jueves, 21 de abril de 2011

GRANADA Y SU SEMANA SANTA

Quizás porque quien escribe ya va peinando canas o caso por la lejanía de su patria infantil, siempre añorada, cuando hoy uno contempla en los diarios el paso de la Virgen de los Dolores o el Rescate, me atropellan los recuerdos de aquellos lejanos años donde mi abuelo, “Paco el carpintero” de Niños Luchando, cuya grandeza como artesano iba a la par de su elevada humildad como persona, pasaba buena parte de los días en la Iglesia del Convento de San Antón o en la de la Magdalena, bajo la dirección del todo poderoso Hermano Mayor, D. Antonio, de escasa estatura como inusitado nervio, canoso, beato, misógino y a buen seguro generoso con los rectores eclesiásticos y mezquino con los obreros, para que esas obras de arte y de devoción pudieran salir a aquellas calles donde el frío y la miseria, en los albores de los sesenta, embargaba a la mayoría de las familias granadinas.


Ya de madrugada, cuando la procesión regresaba al templo para su encierro, eran frecuentes los enfrentamientos y las peleas con los cirios como defensa, ya que los “cachorros” de la grey gobernante, del entonces partido único, luciendo su victoriosa camisa azul y la boina roja, aprovechaban la ocasión para dirimir sus diferencias. Espoleados por buenos “lingotazos” de Soberano y la necesidad de entrar en calor, frente a la representación tradicionalista, que desfilaba bajo la advocación de la Virgen de los Dolores, del prócer granadino Don Ramón Contreras y Pérez de Herrasti.

Atrás quedaba el intenso olor a incienso y jazmín, el tibio crepitar de las velas, el colorido de las capas y trajes de los mayordomos y la singularidad de los capirotes, cíngulo y antifaz blanco con la cruz roja de San Andrés en el pecho, sobre el traje de lana blanco de los requetés. Atrás quedaban las músicas. Atrás las saetas. También la brisa helada que llegaba desde Plaza Nueva, a orillas del Hadarro.

Presente el bello palio tachonado de  luceros celestes, las andas, los varales plateados, los jarrones de cristal, los ciriales, las rosas, las flechas, el áurea de estrellas, el manto, las lagrimas y el rostro de dolor de aquella Virgen.

Si todo aquella liturgia siendo niño ya te encadenaba a las tradiciones de nuestro pasado, qué decir cuando una salve, cantada a coro, por modestos costaleros (que esa noche llevarían algún dinero a su hogar), capataces, mayordomos, monaguillos, cofrades, familiares y las monjas de clausura tras las celosías de su celda, tras los gruesos portones y la vetustez de aquella iglesia en desorden, se elevaba en la "madrugá" poniendo término a la procesión por toda la ciudad y cuando un nuevo día estaba próximo a alborear.

A ese modesto carpintero como a aquellos esforzados costaleros, hoy quien entonces no era más que un testigo infantil, les quisiera rendir un homenaje público y reclamar el recuerdo para esos antepasados que hicieron posible conservar la tradición que hoy perdura, ahora con más “publicidad” y folclore, mientras por las calles de la vieja Garnata se suceden nuevos pasos, otros desfiles y distintos penitentes, aunque la fría brisa de las nieves y el perfume de las flores, sigue conservando a pesar del paso del tiempo, la misma lágrima fría y de color que en el pasado.

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