ÉMILE VERHAEREN. CONTES
DE MINUIT Y BÉCQUER
Tras leer Contes de Minuit del poeta belga, en lengua francesa, Émile
Verhaeren (Sint-Amands, Flandes, Bélgica, 1856-Ruan, Francia, 1916), trae al
lector de inmediato a la memoria la lectura de las Rimas y Leyendas de Gustavo
Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836-Madrid, 1870), por lo que trataremos de acercar a
estos dos poetas que, por lo menos, tuvieron común sus profundas raíces
flamencas familiares, la religión y de una manera particular la observación de
la vida y su propio entorno geográfico y social.
Émile Verhaeren, ciertamente que
es un poeta en el que la prosa rimada domina la liturgia de la poesía en sí y
muestra un sentimiento optimista de la vida, también en Les Ailes rouges de la Guerre (sobre la primera Guerra mundial) como
el avance y el progreso que, en su joven nación, Bélgica, acababa de independizarse en 1830, sin que por
ello en su visión no decaiga el cuadro
de la vida y los hechos que ha conocido desde niño en ese ambiente de
abundantes ríos y una tierra plana, enormemente fructífera y de una burguesía
opulenta, como de tierras grasas y de generosos frutos, que conservan la
religión católica como una importante posesión, que los españoles con los
Tercios de Flandes y Juan de Austria, como el Duque de Alba, trataron de
conservar para los belgas frente al avance luterano y, posterior, flujo
calvinista.
Contes de minuit, o Cuentos de medianoche, cuenta con tres títulos
y tres historias: Conte gras, Cuento
graso o feraz, que sucede a Ernest Vincks en Amberes, quien disfruta de una
casa repleta de pinturas que le recuerdan siempre su vida de glotonería, por lo
que de ella no acostumbra a salir, aunque un cuadro de un Cristo flaco y
raquítico, en una dependencia vecina, enfrentado al salón de su lujuriosa vida,
sus pinturas murales terminan por derretirse y caerle encima a Vincks una grasa
que todo lo envuelve. Decidido a poner fin a esta angustia y convencido que las
francachelas de sus techos y sus kermesses
flamencas poco se entienden con ese
Cristo enjuto, que termina por arrojarlo del salón, romper la tela y,
convencerse que la delgadez de aquel Cristo nunca sería compatible con las carnes
de las criaturas de los techos y paredes del salón junto a la variedad de
comistrajes mostrados en el salón, volviendo todo a su anterior tranquilidad. Noél en Flandre (Navidad en
Flandes) veinticuatro de diciembre en Flandes, donde todos y cada uno de
aquellos pueblos consideran que San José, la Virgen y el Niño Jesús, encuentran
su belén por estas tierras nevadas y frías, justo a partir de las doce de la
noche, en que cada año la fiesta de la natividad se hacía realidad. À l’Éden (En el Edén). Terminada
la función teatral en el Edén, y desalojada la concurrencia, el teatro,
repentinamente, vuelve a tomar vida con los acróbatas fantasmales, con músicas
y malabaristas espectrales, en un aquelarre de breve duración y que,
finalmente, hizo que todos los intervinientes volvieran a sus nichos y que por
los pasillos el doctor Vellini y su entorno le siguieran respetuosamente en la
oscuridad.
Tras los Cuentos de
Medianoche, escribirá cuentos cortos, llamados Autres Nouvelles. Con historias como una Venus que nace del fuego y
en una modesta fundición, Visite à
fonderie d’art. Le sigue: Noël en
Flandre (Navidad en Flandes) y después Noël flamand (Navidad flamenca) son
el relato de la fuerza de la Navidad y la creencia católica en los Países
Bajos, que un día defendieron los españoles en pro de sus habitantes belgas,
donde el día de la Epifanía, un pobre Toone Vinck, junto a un famélico asno que
desde la lejana España, y por diversas manos, había sido regalado a un mendigo
de esos pueblos del norte flamenco, quienes de costumbre organizaban cantos,
vestimenta y fiesta para recordar la llegada de los Reyes Magos, en un teatro
que a él le reportará grandes ganancias y sueños de riquezas futuras que, sin
embargo, tras esa noche en la que él y su familia pervirtieron el ancestral y
humilde fiesta, recogiendo grandes dádivas, encuentran a la mañana siguiente al
borrico muerto, por lo que, como el cuento de la lechera, todos sus sueños se
desvanecieron después del desfile por las calles de los distintos pueblos
flamencos y la estrella que ondeaba una de sus hijas, mientras en todos y cada
uno de esos pueblos se disputaban a quien el honor de albergar el nacimiento.
