sábado, 23 de agosto de 2014

CUENTO DE DOS AMIGOS

DOS AMIGOS

                                                                                                                             Para Daniela

Erase una vez,  dos amigos, muy amigos, que vivían puerta con puerta en la calle de Niños Luchando, el uno, hijo de un carpintero, que era capaz de sacar de la madera de un abedul, de un fresno o de un olmo, un señorial bargueño, una casita de muñecas o el trono de una de las vírgenes que se paseaban por su ciudad un Martes santo, bajo el agua nieve que giraba por Plaza Nueva desde las cercanías del Sacromonte, como si fuera una nube plateada de algodón, risando las turbulentas aguas del Dauro,  y los duendes de los jardines de la Sabika, desfilaban con su sonrisa burlona y sus calzas de oro con las que peregrinaban por los palacios moros.  Mientras su “vieja”, con un badil metálico removía las cenizas de picón del brasero que, cada noche,  los acogía  alrededor de una mesa camilla, mientras  disputaban comerse el “seis doble”, terminar al ganchillo algún modesto ajuar o el rezo nocturno acostumbrado a la Virgen de las Angustias con las cuentas del rosario de pedrería, por la encomienda de sus hijos y, con los años, los nietos.

Este hijo de carpintero, había sido entronizado en su bautismo por su eminente padrino, que residía en el Palacio de las Columnas y seguía los pasos de los grandes militares y conquistadores de su ciudad, que un día daban nombre a Buenos Aires, gobernaban Nueva Granada, derrotaban en Gerona, las huestes de Napoleón o como san Juan de Dios, acogían a los desvalidos, por eso recibiría las aguas como Fernando. Era, pues, mimado de la fortuna, aún cuando las calles respiraban todavía una aire de derrota, se pavoneaban por ellas hombres con camisa azul y relumbrantes correajes, mientras la mayoría de los transeúntes vestían humildemente ropajes oscuros y también vencidos por el tiempo y el uso.

El otro, era cuidado por sus dos abuelas, siempre de luto,  ya que los hombres de esta familia habían desaparecido y de ellos nunca se hablaba, además de que el pequeño había nacido con una pequeña deformidad en la mano derecha, de ahí su apodo “mano hueca”, aún cuando todos le llamaban Milesio.

Los dos amigos, nativos de esta ciudad de conventos, campanarios, iglesias renacentistas y claustros barrocos, como de torres, almenas  y palacios donde el agua musita su murmullo desde los arrayanes hasta su encuentro con la arena en Bib rambla, o en Bibataubín, mientras los ciegos, en las esquinas, los pedigüeños en los escalones del Zacatín, del Corral del carbón, o delante del café Suizo, desgranan su lastimosa plegaria: “un chavico por el amor de Dios”, tenían una gran pasión, el uno las palomas, el otro, los gatos.

Fernando, en aquel 12 de calle de Niños Luchando, en la terraza que dominaba como un mirador la vecina y negra cubierta de la Colegiata, o las tejas verdes y blancas del Hospital, o del Perpetuo Socorro, cuidaba como una joya de su palomar, que había ido coleccionando desde su primer palomo que le regalaran en sus veraneos en Deifontes, mientras sus primos le enseñaban a nadar en sus diez fuentes o a conocer la vega espléndida de aquel paraíso. Su madre, para ayudar en la modesta economía artesana de la familia, tenía en esa cubierta un enjambre de gallinas y pavos, que además de los huevos, ponían con su trajinar, una nota campestre en la misma ciudad.

Allí estaba con su vuelo melódico Triana, que rasgaba el aire como si fuera muselina. Caricias, blanca como la nieve y tierna como su mismo nombre. Lucero, de tonos azulados bajo su plumón y algo esquiva. Capuchina, de color blanco y azafrán, la más golosa y abultada Mientras el palomo, Homero, cuidaba de ellas, las perseguía con sus gorjeos y su trajín de eterno enamorado.

De la vecina academia isidoriana, raro era el día que Fernandito no hacía novillos para extasiarse con el vuelo de la grey de su palomar, sentado en el borde del marco de la terraza, mientras  un cielo azul como no existe en ningún otro lugar del mundo, a no ser en la Sierra del Guadarrama o en los cuadros de Velázquez, servía de fondo a las destrezas que en el aire hacían para él, de las piruetas, de los arabescos, de su amadas palomas.

