EXCURSIÓN POR GRANADA. ITINERARIO
DE PLAZA NUEVA AL ALBAYZÍN
Ayudado por el libro que
escribiera uno de sus hijos más preclaros, Don Antonio Gallego Burín, que fuera
responsable de Bellas Artes de España en tiempos del Caudillo y también alcalde
de la ciudad de los Cármenes, aún cuando su enorme amistad con Federico García
Lorca, me temo que sucumbió por la contienda civil del 36, voy yo también a
seguir sus pasos y presentar el itinerario que en otoño aconsejo a cualquier
visitante al Reino de Granada.
Empezaremos en Plaza Nueva, que los cristianos
embovedaron poco después de su toma, ya que por aquí trascurría plácidamente,
al aire libre, el río Dauro.
Se encuentra a los pies de la
cuesta de los Gomérez, puerta de entrada a los paseos de la Alhambra.
Es parada de los autobuses que
suben al Albayzín y está, cerca de su fuente, atestada de restaurantes que
cuentan con terrazas que ocupan buena parte de su espacio mediano.
Hacia el NE se abre la carrera
del Darro, que si me lo permiten, yo seguiré llamando del Dauro, camino de
subida al Sacromonte y al Albayzín.
Cuenta con dos edificios
estelares y está dominada por la Torre de la Vela.
Un edificio civil, la Chancillería, construída por orden de los Reyes
Católicos, como superior tribunal que antes había estado en Ciudad Real. Se
cree que fue diseñado por Diego de Siloé.
Su interior está labrado en
mármol, pero no es fácil visitar. Su fachada tiene reminiscencias florentinas y
romanas, por la alternancia de formas triangulares y curvas, correspondiendo al
barroco español. Dividida en dos pisos, con elementos almohadillados, tres
puertas adinteladas, con granadas en las enjutas, columnas corintias sobre altos
pedestales, encima de éstas corre el entablamento, con frontón triangular roto,
y en él, sostenido por un león y su garras, un rótulo en latín, homenaje a su
Presidente de entonces, llamado Niño de Guevara y al rey Felipe II. En el
cuerpo segundo se abren seis balcones con columnas corintias, frontones curvos
y triangulares alternados. Encima corre una balaustrada de piedra, con un
escudo de España, a cuyo lado están las figuras de la Justicia y de la
Fortaleza. Cuenta con pirámides, un templete para el reloj, que se añadieron
posteriormente.
Fue cárcel de Corte. Hoy creo
que es tribunal superior de Andalucía.
Dando entrada a la carrera del
Dauro, a los pies de la Alcazaba, bañados sus cimientos por el curso fluvial,
se encuentra la iglesia de Santa Ana.
¡Bellísima!, por esa expresión mudéjar y sus reminiscencias más profundamente
granaínas en el ladrillo y en los azulejos. Fue edificada sobre la mezquita
Almanzora, según proyecto de Siloé. De portada plateresca, con escudos del
Arzobispo Niño de Guevara y hornacinas con las imágenes de las Santas Ana,
María Jacobí y María Salomé, así como un medallón de la Virgen y el Niño. La
torre con balconcillos ajeminados y un chapitel de azulejos blancos y azules,
que también lucen en las albanegas de los arcos. Su traza nos recuerda los
alminares que en número de cuarenta florecieron por el Albayzín antes de la toma.
Su interior está cubierto por
armaduras de lazo y diversas capillas decoradas de maderas blancas y doradas,
donde encontramos una Dolorosa de José de Mora, una Virgen de la Esperanza,
imagen de vestir de José Risueño, la urna de un Cristo yacente, hecha de concha
con coronación de plata, un San Juan de Dios de José de Mora y diversos cuadros
de pintores granadinos.
Aún cuando las crónicas dicen
que aquí están enterrados el humanista negro Juan Latino y el historiador
Francisco Bermúdez de Pedraza, los monaguillos de esta iglesia, siempre
irreverentes como acostumbran a serlo los gorriones de Granada, cuentan que en
los sótanos jugaban con los esqueletos y la calavera que allí reposaban, por lo
que difícil saber si siguen estando allí o si no han sido empleados como balompié en sus juegos y correrías.
