UN MILLÓN DE MUERTOS, DE JOSÉ Mª
GIRONELLA
En 1954, el ampurdanés José María
Gironella, tras su exitosa y premiada novela de los Cipreses creen en Dios,
hasta el año 1960, se lanzó a la aventura de escribir lo que fue la guerra
civil desde la óptica de los vecinos de Gerona y, principalmente, desde el
protagonismo de la familia Alvear, titulando su nueva obra Un millón de muertos, empezando por una aclaración que él consideró
indispensable, en el que nos anuncia que se trata de una trilogía, que empezó
en las postrimerías de la República y que finalizará en Ha estallado la paz.
En esta novela y tras la dedicatoria a todos los muertos de la Guerra Española de 1936 a 1939 , los distintos capítulos en que la divide: Primera
Parte, del 30 de julio al 1 septiembre de 1936; Segunda Parte, del 1 de
septiembre al 31 de marzo de 1937; Tercera Parte, del 31 de marzo de 1937 al 25
de diciembre de 1937; Cuarta Parte, del 25 de diciembre de 1937 al 1 de abril
de 1939 y el Censo de Personajes, es todo un alegato a la barbarie que España
sufrió por parte de los dos bandos que, sin ningún recato, llevaron a cabo una
sangrienta disputa, unas veces por cuestiones ideológicas, otras por
sentimiento religioso, en otras por envidia, frustración y un odio lacerado que
se había apoderado de la gran mayoría, sin que, no obstante, hubiera compuerta
alguna que lo pudiera frenar, pues parecía engendrado desde lo más profundo del
ser humano, como, quizás, de esa misma tierra dura y seca, en la que el
campesino, desde tiempo inmemorial, con su arado arcaico trató de obtener los frutos que luego un
terrateniente se apropiaba.
En la Primera Parte, su autor nos
va desgranando cómo los Generales Franco, desde Canarias; Queipo de Llano, en
Sevilla; Emilio Mola con sus Requetés y desde Pamplona; Sanjurjo, en Portugal o
Goded en Barcelona y Moscardó, entonces Coronel, en el Alcázar de Toledo, entre otros, han
iniciado el Golpe que será conocido como el Alzamiento.
Y de qué manera apresurada, tras el puente entre las posesiones españolas
de África y Cádiz, el ejército colonial español, ayudado por la aviación
italiana que enviara como voluntarios Mussolini,
irá subiendo por la Ruta de la Plata hacia Badajoz, que pronto conquistan,
destino Madrid, al igual que desde el Norte, el movimiento militar trata de
hacer lo mismo, converger hacia la capital.
No hay referencia alguna al
asesinato de Calvo Sotelo, bastante a las arengas radiofónicas desde Sevilla de
Queipo, como también la muestra de la inoperancia del gobierno republicano en
detener a los rebeldes, por lo que
sabremos que Lo malo de la política es
que los hombres dejan de ser sólo hombres y pasan a ser hombres con leyenda, muy
a menudo desafortunada y negra, cometiendo actos que los hacían irreconciliables.
No en todo el territorio nacional
cuajó el levantamiento militar, tanto es así que en las grandes ciudades y
centros industriales fracasó, como en Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga,
Bilbao, por lo que en uno y otro lado la
represión fue despiadada, caso de Granada, donde se destacaron varios
individuos: el Comandante Valdés Guzmán y fuerzas falangistas, también por
parte gubernamental, García Atadell, en Madrid; Aurelio Fernández, en Barcelona
y Vicente Apellániz, en Valencia, éste último alardeando que había matado
tantos fascistas “que podía encender un pitillo en la boca del fusil”.
García Atadell sólo asesinaba a
burgueses, militares y curas, en tanto que en Barcelona, Aurelio Fernández
fusilaba también a rivales suyos políticos e incluso a policías de la
Generalidad. En Atarazanas ordenó una riza contra los maquereaux y se decía que en sus “cárceles particulares” se
ensayaban métodos de suplicio. ¡Las checas!, el vocablo empezaba a hacerse
popular, lo había en Barcelona en la calle Muntaner, 321, bajo control
comunista, en cuyas paredes habían sido dibujados varios tableros de ajedrez,
así como figuras geométricas a todo color, que causaban a los detenidos crisis
nerviosas.
En Gerona, las “checas” estaban
al mando de Cosme Vila, personaje comunista de ficción en la novela, que lo
tenía en la calle Pedret, otra en el Barrio de la Estación.
Además de las checas y de las
cárceles estrambóticas, había las cárceles normales, de plantilla, como las
Modelo de Madrid y Barcelona.
Trato aparte lo merecían los
“chivatos”, los milicianos desconocidos enviados allí , fingiéndose presos. Los
llamaban “submarinos”.
Tres clases de reclusos componían
el elenco interno: militares, civiles y de delitos comunes.
También se hablaba de batallones
de trabajadores, o brigadas de trabajo con los presos. Cinco estaban en
territorio “rojo”. Tres en Cataluña, uno en Tarancón y otro en Torrejón.
Cierto es que todos y cada uno de
los capítulos de esta novela, dentro de su intento de mostrar cierta
ecuanimidad y denuncia de los atropellos fueran de quienes fueran, es visto
desde el prisma de la rebelión, aún en esa Gerona del lado de la República, los
disidentes, como es la familia Alvear y su entorno, declarados falangistas o
proclives a los rebeldes, caso de Mateo, Ignacio, Matías Alvear, su esposa,
Pilar, Marta y otro puñado de vecinos, por lo que tendrán que cruzar la
frontera o intentar pasarse al otro bando, sobre todo tras el asesinato de
César a manos de los milicianos, que era un seminarista e hijo de Matías y Carmen
Elgazu, hermano de Ignacio y Pilar.
Indalecio Prieto, socialista y
Ministro, diría que lo que más miedo le daba en este mundo era un requeté
después de comulgar, y no le faltaban razones, pues pronto conquistaron San
Sebastián, alcanzaron la frontera de Irún y se lanzaron contra Madrid, siendo
detenidos por los milicianos en la sierra del Guadarrama, a las puertas de la
capital, mientras Yagüe, Teniente Coronel, ayudado también por Portugal, pronto
ocupó todo el Este, unido a los militares procedentes de Galicia, comandados
por el Coronel Antonio Aranda.
La F.A.I., con las columnas de
Ortiz, Ascaso y con Durruti a la cabeza, desde Barcelona, lanzaron a todos sus
confederados para intentar recuperar Zaragoza, tras la entrega de armamento al
pueblo por parte del Presidente de Gobierno Giral, el 19 de julio de 1936,
después de que el 18 de julio Casares Quiroga y Martínez Barrio fracasaran en
su intento de detener el Golpe de Estado, en conversación telefónica mantenida
con el General Mola.
No gran fortuna tuvieron los
anarquistas por las carreteras, caminos y pueblos de Aragón. Ascaso lo hizo
hacia Huesca, Ortíz hacia Teruel, mientras que Pérez Farrás y Durruti se
dirigieron objetivo Zaragoza.
Ascaso era poco hablador,
bastante singular, con unos prismáticos enormes y negros, que habían
pertenecido al Abad de Montserrat. Durruti, además de odiar a los comunistas,
parecía una verdadera torre humana, ya en Barcelona y en el Sur de España,
contaba con innumerables seguidores, que en esta ofensiva hacia Zaragoza amplió
otorgando a sus fieles vales para una
dormida con una mujer fascista y asesinando a mujeres atacadas de
enfermedad y homosexuales que estaban dentro de un vagón en vía muerta de una
estación de ferrocarril, en Bujaraloz, mientras un almeriense, Sidonio de
nombre, que había visto en un circo a una mujer-cañón y se empeñaba que lo
disparasen a él como a la mujer del circo. “Caeré sobre los fascistas y ¡zas!”
Pocos admitían la posibilidad de
una larga lucha y cada bando daba por descontado su victoria, cuando el clima
de guerra todo lo absorbía y se sucedían los decretos militares, uno de ellos
ordenando el saludo oficial en adelante, el puño cerrado a la altura de la
sien, o para los que llevaran fusil, el puño cerrado en medio del pecho.
