ADIÓS, PAQUITO
Perdona si en esta hora luctuosa, cuando uno vuelve a la
tierra donde será cobijado por la eternidad y el alma camina entre luceros,
diciendo adiós entre olivos, jazmines, torres cuadradas de luto y el rumor
proceloso del agua entre granados, chumberas y azofaifos, aún te llame por el
diminutivo que siempre acostumbrábamos contigo, cuando no tito Paco, pues Paco
Sáez o Don Francisco Sáez de Tejada, sólo era para los no allegados o en tu
mundo de los negocios.
Hubiera querido decirte adiós, darte un fuerte abrazo,
expresarte mi agradecimiento y pedirte perdón si en algo te había fallado, pues
nuestra relación no siempre estuvo lo cercana para que aquel muchacho
desgarbado y flaco que un día fuiste a recoger de la calle de Niños Luchando,
allá por el año setenta y uno, a sabiendas de que en lo íntimo de su ser te
aguardaba, pues no podías fallarle, vio
como mi entrañable abuela, te daba paso a aquel humilde dormitorio donde me
encontraba estudiando inglés y un español olvidado. ¡Te acuerdas!
El primer encuentro o recuerdo que cobija mi memoria, sin
embargo fue aquel en el que, inopinadamente, frisando yo no más de cuatro o
cinco años, me había fugado de la Acera de Canasteros para volver a Niños
Luchando y tú, sorpresivamente, en el cruce de San Juan de Diós con la Almona
de su mismo santo nombre, dándome unos cachetes, me recogías, bien no sé si
para llevarme de regreso o cumplir con mi infantil deseo de volver a los
abuelos para quienes yo era su pasión, mientras que en tu casa, de la que ya te
habías emancipado, aún estaban otros de tus hermanos, como Carmen, Conchi y
Pedro, que a la abuela, tu madre, le merecían más atención que aquel caprichoso
y un tanto poco bienvenido nieto, que aquí nada se le consentía y en el otro
hogar, además de un patio y la inmediatez de la calle, todo le estaba
permitido.
También eras tú quien en la placeta, con tu cámara de fotos
comprada en Canarias, tras tu viaje de luna de miel con Lolita, nos hacías las copias que mi madre siempre conservó de niños, ya que entonces salvo los fotógrafos
ambulantes, los que paraban con su trípode en el Triunfo, con aquella cámara
cubierta de una cortina negra y el flash que estallaba, tras la que se escondía el
fotógrafo, pocos eran quienes tenían en sus manos tanto progreso.
Fueron los años infantiles en los que me llevabas en tu moto
Ossa a tu hotelito del Barrio de san Francisco, para asombrarme con la
televisión en blanco y negro y para que le echara un ojo a tu primer vástago,
Mari Carmen, que ella dormitando en la cuna del comedor, yo viendo el NODO,
tras cuya sobremesa, en el recio calor del verano, desaparecíais con tu joven esposa por
ensalmo, para llenar de complicidad y ternura la siesta de aquellos tórridos
veranos.
Aún cuando tu fuiste mudando de casa, cada vez con más
solera y categoría, y que nuestros encuentros se fueron diluyendo, al menos en
mi memoria de niño, siempre Paquito estaba en la recámara, pues la casa de aquel
Zaidín que emergía con sus calles de lodazal, en los crudos inviernos, y de
polvo sahariano en el estío, fuiste tú
quien le diste la alegría a mi madre, tu hermana que te idolatraba. Aquel tercer piso de la Calle Galicia, con un
cuarto de baño de agua corriente, todo alicatado, y una ducha, ¡qué lujo!, cuando en Granada,
nos bañábamos en un barreño y el wáter era una placa turca. Conseguido al
Patronato de la Vivienda, Santa Adela, donde tú ya te movías hábilmente haciendo
tus primeros negocios y que cuando emigramos, los mismos falangistas que te
otorgaron aquel favor, hoy aquello era como las viviendas VPO, nos lo arrebatarían, a pesar de las cuotas
que con ahínco entonces había que pagar.
Tú también ibas ampliando la familia, paulatinamente, al igual
que prosperaban tus ventas, mientras bien sabes, tu hermana Maruja, lo hacía
cada año, sin que tu cuñado, mi querido padre, ni en la carpintería de su
genitor, ni con el salario de la Central Lechera, podía sostener tantas manos pedigüeñas como iban apareciendo, con el enojo soterrado de los abuelos, que no
podían disimular, ya que otra boca más pediría pan en aquella España de la
leche en polvo. Era pues otro competidor que ensombrecía el porvenir, aún cuando
después lo conocía uno, bien por la llamada de la sangre o por su
desvalimiento, se ganaba nuestro corazón, o pasaba a ser cuidado en casa de un
abuelo o del otro, para sostener la carga de los siete que vimos la luz en
Granada.
