domingo, 19 de enero de 2014

DE LOS JUEGOS INFANTILES DE AYER Y DE HOY

DE LOS JUEGOS DE AYER Y DE HOY Cuando los noticieros publican hoy día que España es el país donde mayor número de teléfonos móviles existen por habitante y cuando en cualquier jardín público o plaza, por las calles, en los colegios o por los pasillos de los numerosos centros comerciales, vemos como niños y jóvenes con qué habilidad manejan los pulgares manipulando estos nuevos gadgets electrónicos, nos damos cuenta de la transformación que, en pocos años, ha sufrido nuestra sociedad. Si ellos nos hubieran visto, allá por los años sesenta y setenta del ya lejano siglo XX, cuando nuestros juguetes sólo eran una peonza, unas lustrosas canicas de cristal, que guardábamos en una bolsa como si fueran preciados doblones de oro, una lima para utilizarla en la rayuela, insertándola en el barro de aquellas calles de los nuevos barrios obreros, en los extrarradios de nuestras viejas ciudades. Cuando en el suelo nos tirábamos para ver cómo se comportaban nuestras chapas o tapones metálicos dentados de las cervezas. A veces aplastados en los raíles de los tranvías, con el ánimo siniestro e infantil de verlos descarrilar, nunca alcanzado. Las niñas saltaban a la comba, o hacían malabarismos también a la rayuela, ellas de su lado, las pocas que podían evadirse del cuidado de sus hermanos menores o de las tareas domésticas que compartían desde muy pequeñas con sus madres. Y nosotros persiguiendo una improvisada pelota de trapo, después de haber perdido algún balón en el balcón de la vecina casa de la plazoleta, atentos a que ningún gris motorizado en sus voluminosas Ossas viniera a estropear nuestros partidos de fútbol. Intercambiábamos cromos, aquellos de la caja de mistos, que eran la silueta de nuestros héroes del balompié. Luego vendrían en los chocolates de la Campana o en sobres que comprábamos en los kioscos, cada vez que a nuestras manos llegaba una escasa perra gorda. También coleccionábamos historias de santos y mártires, mientras mascábamos chicle Bazooka, duro como una piedra o devorábamos en la merienda un trozo de pan con una onza de chocolate, dura como un peñasco o con galletas María. En ocasiones, en los portales, al abrigo del sol o de los días de lluvia, nos jugábamos a los montones los cromos de fútbol o cambiábamos los repes. Las niñas, en cambio, vestían con los recortables a sus muñecas de papel o se entretenían con aquellos cuentos en cuyo interior tenían castillos recortados y cuentos de príncipes que se alzaban al paso de sus páginas. En ocasiones con una rueda y un palo de guía recorríamos las calles y, rara vez, si teníamos la fortuna de algún amigo aristocrático, de los que abundaban en el reino de Granada, con sus lujosas y maravillosas mansiones en el Gran Capitán, nos regalara un triciclo para ellos ya inservible, que serviría para que toda la chiquillería de Santa Paula, San Jerónimo, Jardín Botánico, San Agustín y Niños Luchando, corriera tras el afortunado poseedor, sin que con tantos perseguidores la vuelta no terminara pronto con aquella joya de tres ruedas, rota con tanto viajero imposible de soportar tan escuálido artilugio ciclista. Estrenábamos los juguetes por Reyes, o de la Epifanía, día en que todos salíamos a la calle con nuestros modestos balones, algún tren de chapa o los soldaditos de plomo. También con aquellos indios y vaqueros, que nos hacían soñar con el lejano Oeste, éstos los más afortunados. En la plazoleta nos mostrábamos unos a otros nuestros nuevos juguetes, que pasaban de mano en mano. Intercambiábamos, a menudo, miradas de infantil envidia si otro amigo había recibido aquel juguete que antes viéramos en el escaparate del 95, en Plaza Birrambla, paraíso infantil hoy desaparecido. O algo más lejos, bajo los soportales de la calle Angel Ganivet, en la tienda donde trabajó Miguel Ríos, veíamos los soldados y juegos que aspirábamos tener tras la cabalgata de Reyes. Los fuertes, las diligencias, las chozas