Acabada la lectura del libro Lorca el último paseo, escrito por el periodista de Ideal Gabriel Pozo y con la ansiedad de pronto tener entre mis manos los libros de Isabel García Lorca, Recuerdos míos o el libro de Eduardo Molina Fajardo, sobre los últimos días de mi siempre venerado paisano poeta, de nuevo me asaltan, desde la lejanía a mi tierra natal, a mi pequeño país de Granada, a mis calles y a mi hogar infantil de la calle de Niños Luchando número 12, esquina con Cocheras de Santa Paula y en la vecindad de la placeta de la Encarnación, la calle San Jerónimo, la placeta de la Universidad, con Carlos V sobre su pedestal marmóreo, o la Gran Vía o la misma calle Santa Paula, el callejón del Trabuco, la calle Duquesa, el jardín botánico, la calle Tendillas, Mesones, Plaza de las Pasiegas, Bib-Rambla, Plaza de la Trinidad, Gran Capitán, San Justo y Pastor, San Juan de Dios o ya más lejano el Triunfo y la acera de Canasteros, de mi costado materno.Desde las modestas y bellas casas de mi tierra, con su acento andaluz, que es su casa con un patio común, que sostiene la primera planta una redonda columna gris o blanco macael, un surtidor de agua en el centro o la abundancia de macetas, la terraza abierta y cubierta por tejas árabes; enjabelgadas sus paredes de cal.
Su luz abrasadora del mediodía y la quietud por su siesta. El frío, el inmenso frío de los inviernos, sostenido alrededor de un modesto brasero alimentado de picón, bajo la mesa redonda cubierta de una espesa tela o mesa camilla, que ayudaba a la formación de las cabritillas en las piernas y a combatir los sabañones de las manos y las orejas.
Con el tiempo, fui conquistando más territorio a añadir a mi patria: la Plaza del Carmen, San Matías, con su dédalo de calles y la atracción de lo prohibido por ser quien recogió los restos de la Manigua; Reyes Católicos, el Zacatín, el paseo la Bomba, en cuyo kiosco los domingos oíamos a los músicos de la orquesta municipal, uniformados de azul y con su gorra de plato. Música de pasodobles y de la sonoridad de los instrumentos de metal.
Y qué decir de los Reyes Magos de Bib-Rambla, donde nuestros padres retrataban en blanco y negro nuestras primeras peticiones a los magos de Oriente, o dábamos vueltas en los columpios allí apostados por Navidad. O acaso aquel parque de pavos, en la Plaza de la Trinidad, con su moco y su continuo griterío, dispuesto para que nuestros abuelos lo engordaran y estuvieran en la cena navideña
El Corpus, ocasión en la que Granada se vestía de fiesta, estrenábamos zapatos y ropa nueva, o embobados intentábamos desentrañar el sentido de las carocas o nuestra propia malafollá
O aquellos títeres, aquel “chacolín” que siempre con su trozo de madera deshacía entuertos y conquistaba el aplauso de la chiquillería apostada en el suelo frente a un alto y oscuro escenario ante el que desfilaban muñecos de trapo manejados por el arte de las manos de unos tirititeros.
Los “guripas”, aquellos policías con enorme abrigo gris, botones dorados y gorra de plato gris con franja roja, bien a pié a sobre sus Ossas perseguían que no jugáramos a la pelota.
A veces, un turista sobre un Aiga, o coche americano de hermosa silueta, se detenía delante de la Colegiata y con la compañía de una bella mujer detenían su mirar sobre su fachada de mármol y en el barroco interior, se extasiaban, como yo, ante la estatua del ángel dando muerte al dragón, que junto al suelo de losas blancas y negras, siempre me impresionaron desde que yo y mis hermanos todos allí fuéramos bautizados, como también el vasto oropel de su retablo en el altar mayor.
Allí estaba mi mundo. En el colegio de las Damas apostólicas, de oscuros pasillos, pero con un inconfundible olor a lápices, tinta y orines. Las monjas de clausura de la Encarnación o sus vecinas de hábito negro y cubre cabeza blanco, las serviciales Siervas de María. Estas atentas siempre con el nieto del carpintero, a quien agasajaban la portera y la cocinera de oronda y siempre sonriente cara, con una madre superiora siempre del norte de España, Navarra o vasca, de pronunciadas eses y duros modales.
El ir y venir de carpinteros, ebanistas, como de trajinantes para ver al abuelo carpintero, para los encargos, obras de artesanía siempre pagadas a bajo precio y con demora, a pesar de tener entre sus mejores clientes a la Iglesia, la aristocracia, cada vez más venida a menos, y los leguleyos.
Por aquellas calles de mi infancia, de mis primeros amigos, de juegos, de tiempo eternamente ocioso. De niños por todas partes, de niños siempre en la calle.
