PREMIOS PLANETA 1955-1958, EMILIO
ROMERO, EN LA PAZ EMPIEZA NUNCA
Allá por el año 1957, España
trataba de salir tibiamente de la ruina que supuso la Guerra Civil y del
aislamiento al que había sido sometido el régimen de Franco por los vencedores
de la Segunda Guerra Mundial. Crecían
los natalicios, la economía empezaba a desperezarse y pronto Eisenhower
rendiría visita en Madrid al Generalísimo, en 1959, antes el rey Saud, de Arabia Saudita, se aprestaba a
viajar a Madrid, mientras Inglaterra declaraba su voluntad de poner Gaza bajo
el control de la O.N.U. e Israel mostraba su oposición a que Egipto controlara
la franja de Gaza. España, dos años antes, ya había sido felizmente admitida
como miembro. Se iban a inaugurar las obras del ferrocarril Madrid Galicia, por
Orense y Vigo. Dos obras de Unamuno estaban en el índice de libros prohibidos. Meliá
expresaba su decidida apuesta por el turismo. Mientras tanto, en Granada el
diario Ideal se vendía al precio de una peseta, el señor arzobispo había
bendecido la inauguración del Nevada Palace, ante más de dos mil doscientos
invitados y Franco, portando un cirio,
había estado presente delante del altar levantado en el Triunfo en el
congreso eucarístico, con la presencia
de más de cuarenta prelados y millares de congresistas, muchos de ellos venidos
de otros lugares de España y a Miguel Ríos se le prohibía cantar.
En el número 18 de la calle de
Niños Luchando de Granada, a escasos metros de la Universidad que fundara
Carlos V, en casa del carpintero Francisco Orero Montoro y María Aguado Moreno,
vecinos de las monjas de clausura de la
Encarnación y de la Siervas de María, de la Colegiata, del convento de Santa
Paula y el Colegio Mayor de san Bartolomé y Santiago, cerca de la academia Isidoriana , compartían,
en el cada vez más reducido espacio, apresuradamente
unido, un joven matrimonio, Fernando y
Maruja, con sus cuatro hijos, Fernando,
Rosa María, Blanca y Conchi, que como gotas de agua cada año habían venido al
mundo, impregnados en ese hogar del olor de la madera y el continuo ras-ras de la sierra y el cepillo o el suave
siseo del escoplo y el formón, mientras
las virutas tapizaban el suelo del taller, a la vez que las voces de los
carpinteros, ebanistas y escuálidos clientes, dispuestos siempre a recomponer
el apolillado y desvencijado mobiliario y las nuevas escribanías, pagando poco, o fiado, desfilaban por el
patio columnado y el umbral de un porche de bellos azulejos valencianos en
busca del maestro.
Era pues una época de esperanza
hacia el porvenir, tras la larga noche oscura y de penurias que desde el 36
hasta el año 1945 padecieron los españoles, cuyos disidentes o republicanos empezaban a salir de las
cárceles y de la reeducación, además de un hervidero de familias numerosas en búsqueda
de nuevas oportunidades, a veces dentro y, a menudo, en la emigración, válvula
ésta que contribuiría a sostener la economía española con el envío de las
remesas de los emigrados y evitar las tensiones sociales que ello podría
haberle ocasionado al régimen de Franco.
Hecho este largo exordio, nos
adentraremos ahora en el premio en sí, el Planeta, que ideara el avispado
sevillano José Manuel Lara, emigrado a Barcelona y que supo ver la necesidad
cultural, libresca en su caso, de esta nueva sociedad española que podía
distraer alguna peseta para adquirir la prensa o un libro, por lo que para ayudar
en la difusión de sus publicaciones, en 1952 su editorial ya había empezado a organizar unos premios. En
este año 1957 se otorgaron en Madrid, en los bellos salones del Hotel Palace, y
según cuentan, el jurado no tuvo fácil entregar el trofeo, que le sería
otorgado al ya consagrado periodista y director don Emilio Romero (1917-2003), un falangista
enormemente comprometido con la apertura del régimen, columnista y famoso
director de diarios como la Mañana, Información y Pueblo, al frente del cual
estuvo más de veinte años y con una difusión envidiada.
