MONSTRUOS DE COVADONGA, DE
CARLOS CARO
Cierto es que estamos hechos de
estereotipos y cuando por el paseo central de la Carrera de la Virgen, en
Granada, durante la Feria del libro de este 2026, desde una de las primeras casetas, a unos pasos de la Fuente de las
Granadas, sentía que me asaltaba un
joven de brazo derecho tatuado y que inquiría mi opinión sobre Asturias, si la
conocía, me resultó un tanto extraño y que se dirigía a mí el clásico comercial,
dispuesto a vender su mercancía, por lo que me dejé atrapar en su red por no
estropear su natural disposición vendedora, cuando resultó ser el autor del
libro que allí tenían expuesto, a saber: Monstruos de Covadonga, pues era el
mismo escritor novel quien lo promocionaba, como aquellos novilleros de mi
infancia pidiendo una oportunidad en las puertas de la Plaza de Toros, en la
Avenida de los Andaluces, y tras una breve sinopsis de que versaba sobre una
aventura detectivesca acaecida en Asturias, más concretamente a los pies del
templo de Covadonga, en el concejo de Cangas de Onís, ideada por un granadino,
decidí su compra, pues estimulaba a su creador, y bien sabía yo por mi libro de
Azaña lo difícil que es ponerlo al alcance del lector, me resultaba extraño que
un granadino se hubiera inspirado por aquellos lejanos, montuosos lares, de
nuestra Reconquista.
Una vez que he podido leerlo,
debo confesar que me ha sorprendido gratamente, es ameno, sin grandes alardes
literarios, muy cinematográfico, con ese ir y venir de los años, o feedback que dicen emplear los
anglosajones, un tanto sorprendente por introducir como colaborador necesario
en los crímenes de unas chicas, pues los hay, al sacerdote que custodia la
Basílica de Covadonga, y el eterno móvil criminal del sexo, el poder y el
dinero, como la víctima propiciatoria para que sea fácil cargarle el muerto, nunca mejor dicho, de los
asesinatos y el eterno reloj del tiempo, que a pesar de los años, termina
desvelando secretos que parecían estar bien guardados, como la necesaria
corrupción del inspector con mando en plaza.
Muy bien editado el libro, por lo
que es de esperar que Editorial y Autor vuelvan a trabajar juntos, la una
haciendo un óptimo trabajo de maquetación e impresión, el escritor, produciendo
una nueva novela, quizás más cercana, en marco geográfico como La Alpujarra,
que también da mucho juego por su aislamiento, lo inhóspito y sus antiguas
leyendas o los mismos jardines de la Alhambra, por donde, según Washington
Irving, todavía, en las noches de los Difuntos, los duendes se pasean por el
palacio de Dar al Horra o el mismo Carmen
de los Catalanes, y qué decir de la Puerta de Siete Suelos, en cuyas
profundidades los soldados moros siguen haciendo guardia de los tesoros allí
escondidos.
Enhorabuena al autor, Carlos Caro
y mucho ánimo para un nuevo trabajo, nunca fácil cuando uno ve el borrador de
la primer página y en la mente está pergeñado completamente el libro.











