HERNÁN CORTÉS, DE JUAN MIGUEL ZUNZUNEGUI
Felizmente, en este siglo XXI,
bien desde Europa, en la persona de la eminente profesora española Elvira Roca
Barea, o cruzando el “charco”, como acostumbramos a decir quienes desearíamos
que las orillas del continente americano y el europeo estuvieran más próximos
física e intelectualmente, a pesar del océano Atlántico, gracias a la
contribución del brillante escritor y propagandista Juan Miguel Zunzunegui, la
leyenda negra que sobre la conquista española de América trataron de impulsar
desde la familia Orange y la rivalidad inglesa, empieza a ser contrapuesta y
desmentida certeramente por ambos, aunque es el hermano mejicano quien con su
libro sobre nuestro héroe Hernán Cortés (Medellín, 1485-Castilleja de la
Cuesta, 1547) sobre el que teje sus desvelos y, resueltamente con enorme
sencillez, nos va mostrando la grandeza de la persona que, probablemente con
una enorme fortuna y el apoyo de la Providencia, logró una de las mayores
gestas que un hombre pudiera soñar, ya que con cuatrocientos españoles, pudo conquistar
un imperio que, gracias a su coraje, la ayuda de los tlascaltecas y otros
pobladores de Mesoamérica, que odiaban a los aztecas, hicieron posible la
conquista y creación de la que fue llamada Nueva España del Mar Océano, hoy
México.
No fue solamente el
descubrimiento de un nuevo y el más vasto territorio que engrosaría las
posesiones de la Corona española, inicialmente con Carlos I de Castilla y V de
Alemania, nieto de los Reyes Católicos, y natural de la ciudad burguesa de
Gante, en aquella época en poder de los Habsburgo y poco después perteneciente
a España por la descendencia de doña Juana I de Castilla, la gesta, ni tampoco
vencer a Moctezuma, desde el interior de la misma capital Tenochtitlan. Tampoco fue el hecho llevado a cabo por
cuatrocientos aventureros españoles, la mayoría de ellos procedentes de
Extremadura, dentro de una ciudad de más de doscientos mil pobladores y un
imperio entre siete y veinticinco millones de habitantes que dicen los
cronistas. Tampoco fue que Marina, la traductora, la Malinche, hiciera posible
que su conocimiento de la lengua náhuatl y el español, también el maya, hiciera
comprensible para Cortés los designios del tlatoani,
de su belicoso hermano Cuauhtemoc y la firma de sus alianzas con los otros
pueblos oprimidos por la crueldad de los aztecas, sus sacrificios humanos y el
carácter antropófago de su población. Lo más grande de la aventura de Cortés,
desde que varara sus naves en lo que después sería el puerto de Veracruz, es
que con su acendrado valor hará posible el avance humano que pronto seguirá a
este descubrimiento para los europeos, ya que no solo ayudó a Carlos V para,
con el primer cargamento de oro que le envío y recibió a través del puerto de
Amberes, pagar su elección como el César de occidente, sino que a América
llevará todo tipo de animales y vegetales que gradualmente se irán aclimatando,
sino que con su apuesta de no detenerse en las ofrendas que le hacían los
indios con oro, seguir implantando el conocimiento que albergaba desde que pasó
por las aulas de la universidad de Salamanca.
En ese mestizaje, en ese avance y
prosperidad de la humanidad que gracias a Cortés y sus hombres se logrará, para
Europa y América, la llegada de los Franciscanos, su humildad en la
implantación de la religión católica y la progresiva entronización de la fe y
la cruz, con la presencia de la Virgen, cuya representación y veneración también
procedía de la Guadalupe española, que
también se asentará en la cima donde antes los indios veneraban a una diosa, en
la Nueva España sin el niño en brazos.
Ciudades, catedrales, iglesias,
casas valiosas, construidas con las piedras de aquellos horrendos templos de pirámide
truncadas donde los enemigos eran sacrificados por sus sacerdotes en la anual
guerra florida, como homenaje a sus
diversos dioses y después devorados los cuerpos que eran entregados a las
multitudes, Cortés y los españoles que fueron asentándose en estas nuevas
tierras, que seguirían avanzando y haciendo nuevos descubrimientos hasta el
golfo de Guatemala o hacia el norte, dando nombre a lo que hoy es California,
mientras la llegada de españoles seguía avanzando por tierras americanas y
dando la vuelta al mundo, confirmando su redondez, gracias al esfuerzo de
Magallanes y El Cano.
La caña de azúcar empezará a
florecer, también la vid, cuando descubren la utilidad del maíz y pronto de la
patata o del tabaco, qué decir del caballo, la vaca y el cerdo, cuyos rebaños
se extenderán y ayudarán en esa rápida expansión humana.
Alejandro Magno y César son hoy
las grandes figuras de ese valor humano que logró que las fronteras del
conocimiento greco latino fuera desde el Finisterre hasta el Indo, mientras que
Hernán Cortés, ese humilde extremeño de familia de hidalgos castellanos, logró
con la derrota del imperio azteca, que el español y todo el bagaje cultural y
religioso que con él llevaba a cuestas, se implantara en un nuevo continente,
donde no quiso imponer sus propias creencias sino mezclarlas, en un mestizaje
en el que el respeto a lo descubierto se hiciera posible, como así fue.
Hora es que se honre a este gran
descubridor, a este gran conquistador que es Hernán Cortés, cuyo reposo eterno
no ha sido fácil y, como buenos descendientes de españoles, los políticos de la
hoy República de México, han tratado de culpar de su propio mal gobierno para
tejer una cortina de humo que oculte su mala gobernación, hecho éste también
habitual en la gobernanza de España, cuando merecería tener un mausoleo para
honrar su persona y sus logros, como estatuas que siempre tengan presente su
memoria.

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