En cuanto a su libro, cuyo título
ya adolece de una correcta sintaxis, que sin embargo, La paz empieza nunca, tiene el acierto de ser todavía, en el siglo
XXI, un titular muy certero y, posiblemente, una realidad cuando los ecos de la
contienda fratricida aún permanecen vivos en la mente de los mismos que
vivieron a la sombra de Franco, especialmente sus más relevantes dirigentes
socialistas, caso de Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez Castejón.
En esta obra, galardonada con el
premio Planeta, Emilio Romero, que ya cuenta con cuarenta años, presenta a un
paisano cualquiera, que apellida López, para que sea el protagonista y quien nos
relate, tras una primer invocación
hecha a un texto de Ángel Ganivet, un
desesperanzado escritor sobre el devenir de España, lo que considere que pasa veinte años después del
final de la guerra de 1936, y su conveniencia de recordarlo y del por qué se
produjo esa sangrienta confrontación entre hermanos, además de presentar la
razón de que se encendiera la mecha que desembocó en una conflagración fratricida,
cuando su autor cree que la convivencia
de unos españoles con otros no funcionaba, “Aquí
no nos podíamos ver la mitad de la otra mitad. No nos aguantábamos”.
Que le caben dudas sobre el
cambio que piden las naciones democráticas para España, lo refrenda cuando nos
dice: A mí me parece que el miedo es
importante. Hay que tener miedo siquiera otros veinte años más, a ver si nos da
tiempo a arreglar con algún valor las cuentas del todo, y a perder
definitivamente el miedo al compatriota. Si perdemos el miedo antes de tiempo,
creo que volvemos a tirarnos a la garganta.
Cierto es que tuvieron que
transcurrir veintiún años antes de tener
la nueva Constitución democrática, y que Franco hubiera fallecido, por lo que
su apelación al miedo se vio superada, aunque si aún estuviera entre nosotros
en este año 2026, cuando la izquierda desempolva a Franco y la trasnochada
corriente comunista de grupúsculos es proclive a consignas y banderías
republicanas retrógradas y cainitas, posiblemente haya que convenir con Emilio
Romero que la paz empieza nunca.
Pronto hará su presentación
López, la historia grandiosa y
emocionante de una generación española que lo echó todo a rodar un día con la
ilusión de poner este pueblo –amargado por su decadencia, su atraso, su hambre
y sus odios- otra vez en pie.
Donde se dice quién es López, su autor sitúa su origen en el pueblo
del Viso del Marqués de Santa Cruz, en mitad de la Mancha, la tierra del
Quijote por excelencia, frontera con el Despeñaperros y la siempre luminosa y
fecunda Andalucía, en una humilde vivienda a unos pasos del famoso palacio que
allí levantara el vencedor de Lepanto, el gran estratega marino y capitán
general del Mar Océano al servicio de la Corona hispana, el granadino don
Álvaro de Bazán y Guzmán, donde comienza su enseñanza y conoce su primer amor, Paula la Perindola. Es hijo de una viuda, Nicanora la Flauta, de escaso patrimonio, pero
muy hábil para tasar joyas y objetos de valor, muy religiosa y de agraciada
figura, por lo que siempre tuvo a su alrededor quienes la pretendieran. La
Patria, pues estaba en cada pueblo, que era el mundo conocido, ya que los
desplazamientos eran siempre a los alrededores, a pesar de que el tren pasara
no lejos y Madrid siempre estuviera en mente de todo aquel que ansiaba un
porvenir mejor y conocer más ancho mundo.
