jueves, 8 de octubre de 2009

DE LA ESPAÑA REPETITIVA

De la España repetitiva




Releyendo algunos de los Episodios Nacionales del ilustre escritor Don Benito Pérez Galdós, como otros libros que nos hablan de nuestra historia en el siglo XIX, es curioso hallar bastantes similitudes con lo que hoy acontece en nuestra España del siglo XXI y en el cercano siglo XX, como si nada hubiéramos aprendido de los acontecimientos que tuvieron lugar en aquel frenético siglo XIX.

Mientras que en el siglo XX nos enfrentamos los españoles. Hermanos contra hermanos, vecinos frente a vecinos, unos contra otros, en los tristes días que fueron del 36 al 39. En el siglo XIX tuvimos tres guerras civiles, cuyo epicentro estuvo en el Norte, donde la disputa entre absolutistas y liberales o carlistas y cristinos, ensangrentó nuestra Patria.

No fue suficiente ese enorme lastre para el desarrollo de España, tanto en el siglo XIX como en el XX, contribuyendo a favorecer el abandono de nuestras colonias y que emergieran voces independentistas también en suelo español, en Cataluña y Vizcaya.

Hoy en el siglo XXI, todavía seguimos arrastrando para nuestro despegue las disputas de los nacionalistas de credo fascista, que además en tierras bizcaitarras se ayudan de la goma 2 , el tiro en la nuca y la cobardía general, para amedrentar a cuantos no opinan como ellos. Mientras que esto ocurre en el País Vasco, en Cataluña el idioma catalán es hoy el arma que de manera impuesta pretende destruir sus lazos con la España a la que siempre han pertenecido, contando con frecuencia con el respaldo de quienes sus raíces y lengua vernácula son castellanas: andaluces, castellanos, gallegos, aragoneses, ya que no podrían congraciarse con el poder o subir en el escalafón social catalán.

En este apartado, poco hemos aprendido, ya que todo ello se inicia con el romanticismo y con la pérdida de nuestras últimas colonias en Cuba y Flipinas.

También se pretende ocultar las aspiraciones y contribución a esa España eterna, de eminentes figuras catalanas como el general Prim, Figueras o Pi y Margall.

Por tanto, no solo hemos dado mayores medios a quienes aspiran a desintegrar el Estado, sino que todavía no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo para que la libertad y derechos sean iguales en cualquier rincón de esta piel de toro, dando alas a la disidencia y a quienes entorpecen el crecimiento de España.

Tampoco hemos aprendido de la frustración de Azaña o Indalecio Prieto, en las memorias de ambos o en la Velada de Benicarló de Don Manuel, cuando nacionalistas vascos y catalanes nos mostraron a todos su faz insolidaria, mientras Madrid se batía sola y millares de españoles padecían la crueldad de una guerra fratricida.



Si en política no hemos sido capaces de superar los errores del siglo XIX, en el campo laboral, excepción hecha de los avances en tecnología, mentalmente también hemos avanzado poco, ya que ayer y hoy la aspiración de una amplia masa social sigue siendo ser funcionario. Magníficamente descrita por los brillantes escritores costumbristas del XIX, en particular en las obras de Mesonero Romanos. Hoy tenemos tres millones de administradores de lo público.

Y qué decir de nuestras clases dirigentes, ayer como hoy, provienen de la burguesía. Ni siquiera en las filas del socialismo. En su mayoría abogados o empleados del Estado. Que lejos quedan los obreros que alcanzaron altas magistraturas o la dirección de su partido: Largo Caballero o Pablo Iglesias.

También en esta parcela se da el mismo fenómeno existencial que por el pasado, ya que en el socialismo la disciplina de partido sigue presente, tapando incluso la voz de la conciencia de aquellos que ven la deriva actual del Gobierno, o cuando, tras la sublevación militar, Prieto no obtuvo la aprobación de su partido para gobernar como había concertado con el Presidente de la República. Hoy siguen haciendo piña, a pesar de errores notables y conductas más propias de la derecha: lujoso apartamento del Sr.Blanco en la Isla de Arosa, vínculos sociales del Sr. González, despilfarro y abandono de los ideales de igualdad social y un largo etcétera.

Pero que decir de la derecha, tampoco han cambiado, se siguen peleando como lo hacían antes.

