Mi muy admirado David Bisbal,
Un impresentable individuo que milita en IU, del Levante
español, sabrás que te ha tomado a ti como arma arrojadiza por tu sentimiento
patriota y la defensa que haces de la cultura española, también, a no más
dudar, para saltar a la fama, ya que, por algo somos hispanos, nos distinguimos
más por el exabrupto y la malcrianza, que por la educación, las buenas formas
y…el conocimiento, de lo que seguro que este joven adolece.
Yo, por mi parte, no voy a entrar en las razones intelectuales de mi patriotismo, ni de cómo lo sentía mi admirado maestro, el insigne Azaña, ni tampoco otros ilustres sabios, ni de las fricciones en nuestra Iberia, aún cuando también se da en otros lares, sólo quiero recordar que cuando vi tu firma en el Hotel
Metropol de Bruselas, el mismo que en sus primeros años de construcción visitara Manuel Azaña, no sólo por que somos coterráneos de este bello paraíso
que es Almería, y que decir de sus gentes, que superan tanto regalo de la
naturaleza, aún cuando su color predominante sea el bronce de la tierra, la
esmeralda del mar y el azul imponente del cielo, me sentí orgulloso de ser tan
español como tú y que un mirlo almeriense llegara hasta el “plat pays” para
encandilar a tantas mujeres como las que te siguen por tus canciones y tu
palmito, aunque suene algo cursi.
Aquel día, en ese monumental hotel Art Decó, me acordé de
aquellos emigrantes españoles: gallegos, asturianos, canarios, de ambas Castillas y andaluces, que
en los sesenta y setenta se arremolinaban allí un primero de Mayo, mientras un
niño español no entendía por qué clamaban contra Franco, contra España,
mientras todos ellos iban del brazo y hablaban, con distintos acentos, la
lengua de Cervantes. Pedían libertad, pedían regresar a su Patria y, en todos y
cada uno de ellos, aún cuando su pueblo y su origen singular fuera para ellos
lo más relevante, anidaba la solidaridad y la fraternidad con el otro
hermano español.
Estos hombres, unos exiliados por la guerra civil y otros
emigrados para poder alimentar a su prole, ya que en su tierra de origen no
podían hacerlo, sin embargo, nunca, aquel niño, pudo escuchar alguna frase mal
sonante contra ninguno de sus compatriotas y, si acaso, sólo Franco y su
régimen, eran los únicos que merecían el desprecio y las imprecaciones de estos
manifestantes , que terminaban todos cantando Asturias patria querida delante
de una jarra de cerveza, en los bares del Sablon o en el Boulevard Anspach,
frente a las fotos de rincones de España o del triunfal Real Madrid, campeón de
Europa en el Heysel.
Ese niño, hoy mayor, cuando en el siglo XXI vuelve a
recorrer aquellas adoquinadas calles, sigue buscando a los fantasmas de esa
fraternidad española, de ese patriotismo que no tenía fronteras mezquinas, sino
grandes aspiraciones de libertad y de ciudadanía.
Ese niño, ya mayor, lamenta que no sólo haya un energúmeno,
un mal nacido, inevitable en cualquier sociedad donde los gusanos perviven, sino que existan otros muchos,
que quieran separar tantos lustros de historia en común, tantos siglos de
penalidades y tanta simpatía mutua, por culpa de unos mediocres, de unos
incultos, que al abrigo de voceros de la discordia, de ladrones que se cubren
con una bandera para enriquecerse ellos y sus familiares más cercanos, sean tan torpes que, incluso contra su propio terruño y su
propia economía, tiren piedras, cuando no se dedican a sembrar odio y
enfrentamientos entre una misma comunidad y dentro de una tierra que nos es
común a cuantos hemos visto la luz en España.

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