Tras abandonar las clases
nocturnas de don Rufo, por edad, López se marcha a Madrid, ya que la mayoría de
los chicos de su entorno a poco que enreciaban, salían a trabajar al campo o a
otros oficios y las chicas no salían de casa o iban a servir por toda la
comarca y hasta más lejos, aunque más de la mitad de la población de el Viso no
sabían leer.
En cuanto llega a Madrid, a una
pensión, en la calle de San Vicente y al precio de cuatro pesetas, de las
muchas donde solían cobijarse todos aquellos que llegaban a la capital de
España, es el día 14 de abril de 1931 y se acaba de implantar la República. La
algarabía callejera todo lo inunda, cantando la Marsellesa y el Himno de Riego,
éste último con una letrilla
anticlerical; cubiertos con gorros frigios y portando banderas tricolores,
insultando ferozmente a la familia real y a los políticos monárquicos.
Se empezaron a quemar iglesias y
conventos, mientras frailes y curas tenían que ocultarse. No se concebía la Monarquía sin aristócratas y terratenientes, ni
aparecía la República sin sectarismo y sin Comuna, nos dirá su autor,
mientras la Guardia Civil era acusada de defender el orden burgués, que esta
guardia no había creado ese orden y que siempre tuvieron el encargo de defender
el orden constituido, cualquiera que fuese, aunque éste fuera malo.
La República abrió la mano de las libertades populares, y se fueron
haciendo los amos de la calle distintos alborotadores y disconformes, por
distintas disconformidades y problemas.
Aun cuando López mantiene una
relación epistolar con la Perindola y en vacaciones las pasó con ella y su
padre en Alicante, la situación social general es de continuos enfrentamientos
callejeros, como Castilblanco, la Villa de don Fadrique y Casas Viejas, hasta
alcanzar el mayor paroxismo en 1934, con la revolución de Asturias y la
insurrección catalana, tras el cuartelazo fracasado de Sanjurjo en 1932. El general Batet rindió a los catalanes
poniéndoles los cañones en las mismas barbas; el general López Ochoa y el
teniente coronel Yagüe, éste con las tropas africanas, pacificaron Asturias
–donde los revolucionarios habían hecho matanzas de frailes y de adversarios
políticos- y desde Madrid dirigía toda la defensa del Poder constituido el
general Franco.
Lo que irá induciendo a grandes
masas de jóvenes a inscribirse en la recién creada Falange, pues una enorme
corriente de la ciudadanía creía que la
República que se había proclamado el 14 de abril de 1931 la habían traído los republicanos
anticlericales de toda la vida, los radicales, los socialistas, los masones,
los extremistas obreros y el sentimiento antimonárquico de los españoles.
En la calle aparecía una fuerza juvenil nueva que no estaba adscrita a
los grupos monárquicos ni a las fuerzas conservadoras de Gil Robles ni nada
conocido, y tenía como cabezas visibles a José Antonio Primo de Rivera, hijo
del dictador general don Miguel Primo de Rivera; al aviador Ruíz de Alda, que cruzó el
Atlántico en los últimos años de la Monarquía en el hidroavión Plus Ultra,
asombrando bastante al mundo; a Ramiro Ledesma Ramos, un oficial de Correos,
socialista nacional que había fundado la revista La Conquista del Estado en
1931; constituían esta fuerza abogados, escritores, poetas, marqueses, ex
comunistas, ex anarquistas, estudiantes y campesinos. Una fuerza política
extraña y electrizante, nos dirá don Emilio Romero en boca de López. (Acaso
no nos recuerdan estos hechos pasados a lo que en este 2026 viene sucediendo:
un Gobierno socialcomunista , un partido Popular que no termina de dejar claro
cuál es su apuesta de progreso, justicia e igualdad para todos los españoles, a
cuya sombra Vox sigue creciendo, mientras los grupúsculos de izquierda unidos
al PSOE sufren el mismo varapalo, y la gran mayoría de la ciudadanía española
observa con angustia el fortalecimiento de los separatistas y los etarras,
gracias también al blanqueo llevado a cabo por los socialistas necesitados de
sus votos para seguir gobernando, con dramáticas incidencias en los transportes
y la imposibilidad de emanciparse de los jóvenes, la carestía de la vida y la dificultad para encontrar vivienda, amén de una inmigración
descontrolada, entre una vergonzosa corrupción y la falta de Presupuesto
General, entre otras muchas lacras de un gobierno perverso y mentiroso).
