viernes, 15 de agosto de 2014

MADRID, DESDE (CASI) EL CIELO, DE FERNANDO DÍAZ-PLAJA

MADRID, DESDE (CASI) EL CIELO, DE FERNANDO DÍAZ-PLAJA

Aún cuando ya es un autor olvidado, a pesar de la fama que tuvo con sus libros Los siete pecados capitales, en mi librería favorita del Arco de Elvira, me lo tenían reservado, ya que sabían de mi gran interés, entre otros, por este barcelonés, historiador, escritor y periodista, que fuera bastante conocido por los años sesenta, Fernando Díaz-Plaja.

Fue una de sus últimas novelas, me imagino que residiendo ya en Punta del Este, en Uruguay, lejos del ruido de los claxons de los automóviles, de la contaminación y del caos circulatorio de la ciudad de Madrid, a la que llegó allá por 1942, y de la fue uno de sus cronistas más humorísticos, si no del corte de Arniches o de Mesonero Romanos, y menos aún del gran Galdós, al menos puso el gracejo y la nota crítica en tiempos nada fáciles.

Su libro, Madrid desde (casi) el cielo, nos muestra la ciudad, sus gentes y hechos destacados de la época más reciente, que bien podían haber firmado Sabina, Usía o el mismo autor de Ala Triste, el cartagenero Pérez Reverte, desde el piso 33, donde residió en la Torre Madrid, hoy cerrada y propiedad de un financiero chino.
Nos muestra al madrileño que todo lo sabe: A mí, ¡de Madrid!, que nadie podrá engañar. Nos muestra la obra del Marqués de Salamanca, aquel malagueño inmobiliario que tuvo la visión de construir un barrio nuevo y que se arruinó. El caos circulatorio y cómo se transforma el “gato”, o el “manolo”, cuando se sube en un auto. Sus denuestos, sus insultos y su actitud, que ha cambiado algo con el paso del tiempo, pero que quienes hemos sido acogidos, años ha, por ese Madrid, hemos visto sucederse.

La rima fácil de Chamberí, los pedigüeños profesionales, la historia del paseo del Prado, como sus edificios colindantes; las historias del café de antes a la cafetería de hoy y los bares; las tertulias; los famosos Lyon d’Or, el Café Gijón; sus terrazas; el barrio de los Austrias, con sus anécdotas; los tipos de Madrid; el quiero y no puedo, cuando quieren aparentar lo que les alcanza el bolsillo; la situación de los Rodríguez, aquellos machos casados que se quedaban sin su pareja, mientras ésta veraneaba, y ellos contaban lo mal que lo pasaban, aparentemente.

Seguirá describiendo a los pocos castizos que quedan, mientras elogia el pulmón de aire limpio que emana el Retiro, su parque, su lago y su estatua del Angel caído, la única que existe en el mundo reconociendo al diablo, que antes había visto el áurea del Supremo.
El barrio pío, montaña que Goya supo mostrar en los fusilamientos del Dos de Mayo; la Plaza Mayor; el Palacio Real; el Manzanares, “aprendíz de río”; de los casinos, de la Gran Vía; de la “movida”; de cómo los madrileños empezaban a conquistar Somosaguas y los suburbios de Madrid, todo ello salpicado con el conocimiento periodístico privilegiado que tenía de saber dónde residían algunos importantes hombres de las letras y del cine, como donde iban los famosos al teatro o de fiesta nocturna. También de la fama de Chicote.

Son muchas historietas, anécdotas y pasajes que nos van enseñando el Madrid de antes, salpicadas con datos históricos, como de lo que va observando ahora.

A quien como a mí, Madrid me parece la capital más fraterna y hermosa, donde junto a mi Granada, quisiera poderme perder como paseante en corte, este libro me ha recordado tantos lugares que conocí, como paisajes ya desvanecidos, pero que guardo siempre con cariño, con el  que siempre otorga este rompeolas de las Españas que igual encarceló en la Torre Luján a todo un rey de Francia, como Francisco I, cuenta con un Palacio Real como no existe ni en París ni en Lóndres; con una Plaza Mayor, de densa historia y costumbrista; con el mejor y más excelso museo de la pintura, cuando nuestros reyes adquirían las mejores obras, enviando incluso a Velázquez por Italia con tal fin, mientras que los museos alemanes, ingleses y franceses, lo hacían con el saqueo del Panteón griego, la historia de Egipto y cuanto encontraban a su paso colonizador.

Desde el piso 33, Fernando Díaz-Plaja, mira a la Sierra, al Guadarrama, o a la Casa de Campo, lugar de tantos muertos en una guerra incivil, en frente, con la estatua de Cervantes de bajo.

Libro grato, como cuantas cosas despiertan la atención de este fino narrador, que también fue atrapado por la simaptía de Madrid, como lo fue para Eugenio D’Ors, Xenius, otro catalán, despreciado hoy por la ortodoxia catalanista, cuando en Madrid, los comerciantes catalanes siempre hicieron buenos negocios, como sus artistas: Aurora Redondo, y la musa de Federico, o el mismo Dalí

Bueno sería que este brillante escritor volviera a ver su obra publicada, ahora desde el Cielo, sobre Madrid.




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