Atrás quedó el saludo deToone y su felicitación: Nieuwe jaarke zoeten,
Ons verken heef vier voeten;
Vier
voeten en eene steert,
Is dat geene wafel weert?
Le travailler étrange, el autor se convierte en el directo testigo y narrador de un trabajador de
ideas extrañas, transformarse en uno más de las figuras del carrillón que se
asoman a la plaza desde el reloj de la iglesia. En el funebre attelage (Fúnebre carreta, en el pueblo de Opdorp, où
les pompes fúnebres étaient riches, lors de la foire du village, una carreta
llevará la muerte entre sus vecinos, recuerdo que nunca se extinguirá. En el
incendio o L’incendie, la
iglesia se quema y su párroco no muestra preocupación alguna, ni quiere que se
le moleste, salvo cuando toda ella es arrasada, el sacerdote se dirigió al
tabernáculo, cubierto de sus hábitos dorados, contento de decir la misa y que
la misa se celebrara como siempre, una vez recuperadas las sagradas formas. À la recherche de son âme (En busca
de su alma) Tielbeek Bruidschap se percata que ha perdido su alma y que
debe buscarla por todas parte para así bien morir, ayudado de los consejos del
cura del pueblo y después de recorrer todo el Escalda, donde iba a pescar, en
mitad del río le volvió a aparecer. Proficiat!
En la buena muerte, La bonne mort, la historia es
bastante cruda y muestra de la soledad y la antipatía mutua de dos hermanos
tras la muerte del padre, quienes terminan, el uno al otro, envenenándose para
acabar con el suplicio de vivir bajo el mismo hogar familiar. En las tres
amigas (Les trois amies) es la
historia de tres amigas, ya mayores, que estuvieron enamoradas del mismo chico,
pero que nunca se atrevieron a manifestar su amor y que, ya en la vejez, se
percatan cómo perdieron la ocasión y que las tres tenían el mismo sueño. La villa close, (Mansión cerrada)
donde las dos hijas de un terrateniente protegidas en exceso, que la envidia
ciudadana y el tiempo sirvieron de chismorreo para considerar al padre
incestuoso, cuando no era cierto, y a las jóvenes, por ello, muertas solas, a
pesar de su belleza y la riqueza que poseían. Atteindre cent ans (Alcanzar cien años), en el aniversario
de las bodas de plata de uno de sus hijos, la abuela, a falta de dos años para
ser centenaria, con perfecta salud y memoria, celebra anticipadamente que ella
también podrá festejar pronto su aniversario, lo que, desgraciadamente, no
podrá ser así, pues fallecerá en ese día festivo y con ese sueño de cumpleaños
propio y de un siglo de vida.
En Un réveil (un despertar) es la historia de una pesadilla y
en Le plus précieux des cinq sens (El
más valioso de los cinco sentidos) de cómo un hombre se vacía los ojos
tratando desentir lo mismo que el ciego que debajo de su ventana cantaba.
En su viaje a España, en compañía
del pintor Regoyos, a la revista a la que acostumbraba a enviar sus relatos,
Verhaeren ideará Un soir (Una noche) sobre
miedos injustificados por encontrarse solo en una posada de San Sebastián. Les arènes de Haro (El coso de
Haro) donde un Tancredo hace frente a un toro, vestido totalmente de blanco y
sin moverse y en Á Saint Sébastien (A
San Sebastián), la historia más trágica, el torero, que comparte
estancia con Émile y Regoyos, en compañía de su esposa, es lanceado por el toro
de esa corrida y fallece, rumor de muerte que a través de las calles llegará a
la pensión donde esposa y huésped, Vicenta, rezaban ante un crucifijo, el mismo
que la ya viuda embadurnará de la sangre del toro y que Vicenta, la dueña de la
pensión y fuertemente devota, limpiará con sus lágrimas.