Yo estaba orgulloso de ser español. Me parecía que nuestra historia, en
lo anecdótico, en lo particular, estaba llena de cosas grandiosas y de cosas
abominables, porque éramos un pueblo muy sanguíneo y muy removido; pero en lo
general, por lo que habíamos acumulado alrededor del Mediterráneo, y por lo que
habíamos aportado a los otros mares y a las tierras de estos mares, éramos uno
de los pueblos más serios del mundo.
Cierto es que tras la pérdida de
Cuba, también querían irse Cataluña, Vizcaya y Galicia, y al final, todas las
regiones por contagio aludiendo a no sé que de sus respectivas personalidades, como si alguna vez hubieran sido algo de
puertas afuera, cuando todas reunidas es lo que había constituido eso que el
mundo conoce como español. Es decir: querían dar la marcha atrás. Frente a
incorporación, desintegración.
En lo relativo a la sociedad, el
tal López y esa generación joven, en su gran mayoría se consideraban
solidarios, socialistas sin partido, patriotas con vocación universalista y sin
aspiraciones épicas, respetando a la religión católica y devotos de las
enseñanzas antiguas.
A todos estos que pensaban así,
empezaron a llamarlos fascistas puros (Del
mismo modo que hoy el Gobierno de Sánchez y su camarilla llaman a los
opositores y críticos de sus tropelías, nada nuevo, pues).
Por lo expuesto anteriormente,
López, descuidando un tanto sus estudios y la esperanza de su madre que
opositara, termina afiliándose a Falange, además de enamorarse de Lucía, la
hija del portero del edificio donde está su pensión, que terminará falleciendo
en 1934 tras una hemoptisis, de acudir frecuentemente a las tertulias de los
cafés y de rodearse de amigos con las mismas inquietudes políticas que él,
cuando los atentados se sucedían y su círculo y él mismo, en la primavera del
36, se dedicaban a dar golpes de fuerza, en represalia a los que también daban
los obreros organizados en sindicatos y partidos políticos.
Con el asesinato del político de
la oposición Calvo Sotelo, por parte de las fuerzas del orden, en este caso la
recién creada Guardia de Asalto, donde figuraban el capitán Condés y el
teniente Moreno, autores del hecho material entre su domicilio y las Ventas, se
desataron todas las furias y la espoleta para que el 17 de julio gran parte del
ejército se sublevara. En Madrid, su íntimo amigo Jorge alcanzará el Cuartel de
la Montaña, a donde López y algunos de sus amigos falangistas no lograron
sumarse y no tardarían en ser delatados y apresados.
Entregado por Micaela, la fámula
de la pensión, que noviaba con Román el jefe de la banda, perteneciente a la checa de Porras en Pozuelo,
en el interior de un convento de frailes, tras el interrogatorio, al anochecer,
en las cunetas de los arrabales, eran conducidos por milicianos para ser
fusilados, momento este, no lejos del Manzanares, que logrará evadirse, tras
saltar el muro que lo separaba del río, huyendo perseguido por un miliciano,
que había perdido su fusil en la persecución, y a quien López, con sus manos,
terminará ahogando después de una feroz lucha. Exhausto tras la pelea, la
carrera y un tiro en el hombro, se despierta en una casa humilde, donde una
mujer, Pura, le está limpiando la herida y le alimentará, a pesar de que es
pareja de un miliciano y que él, una vez vuelto en sí, no dude en confesarle
que es un activista de Falange, pero su juventud y el recuerdo de un primer
amor de Pura, de rasgos parecidos a los de López, le salvarán la vida, a pesar
de la oposición de su compañero.
