enfrentamientos callejeros, como Castilblanco, la Villa de don Fadrique y Casas Viejas, hasta alcanzar el mayor paroxismo en 1934, con la revolución de Asturias y la insurrección catalana, tras el cuartelazo fracasado de Sanjurjo en 1932. El general Batet rindió a los catalanes poniéndoles los cañones en las mismas barbas; el general López Ochoa y el teniente coronel Yagüe, éste con las tropas africanas, pacificaron Asturias –donde los revolucionarios habían hecho matanzas de frailes y de adversarios políticos- y desde Madrid dirigía toda la defensa del Poder constituido el general Franco.

Lo que irá induciendo a grandes masas de jóvenes a inscribirse en la recién creada Falange, pues una enorme corriente de la ciudadanía creía que la República que se había proclamado el 14 de abril de 1931 la habían traído los republicanos anticlericales de toda la vida, los radicales, los socialistas, los masones, los extremistas obreros y el sentimiento antimonárquico de los españoles.

En la calle aparecía una fuerza juvenil nueva que no estaba adscrita a los grupos monárquicos ni a las fuerzas conservadoras de Gil Robles ni nada conocido, y tenía como cabezas visibles a José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador general don Miguel Primo de Rivera;  al aviador Ruíz de Alda, que cruzó el Atlántico en los últimos años de la Monarquía en el hidroavión Plus Ultra, asombrando bastante al mundo; a Ramiro Ledesma Ramos, un oficial de Correos, socialista nacional que había fundado la revista La Conquista del Estado en 1931; constituían esta fuerza abogados, escritores, poetas, marqueses, ex comunistas, ex anarquistas, estudiantes y campesinos. Una fuerza política extraña y electrizante, nos dirá don Emilio Romero en boca de López. (Acaso no nos recuerdan estos hechos pasados a lo que en este 2026 viene sucediendo: un Gobierno socialcomunista , un partido Popular que no termina de dejar claro cuál es su apuesta de progreso, justicia e igualdad para todos los españoles, a cuya sombra Vox sigue creciendo, mientras los grupúsculos de izquierda unidos al PSOE sufren el mismo varapalo, y la gran mayoría de la ciudadanía española observa con angustia el fortalecimiento de los separatistas y los etarras, gracias también al blanqueo llevado a cabo por los socialistas necesitados de sus votos para seguir gobernando, con dramáticas incidencias en los transportes y la imposibilidad de emanciparse de los jóvenes,  la carestía de la vida y la dificultad para  encontrar vivienda, amén de una inmigración descontrolada, entre una vergonzosa corrupción y la falta de Presupuesto General, entre otras muchas lacras de un gobierno perverso y mentiroso).

Yo estaba orgulloso de ser español. Me parecía que nuestra historia, en lo anecdótico, en lo particular, estaba llena de cosas grandiosas y de cosas abominables, porque éramos un pueblo muy sanguíneo y muy removido; pero en lo general, por lo que habíamos acumulado alrededor del Mediterráneo, y por lo que habíamos aportado a los otros mares y a las tierras de estos mares, éramos uno de los pueblos más serios del mundo.

Cierto es que tras la pérdida de Cuba, también querían irse Cataluña, Vizcaya y Galicia, y al final, todas las regiones por contagio aludiendo a no sé que de sus respectivas personalidades, como si alguna vez hubieran sido algo de puertas afuera, cuando todas reunidas es lo que había constituido eso que el mundo conoce como español. Es decir: querían dar la marcha atrás. Frente a incorporación, desintegración.

En lo relativo a la sociedad, el tal López y esa generación joven, en su gran mayoría se consideraban solidarios, socialistas sin partido, patriotas con vocación universalista y sin aspiraciones épicas, respetando a la religión católica y devotos de las enseñanzas antiguas.

A todos estos que pensaban así, empezaron a llamarlos fascistas puros (Del mismo modo que hoy el Gobierno de Sánchez y su camarilla llaman a los opositores y críticos de sus tropelías, nada nuevo, pues).

Por lo expuesto anteriormente, López, descuidando un tanto sus estudios y la esperanza de su madre que opositara, termina afiliándose a Falange, además de enamorarse de Lucía, la hija del portero del edificio donde está su pensión, que terminará falleciendo en 1934 tras una hemoptisis, de acudir frecuentemente a las tertulias de los cafés y de rodearse de amigos con las mismas inquietudes políticas que él, cuando los atentados se sucedían y su círculo y él mismo, en la primavera del 36, se dedicaban a dar golpes de fuerza, en represalia a los que también daban los obreros organizados en sindicatos y partidos políticos.