En los puertos abundaban los
buques-prisión, como el Villa de Madrid y el Uruguay, en Barcelona; el España
número 3, en Cartagena; el Sister en Gijón; los Altuna-Medi y Cabo Quilates, en
Bilbao; el Isla de Menorca, en el Grao, etc. En Almería, los presos tenían que
salir a cubierta para hacer sus necesidades y los milicianos de vigilancia en
los muelles se mofaban de ellos y las milicianas los observaban con
prismáticos.
Excluyendo la comida agusanada,
los mayores tormentos solían ser el hedor de las letrinas y el sueño en voz
alta de algunos detenidos durante la noche.
En Barcelona dos fuerzas
anarquistas se disputaban el control del proletariado, siendo la FAI la que
supo incautarse pronto de los servicios capitales: Teléfonos, Espectáculos,
Tranvías y el Palacio de Justicia. Las
fuerzas políticas de la Generalidad, a cuya cabeza estaba Companys, habían
perdido la hegemonía, aunque con ellos estaban los masones, la Guardia Civil,
Esquerra republicana, una pequeña porción de militares, también el POUM,
socialistas, comunistas, Trotsquistas, los milicianos, enemigos todos de la
Iglesia, la CEDA, la Liga catalana, los monárquicos y la Falange de José
Antonio Primo de Rivera, encarcelado en Alicante.
Si Mussolini inició la ayuda a
los rebeldes, con el envío de los aviones que hicieron posible cruzar el
Estrecho cargados de soldados de la legión y fuerzas moras, Hitler procuraría
convertir a España en un campo de experimentación bélica, mientras que Stalin,
por el contrario, trataba de lanzar a las democracias occidentales contra
Hitler y muy pronto ayudando a la República con técnicos en armamento,
material, a menudo obsoleto y comisarios de guerra, dispuestos a hacer
prosélitos y que la “gran Casa, Moscú”, fuera quien ordenaba la respuesta que
había que darle a los fascistas.
Stalin y sus asesores sabían bien
que su catecismo soviético era imposible que se asentara en España, por nuestro
pasado histórico, la cultura y las gentes, a la vez que Azaña siempre fue
consciente de que los españoles eran antirrepublicanos, razón del mismo
lenguaje y las expresiones populares: comer
en república, sinónimo de comer abundante y mal, o esas otras empleadas por
los ateos de UGT: pagar religiosamente la
cuota. También lo pintoresco de que las prostitutas de Barcelona fundaban
el “Sindicato del Amor”, o que tres jefes del Estat Català tiraran a las
Ramblas, desde una azotea, como si fueran papeles, un montón de Hostias
consagradas y que un nacionalista vasco, que no podía comulgar porque
inadvertidamente había comido pan con chocolate, salió de la iglesia y,
llevándose los dedos a la garganta, se provocó el vómito. Entre estos ejemplos
o ese otro: “¿Qué tal amigo, qué hace usted aquí?”, y la contestación: “matando
el tiempo”, los rusos tenían claro que aquel país lejano de Occidente, también
era una buena piedra de toque para medir sus fuerzas, su organización comunista
y ayudar a su incipiente industria armamentística, bien pagada por el oro
español, cuyos depósitos en ese momento eran de los tres más importantes del
mundo.
El 6 de agosto, Franco se
trasladó de Tetuán a la Península, aterrizó en el aeródromo de Sevilla, para
tomar personalmente a su cargo el mando de las tropas en busca de la “unidad”,
esa misma que carecía el ejército popular. De Canarias salió el 17 de julio,
habiendo hecho escala en Casablanca y, al parecer, disfrazado de mora para
pasar inadvertido. La muerte de Sanjurjo, en accidente al despegar su avión,
dejaba en sus manos y las de Mola la responsabilidad de las operaciones y de la
organización de la retaguardia. Conquistada la ciudad de Huelva, la columna del
Sur proseguía su avance por la frontera de Portugal, en tanto que las unidades
que bajaban del Norte, estaban detenidas en Somosierra y en lo alto del
Guadarrama, por los comunistas y socialistas salidos de Madrid. Mola tras
alcanzar Irún, cortó al enemigo su comunicación con Francia por Hendaya.
Frente a los rebeldes, el
Gobierno republicano disponía de unos cuantos jefes competentes, entre los que
destacaba el general Miaja y los coroneles Villalba, Rojo y Mangada.
En Gerona su población vivió
pendiente de todos los acontecimientos gracias a la radio, la prensa y el rumor
público. Supo de la condena a muerte y ejecución, previo Consejo de Guerra, de
los militares sublevados en Barcelona, y de las reiteradas tentativas de
suicidio del general Goded. Supo del fusilamiento y voladura del monumento al Sagrado Corazón de Jesús erguido en el
Cerro de los Ángeles, en el centro geográfico de la Península Ibérica y de la
resistencia del coronel Moscardó en Toledo, de Oviedo, de Huesca y del
Santuario de Nuestra Señora de la cabeza, en Andújar. Contaba entonces el autor
de este libro diecinueve años.
Mientras del lado republicano los
jóvenes se alistaban en el ejército popular o miliciano, también dentro de las
fuerzas que cada partido y sindicato contaban,
en el de los ahora llamados “nacionales”,
los seguidores de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, con sus
27 preceptos, eran llamados “flechas” y “pelayos” los requetés.
Los militares siempre fueron
perseguidos en el campo republicano, como los obispos, muchos de los cuales ya
había caído, bajo la llamada justicia del pueblo: el de Jaén, el de Almería el
de Ciudad Real.
Las consignas para infundir ánimo
o exaltar la combatividad inundaban de pasquines y rótulos las calles y
carreteras: “¿Tú que haces para ganar la
guerra?”, mientras en el campo de batalla, la Prensa se hacía eco de las
necesidades del soldado, con el llamado “Buzón
del miliciano”, herramienta para socorrerles, pero también que daba
información sobre el lugar y el estado de las fuerzas republicanas.
En el segundo capítulo, las
fuerzas “nacionales” desde Galicia tratan de enlazar con el general Aranda,
cercado por los mineros asturianos en Oviedo, mientras las fuerzas del general
Mola arrollaban al Ejército vasco hasta cortarle la frontera con Francia, parte
del cual derrotado se replegó en Bilbao, llevándose en calidad de rehenes a
muchas mujeres (La eterna valentía de los vascos, que en el siglo XX
conoceremos con sus asesinatos de inocentes, por la espalda y con la Goma 2 en
los bajos de los coches, o el encarcelamiento inhumano en zulos, una raza capaz
del continuo golpe de pecho y comulgar, como la de la mayor vileza, quizás
fruto de su peculiar factor sanguíneo o del terruño, integrados en ETA o en el
partido político de Bildu).
Irún fue incendiado. San
Sebastián quedó casi intacto, en la maniobra, la escasa Marina “nacional”,
prestó gran ayuda, mientras la “roja” se refugiaba en el Mediterráneo.
La victoria del general Mola en
un sector tan estratégico como la provincia de Guipúzcoa desató en toda la zona
“nacional”, desde Galicia y Castilla hasta Extremadura y Andalucía, una explosión
de entusiasmo.
El tercer hecho de armas más
importante de aquel mes de septiembre fue la toma de Badajoz y en conse cuencia
la unión, el enlace de los Ejércitos “nacionales” del Sur y del Norte,
dirección Toledo, cuyo Alcázar seguías resistiendo.
El cuarto hecho de armas de aquel
mes de septiembre fue el aborto de la expedición catalana a Mallorca, a las
órdenes del capitán Bayo, expedición formada por unos 14.000 hombres, así como
el Gremio de los camareros voluntarios gerundenses, bajo la bandera de la
Generalidad de Cataluña y no bajo la bandera de la República.
