jueves, 9 de junio de 2011

ALMERIA, AYER Y HOY.

Mientras que una ligera brisa empezaba a disipar la niebla en forma de cendales, que con parsimonia trepaba desde el puerto de Almería hasta coronar la Alcazaba, los trajinantes comenzaban a desperezarse y desde las huertas de Pechina o del vecino valle de Andarax se acercaban las reatas de mulos, mientras que las vagonetas de mineral desde la sierra de Gádor y los escasos vehículos a motor de entonces, iniciaban su quehacer diario, en la esperanza de un cálido día en la hermosa ciudad espejo del mar. La calle de las tiendas cual un zoco empezaba a levantar las persianas con el estridente ruido metálico. La Plaza o mercado hervía en cada puesto con su variedad de frutas, hortalizas y pescados, llenando la atmósfera de un colorido de arco iris y de olores de profundos mares. Los kioscos y modestos cafés servían a los parroquianos la copa de Soberano o el aguardiente de rigor de los albores del día.




Sonaron en los relojes de los rezagados, bajo la tibieza de las sábanas y el tintineo de los campanarios de la ciudad, las 7,30 h del día 31 de Mayo de 1937, cuando en Pescadería, el Parque, las Almadrabillas, el hoy paseo de Almería, la vecindad del coso de los Toros, en la plaza de Vilches, la fortaleza de la Catedral, la Iglesia de san Sebastián, la Cruz Roja, la estación ferroviaria y la sede del diario ugetista Adelante, el estruendo más grande que nunca pudieran soñar los habitantes de la apacible ciudad que un día perteneciera a los Nazaríes. Durante 40 minutos sin interrupción, desde 12 km mar adentro, un acorazado y cuatro destructores alemanes, bombardearán sin notificación previa alguna a la población indefensa.

Dejan 31 muertos, incalculables heridos y una ciudad asolada por la metralla y la barbarie bajo la bandera del Nacional-socialismo.

Las calles, plazas, iglesias y casas del centro de la ciudad se llenarán de cascotes, lagrimas, sangre y muerte, donde antes reinaba la alegría propia del Sur.



Después de tamaña “proeza” frente a una población inerme, ensangrentada y derruida, el comandante de uno de aquellos navíos, pariente o conciudadano de herr Prüfer-Storks, junto a la bitácora de su camarote registrará para su Führer: “deber cumplido”.



Cerca de 13 lustros más tarde, la que podría ser su nieta, Cornelia, desde Hamburgo, sin que todavía Alemania haya reparado el daño que hicieran entonces sus antepasados a tantos inocentes, después de ver cómo los hombres y mujeres de Almería, tras su peregrinación por Europa o en la misma España, buscando cómo recuperarse de cuanta desolación y abandono les había deparado su postración y su geografía, -tras las frecuentes emigraciones-, después de convertir su yermo suelo en una huerta para sus propias familias y para Europa, -tras innumerables horas de trabajo, sin ayudas oficiales y con el sólo empeño de su sudor, su sangre y su total abnegación-, con la única caricia de un sol y un viento que nunca descansan pero que ayudan al florecimiento de sus cultivos bajo plástico, un nuevo Deutschland, de tristes resonancias históricas, volvía a bombardear sus esperanzas, los sueños de sus antepasados y el porvenir de sus hijos, utilizando como excusa a un modesto pepino para tapar las ineficiencias de una marca, la Alemana, que no sólo incendió Europa en varias ocasiones en el siglo XX, sino que en su seno fue capaz de albergar y gobernarse con quienes llevaron a cabo el mayor holocausto humano nunca antes conocido, en defensa de su raza, y que hoy pretende endosar a unos humildes agricultores los fallos de la ineficacia de su sistema de salud y de sus gobiernos locales.



Hoy igual que ayer a los almerienses no sólo no habrá quien les pida perdón, ni quien repare el enorme daño ocasionado en sus vidas y en sus haciendas de tantas familias, en su mayoría humildes y muy trabajadoras.



Hoy como ayer esta Almería que cada día levanta la persiana al campo, al transporte, a la distribución, a la investigación y sobre cuyos hombres pesan ingentes cargas tributarias y de intereses bancarios para su progreso, se siente una vez más frustrada y en esta nueva Europa sin fronteras, descubre como no existe justicia y los “fuertes” pueden con los “débiles”



Hoy como ayer, ni la furia contenida de Indalecio Prieto ni de sus correligionarios actuales, harán justicia, por desgracia, ya que España no tiene quien pueda defenderla y ni siquiera su historia y su apuesta por Europa, como cuanto de ella llevó por el Universo, le sirve para hacer justicia a sus ciudadanos almerienses.

Almería, 7 Junio 2011
El Mirlo Blanco

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