Con el asesinato del político de la oposición Calvo Sotelo, por parte de las fuerzas del orden, en este caso la recién creada Guardia de Asalto, donde figuraban el capitán Condés y el teniente Moreno, autores del hecho material entre su domicilio y las Ventas, se desataron todas las furias y la espoleta para que el 17 de julio gran parte del ejército se sublevara. En Madrid, su íntimo amigo Jorge alcanzará el Cuartel de la Montaña, a donde López y algunos de sus amigos falangistas no lograron sumarse y no tardarían en ser delatados y apresados.

Entregado por Micaela, la fámula de la pensión, que noviaba con Román el jefe de la banda,  perteneciente a la checa de Porras en Pozuelo, en el interior de un convento de frailes, tras el interrogatorio, al anochecer, en las cunetas de los arrabales, eran conducidos por milicianos para ser fusilados, momento este, no lejos del Manzanares, que logrará evadirse, tras saltar el muro que lo separaba del río, huyendo perseguido por un miliciano, que había perdido su fusil en la persecución, y a quien López, con sus manos, terminará ahogando después de una feroz lucha. Exhausto tras la pelea, la carrera y un tiro en el hombro, se despierta en una casa humilde, donde una mujer, Pura, le está limpiando la herida y le alimentará, a pesar de que es pareja de un miliciano y que él, una vez vuelto en sí, no dude en confesarle que es un activista de Falange, pero su juventud y el recuerdo de un primer amor de Pura, de rasgos parecidos a los de López, le salvarán la vida, a pesar de la oposición de su compañero.

Conocedor de las disputas de la pareja en el tálamo por su causa, que podían terminar en su entrega,  y decidido a unirse a los sublevados que se asoman ya por las crestas de la sierra de Guadarrama, convencerá a Pura y Pedro, el compañero y miliciano, para formar parte de su grupo y desdecirse de su afiliación y creencias fascistas.

En la ciudad, mientras tanto, las célebres” brigadas del Amanecer” , de García Atadell, tenebrosas cuadrillas de bandidos nocturnos que se llevaban a las checas millares de fugitivos, joyas, vajillas y todo lo valioso que les viniera a mano.

En Europa, Hitler había triunfado democráticamente y recibido el apoyo entusiasta de las masas, aunque su socialismo y su discurso de recuperar para los alemanes la hegemonía de antaño, terminaría convirtiéndose en una locura desenfrenada y con dos claros enemigos: Gran  Bretaña y los judíos. En Italia, Benito Mussolini, con su sueño de un nuevo César, era el nuevo dux o líder del pueblo. En Rusia, Stalin, un frío, implacable, calculador y táctico comunista, dirigía a los soviéticos.

Comunismo y fascismo eran los dos únicos  movimientos enfrentados. El fascismo tomaba un aire nacional. Hitler y Mussolini eran ideológicamente socialistas, pero al tiempo, como ciudadanos de Alemania y de Italia, respectivamente, afirmaban razones nacionales ulceradas.

Mientras el comunismo arrancaba del proletariado, el fascismo lo hacía de las clases medias. Eran las dos clases empobrecidas por la oligarquía territorial y por la plutocracia industrial. El comunismo, por reclutarse en las capas sociales más bajas y más desesperadas, tenía un idealismo más materialista, más fanático e implacable. El fascismo retenía el idealismo religioso, el freno moral y el refinamiento cultural. El comunismo eligió al fascismo como enemigo más odiado, en lugar de elegir a la oligarquía de la tierra, de la Banca o de la industria, que era todo el antiguo régimen. Al lado de los comunistas se agrupaban republicanos burgueses, viejos liberales, progresistas agnósticos, separatistas y oligarcas industriales. Al lado de los falangistas estaban monárquicos de las varias dinastías pretendientes, republicanos moderados, aristócratas, terratenientes, banqueros y todo el núcleo miitar iniciador y propulsor del Alzamiento.

Las clases altas, las clases medias y un porcentaje de clases populares estaban con el Alzamiento militar; un gran porcentaje de clases populares y otro pequeño de clases medias estaban con la República.