Por estas fechas, la República
cuenta con doce submarinos, aunque temen no saber regresar a flote después de
la inmersión, mil marcas distintas de aviones y ya la política de NO
INTERVENCIÓN ideada por Gran Bretaña y secundada por Francia, solo hacían
posible de Francia los 50 aviones Potez que consiguieron de Leon Blum y del
ministro de Aire francés Pierre Cot. Los principales jerarcas de la Armada han
sido arrojados al mar por la clase de marinería y ahora no saben manejar las
naves.
El ejército popular empieza a
contar con destacados jefes extraídos casi analfabetos, pero con un desparpajo
y una inteligencia natural brillante, son los Líster, un ex cantero gallego; un
guerrillero extremeño, apodado el Campesino; un albañil madrileño, Modesto (que
derrotará a los italianos en la batalla de Guadalajara), que levantan
trincheras a cordel y sin calcular los ángulos muertos, mientras los
“nacionales” lo hacen en zigzag.
A finales de otoño de 1936, los
“nacionales” contaban con ochenta cazas por trescientos veintitrés sus
adversarios, ciento que del más variado origen los aparatos de los “rojos”,
además de la escasa combatividad de la mayoría de los pilotos extranjeros,
contratados a sueldo eludían en lo posible internarse en campo enemigo,
limitándose a una labor defensiva.
En la aviación “roja”, bautizada
La Gloriosa por parte de la prensa, destacaban el piloto Rexach; los franceses
Gilles y Bourjois y los ingleses Griffith y Martin Drew. En la aviación
“nacional”, fueron célebres el capitán Carlos Haya y García Morato, cuya divisa
era; “Vista, suerte y al toro”.
En cuanto a la Marina, la
superioridad numérica de las unidades “rojas” seguía siendo aplastante y muy
escasa su actividad. Por contraste, los “nacionales” se mostraban eficaces en
la vigilancia de los puertos enemigos.
La guerra se extendía cada vez
más, lo mismo que la crueldad en la retaguardia. En Almería, una miliciana le
decía a su hijito: “A ver, monín, pon la cara que ponían los fascistas
en la playa, cuando los mataban.”
En el bando “rojo”, la autoridad
seguía dispersa, escondidas las opiniones en el bando “nacional” , dirigido por una Junta de Defensa,
instalada en Burgos, que decidió nombrar un jefe único, un jefe de Gobierno que
centralizara en sus manos la responsabilidad, que, tras varias incidencias,
recayó sobre el General Franco, por considerar que éste reunía en su persona la
experiencia, la juventud, la serenidad y su inveterado conocimiento de los
asuntos de Marruecos, aspecto básico cuando las fuerzas moras se derramaban por
los campos de batalla, aunque el general Mola seguía dirigiendo las fuerzas
“nacionales” del Norte, en el Sur estaba el general Queipo de Llano, (consuegro
de Niceto Alcalá Zamora) y al defensor del Alcázar, ya liberado, general
Moscardó, se le confió la división que se organizaba en Soria.
Los protagonistas de ficción de
esta novela, la familia Alvear, los sacerdotes, los monárquicos, los
falangistas, los comunistas, los socialistas, los trotsquistas, masones,
anarquistas, la Liga catalana, los milicianos y el conjunto de militares siguen el azaroso discurrir de la vida, según
sea el bando al que pertenezcan, aunque en su mayoría el autor los vincula a
Gerona, que ve como la Generalidad acaba de crear las cartillas de
racionamiento, en un Decreto publicado el 13 de octubre, y martes.
En todos ellos, el recuerdo de la
Dehesa, Montilivi, la catedral y su escalinata, las calles de antigua presencia
judía, el Gerona C.F , los ríos el Ter y el Oñar, donde Matías Alvear
acostumbraba a ir a pescar, la banca Arús, telégrafos o el Seminario, donde
entonces estaban encarcelados los “fascistas” y sacerdotes, conforme se pasaban
al otro bando o tuvieron que exiliarse, siempre estuvo en la memoria de todos
ellos.
Cayó el Gobierno de Giral y
asumió la Presidencia el jefe socialista Largo Caballero, conocido como el
Lenin español, un 4 de septiembre de 1936, quien además tomaba la cartera del
ministerio de la Guerra y eran adjudicadas a la FAI las carteras de Industria,
Comercio, Justicia y Sanidad, y daba entrada a los nacionalistas vascos. Largo
caballero estaba deseoso de implantar en España la dictadura del proletariado,
el marxismo independientemente de Moscú, conocido como “la Casa”.
En este momento, la Milicia
contará con mando único, obedeciendo todos los milicianos de los distintos partidos una única voz, por lo que se
decretaba la disolución de los Comités Antifascistas, que en cada pueblo
actuaban por cuenta propia y sin rendirle cuentas a nadie.
El anarquista García Oliver,
ministro de Justicia, despreciado por el Presidente de la República, don Manuel
Azaña, por considerarlo un asesino y pistolero, dio vía libre al establecimiento
de las “checas”, que empezaron en
Valencia y en Madrid, a la vez que la 5ª
columna, germinaba en la sombra, organizado por muchachas falangistas, el
llamado Auxilio Azul.
El Comité de No Intervención
solía ser burlado por ambos contendientes, pues en París, Londres, Copenhague,
Amsterdam, Zurich, Varsovia, Bruselas y Praga, pululaban compradores y
vendedores de armas, dispuestos a atender los pedidos para la contienda
española, mientras medio millón de kilos de oro acababan de ser embarcados en Cartagena
con destino a Odesa, siete mil quinientas cajas, para poder pagar a los rusos,
sin contar los otros lingotes depositados en Mont de Marsan.
El embajador ruso en Madrid,
Rosemberg, había informado a Stalin de las dificultades de la España republicana,
por lo que, por razones de vecindad, pidieron al Partido Comunista Francés, el
cometido de formar las Brigadas Internacionales. Thorez delegó en André Marty
la jefatura de esta misión y André
Malraux, intelectual y experto en arte, fue nombrado asesor de cuanto se
refiere al arma aérea.
A trasvés de las Internacionales
Comunistas se abrieron oficinas de reclutamiento en numerosos países, además de Francia, en
toda América del Norte y Centro de Europa. Pero Francia era el aglutinante, con
oficinas no sólo en París, sino en Lyon, Marsella, Burdeos, Toulouse y en el
lejano Orán.
Thorez, el checo Gottwald, los
italianos Palmiro Togliatti (que adoptó el nombre de Alfredo) y Luigi Longo,
recorrían constantemente los banderines de enganche, asesorados en el aspecto
militar por el general soviético Walter y por otros jefes rusos profesionales.
El reclutamiento fue exitoso,
debido a la propaganda y a las condiciones económicas que se ofrecían a los
alistados, singularmente a los técnicos. Se les era recogido el pasaporte,
sustituido por otro español, con nombres y apellidos españoles, o bien
documentos equivalentes a presentar en Perpignan y más tarde en la frontera.
Los voluntarios afluían de todos
los países, a veces enviados por los respectivos Partidos Comunistas, además
del Partido Laboralista de Gran Bretaña o pontífices como la duquesa de Atoll
y, en Bélgica, el presidente de la Segunda Internacional, Henri Debroockère.
Por supuesto, el pago fundamental básico, se haría con “el tesoro nacional
español”, con el oro, aunque por creer que no bastaría, se ordenó la
postulación en todas partes, desde las fábricas de Rusia, has ta la salida de
los cines, los estadios y los circos, en Checoslovaquia o en Nueva York. También fueron animados por Pablo Casas, con
su maravilloso viloncelo; el escritor inglés Ralph Foz; el alemán, Ludwig Renn,
el ya citado Malraux y el infatigable corresponsal de Pravda, Ilia Ehrenburg.
Muchos de ellos firmaban un
documento que rezaba así: “Yo estoy aquí
en calidad de volunatrio y estoy dispuesto a dar, si es necesario, hasta la
última gota de mi sangre para salvar la libertad del mundo entero”. Contando
la mayoría de ellos de cuarenta a cuarenta y cinco años, muchos desplazados,
obreros en paro en los puertos del Havre, Marsella o Singapur. Italianos
exilados, soldados de la legión extranjera francesa, perseguidos por la
justicia y, verdaderos idealistas que, habiendo perdido el amor por la patria
que los vio nacer, el sentimiento de dependencia, hallaban sustitución y
estimulo en defender una causa que
juzgaban digna y beneficiosa para todo el género humano.