Ayer sin embargo, en las Cortes, los Castelar, Salmerón, Cánovas del Castillo y otros eminentes oradores o más cerca de nosotros Julián Besteiro, Prieto, Calvo Sotelo o el extraordinario Azaña, no tienen punto de comparación con la mediocridad de los congresistas de hoy, sobre todo si quien declama es la ministra de Fomento o un parlamentario catalán, éste con frases atropelladas, pobre sintaxis y argumentos periclitados. En suma, una enorme mediocridad hoy.



Si la comparación la tenemos que hacer en el campo de las letras y el periodismo, a pesar del auge de las nuevas tecnologías, la radio y la televisión, nos percatamos que aquel siglo XIX contó con una pléyade de poetas, escritores, pintores, músicos y autores teatrales que podríamos llamar un segundo siglo de oro de las artes hispanas. En el periodismo, a pesar de que nacían y desaparecían de continuo y que tuvo innumerables enemigos en la clase dirigente, destacó por su libertad y la brillantes de su humor. Hoy, por desgracia, la prensa española y los medios de información, pertenecen a empresas cercanas al gobierno o a la oposición, en definitiva han perdido la libertad de expresión que deseamos para estos medios, están encorsetados según su dependencia política o económica, bien por los favores concedidos por el gobernante de turno o por las concesiones que los bancos les hacen. El lector o la prosperidad de España poco les sublima, sino es sus ingentes emolumentos o la cercanía del poder.



Y de la banca, qué decir. En 1863, Hugo McCulloh, que fuera secretario del Tesoro de Estados Unidos, advirtió de lo que debían hacer y no. Decía: “no conceder créditos que no estén asegurados más allá de toda contingencia razonable. El capital de un banco debe ser una realidad, no una ficción.” También pedía que se siguiera un negocio bancario directo, honesto y legítimo. “No deje que la perspectiva de grandes beneficios le tiente a hacer nada que no esté permitido por la Ley de Moneda Nacional; los espléndidos financieros, en el mundo de la banca, son generalmente o farsantes o truhanes”. ¿Alguien leyó esto cuando se entregó en los brazos de Madoff, abrió las puertas a las hipotecas subprime o alentó a nuestras inmobiliarias a comprar suelo al precio que fuera, encareciéndolo de manera desorbitada y llevándonos hoy a la ruina que tenemos? Gobiernos, bancos emisores y pueblo llano tenemos la misma responsabilidad. ¡La agonía rompe el saco! que dice un viejo aserto castellano.

Pero acaso en este siglo XXI tenemos líderes que nos saquen de esta crisis…



En el siglo XXI España ha resuelto pocos de los interrogantes de la sociedad del XIX, sigue sin alinearse económicamente con las naciones líderes. El paro crece de manera brutal y no digamos ya en Andalucía donde nos seguimos distanciando de regiones como Cataluña, Madrid o País Vasco.

A pesar de nuestra antigüedad como nación y del sacrificio de tantas generaciones que nos precedieron: conquista de medio mundo, alzamiento del pueblo frente al Imperio en 1808, reyes despóticos, guerras civiles, emigración, proclamas militares, miseria; sigue teniendo un terrorismo latente y unas aspiraciones de segregación que no se conocieron entonces, como una estructura económica que no termina de situarnos donde por su cultura e historia merecemos, que minan nuestro progreso hoy como ayer.



Buen número de nuestros destacados políticos de antaño aspiraron a una revolución ya que la clase dirigente cercenaba la libertad y el progreso. Mientras que en el siglo XIX esto fue motivo de continuos enfrentamientos que acabaron siempre en asonadas militares y la toma del poder por los espadones. Hoy se hace necesaria una nueva revolución, no ya la que pretendió Largo Caballero o la incruenta que logró Azaña en el 31, sino una revolución de valores, donde toda la sociedad nos demos cuenta que no podemos seguir siendo gobernados por una clase dirigente enferma, mentirosa, de izquierdas y derechas, unos sindicatos rehenes y oscuros. Donde la primacía de la conquista del poder subvierte cualquier aspiración de igualdad y prosperidad social. Donde la juventud es adocenada en pos del becerro de oro. Donde la prensa y televisión pervierten su función y dedican su tiempo al cotilleo y la basura.

Nuestra historia y los ríos de sangre que han corrido por estas tierras en tantos siglos, bien merecen una regeneración de nuestra sociedad y que España pueda ser el faro de la libertad, progreso y fraternidad humana.

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