jueves, 8 de octubre de 2026

JOHANN W. GOETHE, VIAJE A ITALIA

 


                                           JOHANN W. GOETHE, VIAJE A ITALIA

Goethe, Francfort, 28 de agosto de 1749 y Weimar, 22 de marzo de 1832, es para los alemanes equiparable al sentimiento que los españoles tienen por Cervantes, por sus grandes obras literarias escritas en alemán, en una época en que Alemania no existía como nación, fue fundada como Imperio y unión de la mayoría de sus regiones o ciudades-Estado, en 1871, incluso más tarde que Bélgica, que encontró su independencia y su unidad con la revolución de 1830, liderados por Prusia y aceptando que Baviera disfrutara una monarquía propia, servicio diplomático, red de ferrocarriles independiente y control de su ejército en período de paz, que con la hegemonía de Guillermo I y luego Guillermo II,  fueron pocos los años que así estuvieron.

En este libro, en el que nos informa de su viaje a Italia, con estancia de más de  un año, principalmente en Nápoles y Roma, aquí por dos veces, nos hace recorrer, desde su comienzo en Karlsbad y entrando por el Brennero, siendo Roma para él  su Arcadia, ya que viajaba a Italia con intención de formarse mejor en dibujo, pintura y escultura, copiando de los grandes maestros que por esas tierras dejaron su mejor impronta.

Entre los muchos lugares que visita, a parte Bolzano, Trento, Verona, Venecia,  Bolonia, Florencia, Roma, Nápoles y Sicilia, en esta última testigo de los desastres recientes de temblores de tierra, son tres las ciudades que más le conmueven, considerando a Palermo, Mesina y Taormina como una sola entidad, por su geografía y restos históricos, serán Venecia y Roma, las que más atraigan su atención, a pesar de que la vitalidad humana de Nápoles siempre impondrán su atractivo.

En Venecia, la particularidad de la ciudad lacustre, sus canales, sus góndolas y la historia de un Estado marítimo de su Serenísima, venido ahora a menos, pero que cada 7 de octubre, celebran sus Dogos, magistrados y pueblo llano, con enorme pompa delante de la imponente catedral de san Marcos y a unos pasos de su león alado sobre una enorme columnata, con el continuo repique de campanas, la victoria en Lepanto sobre los turcos, gracias a generales españoles como Álvaro de Bazán, Alejandro Farnesio, Juan Cardona, Lope de Figueroa y la egregia dirección de don Juan de Austria.

El desfile y la pompa por los puentes sobre el Canal Grande, de Rialto y los Suspiros, como la enorme belleza de su arquitectura y de muchas obras ocultas en estos palacios alzados sobre las aguas, el silencio de sus plazas y estrechas calles, mientras el chasquido de las olas del mar Adriático es permanente, sostenido por una tierna y delicada mano, a resguardo siempre dentro de su eterna laguna.

Posiblemente Goethe se sintió atraído por las descripciones, estudios y obras de Winkelmann, arqueólogo e historiador del arte alemán, razón de su obsesión por mejorar y aprender de los maestros italianos, cuando todavía las naciones no habían conocido la revolución francesa (que tuvo lugar un 5.5.1789 y la toma de la Bastilla un 14.7.1789) y él empezó el relato de su viaje un 3 de septiembre de 1786 y lo termina en abril de 1788, antes de que Napoleón Bonaparte diera un golpe de Estado, un 9 de noviembre de 1799, y el Estado del Vaticano, donde gobernaba los espíritus y al pueblo el papa Pío VI desde Roma, terminara siendo derrotado, como también las numerosas ciudades que terminarán cambiando el mapa de Europa que, en ese viaje y en esas fechas, conoció Goethe.

Goethe, será pues antecesor de esa enorme transformación social y política, que no vislumbra, pues su obsesión es el arte y todo su viaje por Italia se centra en descubrir obras de arte, algunas de las cuales, viajeros ingleses, franceses y él mismo, tratarán de apoderarse para llevárselas consigo, sin ningún escrúpulo.

Por esas fechas del viaje de Goethe a Italia, en España gobierna Carlos III y brillan con luz propia los Goya, Maella, Bayeu, Leandro Fernández de Moratín, Jovellanos, Menéndez Valdés, Ramón de la Cruz, Samaniego

Nos hablará veladamente de sus amistades, que trata de evitar, pero que finalmente en Roma profundiza, siempre acompañado de pintores en sus desplazamientos y gran observador de la botánica, por la que siente una enorme predilección y cree que una única planta es la que ha servido de primer floración para el desarrollo de las demás, que trata de buscar afanosamente.

El Carnaval de Roma, con un amplio detalle e información de su desarrollo; la santidad de Felipe Neri y la reunión pública de ilustres intelectuales romanos, que llaman Arcadia, serán algunas de las extensas descripciones que Goethe hará de su estancia en Italia, particularmente en Roma, también sus visitas a la capilla Sixtina y a la iglesia del Vaticano.

En lo relativo a su obra, no cejará en escribir para la ópera, plantear Fausto y en acabar Egmont, que acaba el 5 de septiembre de 1787, en una muestra de condena al Duque de Alba, y por ende a los españoles, quienes ordenaron la muerte de Egmont en Flandes, ya que su profunda formación protestante basada en las enseñanzas de Lutero, le obviaba señalar la crueldad de sus paisanos alemanes, continuamente en guerra, o como mercenarios de los mismos españoles, conocidos como lansquenetes,  al igual que los suizos, o la guardia Valona, que perseguían la defensa absoluta del catolicismo frente a los movimientos de destrucción de iglesias y posesiones artísticas de los Países Bajos católicos, 17 ciudades, entre ellas Lille y Metz, hoy en Francia.

Era pues más fácil seguir las consignas de los Orange, los luteranos y los calvinistas, en una época de incipiente fortaleza militar prusiana y la envidia secular hacia la enorme presencia española en Italia, Flandes, Nápoles, Sicilia y las Indias, en torno a una Corona y a la defensa de la fe católica.

Se convencerá de que ha llegado tarde a la pintura, el diseño y la escultura, aunque siempre sostendrá su pasión por el arte, y conservará un valioso conocimiento en gemología y botánica, pero es en literatura donde alcanzará todo su esplendor, que ya cuando viaja a Italia era conocido por su libro de Werther, apasionado enamorado de la joven Carlota.

Sin embargo, con Fausto, pensado mientras viajaba por Italia, la obra que le hará más famoso y llevará su literatura a todos los confines del mundo y el reconocimiento alemán.

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