Ni con pluriempleo, ni con los continuos anticipos de
nómina, ni con el “apúntemelo que ya vendrá mi madre a pagarlo”, ni en aquel
barrio que se escondían por el impago de la letra de la lavadora o de la radio,
o simplemente de una bicicleta para ir al trabajo, o del abrigo pagado a
plazos, o de los zapatos para estrenar el Corpus, nosotros: tu entrañable
hermana mayor, tu no siempre apreciado cuñado y tus siete sobrinos, el mayor
con diez años y el más pequeño recién nacido, tomaban el camino de la
emigración a Bélgica, que otros muchos compatriotas habían emprendido ya antes,
bien a Argentina, Barcelona, Suiza o Alemania. Allí estabas tú de nuevo, con la
incipiente flota de Citroens del nuevo emporio azulejero de Sáez de Tejada,
seguro que sufragando los gastos del abuelo que nos acompañó hasta la frontera.
¡Qué triste día aquel en la estación de los Andaluces! Seguro estoy que no
pudiste conciliar el sueño esa noche, cuando tú y tu eterna sombra, tu hermano
Manolo, nos despedíais, pues te quedaba la duda si no podías haber hecho más
por ellos. Estabas en tus comienzos y tenías a tu cargo tu propia familia y a
cuantos quedaban en la Acera de Canasteros y después en La Redonda, como más
adelante en Los Pajaritos.
En aquella diáspora, aún cuando todos nos reencontramos como
familia al completo y afrontando juntos las alegrías y los sinsabores de la emigración, como
nuestro crecimiento y nuestra propia evolución, tú siempre estabas presente,
pues tus florecientes empresas, ya nos hacían nombrarte como Paquito el rico, o
tito Paco el rico, razón de más para que a alguien que pronto aspiró a levantar
el vuelo de aquel plomizo cielo, tú fueras su ídolo y el ejemplo a seguir.
Hecha esta digresión, volvemos a aquel primer encuentro, tú
ya con tu Mini rojo, tu Ford Anglia o más tarde aquel único Jaguar, que hacía
que cualquiera por la Granada de los años setenta y ochenta, se volviera a
contemplarlo con envidia.
Además de tu propio almacén de azulejos, que hacía obras en
media España, eras el Presidente del consejo de Administración de una fábrica
de azulejos en el camino de Víznar, la Azulejera, como participabas con otros
en construcciones y más tarde también serías un importante impulsor de Matimex
en Castellón.
Fue en esta azulejera donde me llevaste y donde di mis
primeros pasos laborales. Allí lo primero que supe es que, además de llamarte
don Francisco, o Sáez, todos te tenían pánico, en cuanto veían asomar tu coche,
les temblaba el cuerpo, hecho éste que no entendía y que con el transcurrir de
los años pude comprender, por un lado por tu severidad y la poca familiaridad
que buscabas.
Sin que nadie me enseñara lo más mínimo, pues como sobrino
del jefe, todos se cuidaban de mí, temiendo que yo pudiera llevarte algún
chismorreo, mientras, por mi parte, yo intentaba integrarme con ellos, incluso
soportaba que el responsable de cuentas, L.V, me sisara la modesta nómina con
que se me gratificaba mi escasa aportación, pues había sido “enchufado” por mis
conocimientos de idiomas para exportar el producto de una fábrica que siempre
fue calamitosa y dominada por el clan familiar de J.P. Pero esto ya son otros
López.
Gracias a ello, contigo hice uno de los viajes más
gratificantes que pude hacer, cuando fuimos a exponer nuestros productos en la
Oficina Comercial de España en Frankfurt . ¡Qué grato recuerdo de aquel periplo y
qué orgulloso pude sentirme de mi tío! Qué pánico te tenían los valencianos,
nuestros competidores. ¡Cómo se derretían las féminas alemanas al verte
pasar! Y cuando fuimos a Karlsruhe, para cerrar la venta de un camión
de azulejos con aquel cliente que nos recogía en su flamante Mercedes, con
chófer y de impecable etiqueta, se le averió en aquellas imponentes autopistas , ¡para deslumbrarnos!. Cuando frenabas mi impetuosidad verbal en
aquella cena ¡Cómo nos reíamos! También
aquel otro viaje a la Feria de Batimat en París, a donde presuroso acudió Benigno
Ibáñez para posar y estrechar la mano del jerifalte comercial de Franco que nos visitaba,
sin apenas detenerse en nuestro stand y sin cumplir el anhelado deseo de la foto y el "besamanos".