Conocedor de las disputas de la
pareja en el tálamo por su causa, que podían terminar en su entrega, y decidido a unirse a los sublevados que se
asoman ya por las crestas de la sierra de Guadarrama, convencerá a Pura y
Pedro, el compañero y miliciano, para formar parte de su grupo y desdecirse de
su afiliación y creencias fascistas.
En la ciudad, mientras tanto, las
célebres” brigadas del Amanecer” , de García Atadell, tenebrosas cuadrillas de
bandidos nocturnos que se llevaban a las checas millares de fugitivos, joyas,
vajillas y todo lo valioso que les viniera a mano.
En Europa, Hitler había triunfado
democráticamente y recibido el apoyo entusiasta de las masas, aunque su
socialismo y su discurso de recuperar para los alemanes la hegemonía de antaño,
terminaría convirtiéndose en una locura desenfrenada y con dos claros enemigos:
Gran Bretaña y los judíos. En Italia,
Benito Mussolini, con su sueño de un nuevo César, era el nuevo dux o líder del
pueblo. En Rusia, Stalin, un frío, implacable, calculador y táctico comunista,
dirigía a los soviéticos.
Comunismo y fascismo eran los dos
únicos movimientos enfrentados. El fascismo tomaba un aire nacional. Hitler
y Mussolini eran ideológicamente socialistas, pero al tiempo, como ciudadanos
de Alemania y de Italia, respectivamente, afirmaban razones nacionales
ulceradas.
Mientras el comunismo arrancaba del proletariado, el fascismo lo hacía
de las clases medias. Eran las dos clases empobrecidas por la oligarquía
territorial y por la plutocracia industrial. El comunismo, por reclutarse en
las capas sociales más bajas y más desesperadas, tenía un idealismo más
materialista, más fanático e implacable. El fascismo retenía el idealismo
religioso, el freno moral y el refinamiento cultural. El comunismo eligió al
fascismo como enemigo más odiado, en lugar de elegir a la oligarquía de la
tierra, de la Banca o de la industria, que era todo el antiguo régimen. Al lado
de los comunistas se agrupaban republicanos burgueses, viejos liberales,
progresistas agnósticos, separatistas y oligarcas industriales. Al lado de los
falangistas estaban monárquicos de las varias dinastías pretendientes,
republicanos moderados, aristócratas, terratenientes, banqueros y todo el
núcleo miitar iniciador y propulsor del Alzamiento.
Las clases altas, las clases medias y un porcentaje de clases populares
estaban con el Alzamiento militar; un gran porcentaje de clases populares y
otro pequeño de clases medias estaban con la República.
López que ya ha logrado unirse a
los sublevados, tras una fortuita estratagema cuando tuvieron la fortuna de
apresar a unos soldados del bando contrario, y seguirá combatiendo, ahora con
los “nacionales” y frente a los que antes fueron sus compañeros, los milicianos
de la República, tanto en el frente de Brunete, como en Teruel y en la misma
orilla del Ebro, enfrentado a grandes líderes obreros ahora en el ejército
popular, caso de Líster, Juan Modesto, El Campesino y generales como Saravia,
Hidalgo de Cisneros o Vicente Rojo, seguirá hablándonos del ambiente social de
esos tiempos y su punto de vista sobre los hechos y sucesos, aunque hoy sería
muy discutible.
Nunca las revoluciones de los pobres se han propuesto establecer la
equidad, sino imponer un relevo en el disfrute de la riqueza. Como a este
relevo se oponían los ricos, no quedaba otro remedio que matarlos.
