MADRID, DESDE (CASI) EL CIELO, DE FERNANDO DÍAZ-PLAJA
Aún cuando ya es un autor olvidado, a pesar de la fama que
tuvo con sus libros Los siete pecados capitales, en mi librería favorita del
Arco de Elvira, me lo tenían reservado, ya que sabían de mi gran interés, entre
otros, por este barcelonés, historiador, escritor y periodista, que fuera
bastante conocido por los años sesenta, Fernando Díaz-Plaja.
Fue una de sus últimas novelas, me imagino que residiendo ya
en Punta del Este, en Uruguay, lejos del ruido de los claxons de los
automóviles, de la contaminación y del caos circulatorio de la ciudad de
Madrid, a la que llegó allá por 1942, y de la fue uno de sus cronistas más
humorísticos, si no del corte de Arniches o de Mesonero Romanos, y menos aún
del gran Galdós, al menos puso el gracejo y la nota crítica en tiempos nada
fáciles.
Su libro, Madrid desde (casi) el cielo, nos muestra la
ciudad, sus gentes y hechos destacados de la época más reciente, que bien
podían haber firmado Sabina, Usía o el mismo autor de Ala Triste, el
cartagenero Pérez Reverte, desde el piso 33, donde residió en la Torre Madrid,
hoy cerrada y propiedad de un financiero chino.
Nos muestra al madrileño que todo lo sabe: A mí, ¡de
Madrid!, que nadie podrá engañar. Nos muestra la obra del Marqués de Salamanca,
aquel malagueño inmobiliario que tuvo la visión de construir un barrio nuevo y
que se arruinó. El caos circulatorio y cómo se transforma el “gato”, o el
“manolo”, cuando se sube en un auto. Sus denuestos, sus insultos y su actitud,
que ha cambiado algo con el paso del tiempo, pero que quienes hemos sido
acogidos, años ha, por ese Madrid, hemos visto sucederse.
La rima fácil de Chamberí, los pedigüeños profesionales, la
historia del paseo del Prado, como sus edificios colindantes; las historias del
café de antes a la cafetería de hoy y los bares; las tertulias; los famosos
Lyon d’Or, el Café Gijón; sus terrazas; el barrio de los Austrias, con sus
anécdotas; los tipos de Madrid; el quiero y no puedo, cuando quieren aparentar
lo que les alcanza el bolsillo; la situación de los Rodríguez, aquellos machos
casados que se quedaban sin su pareja, mientras ésta veraneaba, y ellos
contaban lo mal que lo pasaban, aparentemente.
Seguirá describiendo a los pocos castizos que quedan,
mientras elogia el pulmón de aire limpio que emana el Retiro, su parque, su
lago y su estatua del Angel caído, la única que existe en el mundo reconociendo
al diablo, que antes había visto el áurea del Supremo.
El barrio pío, montaña que Goya supo mostrar en los fusilamientos
del Dos de Mayo; la Plaza Mayor; el Palacio Real; el Manzanares, “aprendíz de
río”; de los casinos, de la Gran Vía; de la “movida”; de cómo los madrileños
empezaban a conquistar Somosaguas y los suburbios de Madrid, todo ello
salpicado con el conocimiento periodístico privilegiado que tenía de saber
dónde residían algunos importantes hombres de las letras y del cine, como donde
iban los famosos al teatro o de fiesta nocturna. También de la fama de Chicote.
Son muchas historietas, anécdotas y pasajes que nos van
enseñando el Madrid de antes, salpicadas con datos históricos, como de lo que
va observando ahora.
A quien como a mí, Madrid me parece la capital más fraterna y
hermosa, donde junto a mi Granada, quisiera poderme perder como paseante en
corte, este libro me ha recordado tantos lugares que conocí, como paisajes ya
desvanecidos, pero que guardo siempre con cariño, con el que siempre otorga este rompeolas de las
Españas que igual encarceló en la Torre Luján a todo un rey de Francia, como
Francisco I, cuenta con un Palacio Real como no existe ni en París ni en
Lóndres; con una Plaza Mayor, de densa historia y costumbrista; con el mejor y
más excelso museo de la pintura, cuando nuestros reyes adquirían las mejores
obras, enviando incluso a Velázquez por Italia con tal fin, mientras que los
museos alemanes, ingleses y franceses, lo hacían con el saqueo del Panteón
griego, la historia de Egipto y cuanto encontraban a su paso colonizador.
Desde el piso 33, Fernando Díaz-Plaja, mira a la Sierra, al
Guadarrama, o a la Casa de Campo, lugar de tantos muertos en una guerra
incivil, en frente, con la estatua de Cervantes de bajo.
Libro grato, como cuantas cosas despiertan la atención de
este fino narrador, que también fue atrapado por la simaptía de Madrid, como lo
fue para Eugenio D’Ors, Xenius, otro catalán, despreciado hoy por la ortodoxia
catalanista, cuando en Madrid, los comerciantes catalanes siempre hicieron
buenos negocios, como sus artistas: Aurora Redondo, y la musa de Federico, o el
mismo Dalí
Bueno sería que este brillante escritor volviera a ver su obra
publicada, ahora desde el Cielo, sobre Madrid.
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