Las cenas de Navidad, en tu casa, todos los Sáez de Tejada,
me hacían olvidar la ya lejana Bruselas, o bien cuando te visitaba en tu nuevo
domicilio de Rector M. Ocete, mientras tus hijos iban creciendo, tus negocios
subían como la espuma y, alguna que otra vez, teníamos ligeros desencuentros
por tu siempre brusco modo de ordenar en el trabajo, motivo por el que cada vez
que tenía que presentarte a la firma un escrito, las piernas me temblaran, pues
rara era la vez en la que no encontrabas algún pero, sin percatarte que nadie en
aquella industria me enseñaba y que nadie, visto desde mis conocimientos
actuales, tenía claros los objetivos de ventas y mucho se llevaba a cabo por
inercia y porque los otros lo hacían aún peor que nosotros. ¡Eran otros
tiempos!
Cuando vendiste, con enorme acierto y suerte, tus acciones
de Azulejera, que estaba en ruinas, yo también decidí que tendría que salir de
allí, momento en el que una vez más te preocupaste por mí y me hiciste uno de
los ofrecimientos que más me hicieron crecer personal y profesionalmente,
además de conocer Madrid y de enamorarme de aquella urbe.
Yo también emprendía una nueva aventura, la del matrimonio y
en Madrid, en aquella empresa con sede en Castellón, disfruté del gran respeto
que te tenían los demás directivos y personal, como, creo, contribuí
modestamente a su implantación en ese mercado, como a que, cuando volviste a
vender tu participación, de nuevo volviera a sonreírte la fortuna con unas
plusvalías de ensueño, pero ya nosotros habíamos tenido antes un desencuentro por
culpa de tu socio y amigo Mariano L, cuando a mi hermana Rosa se le negaba recuperar algunos de los recursos empleados en
aquel desastroso local cercano a Plaza Nueva y para sustanciar el contrato, el
tal M.L, lo hacía con la intervención de un abogado, sin que para nada sirviera
lo mal que lo estaba pasando su inquilina, el que apenas entendiera el idioma,
ni que fuéramos tus sobrinos.
Si ya en Azulejera Granadina te sentiste robado por el
gerente que allí estaba, J.P., y molesto conmigo por defenderle, ya que en mi
ignorancia y desconocimiento, yo entendía que nada malo estaba haciendo en
Córdoba, mientras él me había ido conquistando con su simpatía y tú
separándonos por tu rudeza y aquel pronto, nos distanciamos severamente. Esta vez, no me quedaba más remedio que
alejarme de tu círculo, pues parecía como si aquel Fernandito no fuera capaz de
volar con sus propias alas y tenía una grave deuda contigo, cuando en mi
conciencia ayer y hoy tengo claro que nunca hice nada que te pudiera ofender,
ni tuve nunca conocimiento de nada que atentara contra tu patrimonio.
Mi marcha para buscar nuevos horizontes, como mi posterior
apuesta empresarial, nos siguieron alejando, aún cuando puedo asegurarte que
siempre he conservado de ti cuantos momentos y enseñanzas me has transmitido,
lamentando que a partir de los años ochenta, por avatares de los que ya nunca
tendré respuesta, aquel Paquito que yo veneraba, había cambiado, según mi
parecer, profundamente y había perdido la generosidad, la siempre pausada voz y
la mi sonrisa que le caracterizaba. Ahora tus facciones eran más duras y tu
distanciamiento más grave.
Todo esto hubiera querido decírtelo, pero no me ha sido
posible llegar a ti antes, como también poderte preguntar sobre tantas cosas de
las que ya me quedo huérfano, no obstante, por donde hoy navegas con la
serenidad de la paz y el descanso merecido, créeme que te echaré siempre de
menos y que las sombras que nos hayan podido enturbiar, han quedado en el
olvido y sólo mi gratitud como un gran cariño hacia aquel Paquito del que tanto
hablábamos en casa cuando éramos niños y cuando fuimos más mayores.
Tu sobrino, que te quiere
Fernando

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