domingo, 12 de junio de 2011

LA ALPUJARRA Y SUS RINCONES

HIRMES, BENÍNAR Y DARRICAL REDUCTOS ALPUJARREÑOS



Más allá de Berja, pasando por Peñarodá, se llega a un pueblecito, a unos 600 m sobre el nivel del mar, de escasas viviendas, como escaso encanto, si no fuera porque delante del lateral de su modesta iglesia, sus vecinos han levantando un pedestal sobre el que posa en mármol el busto decimonónico, por sus recios bigotes, del que debió ser su hijo predilecto, el doctor Quero. Este desde su atalaya mira al fondo del barranco, del que rodea todo este pueblo en su balcón de piedra, el pantano de Benínar y, a su espalda, siempre reluciente, incluso en época estival, las nieves perpetuas de Sierra Nevada, cual si pareciera un dosel, emerge al fondo del paisaje con sus destellos níveos en verano y un espeso manto blanco en invierno.

Las golondrinas y un viejo, las unas con su ir y venir incesante, su eléctrico vuelo y sus numerosos nidos; el anciano como un niño en la sombra de la plaza, ven pasar el tiempo. Las aves migratorias cumpliendo con su ritual, uniendo desde tiempos remotos dos continentes dispares: Africa y Europa. Buscan una descendencia que luego de norte a sur también llevarán a las cálidas tierras del continente negro, el recuerdo de su primer vuelo, sus primeras ingestas y del sonido broncíneo de unas campanas. Allá, más al Sur la voz del almuédano llamando a la oración y el azote de de las arenas del Sahara, en esta orilla las vegas, acequias y el paisaje que tan bien conocieran los primeros pobladores que venidos desde el Yemen, transformaran en un vergel lo que antes eran tierras remotas de godos.

Aquí, por Hirmes y por la que fuera la taha de Berja, en la estribación sur del macizo nevado de su mismo nombre, una acequia centenaria sigue regando la modestia de olivares y pequeños huertos que modestos paisanos conservan por la costumbre, ya que poca ganancia aportan, a buen seguro, a las economías de estos pagos.

De regreso a Berja, y buscando denodadamente una antigua calzada romana, probablemente ya desaparecida entre la maleza y la incuria, no puede uno dejar pasar la ocasión para ver el pantano de Benínar. Meritoria obra que a buen seguro facilita el riego a los prósperos cultivos bajo plástico de la comarca virgitana, aunque en su lecho se encuentre ahogado el pueblo que da nombre a esta obra faraónica, que recoge las aguas que descienden desde el Mulhacén. En un lateral la enorme maza de piedra rojiza muestra los cortes a los que se le tuvo que someter para facilitar la realización de esta obra. En la cara opuesta, los pinos y un poblado vacío donde albergaron a los picapedreros del pantano.

A la sombra del monte seccionado, la carretera nos conducirá a Darrical. Estamos a unos 400 m del nivel del mar y a orilla del mismo río que desciende hacia el pantano de Benínar. Una iglesia del siglo XVI, de trazas mudéjares por su ladrillo y un racimo de casas encaladas nos quieren recordar estampas moras, aunque ahora algunos de sus habitantes son británicos y tienen el buen gusto de venir a pasar su retiro en estas comarcas de insuperable quietud.

Las golondrinas y las palomas torcaces aquí también descansan desde tiempos inmemoriales, por encima de las sucesivas lenguas y religiones que han estado presentes en estos dominios que, desde el Yemen, se adueñaran allá por el año 740 la tribu de los Banú Assan.

A los pies de Darrical, en el río una antigua represa de hormigón que sirviera para controlar el nivel del agua y seguro de improvisada piscina o lavadero, como también para facilitar la obra de la presa de Benínar, se va deshaciendo perdida ya su utilidad.

De nuevo en Berja, no puede uno sustraerse a visitar Villavieja, la antigua medina y fortaleza Nazarí, donde se yerguen aún haciendo frente a las inclemencias del tiempo y al abandono, la torre del Espolón y lo que podría ser la entrada a la fortaleza.

En la base de las murallas, queda la elipse de lo que pudo haber sido un anfiteatro romano, ya que antes que los árabes poblaron estos pagos los romanos de la antigua Hispania.

Ya en Berja, uno deja atrás una bóveda de un celeste único, un sol de magnificencia atronadora y el regusto del agua cristalina de la modesta fuente de Darrical y la sonoridad abrupta de su río, que como el paseante que esto escribe, seguro que conocieron y amaron quienes han tenido la fortuna de conocer estos lugares, serenos, hospitalarios y de hondas reminiscencias.


La anécdota de este paseo no la hallará el viajero en el paisaje o en la soledad de los pueblos, se puede descubrir en la pequeña placa de mármol que en la fachada de la modesta iglesia de Darrical recuerda la memoria de José Antonio. Seguro que hasta aquí llegó algún vecino o párroco “agradecido” a los favores de los mandamases de entonces, a quienes como a lo largo de la historia del hombre, el pueblo llano tuvo que rendirle pleitesía, antes para comer y sobrevivir, hoy para una “canonjía”, un puesto de funcionario o un empleo en el partido político del momento.

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