El tren 70, que salía de París
por la noche, fue conocido por el “tren de los voluntarios”, que se dirigían a
España por la ruta de Toulouse, Perpignan, Cerbere.
“¡Viva la revolución!, ¡Muera el
fascismo!, Vivan los voluntarios de la libertad”, eran los primeros carteles
que en Barcelona veían esos brigadistas, con un recibimiento aparatoso,
organizado al alimón por la Generalidad, con Companys a la cabeza, y el cónsul ruso Owscensco, que de nuevo los
reembarcarían destino Albacete, donde Largo Caballero fijó el cuartel general,
llegando los primeros un 12 de octubre, instalándose en la plaza de Toros y en
el ex cuartel de la Guardia Civil, donde en el mes de julio sus ocupantes habían
sido asesinados y donde aún podían verse las manchas de sangre en sus muros. Se
les entregaron los uniformes llegados de Francia, adoptando el casquete de los
cazadores alpinos, mientras André Marty coronaba su cabeza con una enorme boina
y arengaba a los recién llegados.
André Marty y Luigi Longo
supieron desde el primer momento que el único medio para imponer la disciplina
era el terror, y que, como comunistas, tendrían que deshacerse de los
trotsquistas, además de percatarse pronto que el mejor servicio organizado era
el de Sanidad, además de contar en Almansa con la Artillería acampada y en la
Roda a la Caballería. Mientras tanto, las fuerzas “nacionales” avanzaban por la
carretera de Toledo camino de Madrid, donde se iba llenando de rusos: aviadores
en los hoteles Bristol y Gran Vía, periodistas y técnicos en el Gaylord’s,
hotel de lujo, en la calle Alfonso XI, número 3, esquina con la calle
Valenzuela, en la zona del Retiro.
“La batalla de Madrid” iba a dar
comienzo. En el bando “nacional” reinaba la confianza. Las columnas de Yagüe
venían cosechando éxitos ininterrumpidos desde la conquista de Badajoz. Nada
los detenía y por la misma ruta que siguió el Moro Muza, y que siguieron los
almorávides en el siglo IX, superaron Toledo y Maqueda y se encontraban a las
puertas de Madrid. Mola, Mizzian, el ídolo de los moros, el general mutilado
Millán Astray, y los requetés colgado del cuello su Sagrado Corazón de Jesús,
en cuatro columnas se aprestaban a tomar la capital.
En la que pocos años antes fuera
la villa y corte, se había nombrado una Junta de Defensa de la capital,
presidida por el general Miaja, junto a éste, Rojo, Pozas, Asensio y Masquelet,
además del embajador ruso, Rosenberg. Los Partidos y los Sindicatos
establecieron centros de reclutamiento, donde se suministraban armas y mal que
bien se encuadraban las unidades. Se formaban apresuradamente batallones de
toda suerte: batallón de barberos, de dependientes de comercio, de ¡cigarreras
de Madrid!. Llegaron Líster y sus hombres: Líster, el cantero comunista,
adiestrado en Moscú, llegó el Campesino, con sus labriegos extremeños, que
llamaba “despanzaburros” a su fusil ametrallador. Llegó de Andalucía la unidad
“Espartacus” y se alineó con rigor el 5º Regimiento, que representaba al
marxismo ortodoxo, mientras la CNT contaba con jefes de la talla de Mora,
Cipriano Mera y Del Val, con un gran sentido del mando. Se formaron Tribunales
Populares, en sustitución de los comités autónomos.
El Gobierno, los Ministerios y
sus servicios, el 6 de noviembre de 1936, abandonaba Madrid para trasladarse a
Valencia, atenazados por la cercanía del ejército “nacional”, que ahora también
tenían que luchar contra los primeros batallones brigadistas, denominados
Garibaldi, Dimitroff y Commune de Paris, al mando del general soviético Kleber,
judío húngaro y Jefe político el italiano Nicoletti, que contaban con el
refuerzo del Bombardero S-B 2, llamado “Katiuska”; los llamados “Chatos”, los
“Moscas”, los biplanos “Rasante” y “Natacha” y los velocísimos “Ratas”.
Federica Montseny, la diputada
catalana, anarquista, nombrada ministro de Sanidad, convenció a Durruti para
que abandonara el frente de Aragón y acudiera a Madrid. “¡Madrid te necesita!”,
le dirá al hombre que odiaba a los homosexuales y a las prostitutas enfermas y
que quería invadir a Portugal, mientras ella instalaba el Hospital de Sangre en
los sótanos del hotel Ritz, y que hacía su entrada triunfal, aclamado por los
defensores de la Ciudad Universitaria, aunque no tardaría en ser alcanzado por
una bala que le atravesaba los dos pulmones de Buenaventura Durruti, mientras
El Salvador otorgaba la primer adhesión oficial extranjera al gobierno de
Franco y Mosén Francisco, en Barcelona, a pesar de su mono azul de mecánico
trataba de encontrar a quien confesar o llevar el aliento de Cristo.
El general Varela dio la orden y
millares de proyectiles cayeron sobre Madrid sembrando el exterminio, mientras
los madrileños se refugiaban en las estaciones del Metro, especialmente la de
Cuatro Caminos, Tribunal, Progreso, Antón Martín y Atocha. El ¡No pasarán! de
carteles y del grito de los defensores, pronto supo Varela y los ejércitos de
Franco que un cambio se había producido, pues ya no avanzaban. Los moros, los requetés,
los falangistas, los guardias civiles y los legionarios andaban desconcertados.
Eran días de noviembre de 1936, días con escarcha, lluvia y mucho frío, cuando
Madrid se convertía en cementerio, muladar y ruina.
Por primera vez desde el 18 de
julio, los “nacionales” fracasaban. Castejón cayó herido, también el jefe
marroquí Mizzian e incluso el general Varela iba a sufrir el arañazo de tres
cascotes de metralla. El frente se estabilizó, Madrid no fue conquistado. El
general Mola no podría beber el café en el Molinero, que desde comienzo le
esperaba.
Entre tanto, Guatemala, Italia y
Alemania, también reconocían al Gobierno de Franco en Burgos, mientras José
Antonio Primo de Rivera era fusilado en la cárcel de Alicante, el día 20 de
noviembre de 1936, y el día siguiente, 21, Durruti encontraba la muerte por una
bala disparada desde el Hospital Clínico, probablemente por un comunista o un
enemigo personal.
En la diciembre de ese año 1936 y
principios de 1937, la Generalidad de Cataluña quiso impedir que se celebraran
la Navidad y los Reyes Magos como antaño, y sustituyó esas fiestas por la
“Semana del Niño”, a pesar de que la familia Alvear, como otras miles, a su
manera, construyeron un belén y lo celebraron a escondidas. También fallecía,
el 31 de diciembre, en Salamanca, Unamuno.
Desde el puerto de Génova, tras
las arengas de un uniformado del Partido Fascista Italiano, primero cuatro mil “camisas negras”, que llegarían a Cádiz
en los primeros días de enero, luego le sucederían otros cuatro mil más y tantos
cuantos hicieran falta, en una guerra que se preveía larga, según dijera el
Duce.
En el puerto de Hamburgo, un
hombre, con el uniforme del Partido Nazi
Alemán, arengaba a trescientos voluntarios, técnicos de servicios auxiliares de
aviación que embarcaban para luchar en España, iban a formar parte de la Legión
Cóndor y se disponían a subir a un barco que llevaba la bandera de Panamá, que
a la altura de la costa francesa izaría el pabellón de Liberia y cuyo destino
final era el puerto de Vigo, donde de incognito, inmediatamente, en un tren
nocturno, se trasladaban a Salamanca donde Von Faupel, embajador alemán, el
general Von Sperrl y el delegado del partido Nazi, Shubert, les esperaban.