Hecho este humilde esbozo del
singular libro de Verhaeren contando breves historias, de profundo sentido
social y religioso, propio de su raigambre flamenca y católica, con el poeta
español del modernismo, Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla1836-Madrid, 1870), nos
tomaremos la libertad de buscar algunos paralelismos, aunque sólo sea porque ambos
portan en sus genes un pasado profundamente flamenco, ya que los antepasados de
Bécquer, allá por el siglo XVI, cuando los Tercios de Flandes estaban presentes
en Flandes, sus ancestros vinieron a establecerse en Sevilla.
Si Bélgica es ahora una joven
nación, acaba de independizarse de Holanda el año 1830, España es muy antigua y
todavía un imperio, aunque decadente. En aquel norte los ferrocarriles y la
implantación de nuevas y potentes industrias es todo un aliento positivo que
influye en ese essor o auge de la
nueva monarquía, dispuesta incluso a convertirse en un estado colonial.
Desfilan con ese propósito político Leopoldo I (1831-1865), Leopoldo II
(1865-1909) y Alberto I (1909-1934), siendo frontera de dos potencias, un tanto
mal avenidas entre sí, como Prusia y Francia. El imperio alemán no se unificará
hasta el año 1871, ya muerto Bécquer.
Mientras eso acontece en Bélgica,
España sigue teniendo posesiones en ultramar, cuenta con una economía fuertemente
rural y en política el liberalismo es predominante, en una cultura
tradicionalista y enormemente influenciada por la Iglesia, por lo que las
luchas políticas y la inestabilidad gubernamental son constantes, además de
intervenciones militares en Marruecos (año 1859) y en el Pacífico (1862-1866),
en una frecuente agitación revolucionaria, a pesar de la Regencia de Serrano,
la Monarquía de Amadeo, la Primera República
y la restauración borbónica con Alfonso XII (1857-1885).
Toda esa inestabilidad social y
política la sufrirá Gustavo Adolfo y su hermano Valeriano, pintor, al que
estuvo siempre muy unido el escritor, en el que predomina el romanticismo de
Larra, Espronceda, Duque de Rivas y Zorrilla, a quienes la tuberculosis acecha,
haciendo muy inestable la economía de sus vidas.
A pesar de todo ello, Gustavo Adolfo
escribirá rimas y leyendas que, tras su muerte y el trabajo para dar a conocer
su obra de sus amigos, muestran la gran maestría de su inventiva, su prosa y su
poesía, de una riqueza y sinfonía que, ciertamente solo en el Sur podía
adquirirse y que la misma naturaleza le reconoció, cuando el mismo día de su
muerte, en Madrid, un eclipse de sol quiso amortajar la luz y apagarse para tan
gran poeta.
Diecinueve años separan al sevillano
del flamenco, que desconocemos si tuvo noticia alguna del español, quien en sus
leyendas del Monte de las ánimas, con ese enamorado que se va al monte y entre
lobos buscar la guirnalda perdida de su amada; Maese Pérez el organista, que en
un modesto convento sevillano, ciego, es capaz, en la misa del Gallo o de
Nochebuena, sacar a un viejo órgano sones celestiales y en El rayo de luna, por
la medieval Soria, entre sus calles y puentes, creer encontrar la belleza de
una mujer, cuando sólo era un rayo de luna, que le devolverá la cordura, sumido
como estaba en la locura.
De su poesía, queda para la
historia y el arte:
¿Qué es poesía?, dices
mientras clavas
en mi pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo
preguntas?
Poesía…eres tú
Volverán las oscuras
golondrinas
de tu balcón sus nidos a
colgar
y otra vez con el ala a sus
cristales
Jugando llamarán.
Una mujer me ha envenenado el
alma
otra mujer me ha envenenado el
cuerpo.
Ninguna de las dos vino a
buscarme;
yo de ninguna de las dos me
acuerdo,
Dos grandes poetas a quienes,
en una época cercana, gritaron con letras amargas y sonoras por una humanidad
más fraterna, el belga, y con el “corazón partío”, como la copla, el español,
por el amor de una mujer y la belleza.
Uno y otro, sin embargo,
conservan en su obra el atavismo de sus antepasados y el acervo de una cultura,
que con la espada y la cruz, alcanzo Le
plat pays y las dunas del Mar del Norte desde una Sevilla abierta a Oriente
y Occidente.