LOS CIPRESES CREEN EN DIOS, DE
JOSÉ MARÍA GIRONELLA
Cuando el escritor español
ampurdanés, José María Gironella
(1917-2003), se propuso escribir una
trilogía de una parte de la historia de España que le tocó vivir, quizás la más
dramática, empezó en el primer libro con un portentoso título: Los Cipreses
creen en Dios, cuya obra acabaría de escribir en 1952, que tendrá a todos sus apareciendo en los restantes libros, a la vez
que la ciudad que tan bien él conocía, como es la ciudad de Gerona, aquella que
tan arduamente se defendió contra los invasores franceses de Napoleón en 1808 y
que, le iba a servir de patrón humano y social, en su aventura de relatarnos lo
que él vivió, pues fue partícipe en formaciones tradicionalistas, mientras
contaba diecinueve años cuando tuvo comienzo la Guerra Civil.
El título ya presagiaba la enorme
presencia de la Iglesia, como la fuerte oposición que siempre tuvo por su
cercanía al poder, sus riquezas y que enfrente, con lo sucedido en Rusia, con
la toma del poder por parte de los soviéticos, como después de la Revolución
francesa, el pensamiento y la sociedad empezaba a bascular hacia otras nuevas
creencias y una mayor liberalidad, como la pausada entrada del comunismo.
La familia Alvear, originarios de
Madrid y cuya cabeza de familia era Matías Alvear, por su profesión de
telegrafista, había conocido, además de la capital de España por su natalicio,
Jaén, Málaga y, ahora a los 45 años, desplazado a telégrafos de Gerona.
Casado con Carmen Elgazu, que cuando le decía loco lo hacía en
vascuence, pues era originaria de Bilbao y muy beata, procedía de una
familia anticlerical, un tanto anarquista su hermano Santiago, con familiares
también residiendo en Burgos, y hacia cuatro años que se alojaban en un piso de
la Rambla, a espaldas del río Oñar y antes de que se uniera al Ter. Matías,
políticamente, además de muy respetuoso con la enorme devoción de su esposa y
de sus suegros y cuñados bilbaínos, era republicano y el más reposado de los
otros tres hermanos, totalmente lo contrario del sentimiento de su esposa y de
su familia política, también nacionalistas.
La familia Alvear de Gerona
contaba con tres hijos, todos ellos nacidos en Málaga: Ignacio, César y Pilar.
Cuando les llegó la orden de traslado a Cataluña, Ignacio tenía diez años,
nació el 31 de diciembre de 1916, a las doce de la noche; César, ocho años y
Pilar, siete.
Tratando de inculcar vocación por
el sacerdocio y aconsejada por Mosén Alberto, relevante autoridad eclesiástica,
Carmen Elgazu matriculó a Ignacio en el Seminario como interno, visto el
temperamento díscolo del chiquillo.
Los tres años en el Seminario de
Ignacio serán un fracaso, por lo que decide finalmente no volver e informar a
su padre, su más comprensivo aliado, su nula vocación sacerdotal, que, sin
embargo, y sin que nadie le empujara a ello, sí será atendida por César, quien,
en lugar del vetusto seminario, entrará en el Collell, institución privada de
enseñanza, donde tendría que pagárselo actuando como fámulo, mientras que
Ignacio, gracias a un amigo madrileño del padre, y policía, García, se colocaba
como botones en el Banco Arús, mientras se producía el advenimiento de la
República y, de repente, por todas partes, en Cataluña, se exigía que hablaran
en catalán, aunque fueran emigrantes andaluces, murcianos y extremeños, por lo
que tuvieron que ir a clases de catalán nocturnas, ya que de lo contrario
estaban mal vistos y pronto oirían la voz de Azaña decir: España había dejado
de ser católica.
En el primer aniversario de la
República, las procesiones fueron suprimidas, en su lugar el Jueves y Viernes
santo, se oían himnos, sardanas y remolaban muchas banderas, mientras eran relegadas
las funciones religiosas al interior de los templos, en un plano medio clandestino.