El día 13 de enero, Barcelona
sufrió su bautismo de sangre, ya que fue bombardeada por mar, cuando el
fantasma del hambre empezaba a asomarse en las colas que se formaban para
adquirir alimentos con la cartilla de racionamiento.
A principios de febrero del año
1937 ya se encontraban en España los contingentes italianos previstos, los
cuales habían formado las brigadas “Flechas Negras” y “Flechas Azules”,
actuando como intérpretes españoles entre ellos el tenor Fleta. Que serían
puestos a prueba en la operación de Málaga, sobre cuyos pormenores Queipo de
Llano y el general Roatta habían llegado a un acuerdo.
El 8 de febrero caían en manos
“nacionales” el puerto y la ciudad de Málaga, haciendo su aparición, por
primera vez, los lanzallamas y era empleada la aviación proveniente del
aeródromo de Tablada, que se adueñaron del cielo, mientras los cruceros
Canarias y Baleares bombardeaban la costa, produciéndose la desbandada de su
población, que el conde Ciano pretendía que al ejército enemigo se le
persiguiera hasta Almería, aunque se detendrían a la altura de Motril por falta
de reservas.
En Málaga cayó prisionero el
corresponsal inglés Arturo Koestler y fue encontrada una misteriosa maleta
propiedad del general Villalba, la cual contenía, al parecer, una
extraordinaria reliquia: la mano de Santa Teresa de Ávila, que sería ofrecida,
por ser auténtica, al general Franco, quien desde entonces la tuvo siempre
presente en la mesa de su despacho.
Los testimonios de quienes
quedaron en Málaga sobre las matanzas llevadas a cabo por los anarquistas,
antes del abandono de la ciudad, eran espeluznantes, aunque también quienes
huían camino de Almería, algunos de cuyos evacuados habían estado detenidos en
las cárceles por los milicianos, conducidos a pie, sufrieron los ataques de la
aviación y de los barcos, mientras dos trenes de refugiados de Málaga llegaban
a Gerona.
El trofeo y el botín de Málaga
que dejaron los milicianos, como los barcos Satrústegui y África, además de
diez mil toneladas de petróleo, grandes depósitos de aceite, que para Italia se
llevarían los fascistas, trenes, ametralladoras, movió al bando republicano a exigir
responsabilidades, siendo detenidos y encarcelados varios generales, entre
ellos Asensio, Martínez Monge y Martínez Cabrera, mientras enardecía a los
“nacionales”, que contaron con voluntarios portugueses llamados “viriatos”.
Sin descanso, las tropas
italianas rápidamente fueron trasladadas a Guadalajara desde Málaga, conducidas
por Roatta, levemente herido de un balazo, mientras las tropas españolas
cruzarían los ríos Tajuña y Jarama, donde en la zona de Brihuega, el Cuerpo de
Tropas Voluntarias italianas sufrió un enorme descalabro, cubriéndose de gloria
las Brigadas Internacionales 13, 14 y 15, las tropas de guerrilleros de Líster
y del campesino. Mil doscientos muertos y tres mil quinientos heridos
italianos, fueron las bajas de esa batalla, que dio lugar en la España
“nacional” al sonsonete y la burla: ¡Cobarde Italia!, “Corriere de la Sera” y
por la matrícula de sus coche, CTV, pasó a significar ¿Cuándo te vas?
En el interior, en la retaguardia
republicana, concretamente en Gerona, como ya era costumbre en la España
“nacional”, las carencias alimentarias se suplían con el Plato Único.
En la Tercera Parte, del 31 de
marzo de 1937, al 25 de diciembre de 1937, José Mª Gironella nos desvela el
carácter tan dispar de los representantes alemanes e italianos en suelo
español, como del anuncio de Franco de proceder sin pérdida de tiempo a la
unificación del Requeté y de la Falange, creando el Partido Único, mientras
que, reunidos en Salamanca en conclave, Hedilla y otros jerarcas falangistas,
acodaban oponerse rotundamente.
La Unificación fue un hecho. El
decreto salió publicado el 19 de abril. Los falangistas conservarían la camisa
azul y llevarían boina roja; los himnos el Oriamendi y el Cara al Sol, serían
obligatorios. El nuevo organismo se llamaría Falange Española Tradicionalista y
de las JONS. Su único jefe, el General Franco. El Consejo Nacional estaría
formado por seis falangistas y seis requetés. Los requetés catalanes del Tercio
de Nuestra Señora de Montserrat, de guarnición cerca de Belchite, se pusieron
la camisa azul también.
Hedilla se sintió abandonado,
pues la mayoría aceptaron este cambio, por lo que él y sus colaboradores más
directos, fueron arrestados y encarcelados.
Se iniciaba la época de
caudillaje en 1937, en el momento que
estallaba la primavera y que el Papa publicaba en Roma una Encíclica condenando
con impresionante energía la doctrina nazi.
Stalín enviaba un nuevo
embajador, Gaiskis, para sustituir a Rosenberg, que presentaría sus cartas
credenciales en Valencia a Azaña. Estábamos a mediados de marzo y Trotsky era
declarado traidor a sueldo de la Alemania nazi, cuando los asesinatos se habían
recrudecido, sobre todo en Barcelona, siendo también sus víctimas conocidos
hombres de la UGT o de la Izquierda Republicana: un diputado, un tipógrafo de
la Publicidad, treinta tranviarios en cuarenta y ocho horas.
Por añadidura, Alvarez del Vayo,
al regreso de sus contactos con las grandes democracias europeas, afirmó el
desprestigio internacional que representaba contar con cuatro ministros
anarquistas en el Gobierno, mientras el ministro de Justicia legalizaba la
unión libre de milicianos y milicianas y los anarquistas del POUM
obstaculizaban los planes del Partido Comunista respecto al oro español, cuando
en La Bajol, en el pirineo catalán y por donde terminarían saliendo los últimos
representantes políticos de la República en 1939, dentro de una mina de talco,
a profundidad de trescientos metros bajo la cima de la montaña, e instalados
dos ascensores para bajar a las cámaras acorazadas, se pretendía en sus
galerías, ocultar lingotes de oro y los cuadros del Prado, que a partir de
noviembre, iniciada la ofensiva “nacional”, trasladaron desde Valencia.
La FAI y el POUM estaban
sentenciados, el 3 de mayo la Generalidad de Cataluña dio orden a los Guardias
de Asalto y a los Mozos de Escuadra de que ocuparan la Telefónica de Barcelona,
el centro clave en poder de la FAI. Pese a contar con el apoyo de los
comunistas, de los socialistas e incluso del Estat Català, la Generalidad se
sintió impotente frente a la oleada de fusiles rojinegros y reclamó la ayuda
del Gobierno Central.
El Gobierno de Valencia logró
derrotar a los anarquistas, por lo que se adueñó de Barcelona y se hizo cargo
de la desprestigiada Comisaría de Orden Público y el POUM fue llevado a la
picota, que perdería a su líder máximo Andrés Nin, no así la CNT-FAI, que amenazó con retirar de
un golpe todos sus combatientes en primera línea.
La inevitable caída del Gobierno
Largo Caballero y con él la de los cuatro ministros anarquistas era inevitable.
Subió al poder el socialista y doctor Negrín, hombre culto, políglota, con un
apetito insaciable de alimentos y de mujeres, hablador infatigable, entregó a
Prieto el Ministerio de la Guerra, quienes todavía contaban con entusiastas
adhesiones como míster Attlee, quien felicitó el frente de Madrid para
felicitar al Ejército del Pueblo, Clarl Gable, Errol Flynn, Katherine Hepburn y
Marlene Dietrich.
En Madrid, la ciudad sitiada, con
el frente a escasos metros y al que se podía llegar en tranvía, los cafés
conservaban el jolgorio de siempre, aunque el café fuera escaso y la prensa
aparecía censurada con numerosos espacios en blanco, los rusos seguían con su
obsesión de ejercer el control, especialmente en la aviación, lo que había
llevado a Malraux a largarse.
