GASPAR, DE RENÉ BENJAMIN, PREMIO GONCOURT, AÑO 1915
Este libro que escribiera el escritor francés, René
Benjamin, nacido en París en 1885 y fallecido en 1948, me atrajo su lectura por
entender que Azaña, su traductor, en sus giros y con sus ligeros matices, me
daría nuevas pistas sobre la personalidad y las enseñanzas que forjaron a este
gran estadista republicano español.
Su obra, en francés, Gaspard, fue escrita durante la
convalecencia de su autor en el Hospital de Tours, donde pasó varios meses como
consecuencia de las heridas sufridas como soldado en la Primera Guerra Mundial,
en el frente del Marne. Allí, una vez restablecido y actuando como camillero,
conocerá a la que a la postre sería su esposa, y que en esta novela aparece
bajo el rostro y los pasos de la enfermera Viette.
Antes de dedicarse a la literatura, fue redactor en el
periódico Gil Blas, para proseguir escribiendo obras de teatro, su otra gran
pasión, dar conferencias y realizar precisos retratos literarios de los
personajes franceses de la época, como también gran seguidor de Balzac,
Molière, Cervantes, Marie-Antoinette.
Ya con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, tuvo cierta
inclinación pro alemana, que le llevaría a ser encarcelado con la liberación,
además como amigo del Mariscal Pétain, por quien siente una gran admiración.
Perderá un hijo en esta Segunda Guerra, en el frente de Alsacia, motivo para
escribir su libro L’enfant tué.
En su libro Gaspar, que brillantemente tradujo don Manuel
Azaña Díaz, entonces en sus balbuceos políticos y con mayor inclinación
literaria, descubrimos al héroe sencillo, del pueblo, Gaspar, un parisino,
vendedor de caracoles y oriundo de la calle la Gaité, que con su bonhomía, sus
expresiones de simpatía, su buen humor, su casticidad y su gran corazón, como
su amor por su patria y su conquista de libertad, muestran el modo en que los
franceses de enfrentan a los invasores “boches”, yendo a defender su nación en
las tierras del norte, en Alsacia y en la Lorena, cerca del mar del Norte,
entre bosques, lluvias continuas, frío y un lodazal en las trincheras que hacía
inhumana su estancia, que tras el silbato del sargento, saltaban de la
trinchera, del barrizal para caer bajo las mortíferas balas, granadas y
morteros de las fuerzas alemanas.
“El tal Gaspar era alto, como conviene para hacerle una higa
a los pequeños y medirse con los demás. Manos de hombre que no trabaja con la
cabeza, pero cabeza que sabe servirse de
sus manos. Labios húmedos, ojo avizor, pelos rufos, bozo petulante y, sobre
todo, una nariz cónica, larga nariz torcida, pero honrada, que solo sorbe por
una ventana, la buena, de modo que parecía que era la frente, curiosa e
inquieta, la que dejaba colgar la nariz hacia la izquierda, para pescar en el
corazón ideas y frases.”
Luego irá dando entrada a otros “parigots” o parisinos en el
argot de París, sus compinches como él les llama, tales como Durette,
periodista, o Mousse, más adelante.
También nos mostrará la personalidad del capitán Puche,
serio y montando a su caballo, Paloma.
Todos ellos nos manifiestan el sentido de libertad y de
defensa de la patria que, abuen seguro tanto impresionaron a Azaña y que, para
su desgracia, volvería a conocer años más tarde, esta vez en propia carne y en
una Guerra entre españoles.
El capitán Puche, a diferencia de sus restantes compañeros,
se obsesiona por lo que entiende primordial, el alimento y el calzado del
soldado, mientras los de su promoción se ocupan de grandes discurso y de
soflamas patrióticas.
Al principio del primer capítulo, después de la presentación
del protagonista y del viaje a la ciudad cercana al frente, también el penoso
viaje en tren, las anécdotas que se suceden en el viaje, como el optimismo de
estos jóvenes, propio de su valentía y desconocimiento de la realidad mortífera
de la guerra, la fanfarronería de los parisinos.
Terminará siendo herido en la nalga derecha, por lo que será
llevado al sur para su convalecencia. Allí conoce a Mousse y también los
caracteres de las enfermeras, las monjas que los auxilian en el hospital, como
la de “inaptos” para la guerra, cuyo aburrimiento en el Depósito, antes de
buscar voluntariamente volver al frente.
Nuevamente será herido, esta vez con la pérdida de una
pierna. Bibiche su esposa parisina, su hijo y su madre, habitantes de la calle
de la Gaité, volverán a recuperar a un mutilado, siempre vivaz y alegre, quien
mostrará también las distintas caras de las personas en esta guerra: la esposa
de su amigo, a quien ha de contarle cómo murió; la del profesor amigo de
Mousse, quien lo recibe fríamente en la puerta de su casa; o de aquellos
militares en los cuarteles, que perseguían al novato para que no pudiera
escaquearse y partir al frente, donde le esperaban todas las atrocidades, a
veces el no comer en todo un día y las largas marchas o el barro de las
trincheras.
Conmovedora historia, que en el fondo es un canto patriótico
francés en su lucha por la libertad y la defensa de su país, desde la humildad
de un simple vecino de Pantruche, el París del obrero, del artesano, del
tendero, del vendedor de caracoles.
Cómo recordaría Azaña, a buen seguro, cuando Negrín le
llevaba a visitar el frente en los alrededores de la Ciudad Universitaria de
Madrid, aquella traducción hecha del libro de Gaspard.

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