Tres cursos de bachiller eran
superados por Ignacio a la vez y en septiembre iría a por el cuarto. Mostraba
así, a su compañero en el banco y próximo impulsor del partido comunista en
Gerona, Cosme Vila, como a Mosén Alberto, que las enseñanzas de los tres años
en el Seminario y su estudio particular y en una academia después, le habían
ayudado.
Iglesias y conventos, por toda
España, fueron pasto de las llamas, sin que la fuerza pública hiciera nada por
frenar estos atentados, a poco de implantarse la República, por lo que empezó a
cundir el miedo en Gerona, también en el fondo de su ser republicano por parte
de Matías Alvear.
En agosto de 1932 se alzaba
Sanjurjo contra la República, por lo que los limpiabotas del café Cataluña en
Gerona pronto pidieron su cabeza, y en septiembre, Ignacio aprobaba el examen
de cuarto de Bachiller y en el Banco era ascendido al puesto de meritorio, con
un sueldo de 100 pesetas.
Mientras tanto, los partidos
políticos se habían ido alineando y ocupando los mejores locales de la ciudad.
Izquierda Republicana, la Liga Catalana, Estat Catalá, la CEDA, Partido
Socialista unido a la UGT y la CNT junto a la FAI cobraba auge, a la vez que
las Juventudes Libertarias. El partido comunista era embrionario y los monárquicos
se reunían en la redacción del periódico Tradicionalista, lugar donde los
partidarios de Alfonso XIII hacían buenas migas con los que todavía guardaban la
boina roja.
El 15 de septiembre de 1932, en
Madrid, el Estatuto de Cataluña era
promulgado y la Ley de Reforma Agraria.
En las elecciones de octubre de
1932, las derechas, con Lerroux a la cabeza del Partido Radical, se imponen,
por lo que en Gerona las fuerzas de izquierda y los anarquistas tratan de
recomponer su figura y ven, con alarma, que los representantes monárquicos y
conservadores se pasean ufanos por la Rambla delante de ellos, a los pies de la
Catedral o por el Vía Crucis del Calvario, en la calle Platería y por la plaza
principal y volvían las procesiones por Semana Santa.
Los profesores Olga y David, socialistas
y de avanzadas ideas pedagógicas, y un tanto denostados por Mosén Alberto, prepararan
a Ignacio para el 5º de Bachiller, muestra elocuente de esa acendrada disputa
entre las enseñanzas de la Iglesia y las nuevas corrientes.
La sorda diputa política
ciudadana alcanzará su primer choque con el incendio de la imprenta donde se
editaba El Tradicionalista, organizado por miembros de la CNT-FAI, que
conmociona a toda Gerona, instalada en el Hospicio, cuando ya era noticia la
fundación de Falange Española e Ignacio Alvear acababa de aprobar el Bachillerato.
La nueva Ley de Contratos de
Cultivos hace manifiesto el duro enfrentamiento latente entre la Generalidad y
el Gobierno Central.
En Valladolid, un repartidor del
periódico socialista Claridad es asesinado por parte de una escuadra
falangista.
Empieza a hacerse patente un
clima de hostilidad social, con una revolución en ciernes, huelgas frecuentes,
incendio de la sede de la CEDA en Gerona, los gritos de ¡Viva Cataluña libre! y
la presencia de las 4 barras rojas se hacen presente por todas partes y los masones
se van infiltrando en todos los estamentos de la Nación.
En el balcón del Ayuntamiento,
por fuerzas catalanistas y socialistas, es proclamado el estado Catalán dentro
de la República Federal Española. Era un aciago 6 de octubre de 1934, que en
Asturias era la causa de una revolución, en la que los mineros se hicieron
fuertes en Oviedo y obligaba todo ello, al Estado, declarar el estado de guerra
y la Infantería y la Artillería se ponían en marcha para recomponer el estado de
derecho.