En el mes de julio, los
nacionales atacaban Bilbao, cuyos preparativos se iniciaron en marzo, el día
31, tres días antes que el escultor Benlliure empezara a moldear un busto del
general Miaja.
Aquella operación no era un
secreto para nadie, el propio general Mola había alineado cincuenta mil hombres
y se esperaba la rendición, a pesar de la intervención italiana y a los
esfuerzos de Inglaterra, convencido el Gobierno del PNV que sus gudaris y el cinturón de hierro
inexpugnable, aunque el ingeniero constructor de dicho cinturón, Goicoecha, se
había pasado con todos los planos, cuando por tierra y por mar eran evacuados
sus moradores.
El general Dávila dio el asalto
definitvo, sin que ni el fanatismo vasco, las arengas del ministro bilbaíno
Indalecio Prieto, ni los generales republicanos Martínez Cabrera ni Gamir
Ulibarri, ni el ministro sin cartera Aguirre, pudieran hacer nada, siendo
arrasada Guernica por las bombas de la Legión Cóndor, donde estaba el árbol
legendario del nacionalismo vasco, guardadas
la espada de Zumalacárregui y la guitarra del trovador regional
Iparraguirre, convirtiéndose el mar, dirección Francia, y la carretera que
conducía a Santander, el camino de huida de civiles y soldados vascos, que
arrojaban sus fusiles y sus dirigentes nacionalistas trataban de negociar con
el Vaticano para que existiera una paz separada del resto de los republicanos
españoles, sin éxito, pero dando muestra de la tradicional cobardía e
hipocresía vasca.
Se entró en Bilbao el 19 de junio
de 1937. Dos días antes, el 17 de junio, el Gobierno de Valencia había
adelantado los relojes de una hora, como nuevo horario de verano.
El pueblo de Somorrostro, villa
natal de la Pasionaria, los Altos Hornos, los astilleros, las minas, la plaza
del Arenal, Loyola, cuna de san Ignacio, todo era hollado por los moros, los
requetés y el ejército sublevado.
En acción de represalia, por los
diversos ataques en aguas de las islas Baleares del crucero italiano Baltesta y
el alemán Deutschland, confundidos los aviadores republicanos, el 31 de mayo de 1937, cinco buques de guerra
alemanes, liderados por el Admiral Scheer, durante una hora estuvieron
bombardeando una ciudad indefensa como Almería, causando más de 30 muertos y
enormes daños materiales. Lo que originó en Prieto duras diatribas y la
disposición de poner la espoleta a una guerra más abierta, que consultado
Moscú, , por parte de Negrín, le fue desaconsejado.
Transcurrido un año de guerra, el
Gobierno de la República había perdido diez mil kilómetros cuadrados del
territorio y siete de las provincias que el 18 de julio quedaban en su poder,
sufrían un implacable espionaje, buena parte del producto propueblo español era
escamoteado antes de llegar a su destino y el armamento adquirido era pagado a
precios fabulosos, con cuyo excedente se alimentaba el Partido Comunista
Francés, incluso el periódico Ce soir.
Queriendo abrir un nuevo frente y
bajar la tensión que sufría el cerco de Madrid y frenar el avance franquistas
del Norte, el Estado Mayor republicano decidió llevar a cabo una ofensiva,
entre los días 6 y 12 del mes de julio de 1937, en Brunete, que inicialmente se
saldó con victoria, forzó el contraataque del ejército de Franco, los días 18
al 25, saldándose con una enorme sangría, con el despliegue de blindados y
medios aéreos por ambos bandos que soportaron
el enorme calor de ese mes.
A pesar de todo, la orden de
Franco de acabar con el frente Norte empezó a cumplirse el 8 de agosto, tras la
victoria de Brunete, las tropas volvieron al frente de Santander, alineándose
unos cuarenta mil hombres y toda la aviación disponible, además de innumerables
camiones y más camiones de Frentes y Hospitales, de Auxilio Social y de la
Sección Femenina, en previsión de la población civil que sería rescatada, de la
masa de prisioneros y heridos.
Los personajes de ficción del
autor, como María Victoria y Marta, se integraban en la Sección Femenina de
Valladolid.
El día 1 de octubre Covadonga era
ocupada, en el primer aniversario de la exaltación de Franco, en Gijón, la
Quinta Columna se preparaba ostentosamente para recibir a los vencedores,
provocando con su actitud al capitoste “rojo” Belarmino Tomás, mientras los
defensores huían en cuanto la Legión Cóndor lanzaba sus bombas y erraba como en
Sama, hundiendo la iglesia donde habían sido concentrados los presos, también
en el barco-cárcel anclado en el puerto, en el que gran número de personas
esperaban la entrada de las tropas.
El día 21 de octubre de 1937,
Radio Salamanca anunciaba al mundo que el frente del Norte había dejado de
existir. Cien mil eran los prisioneros, el cinc y los metales especiales de
Reinosa y Santander, las minas de carbón asturianas, las piritas, el plomo y
las metalúrgicas de Bilbao significan un potencial terrible en poder de los
“nacionales”, quedando disponibles ciento cincuenta batallones para ser
enviados a Aragón o Madrid, y en dirección al Mediterráneo.
El SIFNE (Servicio de Información del Nordeste de
España) con muchos integrantes catalanes, seguía dando cumplida información de
las fuerzas populares, algunos de cuyos miembros seguían ostentando en sus
gorras las siglas de UHP (Uníos Hermanos Proletarios).
Los canjes de prisioneros, según
fuera la relevancia de la familia del apresado, la crueldad en las checas y en
las cárceles, los asesinatos y “paseos” de uno y otro bando, las enfermedades,
el hambre, los piojos, la búsqueda de alimento en el campo, la cartelería
proselitista, los grandes cronistas de guerra “nacionales”: Spectator, Justo
Sevillano, Javier de Navarra y Tebib Arrumi (Víctor Ruíz Albéniz, abuelo de
Ruíz Gallardón) daban cumplida cuenta de los sucesos de guerra, mientras Madrid
seguía resistiendo bajo el eslogan del ¡No Pasarán!
Cuarta parte, Del 25 de diciembre
de 1937 al 1 de abril de 1939.
Mateo, el que será marido de
Pilar, sale de la Academia de Ávila de alférez, después de haber perdido a
muchos amigos y camaradas de Gerona afiliados a Falange, y es enviado al frente
de Aragón, mientras que su futuro cuñado, Ignacio Alvear, habiendo conocido la
dureza de las batallas, la geografía y la climatología en Brunete y Belchite,
ingresa en la Compañía de Esquiadores, cuyo punto de mando estaba en el
Balneario de Panticosa, junto a su amigo Moncho, decidido a estar más cerca de
Cataluña y algo más alejado del frente.
El día 3 de abril de 1938, las
vanguardias del general Yagüe entran en Lérida, no superando el Segre, mientras
el Cuerpo de Ejército de Galicia, al mando del general Aranda, recibía orden de
penetrar en cuña por el sector de La Pobleta, virando hacia el Levante,
tratando de cortar en dos el territorio enemigo, separando a Cataluña de
Valencia y de Madrid, llegando a Vinaroz el mismo día del Viernes Santo de ese
año.
Hitler acaba de invadir Austria,
de ocupar Viena, por lo que la declaración de guerra entre Alemania y las
democracias era cuestión de unos pocos meses, lo que animaba a Negrín a
sostener la guerra, a toda costa, en la esperanza de que una conflagración
general pudiera cambiar la previsible derrota que a todas luces ya casi era una
realidad para la República, aunque este hecho, desde un principio, fuera sabido
por el mismo Manuel Azaña, buen conocedor del ejército y de la indisciplina de
los de su bando, como las traiciones de catalanistas y bizcaitarras.
El hambre y las penurias del lado
republicano, en la misma ciudad de Barcelona, habían ocasionado el asalto al
Parque Zoológico y que había quien se comiera las ranas y las ratas.