López que ya ha logrado unirse a los sublevados, tras una fortuita estratagema cuando tuvieron la fortuna de apresar a unos soldados del bando contrario, y seguirá combatiendo, ahora con los “nacionales” y frente a los que antes fueron sus compañeros, los milicianos de la República, tanto en el frente de Brunete, como en Teruel y en la misma orilla del Ebro, enfrentado a grandes líderes obreros ahora en el ejército popular, caso de Líster, Juan Modesto, El Campesino y generales como Saravia, Hidalgo de Cisneros o Vicente Rojo, seguirá hablándonos del ambiente social de esos tiempos y su punto de vista sobre los hechos y sucesos, aunque hoy sería muy discutible.

Nunca las revoluciones de los pobres se han propuesto establecer la equidad, sino imponer un relevo en el disfrute de la riqueza. Como a este relevo se oponían los ricos, no quedaba otro remedio que matarlos.

Ávila, Salamanca, Valladolid y Burgos, son las pequeñas capitales castellanas por donde se fueron estableciendo, paulatinamente, la sede y administración del ejército sublevado, por donde López pasará hasta convertirse en alférez y ser condecorado por Franco en un asalto a las posiciones clave de la sierra de Pándols, en un gesto valiente y heroíco.

En el Viso del Marqués, nos dirá, apenas hubo violencias, a pesar de que en Santa Cruz de Mudela y Valdepeñas fueron horribles,  y Nicanora la Flauta, su madre, informada cuando fue apresado por la banda del Porras, creyó que había muerto y se encerró y enlutó, mientras su novia Paula la Perindola, en “la Casa de las Fuentes”, requisada para acoger supuestos enfermos, terminará encamándose con Clodo, un zafio, mujeriego y bandido allí oculto.

Victorioso el ejército nacional, al que López había pertenecido y de regreso a Madrid, se reencontrará y consolará a la que fuera novia de su amigo Jorge, Carmina, a la que le promete casarse cuando regrese de Alemania, a donde piensa acudir para aliarse y seguir combatiendo  el comunismo ruso, después de que un buen día, el ministro Ramón Serrano Súñer, tras  el estallido de la segunda guerra mundial, desde el balcón de la sede de Falange en la calle Alcalá de Madrid, ante millares de jóvenes españoles, declaró que Rusia era culpable y una inmediata recluta de falangistas se puso en marcha voluntariamente para acudir al frente ruso como la División Azul, donde dejarían la vida muchos de ellos o terminarían cautivos en campos de concentración, los famosos gulags.

Carmina y él se casarán y empezará para López su vida de burgués empleado en el Ayuntamiento, con la llegada de dos hijos, sus tertulias en la cafetería Zahara en la Gran Vía, con el recuerdo presente de los compañeros que quedaron enterrados en las estepas rusas, las tertulias sobre el toreo de Manolete, el fútbol, la escasez, el fraude, la especulación y los dueños del haiga que hacen muestras de su escandalosa ostentación.

Políticamente, el General Franco presidía un Régimen constituido por los tres grandes grupos políticos que se sumaron al Alzamiento: los monárquicos –con sus varias tendencias dinásticas, la derecha católica o Democracia cristiana y la Falange. Existía una unidad teórica o sobre el papel agrupada en torno al prestigio imponente de Franco, pero prácticamente se advertían las viejas fronteras de los grupos, en una España aislada políticamente. Mientras los vencedores de la guerra colgaban en Nüremberg a los vencidos.

López nos describe la situación social de esa España, sujeta a la improvisación, la austeridad, la prostitución,  el hambre, el estraperlo y el mercado negro para sobrevivir, mientras los propietarios rurales habían vuelto a sus fincas  y trataban con insolencia a los desgraciados que sobrevivieron a la guerra, tras la imponente manifestación en la Plaza de Oriente, un 9 de diciembre de 1946, que aclamaba a Franco, asediado desde Nueva York por las naciones vencedoras que querían un cambio para el Régimen de Franco, al que don Juan, el hijo heredero de Alfonso XIII, declaró en Lausanne en 1945, que estaba inspirado en los sistemas totalitarios de los países del Eje, y que el Caudillo debía de marcharse, añadiendo: “No incito a nadie a la rebelión, pero quiero recordar a aquellos que apoyan al actual sistema político, la inmensa responsabilidad que contraen contribuyendo a prolongar una situación que conduce inevitablemente al país a una catástrofe”.