Al alba, las radios hablaban de
la rendición de la Generalidad a las tropas del general Batet. El alzamiento contra
España, en Cataluña, había durado 24 horas y fue conocido como la Revolución de
Octubre. Azaña, entonces en la oposición, sería hecho preso por encontrarse en
Barcelona, y considerarlo el Gobierno un incitador de la rebelión, cuando fue
todo lo contrario, un decidido luchador para evitar este golpe de mano de los
catalanistas.
El subdirector del Banco Arús,
amigo de Ignacio, cree que la masonería se había infiltrado entre los
Generales.
El 21 de febrero de 1936, todos
los que fueron presos con motivo de la revolución de Octubre de 1934, fueron liberados.
El hijo del jefe de la Tabacalera
en Gerona, Mateo, llega a esa ciudad y será el mejor amigo de Ignacio y el
novio de su hermana, Pilar.
Son frecuentes los mítines de los
políticos y de la CNT-FAI, con discursos alusivos a la violencia y la confrontación.
Mateo, afiliado a Falange, logra
en Gerona que se afilien a su formación chicos de la burguesía: Octavio, Roca,
Roselló, Haro, Benito Civil, de distinta extracción social.
En Valladolid, el hijo del
comandante en Gerona Martínez de Soria, padre de Marta, que será la novia de
Ignacio, es asesinado mientras pegaba carteles de Falange, sin que por ello, su
padre, pareciera inmutar su compostura, aunque regresó del entierro con el
cabello blanco, mientras Marta se encerraba en su cuarto completamente abatida.
Las elecciones de febrero del 36
son anunciadas y toda la maquinaria política de propaganda se ponía en marcha,
mientras saltaba a la prensa el negocio del Straperlo, que hundiría a Lerroux y
su formación política.
Las derechas van a los comicios
fragmentadas, mientras las izquierdas se unen bajo el paraguas del Frente Popular
y en el plano internacional Mussolini invade Abisinia, a pesar de las
advertencias en contra de la Sociedad de Naciones, organismo presidido por un
español liberal.
En las elecciones generales del
16 de febrero de 1936, triunfa la coalición liderada por Azaña, bajo el amparo
del Frente Popular.
Mateo reúne a sus siete cofrades
en Falange, les entrega una pistola y les avisa que ahora corren peligro y que
pronto llegará su hora, pues aunque ellos no estuvieran ni a favor ni en contra
del Frente Popular, creían que no serían capaces de enfrentarse a los
verdaderos enemigos de España y su integridad territorial.
Ignacio se declara a Marta.
Es detenido José Antonio Primo de
Rivera y en Gerona se hace una redada en el domicilio de los reconocidos
falangistas, como Mateo.
Companys preside la Generalidad y
todos los separatistas exiliados vuelven, pasando la factura correspondiente,
mientras agitadores comunistas internacionales llegaban a Barcelona: Losowski,
Neumman, Bacine.
Se inicia el control obrero en
las Empresas, la obligación de repartir beneficios con los trabajadores, etc.,
impulsado por la CNT-FAI, en cuya demanda se lleva a cabo una huelga en Gerona.
Atentado en el Museo Diocesano,
muere una de las sirvientas de Mosén Alberto.
El partido comunista trata de
imponer nuevas normas en Gerona, empezando por cerrar la sede de los partidos
de derechas, excepción hecha de la Liga Catalana y propone una huelga general,
mientras Mateo se dispone a dar un golpe y mostrar la presencia y
disconformidad de Falange.
La comitiva de huelga incendia el
Colegio de Hermanos de la Doctrina Cristiana y cae asesinado el hermano
Alfredo.
En el Parlamento español, Calvo
Sotelo había sido amenazado por la misma Pasionaria.
Mateo seguía escondido en casa
del Rubio en Gerona, mientras en la calle se extiende el rumor de un posible
levantamiento militar, bajo la égida de Mola, enviado a Pamplona, Goded a
Baleares y Franco a Canarias. Sanjurjo seguía exiliado en Portugal.
La mitad de los oficiales en Gerona
están decididos a unirse a los sublevados.