De mis primeras películas en el costado del Sagrado Corazón, donde el escándalo era frecuente o de aquellas películas de piratas en el Cine Olimpia. O en los salesianos del Triunfo, en cuyo amplio patio de tierra con frecuencia, remangadas las faldas de su oscura vestimenta, los jóvenes educadores corrían tras una pelota, entre la algarabía de sus alumnos.
De la muchedumbre por todo mi barrio, donde en su plaza llegaban los viajeros de pueblos cercanos.
Las campanadas de la Colegiata que marcaban con sus cuartos el avanzar del día o la rotundidad del paso de los tranvías por San Jerónimo, cual elefante ferrolítico
Las chapas, el jolgorio de nuestros juegos y la quietud en las casonas, tras las enormes puertas de madera.
A veces, cuando conseguíamos un “chavico” el futbolín frente al jardín botánico
Y qué decir del vetusto estadio Los Cármenes, de donde mi padre cada domingo volvía la voz ronca de gritar a su Granada C.F, el “a la bín a la la bá a la bín bon ba, Granada, Granada, Granada, ra, ra, ra”, que creo recordar, mientras yo daba patadas a una pelota en la calle e intentaba emular a los Diestafonos del momento y el abuelo escuchaba las retransmisiones que hacía Matías Prats, pegado el oído a una modesta radio. Mi padre como yo, empezando por el Recreativo, filial del grande, también nos enganchamos a los colores rojos y blancos, a Candi, a aquellas alineaciones de las que me hablaba mi padre con Trompi, Mendez y otros nombres que dieron fama al club de fútbol de Granada, en cuya lejanía de mi casa, cercano a la Plaza de toros, en ocasiones, haciendo novillos, me escapaba a verlos entrenar, a percibir el olor de la hierba cortada y a sorprenderme por la proximidad con la cárcel. Entre la cárcel provincial y el Veleta, este oasis del deporte en las entonces afueras de Granada, tenía una vista sobre la lejanía de las cumbres nevadas que seguro pocos han tenido oportunidad de contemplar en su majestuosidad invernal.
Entonces no sabía de la Alhambra ni de Sierra Nevada, ni de García Lorca, como tampoco de que por aquellas calles y plazas años antes de yo venir al mundo, el odio, el miedo y el terror, inundó de amargura sus corazones.
Todo ello, en mi ignorancia de juegos, como en el silencio forzado de los mayores, tardé en saberlo hasta ya hecho un hombre, como se decía entonces.
Sin embargo, aquellas piedras, aquellos ladrillos, aquellos adoquines, aquel aire, que habían respirado hombres ilustres, de los más sabios del planeta, también había sido lugar de ponzoña y, desgraciadamente, de muerte para los hijos de buen número de aquellas casas, detrás de aquellos cristales, visillos y puertas, que yo recorría con la alegría de la infancia en una ciudad que a quien como yo y mis siete hermanos, vimos la luz o pasamos gran parte de nuestras vidas bajo el éter de su cielo
Con el paso del tiempo, con el paso de los años, sin uno percatarse, como le ocurriera a Federico, uno es atraído irremediablemente hacia Granada, quizás porque nuestro cordón umbilical cortado con la madre, nunca se desprende con nuestra tierra, existe un elemento fantasmal, telúrico o quizás que solo pudiera explicar el mismo Lorca o Galdós en las aventuras de sus personajes cuando viajan por las profundidades de la tierra sobre toros y en compañía de una pléyade de musas, recorriendo España.
Es una cadena, que cuanto más va encaneciendo nuestra cabeza, nos atrae, nos arrastra.
Primero parece como aquellas cadenas cuyos eslabones rodean el jardín trasero del Convento de San Jerónimo, con sus pequeños y abundantes naranjos. De ese tamaño empieza la suave, lenta, gradual opresión, cual el canto de sirenas atrayendo a Ulyses contra las rocas, aunque más ingrávido, menos sonoro, pero de la misma hermosura, más sutil, nos embauca y nos arrastra.
Lejos de Granada, a cuantos he conocido, a cuantos por circunstancias de la vida se han tenido que ausentar: trabajo, estudios, emigración, exilio, sienten el mismo pesar del abandono de este paraíso, cualquiera que sea su fortuna.
Este rincón del universo, próximo al mar que llevó la civilización grecorromana, que atrajo a los godos venidos de centro Europa, que a su vez éstos abrieron las puertas a ocho siglos de invasión sarracena, hasta la refundación católica, atrae y nos arrastra, unos a su descanso y, otros, como nuestro poeta universal, a su perdición.
Aquí quiso descansar Isabel la Católica, en el Generalife, aunque su nieto el emperador terminara dándole sepultura a sus restos junto a la Catedral, en la Alcaicería.
También aquí, en la yesiba o comunidad judía de nuestra Garnata al-Yahüd, vino a descansar el gran Samuel Ibn Nagrella
Boabdil desde su tumba en Fez no tuvo la misma fortuna y desde su retiro en el Norte de Africa, siempre soñó con su colina roja.