Ávila, Salamanca, Valladolid y
Burgos, son las pequeñas capitales castellanas por donde se fueron
estableciendo, paulatinamente, la sede y administración del ejército sublevado,
por donde López pasará hasta convertirse en alférez y ser condecorado por
Franco en un asalto a las posiciones clave de la sierra de Pándols, en un gesto
valiente y heroíco.
En el Viso del Marqués, nos dirá,
apenas hubo violencias, a pesar de que en Santa Cruz de Mudela y Valdepeñas
fueron horribles, y Nicanora la Flauta,
su madre, informada cuando fue apresado por la banda del Porras, creyó que
había muerto y se encerró y enlutó, mientras su novia Paula la Perindola, en
“la Casa de las Fuentes”, requisada para acoger supuestos enfermos, terminará
encamándose con Clodo, un zafio, mujeriego y bandido allí oculto.
Victorioso el ejército nacional,
al que López había pertenecido y de regreso a Madrid, se reencontrará y
consolará a la que fuera novia de su amigo Jorge, Carmina, a la que le promete casarse
cuando regrese de Alemania, a donde piensa acudir para aliarse y seguir
combatiendo el comunismo ruso, después
de que un buen día, el ministro Ramón Serrano Súñer, tras el estallido de la segunda guerra mundial,
desde el balcón de la sede de Falange en la calle Alcalá de Madrid, ante
millares de jóvenes españoles, declaró que Rusia era culpable y una inmediata
recluta de falangistas se puso en marcha voluntariamente para acudir al frente
ruso como la División Azul, donde dejarían la vida muchos de ellos o
terminarían cautivos en campos de concentración, los famosos gulags.
Carmina y él se casarán y
empezará para López su vida de burgués empleado en el Ayuntamiento, con la
llegada de dos hijos, sus tertulias en la cafetería Zahara en la Gran Vía, con
el recuerdo presente de los compañeros que quedaron enterrados en las estepas
rusas, las tertulias sobre el toreo de Manolete, el fútbol, la escasez, el
fraude, la especulación y los dueños del haiga
que hacen muestras de su escandalosa ostentación.
Políticamente, el General Franco presidía un Régimen constituido por
los tres grandes grupos políticos que se sumaron al Alzamiento: los monárquicos
–con sus varias tendencias dinásticas, la derecha católica o Democracia
cristiana y la Falange. Existía una unidad teórica o sobre el papel agrupada en
torno al prestigio imponente de Franco, pero prácticamente se advertían las
viejas fronteras de los grupos, en una España aislada políticamente. Mientras
los vencedores de la guerra colgaban en Nüremberg a los vencidos.
López nos describe la situación
social de esa España, sujeta a la improvisación, la austeridad, la
prostitución, el hambre, el estraperlo y
el mercado negro para sobrevivir, mientras los propietarios rurales habían
vuelto a sus fincas y trataban con
insolencia a los desgraciados que sobrevivieron a la guerra, tras la imponente
manifestación en la Plaza de Oriente, un 9 de diciembre de 1946, que aclamaba a
Franco, asediado desde Nueva York por las naciones vencedoras que querían un
cambio para el Régimen de Franco, al que don Juan, el hijo heredero de Alfonso
XIII, declaró en Lausanne en 1945, que estaba inspirado en los sistemas
totalitarios de los países del Eje, y que el Caudillo debía de marcharse,
añadiendo: “No incito a nadie a la rebelión, pero quiero recordar a aquellos
que apoyan al actual sistema político, la inmensa responsabilidad que contraen
contribuyendo a prolongar una situación que conduce inevitablemente al país a
una catástrofe”.
La guerra civil tenía que ser sólo el sacrificio para haber podido
llegar al entendimiento; su resultado no podía ser una bandera para que los
vencedores la restregaran todos los días por los morros de los vencidos, ni
para que los derrotados estuvieran en la obligación de esperar el momento de la
venganza.