La guerra civil tenía que ser sólo el sacrificio para haber podido llegar al entendimiento; su resultado no podía ser una bandera para que los vencedores la restregaran todos los días por los morros de los vencidos, ni para que los derrotados estuvieran en la obligación de esperar el momento de la venganza.

El Madrid donde López fija su residencia, tiene ahora dos hijos y también acoge a su madre, ve a unos habitantes que tratan de recuperarse, disfrutar de un domingo en el campo, las vacaciones subidos al tren botijo que les conduce a las playas de san Juan en Alicante o celebran un nuevo año brindando con champán y tomando las doce uvas entre amigos y vecinos, mientras el reloj de la Puerta del Sol da las doce campanadas.

Estos pobladores quisieron meter mano en una España atrasada, empobrecida, comida de envidia (porque estaba todo mal repartido)estructurado en castas, y hasta donde era indecente y famoso que los poetas y los maestros –la gran aristocracia del espíritu- fueran unos muertos de hambre.

El maquis, aquellos españoles exiliados y dispuestos a formar guerrillas en España para derribar a Franco, empezaron su acción a través de los Pirineos, por lo que el Régimen puso en marcha su contraofensiva, tanto policial como de espionaje y militar, para lo que contaban con furcias que desde la lujosa cafetería Pidoux, en el centro de Madrid, ofrecían información a Gobernación, o eran utilizadas para la diversión de los visitantes exteriores, principalmente árabes y empresarios americanos, entre las que López, contratado para infiltrarse en el maquis, descubrirá a la que fuera su novia en El Viso, la Pildoain , empleada de Charo la Pava, la celestina y empresaria que contrataba mujeres para extranjeros. .

Tras su bautismo de sangre en el maquis, en la cordillera cantábrica, donde también se ve forzado a matar a un guardia civil para no delatarse en su impostura, en un alijo de armas, cuando éstas van a ser entregadas a las distintas guerrillas reunidas en Asturias, logra entregarlos, a pesar de que Dóriga, el maquis que facilitó su entrada y que conoció en la cárcel buscando ganarse su confianza, logra eludir el cerco policial y se presenta en Madrid para asesinar a Laura, la primer novia de López y que se dedicaba a denunciar y facilitar la quema de los guerrilleros.

Vuelve a su casa, con Carmina que le esperaba, a sus rutinas habituales, a su tertulia del Zahara y a su propósito de que lo que tenemos que responder es de lo que hagamos y no de lo que recordemos. Para hacer cosas que dejen en buen lugar a nuestro pueblo, ahora que queremos ir hacia arriba, la paz empieza nunca.

En conclusión, este libro premiado con el Planeta del año 1957 hace un repaso sobre los acontecimientos previos a la Guerra Civil, a los acontecimientos bélicos, como también al desenlace del maquis, de un hombre que, aunque militó en Falange, entró en este movimiento juvenil animado por la voluntad del cambio en una España, cuya historia y pasado es grandioso, pero que se hundía en la miseria y el atraso.

Su lectura, ahora en este siglo XXI y en el año 2026, cuando en España un gobierno socialista tiene actitudes y modos autocráticos, cada día que pasa tiene menor respaldo social y se sigue sosteniendo en el poder gracias al voto de separatistas y del partido que fundara el grupo terrorista ETA, Bildu, como al chantaje permanente del mismo PSC y el PNV, llegando hasta negar su voto al Secretario General del PSOE, un venerable líder socialista y ex Presidente de Gobierno como Felipe González, tras casos vergonzosos de corrupción y un grave accidente ferroviario de la línea Ave en Adamuz, con 47 fallecidos, junto al paulatino crecimiento de un partido de la extrema derecha como Vox y la disposición de la izquierda para unirse en un reaparecido Frente Popular, de tan amargo recuerdo para los españoles, sirve para concienciarnos que en España, una vez más, volvemos a cometer iguales equivocaciones que antaño y caer en los mismos errores de una época luctuosa y funesta, que creíamos superada y olvidada, pero cuyo fantasma parece reaparecer por las mismas fuerzas contendientes que en el 31 tampoco supieron entenderse ni guiar al país en los mejores derroteros.

 

 

 

 

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