martes, 1 de septiembre de 2026

STEFAN ZWEIG. VEINTICUATRO HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER. O el flechazo.

 


STEFAN ZWEIG. VEINTICUATRO HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER

Stefan Zweig  (Viena, 1881-Petrópolis, Brasil, 1942), publicó en 1927 esta pequeña historia en la que el amor, cual un relámpago, se le aparecen a dos mujeres, Henriette, que con el escritor y su marido empresario lionés y sus dos hijas menores están pasando el verano hospedados en una pequeña pensión de la Riviera, junto a otras dos parejas y una bien atildada señora mayor, británica, llamada Mistress C, quien también le narrará a Stefan su repentina historia de amor, tras la defensa que éste hizo por la huida de Henriette tras un joven huésped italiano que sólo llevaba dos días en aquella pensión.

Al parecer, cuando contaba cuarenta y tres años de edad, era viuda y se encontraba en Montecarlo, mistress C creyó que un joven jugador del casino, en su desesperación por las pérdidas, tenía la intención de suicidarse, por lo que ella trató de ayudarle y, probablemente, terminó enamorándose y, si este jugador se lo hubiera pedido, todo lo habría abandonado por él. Habiéndolo socorrido en dinero y con la promesa solemne de que abandonaría el juego y regresaría a su pueblo en Polonia, tras haber pasado la noche juntos. Sin haberle podido decir adiós en el andén del tren, donde quizás se hubiera arrojado a sus brazos y acompañado donde el jugador hubiera querido, Mistress C, al regreso de la estación, trató de recordar los distintos lugares por los que había paseado con aquel joven, por lo que terminó entrando al casino y, en la misma mesa donde por primera vez vio sus convulsas manos, encontrarlo de nuevo apostando el dinero que ella le había dado para su retorno.

Mistress C descubrió con amargura que aquel por quien todo lo hubiera abandonado, sin embargo solo tenía un amor: el juego.

Años más tarde, en una reunión con embajadores, un polaco le contó la historia de un pariente cercano que se había suicidado. Mistress C ya tenía superado aquel flechazo y esas veinticuatro horas que pudieron hacerle cambiar su tenue paso por la vida, mientras Henriette, en el círculo de los huéspedes de aquella pensión de la Riviera, una pareja de italianos y otra de alemanes, solo merecía su desaprobación y solo la defensa del escritor allí presente.

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