CAMPO DEL MORO,
DE MAX AUB
A veces, las novelas de Max Aub
no son fáciles de seguir, pues el diálogo entre los intervinientes es continuo,
a menudo con la prosapia propia del lugar o del personaje, y tienen un carácter
avanzado en el que, como en una feria enloquecida, los protagonistas son todos
y, el hecho primordial que su autor quiere insertar, el momento histórico, casi pasa
desapercibido. Fiel ejemplo de cuanto declaro antes, es esta novela que nos
lleva a los críticos años del fin de la Guerra Civil en la zona Centro, pero lo
que la hace más verídica, es que ha de ver con los siete días en los que el
partido comunista se enfrenta al decidido golpe de estado dado por el coronel
Casado, con la connivencia de Julián Besteiro, prestigioso político socialista;
el general Miaja, que ya tuvo que hacer frente en el 36 al abandono del
gobierno republicano de la capital camino de Valencia, para defender Madrid;
Wenceslao Carrillo, también del PSOE y padre de Santiago Carrillo (PCE); y el
sindicalista J. González Marín (CNT), integrando el Consejo Nacional de
Defensa, un 5 de marzo de 1939, decididos a que no haya más derramamiento de
sangre, cuando ya antes Azaña había presentado su dimisión como Presidente de
la República, tras entrar en Francia desde la Vajol, y que, al día siguiente, 6
de marzo de 1939, lo que quedaba del reducido Gobierno de Negrín, tomara un
avión militar en la posición Yuste, desde el aeródromo de Monovar, la ciudad
natal de Azorín, y volaran hacia el exilio en Toulouse, Francia, no lejos del
casi medio millón de exiliados que ya poblaban los campos de concentración de
Argèles y Saint Cyprien, rodeados de gendarmes senegaleses y alambre.
En esta huida de Negrín, en el
mismo avión viajan Julio Alvarez del Vayo, (Ministro de Estado); Pedro Prat
Gaballi; Mariano Ansó (Ministro de Justicia) y Wenceslao Roces (Subsecretario
de Instrucción Pública).
Pero no son los políticos ni los
militares, ni tampoco los milicianos, los actores principales de esta novela,
son distintos españoles que por diversas circunstancias o por su convencida fe
en la República, también en hombres como Azaña, viven la penuria, el hambre en
la ciudad de Madrid destruida. Son Vicente Dalmases, Lola, su amante; la
mecanógrafa del Ayuntamiento, Rafael Vila, el llamado Pirandello, entre otros, aunque en verdad, como en la calle
Valverde, es el latido de la ciudad de Madrid lo que está presente en la
memoria de su autor, también la amargura de una nueva disputa entre los mismos
hombres y mujeres que defienden una ciudad sitiada como Madrid, mientras el amor también sigue su
curso y se presenta entre las desvencijadas casas y la eterna cartilla de
racionamiento, la falta de víveres y las ansias de un final que parece no
llegar nunca.
Con la última desbandada,
decidido a llegar a Valencia, para despedirse de su esposa Asunción y sus dos
hijos, Vicente, ya sobre el camión que avanza hacia Tarancón, se convence que
no puede ir sin despedirse de su gran amor, Lola, la hija del Espiritista, la mujer que le estuvo
buscando mientras estuvo encerrado por comunista, la mujer que en Madrid se le
entregó y que se jugó la vida por él. Desciende en Motilla del Palancar y
regresa apresuradamente, en otro camión, esta vez en la cabina, entre el chófer
y un guardia de asalto. Corre a la calle de Luchana y sube de dos en dos las
escaleras que lo conducen a la puerta del piso entreabierta, donde el viejo,
completamente borracho, de rodillas al verle entrar, le grita -¡Has vuelto!
¡Has vuelto!
Del dintel de la entrada de su cuarto
cuelga el cuerpo de Lola.
El 13 de marzo de 1939, habiendo
dejado atrás la Plaza de la Alegría –la de Manuel Becerra- ya por Ventas, el
desvencijado carromato que lleva el cadáver de Lola, tirado por el jaco matalón, junto al cochero
Bernardino Ureña, Rosa María Laínez, Manuela y Mercedes, decididas a darle
sepultura a la amiga, reciben un obús de lleno, esparciendo los cuerpos, en
tanto que el caballo durante un cuarto de hora corre por el campo desierto
pateando sus tripas.
De esta cruel manera, Max Aub,
termina su novela, en la que el Madrid omnipresente, en sus últimos días de
guerra entre hermanos, se convierte en despojos, traicionado por los unos,
abandonado por los otros y dispuesto a ser conquistado de nuevo, aunque en la
memoria del escritor siguen golpeando los recuerdos de unas gentes humildes,
las que siempre son derrotadas y las que siempre viven con el miedo ancestral,
sin que la extremaunción alivie su últimos parpadeos ni la resurrección de la
carne y la oración les conceda la paz que tanto ansiaron.
Desde el Campo del Moro, a los
pies del Palacio Real, o lo que fuera el Alcázar, con la sierra del Guadarrama
de un lado, la Casa de Campo del otro y la Almudena a la espalda, no lejos de
la Opera y de la Puerta del Sol, donde confluyen todos los caminos de España,
todo el oleaje de ese pueblo español dispuesto a dejar la vida por su
independencia y su libertad.

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