El Madrid donde López fija su
residencia, tiene ahora dos hijos y también acoge a su madre, ve a unos
habitantes que tratan de recuperarse, disfrutar de un domingo en el campo, las
vacaciones subidos al tren botijo que les conduce a las playas de san Juan en
Alicante o celebran un nuevo año brindando con champán y tomando las doce uvas
entre amigos y vecinos, mientras el reloj de la Puerta del Sol da las doce
campanadas.
Estos pobladores quisieron meter mano en una España atrasada,
empobrecida, comida de envidia (porque estaba todo mal repartido)estructurado
en castas, y hasta donde era indecente y famoso que los poetas y los maestros
–la gran aristocracia del espíritu- fueran unos muertos de hambre.
El maquis, aquellos españoles
exiliados y dispuestos a formar guerrillas en España para derribar a Franco,
empezaron su acción a través de los Pirineos, por lo que el Régimen puso en
marcha su contraofensiva, tanto policial como de espionaje y militar, para lo
que contaban con furcias que desde la lujosa cafetería Pidoux, en el centro de
Madrid, ofrecían información a Gobernación, o eran utilizadas para la diversión
de los visitantes exteriores, principalmente árabes y empresarios americanos,
entre las que López, contratado para infiltrarse en el maquis, descubrirá a la
que fuera su novia en El Viso, la Pildoain , empleada de Charo la Pava, la
celestina y empresaria que contrataba mujeres para extranjeros. .
Tras su bautismo de sangre en el
maquis, en la cordillera cantábrica, donde también se ve forzado a matar a un
guardia civil para no delatarse en su impostura, en un alijo de armas, cuando
éstas van a ser entregadas a las distintas guerrillas reunidas en Asturias,
logra entregarlos, a pesar de que Dóriga, el maquis que facilitó su entrada y
que conoció en la cárcel buscando ganarse su confianza, logra eludir el cerco
policial y se presenta en Madrid para asesinar a Laura, la primer novia de
López y que se dedicaba a denunciar y facilitar la quema de los guerrilleros.
Vuelve a su casa, con Carmina que
le esperaba, a sus rutinas habituales, a su tertulia del Zahara y a su
propósito de que lo que tenemos que
responder es de lo que hagamos y no de lo que recordemos. Para hacer cosas que
dejen en buen lugar a nuestro pueblo, ahora que queremos ir hacia arriba, la
paz empieza nunca.
En conclusión, este libro
premiado con el Planeta del año 1957 hace un repaso sobre los acontecimientos
previos a la Guerra Civil, a los acontecimientos bélicos, como también al
desenlace del maquis, de un hombre que, aunque militó en Falange, entró en este
movimiento juvenil animado por la voluntad del cambio en una España, cuya
historia y pasado es grandioso, pero que se hundía en la miseria y el atraso.
Su lectura, ahora en este siglo
XXI y en el año 2026, cuando en España un gobierno socialista tiene actitudes y
modos autocráticos, cada día que pasa tiene menor respaldo social y se sigue
sosteniendo en el poder gracias al voto de separatistas y del partido que fundara
el grupo terrorista ETA, Bildu, como al chantaje permanente del mismo PSC y el
PNV, llegando hasta negar su voto al Secretario General del PSOE, un venerable
líder socialista y ex Presidente de Gobierno como Felipe González, tras casos
vergonzosos de corrupción y un grave accidente ferroviario de la línea Ave en
Adamuz, con 47 fallecidos, junto al paulatino crecimiento de un partido de la
extrema derecha como Vox y la disposición de la izquierda para unirse en un
reaparecido Frente Popular, de tan amargo recuerdo para los españoles, sirve
para concienciarnos que en España, una vez más, volvemos a cometer iguales
equivocaciones que antaño y caer en los mismos errores de una época luctuosa y
funesta, que creíamos superada y olvidada, pero cuyo fantasma parece reaparecer
por las mismas fuerzas contendientes que en el 31 tampoco supieron entenderse
ni guiar al país en los mejores derroteros.

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