Discurso de Calvo Sotelo en el
Parlamento señalando el número creciente de víctimas a manos de las izquierdas,
amenazando el Presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, al
mandatario de derechas, respondiéndole de la misma forma que lo hiciera Santo
Domingo: “la vida la podréis quitar, pero más no podréis”, mientras en los
pasillos de las Cortes la Pasionaria declaraba: “este hombre ha hablado por última vez”. Fue cierto, aunque seguro
ninguna responsabilidad directa tuviera la dirigente comunista de Somorrostro,
ya que Calvo Sotelo sería asesinado por Guardias de Asalto, los mismos que
servían de guardaespaldas a Indalecio Prieto, del PSOE, arrojando su cuerpo
asesinado en las puertas del cementerio del Este, donde sería encontrado el 13
de julio de 1936.
El 17 de julio de 1936 llegan las
primeras noticias de una probable sublevación en África.
El día siguiente, 18, las radios
daban noticias más precisas de ese alzamiento, mientras que en Gerona tenía
lugar el día 19, declrándose el Estado de guerra.
Las noticias de combates
encarnizados en Madrid y Barcelona, como el enfrentamiento de los fieles a la
República y el Frente Popular contra los militares y falangistas.
Goded pronto terminaría rindiéndose
en Barcelona y en Madrid, en el Cuartel de la Montaña, el pueblo armado
derrotaba al general Fanjul, allí enclaustrado.
En Gerona, el comandante Martínez
de Soria tuvo que deponer su actitud alzando una bandera blanca, mientras era
detenido por el coronel Muñoz y el General, fieles a la República, conduciendo
a los 20 rebeldes a presidio, después de quitarles las insignias, mientras la
turba pedía armas y asaltaba los cuarteles en su busca.
Tras estos primeros conatos de la
plebe victoriosa, la masa decide asaltar las iglesias de la ciudad. Empezaron
incendiándolas, sacar los muertos de sus fosas y exponer sus huesos en la
entrada de la iglesia del sagrado Corazón, San Felix, las Escolapias, el
convento de las Dominicas.
Los arquitectos Massana y Ribas,
son nombrados alcaldes de la ciudad y logran detener a la plebe, decidida ahora
a quemar la catedral, que pasaría a ser destinada a museo del pueblo.
No hubo descanso en Gerona, para
los 235 sublevados y sus familias, para todo aquel que tuviera las manos finas,
llevara pulsera de oro y sombrero.
La autoridad había pasado a manos
de partidos políticos y sindicatos, con ideales revolucionarios.
Por la noche, las redadas de la
CNT y los comunistas, en los coches requisados, que iban de casa en casa, en
busca de civiles considerados fascistas, llevaron el miedo y el terror por toda
la ciudad, mientras las puertas del cementerio, dejadas abiertas de par en par,
iban recibiendo los cuerpos, ya fríos, de las víctimas.
Unos murieron valientemente,
gritando “¡Arriba España!”, otros, con pánico en los ojos. Pensar en la palabra
“fascista”, apuntar al corazón o a la cabeza, se hacía tan fácil para los
fusileros, y nada más, a la noche siguiente la misma escena, el mismo pavor del
apresado, de sus familiares, el mismo frenazo, los mismos culatazos para
empujar a la víctima a subir al vehículo que les iba a llevar a la muerte.
Los asesinos siguieron con saña
cumpliendo su misión, en cunetas, delante de un árbol, en un bosquecillo o
delante de una tapia, enfocados por la resplandeciente luz de los faros de un
coche y de un camión.
Ya de mañana., los primeros
habitantes con su cántaro de leche o de agua, descubrían con horror el cadáver
insepulto al borde del camino o de la carretera, después de haber saqueado los
objetos personales de los asesinados.
En este desenfreno infernal, la
colonia de emigrados murcianos de los arrabales se hizo presente, despojando
también de sus carteras y de los dientes de oro a las víctimas, después de que
los coches requisados, con los pistoleros y sus rehenes navegando hacia la
muerte, siguieran por la vereda del infierno.
Cierto es que algunas personas se
inhibieron, no participaron en la matanza, como se hubiera podido esperar.