Mientras, su amigo Milesio, desentendido de su amigo de cuatro patas y de recio pelo negro como el mismo Lucifer, un día recogía cartones, otro vendía de estraperlo algún cigarro olvidado por algún parroquiano del bar de Don Antonio, y con una habilidad propia del mismo Onasis o del más codicioso rey de los fenicios, iba añadiendo perras gordas, pesetas y duros, a su bolsa, que cuando los contaba iba soñando con su emporio comercial en Mesones.

Los años hicieron crecer a los dos amigos, el uno cuidando y protegiendo su palomar, soñando con la placidez del tiempo y los mimos del hogar, mientras que el otro, hacía frente a su mano hueca, a su mano desvalida, a su infortunio, trabajando desde muy pequeño en cualquier menester, por muy escaso que fuera el premio.

Fernando, con su gracejo granaíno, su juventud y sus arrumacos, rara era la modistilla que no era presa de sus encantos, de algún que otro achuchón, o de un beso furtivo. Milesio, cual “carabina”, veía como su amigo hacía una y otra conquista, mientras él escondía su mano hueca y cada domingo, buscaba a su amigo para que le contara las batallitas y lo acaecido con cada una de aquellas mocitas, a las que él sólo se atrevía a dirigir una asustada mirada.

Aquel gato, negro como el más negro de los guardianes del infierno, también era vecino de ese palomar y en aquellos años de penuria, donde hasta las ratas o los mismos gatos, podían ser motivo de añadir algún hueso a la cazuela del omnipresente cocido, no tuvo otra mejor idea, una noche, que rendir una visita al palomar del número 12, con el siniestro que imaginar se puede ocasionó en las indefensas presas ya abatidas por la noche y el cansancio de las largas horas de vuelo.

Cuando Fernando subió a la terraza, la mañana después, las lágrimas y los juramentos, hay quienes dicen que se llegaron a escuchar hasta en la Torre de la Vela, incluso hay quien cuenta que por los vericuetos del Campo del Príncipe, por los Molinos, incluso en las recoletas monjas del cenobio al pie de la Alhambra, temblaron por las obscenidades que pudieron oír aquel aciago día, ya que el palomar era un amasijo de plumas y de palomas con los ojos abiertos al horror de un fantasma que había acabado con su libre vagar por los cielos.

La amistad, no por eso se resquebrajó lo más mínimo. Fernando, nunca contó lo acaecido a su amigo ni señaló quien era el culpable, cuyas huellas estuvieron largo tiempo presentes en el extinto y yerto palomar, aún cuando Milesio, días después de aquella tragedia,  le preguntara insistentemente si había visto a su gato, pues llevaba tiempo sin aparecer por su casa, ya que era un ser libre que, por las azoteas, viajaba por todo el vecindario.

Un día, ya casado, con hijos y lejos de su gran amigo Milesio, que triunfaba en el mundo de los negocios, no en Mesones, como había soñado antes, sino en Bibarrambla, con una gran tienda y habiendo superado sus miedos por su mano hueca, cuentan quienes estaban cerca de él, a orillas de un caudaloso río gris y sucio, que surcaban anchas gabarras acarreando carbón, que una enorme carcajada sorprendió a aquellos transeúntes serios y de cabellos rubios que miraban también aburridos el lento bogar de los navíos, mientras los ojos claros y chispeantes de Fernando recordaban la trampa que le puso a aquel maldito gato que, atrapado en un saco de arpillera, nunca más podría pasear sus cuatro patas acolchadas por la calle de Niños Luchando, ya que su rapiña había sido castigada, con el artificio de caza que pacientemente le había tendido el entonces aprendiz de la garlopa.

Lo mismo que Milesio dejó de ver surcar los aires las palomas de su vecino y amigo de la infancia Fernando, también dejó de acariciar a aquel felino. Los dos amigos, aún cuando cada uno imaginaba lo que podía haberle sucedido a sus animales queridos, nunca dejaron de seguir teniéndose la misma simpatía que les unió la infancia, la calle y la ciudad, como el amor a los animales.

El uno siguió contando billetes y bolsas de dinero, el otro seguiría siempre contando anécdotas de su pasado de aquella ciudad de leyenda, que por ensoñaciones de antaño, hogaño un día tuviera que abandonar, por lo que quienes le conocimos de cerca, si no nos dejó en herencia ningún caudal, por lo menos supo transmitirnos su gran amor por Granada y los principios de la amistad.




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