de los indios, los carromatos y los soldados del Séptimo de Caballería. Ni qué decir que lo mismo que largo tiempo creímos que los niños venían de París, también estábamos convencidos que los Reyes Magos eran aquellos tres venidos de Oriente, Melchor, Gaspar y Baltasar, que desfilaban por nuestra Gran Vía o nos tomaban en brazos para la foto de rigor en una gélida Plaza Birrambla, bajo el toldo de una modesta barraquilla de feria, mientras la nieve se ensoñereaba por las cumbres nevadas o en la misma Plaza Nueva y la Acera del Darro. Mientras esto sucedía en la ciudad, en los pueblos, caso de Deifontes, Dehesas Viejas, Pechina, Viator, Laujar o los de la Alpujarra, las madres en torno a las seis de la mañana, cargadas con un barreño de zinc que apoyaban en la cadera y un cubo del mismo material gris plata en la otra mano, salían envueltas en su rebeca de espesa lana gris, cubierta la cabeza con un pañuelo, para hacer la colada en el lavadero público. Madrugaban para coger sitio y poder llevar a cabo la enorme tarea diaria. Después de arrodilladas en la fuente pública, golpeando las sucias ropas para sacar de ellas hasta la última mota de mugre, volverían cargadas con el peso húmedo que sería tendido en el patio, en la azotea o en la misma era, donde el sol y la luz harían su trabajo último. Un tazón cerámico humeante con migas de pan y el marrón de la chicórea o la cebada, llenarían el estómago de la numerosa prole que hormigueaba bajo techos de lajas o de modestas techumbres o en la misma ciudad, alrededor de una mesa de camilla de jarapa. Quizás, acudirían al servicio doméstico, a abrir el bar o la tienda de ultramarinos, donde mientras su esposo despachaba a los parroquianos, ella anotaría en un cuaderno el débito otorgado al vecino. Luego vendría el almuerzo y quitar la mesa, como al atardecer, la cena, donde ellas, una vez más, se desenvolverían sin que se notara su agotamiento. Las que conserva mi memoria, en su mayoría contaban con cinco, siete y hasta diez bocas a quienes dar de comer, vestir, zurcir, incluso salir a buscar trabajo para sumar unos miserables duros a tan exiguos ingresos. A veces en ese hogar convivían con abuelos o alguna tía soltera. A cuantas he conocido y que recuerdo, nunca las escuché la más mínima queja sobre su destino. Y a mí siempre me regalaron una sonrisa y calurosas carantoñas. Siempre estaban dispuestas a un trabajo que hoy, cuando echo la mirada atrás, me asalta el desconsuelo de no haberles podido expresar mi reconocimiento en nombre de tantos cuantos pudimos holgazanear y jugar con aquellos modestos juguetes, mientras ellas llevaban el peso de un hogar humilde. Aún, en la noche, antes de entregarse diariamente a su esposo, como sabían ordenaban sus ancestrales creencias y las costumbres heredadas de sus antepasados, en el cabecero de la cama, a aquel niño que luchaba contra los terrores de la oscuridad y de la noche, encontrarían tiempo para enseñarle una oración: las cuatro esquinitas…, como presignarse, o contarle el cuento de Garbancito. De nuevo, a la mañana siguiente, aquellos niños saldrían de estampida a la calle para encontrarse con sus amigos y jugar a escondite, con un simple hueso o a holgazanear sentados en el porche de un convento, viendo como su ciudad se despertaba y el bullir presuroso de los viandantes, llenaba de color un nuevo día, planeando en qué iban a pasar la jornada o qué inocente trastada poner en práctica, mientras los regalos de reyes descansaban o tenían ya algún descosido. Pues, la mayoría, ni siquiera alcanzados los doce años, dependiendo su destreza, irían de mancebos a una farmacia, como aprendices a un horno de pan, a una carpintería, a una ferretería o simplemente engordando la tropa de menestrales y albañiles que cada amanecer, con un pañuelo anudado a la cabeza y una fiambrera, empezarían el duro oficio y el fin de los juguetes. Atrás dejarían para siempre el colegio y los juegos.

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