Derrotados en Teruel, tanto por
el intenso frío, la nieve y la fortaleza de los “nacionales”, en armamento,
convicción y jefes, el Ministro de la Guerra y Presidente de Gobierno, don Juan
Negrín, que en el verano del 37 ya había despedido a Prieto, trató de detener
el último golpe y llamó a una nueva quinta, los hombres comprendidos entre los
dieciséis y los cuarenta y dos años la que sería conocida como la del
“Biberón”, además de atacar por el Ebro, de cruzar por sorpresa, en julio de 1938,
este río, en el sector de Gandesa, y penetrar en la retaguardia enemiga hasta
que el último soldado hubiese perdido el aliento.
Fueron ciento veinte mil hombres,
a los que el partido comunista señaló: “Todo soldado que abandone o pierda el
fusil, será pasado por las armas. Todo intento de deserción será castigado con
la muerte, pudiendo aplicar dicho castigo los mismos camaradas”. Detrás de cada
soldado estaban los comisarios políticos, equiparados al grado de capitán,
decididos a ser expeditivos, dispuestos a localizar a cuantos se automutilaban
a los “fascistas” movilizados. En este frente estaba lo mejor que quedaba de
los milicianos. Era la última gran apuesta, por lo que el Jefe de Estado Mayor
Central, Vicente Rojo, el teniente coronel Juan Modesto, el mismo Líster,
estaban presentes al frente de sus unidades.
El inicio de la batalla tendría
lugar el 25 de julio de 1938, precisamente el día de la Fiesta de Santiago
Apóstol, Patrón de España. El río se cruzaría a las doce de la noche en punto.
Los pontoneros habían preparado los puentes, hábilmente construidos sobre
flotadores. Cien barcas al menos fueron transportadas del mar al río Ebro. Cada
barca contaría al menos con un oficial y 8 milicianos y parecía una oleada de
fantasmas que lograrían arrollar las débiles defensas que, inesperadamente, se
veian sorprendidas, dada la brillante ejecutoria de los asaltantes, aunque como
pasó en Teruel, el Alto Mando “nacional”, se trasladó al teatro de la lucha,
instaló su Cuartel General camuflado en unos vagones de ferrocarril, cerca de
Alcañíz, y Franco, de manera templada, declaraba a su entorno, asombrándolo:
“No podemos tener más suerte. En treinta y cinco kilómetros tengo encerrado lo
mejor del Ejército rojo”. Y prosiguió, ante su auditorio militar: “Señores,
anuncio que nuestra victoria del Ebro será absoluta y que, gracias a ella, el
año 1939 verá el triunfo definitivo de nuestras armas”.
Mientras tanto, el presidente de
la República, Manuel Azaña, ya se
encontraba cerca de la frontera francesa, en el castillo de Perelada, sufriendo
por todos los cuadros que del museo del Prado se encontraban escondidos en los
sótanos, expuesto todo a ser bombardeado si los milicianos localizaban la
ubicación de la Presidencia, en un descontrol ya mayúsculo.
La respuesta de Franco en el Ebro
tomó forma con la apertura de las compuertas del pantano de Camarasa, con lo
que el nivel del Ebro se elevó, llevándose algunas pasarelas y algunas
barcazas, después fueron arrojadas al agua minas de pólvora que al chocar
contra cualquier objeto sembraban la muerte a su alrededor, la artillería
vomitaba fuego increíblemente certero y, ¡por último!, en oleadas sucesivas la
aviación, sin apenas oposición, llevaba a cabo un bombardeo y ametrallamiento
continuo sobre el ejército “rojo”.
De los ochenta mil hombres que
cruzaron el Ebro, sólo quince mil pudieron regresar a la orilla izquierda,
siendo los atacantes unos cuatrocientos mil, que veían como los milicianos se
entregaban por secciones enteras, a veces al mando de la oficialidad.
En octubre de 1938, el el día 28,
tras un emotivo desfile por las calles de Barcelona, unos seis mil brigadistas
internacionales eran despedidos, desmovilizados y repatriados.
Tarragona fue ocupada el 16 de
enero de 1939 y Franco instalaba su Cuartel General, llamado “Terminus”, en el
castillo de Raymat, cerca de Lérida, por lo que la ruta de Barcelona estaba
libre, cuando unos días antesdiez mil italianos regresaban a su patria, siendo
despedidos en Cádiz con todos los honores.
Mateo estaba sereno. Sólo gritaba
“¡Arriba España!” cuando de lejos vio la cumbre de Montserrat, en cuya ciudad
de Barcelona millón y medio de almas aguardaban ansiosos la entrada de los
“nacionales” y el fin de la guerra, mientras veintitrés mil milicianos deponían
sus armas y se entregaban al general Moscardó, el mismo que había perdido un
hijo y que era el héroe del Alcázar de Toledo, en el valle del Francolí.
El éxodo de la población hacia la
frontera era ya un tsunami. En la retaguardia republicana sonaban aislados los
últimos pistoletazos, bien por suicidio o por eliminar pruebas que pudieran
condenar a sus supervivientes, escuchando las últimas estrofas del Himno de
Riego.
Negrín, entre tanto, tiempo ha
que había depositado en bancos ingleses y suizos, a su nombre, todo el tesoro
de la Corona de Aragón y todo el oro guardado durante tantos meses en las minas
de talco de La Bajol. También se sabía que Prieto, en América, disponía de una
fabulosa suma. El proyecto de Negrín y Prieto consistía en asegurar a los
exilados españoles un subsidio mensual.
El veinticinco de enero las
tropas del general Solchaga ocupaban las alturas de Vallvidrera, corriéndose
hacia el Tibidabo, mientras a la misma hora, las fuerzas del general Yagüe
ocupaban Montjuich.
El día siguiente, veintiséis de
enero de 1939, las fuerzas “nacionales” se descolgaron de las alturas y
ocuparon sin resistencia las calles y bulevares de Barcelona, en conjunción
perfecta.
El general Dávila, en el mismo
Bando que el general Goded había dejado inconcluso del Alzamiento, firmaba la
declaración del Estado Guerra, aunque la multitud se había lanzado a la calle,
llenaba los balcones con la bandera bicolor y sus gritos de júbilo, levantando
los brazos en forma de V, con los permanentes “¡Arriba España!, ¡Viva España!,
¡Viva Franco!, producían espanto.
¡Misa en la plaza de Cataluña!
Allí estaban los generales vencedores y una muchedumbre comparable a la que
recibió el primer barco ruso llegado al puerto o la que asistió a los entierros
de Macià y Durruti. Don Miguel Mateu, industrial, propietario del Castillo de
Perelada, en el que Azaña estuvo instalado, fue nombrado alcalde de la ciudad.
Las checas de Barcelona pudieron
ser visitadas, en la calle de Vallmajor, calle Zaragoza, los sótanos de la
Diputación Provincial. El Campo de la Bota, la Rabassada y otros lugares donde
los “rojos” habían efectuado los fusilamientos masivos y ante cuyas zanjas los
militares se cuadraron, al igual que los falangistas..
Por encima del horror, del
sufrimiento, de las pérdidas familiares y del hambre padecido, del júbilo y de
la purificación, un sentimiento se imponía a cualquier otro, sobre todos los
demás: el de veneración por la figura del Generalísimo en toda Cataluña. Para
la población doliente, Franco era el salvador. Para los miembros de la Quinta
Columna, que sumaban millares, su aureola rozaba la magia. Franco había traído
la Misa de la plaza de Cataluña, la vida, el pan, el fuego y la luz.
La pérdida de Cataluña
sentenciaba sin apelación posible a los restos del Ejército “rojo”, es decir, a
las unidades bloqueadas en Madrid, Levante y Sureste de España. Dichas unidades
y la población civil que quisieran huir sólo podrían hacerlo por mar, a pesar
de que el Gobierno de la República, reunido en Consejo de Ministros en
Toulouse, y habiendo ya dimitido de su cargo de Presidente de la República
Azaña, el 27 de febrero de 1939, acordaban seguir resistiendo, cuando todos los
gerifaltes comunistas y los consejeros rusos ya estaban instalados en Francia,
caso de Thorez, Marty, Togliatty, Gotwald, Pal Maleter, Tito, James Ford,
Longo, Karanov, Menoz, Paul Herz, del Partido Socialista alemán, o el mismo
intelectual ruso Ilia Ehrenburg.
