LA VIRGEN DE LOS DOLORES Y
NUESTRO PADRE JESÚS DEL RESCATE
Dedicado
a mi amigo Antonio Uribe Contreras
Corrían los albores de los años
sesenta, un martes en la Semana Santa, en la calle de Niños Luchando número
18, el ajetreo había sido incesante, no
sólo en el taller de la carpintería donde el maestro Paco, su hijo, los
oficiales y el aprendiz desde el amanecer se aprestaban a llevar a la iglesia
de San Antón las herramientas necesarias y últimos detalles para concluir con
los arreglos del palio de la Virgen de los Dolores que esa tarde noche desfilaría por las calles de Granada, a cuya
Dolorosa tan devota era la familia Gómez de las Cortinas desde la época de la
Guerra Civil española, mientras que don Ramón y Pérez de Herrasti, además de
Hermano mayor y gran benefactor, lo era de Nuestro Padre Jesús del Rescate, que
desde la iglesia de la Magdalena, sede primigenia de ambas hermandades de
Penitencia haría su aparición, un día antes por las calles.
En la casa, mientras tanto, la abuela María y la nuera Maruja, después del cuidadoso planchado, han colgada de una lámpara, la túnica blanca con capillo del mismo color y la cruz
de San Andrés bordada en rojo, que vestirá Fernando, el hijo del carpintero, a
su lado, la sotana infantil roja y la
sobrepelliz blanca que lucirá el nieto, Fernandito, que él por vez primera,
quizás la única, desfile por las calles de Granada, poco consciente a esa edad
de que aquel bello rostro de mujer cuyas lágrimas resbalan por su faz, tiene en
sus manos los tres clavos de Cristo, le rodea el pelo una hermosa diadema y en
el pecho le cuelga el escudo del Tercio de los Requetés, mientras todo el palio
y el manto de la Virgen son de color
salmón.
A aquel chiquillo de Niños
Luchando, en la procesión, le hubiera
gustado ir vestido de capirote, como los mayores, o ser
quien ondeara el incensario y fuera todo
el camino envuelto en la nube de humo aromático de la mirra, de sándalo o de
palo de santo, como hacía otro monago, pero a él le tocaba llevar dentro de una
caja el incienso, que de vez en cuando surtiría al del incensario.
De regreso al templo, tras la larga y cansada caminata, las músicas y las saetas, irrumpen los
gritos de ¡Arriba España!, el brazo alzado y la camisa azul, de quienes
esperaban en la calle formando semicírculo, un tanto exaltados, el retorno de la comitiva, luciendo en el
pecho las insignias del yugo y las flechas; ponían una nota de zozobra a las
monjas capuchinas y a los antiguos Requetés bajo las túnicas, con algún cirio
que otro roto, se oían las imprecaciones y blasfemias, mientras los gritos del
capataz trataban de que los costaleros guardaran el equilibrio necesario para
que ni los candelabros de cola, la peana de la Virgen, las jarras y los varales
del palio no sufrieran daño alguno en su entrada a la iglesia, desguarnecida de
bancos a esa hora de medianoche, en
semioscuridad, donde un Ave María y aquel Por
Dios, por la Patria y el Rey/Lucharon nuestros padres/Por Dios, por la Patria y
el Rey/Lucharemos nosotros también, éste sotto voce, entonarían buena parte
de los presentes. Entre tanto, tras las rejas las miradas inquietas y
expectantes de las monjas del convento, observando angustiadas el bullicio
imperante y el codiciado final.
Allí quedaría el abuelo, los
oficiales carpinteros y el aprendiz que le acompañaron con una escalera a
cuestas durante la procesión, cuidando que ninguna rama de un árbol, la esquina
de un balcón o el tendido eléctrico suspendido, se interpusiera en el desfile
magistral de la Virgen de los Dolores, de madrugada tenían que apresurarse a
desmantelar el palio, que todo el atrezo ornamental volviera a los cofres donde
se guardaría hasta otro año y quedara tan solo el esqueleto, como el de aquella
ballena del cuento, en la osamenta fría y desnuda del simple entramado de
madera.
En la memoria de aquel chavea de Niños Luchando, lejos queda ya
ese rezo espontáneo de un Ave María en el vacío y la oscuridad de la Iglesia de San Antón, que parecía
alzarse desde lo más profundo de aquellos hermanos y saltaba quejumbroso a la
garganta de cuantos se arremolinaban en torno a la Dolorosa, que pronto sería despojada
apresuradamente de todo su esplendor y
que quizás había podido felizmente, una vez al año, pasear su dolorida mirada
por Granada, antes de volver a un rincón desolado y desamparado de donde seguir
anhelando volver a vestir sus mejores galas y, de nuevo, año tras año, por
Semana Santa, pasearse con sus dolores a cuestas por la mirada de los
granadinos de ayer, de hoy y de siempre.
Si la Virgen de los Dolores
fue la predilecta de la rama matriarcal de los Contreras Pérez de Herrasti y Gómez De las Cortinas,
Nuestro Padre Jesús del Rescate, lo fue de don Ramón Contreras y Pérez de
Herrasti y de Francisca Pérez de Herrasti, quienes hicieron grandes desembolsos
en el broche, sedas y túnica bordada en oro que visten la imagen de un Cristo
apresado por las manos, que ya sabe que
está próximo su final en esta tierra.
Por la orilla del Darro, a los
pies de la Alhambra y la Torre la Vela, en ese pasillo por donde el aire parece
arrastrar los transparentes copos de nieve de las cumbres de la Sierra y
hacerse presente cada año por estas fechas,
cual diablillo encantado, de
madrugada, de regreso a Niños Luchando, por calle Alhóndiga, Placeta de la
Trinidad, calle Silencio, Escuelas, Plaza de la Universidad y Plaza de la
Encarnación, el frío y la humedad parecen llenar el espacio y el trasunto de
los pasos como el silencio de padre e hijo, quien cada uno de los dos ya en la
memoria albergarán posiblemente para siempre, desde esa madrugá, uno de sus últimos paseos solitarios por aquella
adormecida y trágica Granada a la que pronto tendrían que decirle adiós para…
casi siempre.
En este año 2026, el Señor del
Rescate y la Virgen de los Dolores, el uno desde la iglesia de la Magdalena y
la Virgen desde San Pedro y San Pablo, su tercer nuevo hogar, a los pies de los
baluartes de la Alhambra y en la ribera del aurífero Darro, habrán desfilado
por las calles de Granada un Lunes santo, una vez más aquel chiquillo de Niños
Luchando se habrá quedado con las ganas de verlos pasear por su ciudad natal,
aunque en su mente sigue latente, cuando sus sienes blanquean y el Ocaso parece
vislumbrarse en el horizonte, aquel martes en el que fue testigo y actor
privilegiado de la majestuosa obra teatral y espiritual que Granada, cada
primavera, suele alumbrar, cuando el arte, el fervor, la pasión y la esperanza,
toman posesión de las calles de Granada y un viento frío la envuelve como un
sudario, aunque hoy el jolgorio, el folclore y las lámparas de los móviles, las
mismas redes sociales, se apoderen de un
pasado de recogimiento y sueños infantiles ya lejanos.