Cosme Vila, Casal dirigentes del
Partido Comunista y del PSOE, o el Responsable, de la CNT-FAI, seguían creyendo
que la cacería humana tendría que durar más noches para castigar a todos los
miembros de la CEDA, los Tradicionalistas y de los beatos, curas, frailes y monjas, aunque sus familiares más cercanos,
sus hijas, ya pedían: “basta”, “ya está
bien”.
A la mañana siguiente, a eso de
las once, los milicianos volvieron a coger los coches, con el mono azul puesto,
mientras las mujeres que los acompañaban se apeaban y a cada transeúnte le
colgaban una banderita del “Socorro Rojo Internacional” y “Para la Milicia
Popular”, recogiendo los donativos, incluso dentro de los confesonarios, ahora
enclavados a ambos lados del Puente de Piedra, a modo de garita de arbitrios.
Las denuncias por parte de las
criadas fue otro de los seísmos y del miedo generalizado, pues los milicianos
seguían pasando por las calles con detenidos, conducidos hacia el Seminario,
convertido en cárcel.
No obstante, en Galicia, Navarra,
Andalucía occidental, Castilla, Toledo, Aragón y Mallorca, los rebeldes seguían
avanzando y cosechando éxitos militares.
Como cada noche, la ausencia de
un familiar convertía a la familia en la desesperación y la angustia, mientras
los coches seguían con su acostumbrado y diabólico desfile. El seminarista
César no había vuelto a casa y la inquietud y la zozobra hundían a la familia
Alvear en el peor de los presagios, a pesar de la protección brindada por el
miliciano Dimas.
Dimas y su secretario Agustín,
dos milicianos puestos en la casa por el policía García para custodiarlos en su
defensa, por la acendrada religiosidad de los Alvear, no tanto del patriarca
Matías, llegaron tarde. Cosme Vila, había ordenado al Responsable y a Teo, un
furibundo cenetista que había perdido a su hermano en la revolución de Octubre,
junto a cincuenta milicianos, acudieron al Collell para acabar con los
seminaristas allí encerrados. Conducidos todos ellos a la Biblioteca del
centro, el lugar más amplio y despojados los anaqueles de sus venerables libros,
se les indicó que tenían que desalojar el Collell y subirse en los tres
camiones que les aguardaban. César contaba con dieciséis años, tres meses y
diez días, cuando terminó cayendo delante de las tapias del cementerio,
acribillado a balazos, mientras los milicianos que les habían conducido a la
muerte se saludaban entre ellos: “¡Salud!”,
“¡Salud, camaradas!”.
Termina esta primer novela, galardonada
con el Premio Nacional de Literatura (1953) que continuará luego con Un millón
de muertos (1961) y más tarde Ha
estallado la paz (1966), en unos años que, visto ahora desde la lejanía y
teniendo como objeto la Guerra Civil de España, en sus diversas fases:
República, Guerra y Aperturismo franquista, parece extraño que se pudieran
publicar, quizás contó con la venia de Franco por ser su autor uno de los combatientes
en las filas de los Requetés, quizás, también, porque era necesario construir
para los españoles un nuevo mundo de prosperidad y libertad, que empezaba a
atisbarse, primero en economía y en la pujanza del turismo que llegaba a nuestras
costas. O a lo mejor, el Régimen no fue tan censor como se nos ha hecho creer.
Esta novela es fiel reflejo de lo
que no sólo pasó en Gerona, también lo que se vivió en toda España, en unos
bajo la dirección de camisas azules y caqui, en el otro bando, vestidos de un
mono azul proletario, donde la barbarie trató de eliminar al oponente, siempre
del signo opuesto, también con la misma saña: en cunetas, delante de las tapias
de un cementerio, sacadas las víctimas de la cama o conducidos en tropel:
seminaristas del Collell o miles de cautivos de la cárcel Modelo conducidos a
Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, en 1936, donde serían asesinados
sin misericordia.