Mientras los ministros de la República
se instalaban en el aristocrático barrio parisino de Dauville, y cuantos
capitostes políticos republicanos, separatistas catalanes y vascos asaltaban
las cajas fuertes de los bancos, se marchaban con tesoros del pueblo español, en su exilio, lo mismo que los consejeros
rusos, Antonio Machado, acompañado por su madre, cuñada y hermano, llegaba a
Colliure para recordar Estos días azules
y este sol de la infancia, en sus últimos días de vida, Rusia declaraba que
sólo podría admitir a cuatro mil exilados comunistas españoles, los más de cuatrocientos
mil eran encerrados en los campos de concentración de las playas de Argeles y
Saint-Cyprien, otros en Orán, obligados a trabajar, unos en Siberia, otros en
el Transahariano y en la construcción de la Línea Maginot, también ingresarían
en la Legión francesa.
De los internacionales sabemos
que murieron unos doce mil en suelo español y treinta y cinco mil fueron
herdidos.
Acorde con la victoria militar,
el Gobierno de Franco se preocupaba de afianzar sus relaciones internacionales,
con el general Jordana a la cabeza del Ministerio de Asuntos Exteriores. En
Lisboa firmaba el Pacto de Amistad Hispano-Portuguesa, preludio del Bloque
Ibérico, mientras varios jurisconsultos eran encargados de redactar la “Causa
General”, documento oficial en el que se redactaría la actuación “bárbara y
cruel” de la España “roja” y para juzgar a los delincuentes, se estableció la “Ley
de Responsabilidades Políticas”, un eufemismo para la inculpación a quienes
estuvieron cercanos al bando contrario.
El veintiuno de febrero de 1939,
día de la Virgen de Loreto, Franco presidió en Barcelona un desfile gigantesco.
Ochenta mil soldados que saludaban al Caudillo y eran objeto del fervoroso
aplauso de los catalanes, mientras multitud de mujeres trataban de besar la
mano del Generalísimo, esbozando una genufleión. Hipnotizada quedó la población
barcelonesa viendo pasar también trescientos carros de combate, cien baterías y
doscientos aviones, uno de ellos pilotado por el as español de la aviación, García
Morato, aviso claro a la terquedad de Negrín para su “Ofensiva de la Victoria”
próxima.
Al día siguiente, veintidós de
febrero de 1939, Franco se trasladó a Tarragona, al objeto de pasar revista a
toda la escuadra “nacional”. Presentes los navíos Almirante Cervera, Navarra,
Vulcano y un total de dieciséis unidades y dos submarinos, el Sanjurjo y Mola.
En Madrid, y con vistas a una
petición de armisticio, se formó una Junta de Defensa, presidida por el
socialista Julián Besteiro, en calidad de jefe político, y por el coronel
Segismundo casado, en calidad de jefe militar, con participación de todos los
partidos, excepto el comunista.
Opuesto a la voluntad de Negrín
de que prosiguieran la guerra y su aniquilación total, el coronel Casado
decidió precipitar los acontecimientos y aplastar los reductos comunistas que
todavía se oponían a su gestión, mandados éstos por el comandante Barceló,
antiguo militante de ese partido, quien en agosto y septiembre de 1936, asumió
en Toledo la responsabilidad de fusilar a Luis Moscardó, hijo del defensor del
Alcázar..
El coronel Casado hizo posible la
entrada en Madrid de las tropas “nacionales”, que tuvo lugar el 28 de marzo de
1939, entrando por Argüelles, los Bulevares y Vallecas, hallando un Madrid en
ruinas.
Desde el Centro los “nacionales”
se dirigieron hacia los puertos levantinos, mientras Negrín huía a Francia, en
un Douglas, después de que lo hicieran la Pasionaria, Stepanov, Jesús
Hernández, el poeta gaditano Alberti y su esposa, la escritora y también
comprometida políticamente, María Teresa de León. El Campesino, alcanzó Almería
y en un barco pesquero se trasladó a Argel, mientras los restos de la armada “roja”
zarpaban desde Cartagena y se entregaban a los franceses en Bizerta.
Empezaba la nueva tragedia, de un
lado la reconstrucción, del otro el encierro de los republicanos exilados,
ingresados en quince campos de concentración, que establecieron las auroridades
francesas en la metrópoli y dos más en Argelia y Túnez, los últimos en las
colonias francesas obligados a alistarse en la Legión francesa, como queda
dicho anteriormente, o en la construcción del Transahariano, que se proponía
enlazar el Mediterráneo con el río Niger, a través del desierto del Sahara,
partiendo de Argel y enlazando Tonmbuctú.
El 29 de marzo de 1939 fueron
ocupados Jaén, Ciudad Real y Albacete. En Gerona eran encontrados emparedados
Mosen Francisco, vicario de la parroquia de San Félix y Laura, la esposa de la
Voz de Alerta, dentista de Gerona, director del Tradicionalista y jefe del
SIFNE.
El día 30 de marzo de 1939 era
ocupada Valencia y el día 31 alcanzaban Almería, Murcia y Cartagena.
El día UNO DE ABRIL DE 1939, el
último parte de Guerra, era un alivio:
“EN EL DÍA DE HOY, CAUTIVO Y DESARMADO EL EJÉRCITO ROJO, LAS TROPAS NACIONALES
HAN ALCANZADO SUS ÚLTIMOS OBJETIVOS MILITARES. LA GUERRA HA TERMINADO”
También ponía punto final a su
novela José María Gironella, que empezó en 1954, festividad de la Virgen de
Montserrat y que culminó en 1960, el día de San Agustín.
Libro que nos hace reencontrarnos
con nuestro pasado, el que hoy, en 2026, los socialcomunistas españoles
gobernantes quieren desfigurar, cuando los hechos están ahí y merecen que los
conozcamos, para que cada cual extraiga la enseñanza que sea pertinente, de esta
novela, en el que he tratado de resumir más los hechos históricos antes que el
pulso y los avatares de los personajes de ficción, de una guerra entre hermanos
que tuvo un millón de muertos, medio millón de exiliados y cuarenta años
sumidos en una Dictadura, sin que por ello pretenda yo calificar este período,
del que antes y después, el escritor catalán se ocupará brillantemente, en un
sesgo humano y con el dolor de esa guerra fratricida, de esos desaparecidos, de
esos muertos que, por intransigencia, insolidaridad, odio y carencia de
políticos y de una sociedad dispuesta a evitarlo, nuestros abuelos y padres,
conocieron una tragedia que es de esperar nunca más se vuelva a conocer en
España.
La familia Alvear, con Matías
desde telégrafos en Gerona, su esposa Carmen Elgazu, originaria de Bilbao, sus
hijos Ignacio, Pilar y el asesinado seminarista César, sus amigos mosén
Alberto, el monárquico La Voz de Alerta, como los falangistas gerundenses María
Vicoria, Marta Martínez de Soria, Mateo Santos; los comunistas Axelrod, Eroles,
Gorki, alcalde de Gerona, Comisario político en el frente de Aragón, perfumista
o Cosme Vila, jefe del partido comunista en Gerona y socialistas como la Torre
de Babel, entre otros muchos, conforman ese elenco en el que esta novela y la
que le seguirá, estarán muy presentes en la lenta transformación de una España
empobrecida y que no le será fácil salir de la autarquía económica, la censura
y la imposición religiosa, dentro de una progresiva prosperidad que empezará a
notarse a partir de los años 60, con el turismo, aunque esto ya forma parte de
otra narración.
Magnífica y valiente trilogía,
amén de un testigo y legado de nuestra historia reciente, que merece sea leía y
honrado su autor, don José Mª Gironella, un catalán y un español de pro.





