STEFAN ZWEIG. VEINTICUATRO HORAS
EN LA VIDA DE UNA MUJER
Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, Brasil, 1942),
publicó en 1927 esta pequeña historia en la que el amor, cual un relámpago, se
le aparecen a dos mujeres, Henriette, que con el escritor y su marido
empresario lionés y sus dos hijas menores están pasando el verano hospedados en
una pequeña pensión de la Riviera, junto a otras dos parejas y una bien
atildada señora mayor, británica, llamada Mistress C, quien también le narrará
a Stefan su repentina historia de amor, tras la defensa que éste hizo por la
huida de Henriette tras un joven huésped italiano que sólo llevaba dos días en
aquella pensión.
Al parecer, cuando contaba
cuarenta y tres años de edad, era viuda y se encontraba en Montecarlo, mistress
C creyó que un joven jugador del casino, en su desesperación por las pérdidas,
tenía la intención de suicidarse, por lo que ella trató de ayudarle y,
probablemente, terminó enamorándose y, si este jugador se lo hubiera pedido,
todo lo habría abandonado por él. Habiéndolo socorrido en dinero y con la
promesa solemne de que abandonaría el juego y regresaría a su pueblo en
Polonia, tras haber pasado la noche juntos. Sin haberle podido decir adiós en
el andén del tren, donde quizás se hubiera arrojado a sus brazos y acompañado
donde el jugador hubiera querido, Mistress C, al regreso de la estación, trató
de recordar los distintos lugares por los que había paseado con aquel joven,
por lo que terminó entrando al casino y, en la misma mesa donde por primera vez
vio sus convulsas manos, encontrarlo de nuevo apostando el dinero que ella le
había dado para su retorno.
Mistress C descubrió con amargura
que aquel por quien todo lo hubiera abandonado, sin embargo solo tenía un amor:
el juego.
Años más tarde, en una reunión
con embajadores, un polaco le contó la historia de un pariente cercano que se
había suicidado. Mistress C ya tenía superado aquel flechazo y esas
veinticuatro horas que pudieron hacerle cambiar su tenue paso por la vida,
mientras Henriette, en el círculo de los huéspedes de aquella pensión de la
Riviera, una pareja de italianos y otra de alemanes, solo merecía su
desaprobación y solo la defensa del escritor allí presente.

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