Todo esto que sufrieron nuestros
abuelos, que algo conocieron nuestros padres, nosotros los nietos, tuvimos la
fortuna que nada se nos hablara, se intentaba ocultar, pues seguramente, todos
esos antepasados nuestros, decidieron que había que hacer realidad aquella
petición de Azaña en su último discurso en Barcelona: paz, piedad, perdón.
España, con el rey Juan Carlos I,
la inestimable ayuda de Adolfo Suárez, de la UCD y pronto la llegada al poder
del PSOE, con brillantes líderes como Felipe González y Alfonso Guerra, siguió
una senda de fortalecer la democracia y seguir avanzando en el Estado de las
Autonomías, que también aceptó la propuesta el PP, con Aznar, no así el PSOE,
que aprovechando una tragedia como fueron los atentados yihadistas del 11 de
marzo de 2004, y con la inesperada toma del poder de un despreciable y mediocre
abogado como Rodríguez Zapatero (PSOE), se inició un giro en el que la Memoria
Democrática se convertía en una revuelta de los considerados “perdedores” de la
guerra, ya fallecidos en su casi absoluta mayoría y en el esfuerzo desmedido
por desenterrar el pasado tan cercano, no ya a nivel de historiadores, pero ahora
a manos de políticos y con visos de perpetuarse en el poder, ahora con el
mantra del “no a la guerra” y de dar cumplida satisfacción a quienes estuvieron
del lado de la República o eran claramente separatistas vascos y catalanes.
En esa despreciable apuesta
política, en la que volvían a enfrentarse las dos Españas, alzándose un nuevo
muro de insolidaridad, tras llevar a España a la casi ruina, negociar con ETA
sin que todavía los españoles sepamos a qué acuerdos llegaron los terroristas y
Zapatero, después de que Rajoy (PP) recondujera la economía que en tan pésimo
estado habían dejado los socialistas, brotó en España un clamor contra el
bipartidismo, que se manejaba entre el PP y el PSOE, pero entre cloacas donde
la corrupción era una parte del entramado que enriquecía a líderes
conservadores y socialistas, razón de que en el último momento, el PNV otorgara
los votos necesarios al PSOE de Pedro Sánchez Castejón, en esa nueva apuesta de
regenerar la democracia española, que presentaba en las Cortes su principal
edecán, Ábalos.
Los casos de corruptelas que la
prensa pudo filtrar a la opinión pública, desde el pucherazo de Sánchez en la
sede de Ferraz, las mordidas de ministro y Secretario de Organización
socialista, Abalos; de su guardaespaldas y hombre para todo: Koldo, seguido
después por el nuevo Secretario de Organización socialista: Santos Cerdán; el
caso del fiscal García Ortíz; el Tito Berni; los ERES en Andalucía; Jordi Pujol
con el tres por ciento en Cataluña y, en estos últimos días, los sucios y
oscuros negocios del que fuera Presidente de Gobierno socialista, José Luis
Rodriguez Zapatero, vinculado al chavismo venezolano, a traficantes
venezolanos, han vuelto a mostrar la debilidad en la que se encuentra la
democracia española, por fortuna atada al devenir de Europa, como miembro de la
Unión Europea, hacen que este libro, como la misma trilogía de José María
Gironella, sean necesarios en los colegios, como en la necesidad que tiene la
ciudadanía de no dejarse engañar por estos energúmenos que han logrado alcanzar
el poder, gracias al atavismo social español, su proverbial ignorancia y el
mercadeo que los socialistas acostumbran a hacer con el voto y los empleos, que
acostumbran a otorgar de preferencia a familiares y amigos, convirtiendo hoy el
PSOE, que ayer fuera ilustre, en una banda mafiosa que precisa regenerarse si
no quiere desaparecer como el PRI mejicano.
Como los Diarios de Azaña, la
trilogía escrita por José María Gironella y, particularmente, la novela Los
cipreses creen en Dios, bien merecen su lectura, pues nos advierten del peligro
que siempre tiene encima la democracia, sobre todo en España, donde la sangre
tan fácil nos hierve.











