LA ROMANA, DE
ALBERTO MORAVIA
La novela de Alberto Moravia
(1907-1990), escritor romano, y traducida al español por Francisco Ayala, nos
lleva a la ciudad de Roma y a la época en que el poder está en manos del Fascismo,
es decir entre los años 1922 y 1943, por tanto una dictadura de la organización
política y de la policía, aunque en esta novela poco se hable de ello y sí
mucho de la pobreza que fuerza a una madre a explotar la enorme belleza de su
hija, Adriana, de diecisiete de años, desde la humilde casa de una viuda de un
ferroviario y que se sostienen gracias a la costura, pero en situación
enormemente deprimente, por lo que la madre, sabedora del gran atractivo físico
de su hija, primero como modelo de un pintor y, con la habitual presión por el
penoso estado en el que viven, terminará llevando a Adriana al mundo de la prostitución,
a pesar de lo sueños que siempre anidaron en esta joven de tener un hogar,
casarse y ser feliz.
Muchos hombres, en su alcoba, que
había preparado para casarse ante las promesas en su primera desfloración, a
los dieciocho años, que tuvo con un chófer de una familia de alta alcurnia,
Gino, que sin embargo está casado y tiene una hija, de lo que será informada
por Astarita, un alto funcionario policial con quien también hace el amor, por
lo que desde ese momento más firmemente se inclinará por hacer la carrera, incluso algún que otro hurto, y
una colección de amantes, hasta que conoce a Jacobo, o Dino, un joven
estudiante de desahogada familia campesina, quien sin embargo no la quiere,
pero que junto a Sonzogno, un asesino y quien la dejará embarazada, son los
principales actores de este drama, en el que Adriana acepta su condición de
prostituta, aunque no puede evitar tener un enfermizo sentimiento de amor por Mino,
y aceptar que los demás la sigan poseyendo y acostarse con ellos.
La novela nos presenta esa
degeneración social, con una madre que deseosa de salir de la miseria en la que
se encuentra con su bella hija, la lleva a prostituirse y acepta el dinero que
de su hija recibe en pago de este viejo oficio. Adriana, bella por su juventud
y su fisionomía física, como por haber conservado en lo más íntimo un
sentimiento de amor y de sensibilidad hacia los demás, como por una esperanza
remota de encontrar un hogar donde desvivirse por su marido, que deseaba
hubiera sido Jacobo, acepta su sino, que no es otro que albergar en sus
entrañas al vástago de quien desprecia, la forzó y cuando hizo el amor la violentó,
Sonzogno, que había asesinado a un comerciante de oro, también al policía
Astarita, para terminar muerto a balazos cuando trataba de huir. Mino, su gran
amor y a quien ella, engaña diciéndole que su embarazo es a él debido, en carta
le terminará comunicando su amor, tras suicidarse, pero poner los medios para
que ese supuesto hijo pueda recibir los cuidados y atención necesaria, al igual
que su madre Adriana.
Círculo vicioso en el que Adriana
no logra salir, ni entregarse a quien como el alto policía Astarita le proponía
para que fuera su amante única, decidida ella a su libertad, a acostarse con
quien le parecía oportuno, impulsada por un frenesí sensual que no trasciende,
y un confort que solo alcanzará cuando sea la muerte de sus tres principales
amantes: Sonzogno, Astarita y Mino, quienes encuentren la muerte, que así
libera a Adriana, quien desde el comienzo no había ido relatando sus
sentimientos, sus paseos y su vida.