El Gran Capitán, gracias a los desvelos de su esposa, pudo también regresar a descansar en un marco incomparable, único, espléndido de arte, la capilla de San Jerónimo
Nuestro Federico, que de no haber truncado su vida unos forasteros, como hicieran también con millares de hombres y mujeres: el comandante Valdés, el judas Ramón Ruíz Alonso y el miserable perjuro Queipo de Llano, unidos a la aviesa persecución que instaron nuestros paisanos los hermanos y abogados Jiménez de Parga: José, secretario judicial; Antonio, juez municipal del distrito del Sagrario y delegado de orden público en unión de Julio Romero Funes; Manuel Jiménez de Parga, con despacho en la planta baja de Gobierno y encargado de entregar los vales de gasolina. (¡Menuda cuadrilla!, así han prosperado ellos y sus allegados) y el guardia de asalto Romero Funes, asesores del Gobernador civil. Aquí quedaba deshecha la hospitalidad que le dieran los hermanos Rosales, que solamente en sus mujeres: Esperanza y su hija, como en la valiente actitud de Pepiniqui, no empañan el baldón que sus otros hermanos dejaron con su silencio a tan florido apellido, cuando en la calle Angulo fue apresado el poeta.
En esta ciudad cainita, en su ciudad, de la que llevó con orgullo su nombre por América, la que paseó por Argentina, entre nuestros gallegos y nuestros emigrantes granaínos, la que en la modernidad también es célebre por él y por su esplendor arquitectónico de antiguo, vino a protegerse, a abrazar a sus padres, a su cuñado y esposo de su hermana Isabel, alcalde de Granada, Manuel Fernández Montesinos, también asesinado, como también el director de El Defensor de Granada, Constantino Ruíz Carnero, periodista y poco conocido escritor. También se lavaba las manos el Capitán Nestares con su conocido Federico, como hiciera con otro granaíno de pro, Joaquín García Labella, como con un sin número de otros hombres y mujeres anónimos, cuya desgracia fue luchar por la libertad, por una mayor justicia y por una vida más digna, sobre cuyas muertes estos siniestros personajes sí han podido dar un sustento y una elevada posición a sus descendientes, con farmacias, despachos, ministerios y regalías, de las que los proscritos no solo perdieron su vida, sino que sus descendientes se vieron marcados y, en su mayoría, obligados a un exilio de su amada tierra.
También vino a ver un último amanecer, a decirle adiós a los luceros que le acompañaron en la agonía de su muerte, una madrugada del 18 de Agosto de 1936, entre Viznar y Alfacar. Cerca de Fuente Grande, Aynadamar o la fuente de las lágrimas.
A los pies de la Sierra de Huétor, en las cumbres donde moran las nieves que luego en llanto proceloso recorren las oquedades de la Alfaguara para convertirse en los ríos que quitan la sed a Granada: Darro, Cubillas, Fardes, entre bosques de pinares y encinas, de mirlos y petirrojos, de águilas y búhos, de lagartijas, topillos y una fauna y flora extensa que sigue dando vida y color a barrancos, hoyas y cumbres, de esta paradisíaca comarca.
Sin embargo, el maestro, el insigne, el grande, el universal Federico, mi paisano, mi hermano, mora donde mejor podía tener sepultura, desde la cumbre que mira Granada, a su amada ciudad, a su casa, a soslayo de Sierra nevada, adarve de una Alambra majestuosa.
Probablemente su duende, su musa, su estrella o las líneas de su mano, estaban trazadas para descansar escuchando el rumor subterráneo del río y el tronar en la montaña de la tormenta que trae el agua. Su sepultura no tiene la piedra, el mármol o el granito, ni tampoco un epigrama que le destaque, que mejor epitafio, que sencilla cobertura que la tierra y la hojarasca, las hierbas, el musgo y los cantos de las piedras, con el manto de la bóveda celeste cubriendo su descanso eterno y la paz que seguro nunca alcanzarán quienes hollaron estos parajes en la noche, con envidia y la maldición de los justos por los siglos de los siglos.
Sin embargo, su grandeza, aún no es reconocida en su plenitud, no ya por la valía de su teatro, que transformó la escena de aquellos años con la aparición e innovación que incorporaron sus obras, sino que en su poesía, en su romancero, nadie mejor que él para recoger el sentimiento de las clases oprimidas, de los labriegos, del gitano, del débil, del amor no correspondido, del homosexual, de la mujer.
Es un autor sin parangón, un privilegio que viera la luz entre nosotros, aunque también para nuestra desdicha una tragedia que sus propios vecinos le dieran muerte.
Al igual que la Alhambra, que nuestra monumental ciudad, él merece que desde la cumbre donde descansa, celebre que los descendientes de su estirpe granaína lo homenajean y buscamos el perdón de quien con su generosidad tanto a dado a nuestra ciudad y tanto más hubiera dado de poder seguir viviendo, como también devolver a cuantos fueron víctimas anónimas, nuestro compromiso de que nunca más tamaño disparate de guerra civil pueda tener lugar entre nosotros.
Firmado: El mirlo blanco
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