JOHANN W. GOETHE, VIAJE A ITALIA
Goethe, Francfort, 28 de agosto
de 1749 y Weimar, 22 de marzo de 1832, es para los alemanes equiparable al
sentimiento que los españoles tienen por Cervantes, por sus grandes obras
literarias escritas en alemán, en una época en que Alemania no existía como
nación, fue fundada como Imperio y unión de la mayoría de sus regiones o
ciudades-Estado, en 1871, incluso más tarde que Bélgica, que encontró su independencia
y su unidad con la revolución de 1830, liderados por Prusia y aceptando que
Baviera disfrutara una monarquía propia, servicio diplomático, red de
ferrocarriles independiente y control de su ejército en período de paz, que con
la hegemonía de Guillermo I y luego Guillermo II, fueron pocos los años que así estuvieron.
En este libro, en el que nos
informa de su viaje a Italia, con estancia de más de un año, principalmente en Nápoles y Roma, aquí
por dos veces, nos hace recorrer, desde su comienzo en Karlsbad y entrando por
el Brennero, siendo Roma para él su
Arcadia, ya que viajaba a Italia con intención de formarse mejor en dibujo,
pintura y escultura, copiando de los grandes maestros que por esas tierras
dejaron su mejor impronta.
Entre los muchos lugares que
visita, a parte Bolzano, Trento, Verona, Venecia, Bolonia, Florencia, Roma, Nápoles y Sicilia,
en esta última testigo de los desastres recientes de temblores de tierra, son
tres las ciudades que más le conmueven, considerando a Palermo, Mesina y Taormina
como una sola entidad, por su geografía y restos históricos, serán Venecia y
Roma, las que más atraigan su atención, a pesar de que la vitalidad humana de
Nápoles siempre impondrán su atractivo.
En Venecia, la particularidad de
la ciudad lacustre, sus canales, sus góndolas y la historia de un Estado
marítimo de su Serenísima, venido ahora a menos, pero que cada 7 de octubre,
celebran sus Dogos, magistrados y pueblo llano, con enorme pompa delante de la
imponente catedral de san Marcos y a unos pasos de su león alado sobre una
enorme columnata, con el continuo repique de campanas, la victoria en Lepanto
sobre los turcos, gracias a generales españoles como Álvaro de Bazán, Alejandro
Farnesio, Juan Cardona, Lope de Figueroa y la egregia dirección de don Juan de
Austria.
El desfile y la pompa por los
puentes sobre el Canal Grande, de Rialto y los Suspiros, como la enorme belleza
de su arquitectura y de muchas obras ocultas en estos palacios alzados sobre
las aguas, el silencio de sus plazas y estrechas calles, mientras el chasquido
de las olas del mar Adriático es permanente, sostenido por una tierna y
delicada mano, a resguardo siempre dentro de su eterna laguna.
Posiblemente Goethe se sintió
atraído por las descripciones, estudios y obras de Winkelmann, arqueólogo e
historiador del arte alemán, razón de su obsesión por mejorar y aprender de los
maestros italianos, cuando todavía las naciones no habían conocido la
revolución francesa (que tuvo lugar un 5.5.1789 y la toma de la Bastilla un
14.7.1789) y él empezó el relato de su viaje un 3 de septiembre de 1786 y lo
termina en abril de 1788, antes de que Napoleón Bonaparte diera un golpe de
Estado, un 9 de noviembre de 1799, y el Estado del Vaticano, donde gobernaba
los espíritus y al pueblo el papa Pío VI desde Roma, terminara siendo derrotado,
como también las numerosas ciudades que terminarán cambiando el mapa de Europa
que, en ese viaje y en esas fechas, conoció Goethe.
Goethe, será pues antecesor de
esa enorme transformación social y política, que no vislumbra, pues su obsesión
es el arte y todo su viaje por Italia se centra en descubrir obras de arte,
algunas de las cuales, viajeros ingleses, franceses y él mismo, tratarán de
apoderarse para llevárselas consigo, sin ningún escrúpulo.
Por esas fechas del viaje de
Goethe a Italia, en España gobierna Carlos III y brillan con luz propia los
Goya, Maella, Bayeu, Leandro Fernández de Moratín, Jovellanos, Menéndez Valdés,
Ramón de la Cruz, Samaniego
Nos hablará veladamente de sus amistades,
que trata de evitar, pero que finalmente en Roma profundiza, siempre acompañado
de pintores en sus desplazamientos y gran observador de la botánica, por la que
siente una enorme predilección y cree que una única planta es la que ha servido
de primer floración para el desarrollo de las demás, que trata de buscar
afanosamente.
El Carnaval de Roma, con un
amplio detalle e información de su desarrollo; la santidad de Felipe Neri y la
reunión pública de ilustres intelectuales romanos, que llaman Arcadia, serán
algunas de las extensas descripciones que Goethe hará de su estancia en Italia,
particularmente en Roma, también sus visitas a la capilla Sixtina y a la
iglesia del Vaticano.
En lo relativo a su obra, no
cejará en escribir para la ópera, plantear Fausto y en acabar Egmont, que acaba
el 5 de septiembre de 1787, en una muestra de condena al Duque de Alba, y por
ende a los españoles, quienes ordenaron la muerte de Egmont en Flandes, ya que
su profunda formación protestante basada en las enseñanzas de Lutero, le
obviaba señalar la crueldad de sus paisanos alemanes, continuamente en guerra, o
como mercenarios de los mismos españoles, conocidos como lansquenetes, al igual que los suizos, o la guardia Valona,
que perseguían la defensa absoluta del catolicismo frente a los movimientos de
destrucción de iglesias y posesiones artísticas de los Países Bajos católicos,
17 ciudades, entre ellas Lille y Metz, hoy en Francia.
Era pues más fácil seguir las
consignas de los Orange, los luteranos y los calvinistas, en una época de
incipiente fortaleza militar prusiana y la envidia secular hacia la enorme
presencia española en Italia, Flandes, Nápoles, Sicilia y las Indias, en torno
a una Corona y a la defensa de la fe católica.
Se convencerá de que ha llegado
tarde a la pintura, el diseño y la escultura, aunque siempre sostendrá su
pasión por el arte, y conservará un valioso conocimiento en gemología y
botánica, pero es en literatura donde alcanzará todo su esplendor, que ya
cuando viaja a Italia era conocido por su libro de Werther, apasionado
enamorado de la joven Carlota.
Sin embargo, con Fausto, pensado
mientras viajaba por Italia, la obra que le hará más famoso y llevará su literatura
a todos los confines del mundo y el reconocimiento alemán.