Un modesto jardín, flanqueado
de un ciprés y una verja metálica, cierran la entrada de esta iglesia, que
además era el último lugar para despedir a los difuntos, en el pasado.
A unos pasos, se alza el pilar del Toro, de cuyas narices salen
dos caños de agua, en sus extremos dos muchachos casi desnudos apoyan en sus
hombros jarras de agua. Todo es de piedra gris y la última obra conocida de
Siloé,
Hasta 1940 estuvo colocado en
la entrada de la calle Elvira.
En la calle encima de este
pilar, se encuentra la casa del preclaro Gallego Burín, que se adormecía oyendo
las campanas de la cercana Torre de la Vela.
Antes de entrar en la Carrera
del Darro, a su izquierda, se encuentra la casa
de los Pisas, hoy museo y
perteneciente a los Hermanos de San Juan de Dios,
cuyo fundador estuvo allí recogido durante su enfermedad, por los hermanos
García de Pisa, dueños del edificio.
Cuenta con un patio al que
todas las habitaciones de la casa venían a dar, y nos puede ilustrar de cómo en
el pasado eran la mayoría de las viviendas de la ciudad.
Cuenta con cuadros y recuerdos
del santo hospitalario portugués.
Ya en la carrera del Dauro, el paisaje, si uno tiene la ocasión de visitarlo
antes
de la marabunta turística, bien temprano, es idílico. Con casas en su
orilla todas ellas blasonadas, dos puentes alpinos, con un pretil también de piedra,
y en lo hondo el curso de las aguas auríferas.
En la cuesta de Santa Inés
encontramos la hermosa y suntuosa Casa
de los Agrela, antiguos conversos de profundas raíces judías granadinas,
junto a hoteles con encanto y aire mudéjar, como estrechas calles cuyas casas
se unen por un liviano pasadizo que adorna una modesta ventana, con paredes
encaladas y una exuberante vegetación que descansa sobre sus muros. De un
romanticismo inigualable.
Justo en frente, el Convento de Santa Inés, fundado por el
licenciado Bazán, en el siglo XVI con una pequeña iglesia, frontera del que
fuera, ya desaparecido, el Maristán u hospital de locos e inocentes, en tiempos
moros, y en época de los Reyes Católicos,
casa de la moneda, con una
espléndida vista de las murallas de la Alcazaba.
Restos del Puente del Cadí, uno de los lugares por
donde se alcanzaba la fortaleza de la Alhambra y que la unía con el Albayzín,
fue construido en el siglo XI por el cadí del rey Badis, el mismo que levantó
la mezquita Almanzora. Sería demolido en el siglo XVII. Es un arco de herradura
que formaba pareja con otro del lado opuesto y de su puerta, llamada Bib Adifaf
o puerta de los Panderos o de Guadix baja.
Frente a este puente se hallan
los baños árabes, o el Bañuelo, del siglo XI, de los más
importantes y
completos de España. Cuentan con varios aposentos, cubiertos de
bóvedas de ladrillo con tragaluces y arquerías de herradura, sostenidas por
capiteles romanos, visigodos y califales.
Le sigue una callejuela donde
se encuentra el Convento de la
Concepción, fundado por doña Leonor Ramírez, de portada ojival y con
modestas obras de arte.
Si seguimos nuestra marcha
hacia el Paseo de los Tristes, siempre por la acera del Dauro, encontraremos el
Convento de Santa Catalina de Zafra, de
monjas dominicanas y fundado por la viuda del Secretario de los reyes
Católicos, Hernando de Zafra. En su interior conservan una pequeña casa árabe.
Su portada es renacentista, de estilo Siloé, con estatua de Santa Catalina de
Siena y escudos de los fundadores. El interior cuenta con una Dolorosa de José
de Mora y un cuadro de Atanasio Bocanegra.
A espaldas de este convento,
encontramos la Iglesia de San Juan de
los Reyes, en la calle de su mismo nombre, sobre el solar de la mezquita
Ataibín o de los convertidos, cuyo minarete sirvió como torre de campanas. Fue
la primera mezquita mandada bendecir por los Reyes Católicos, el 5 de enero de
1492. Su iglesia es de estilo gótico, con tres naves sostenidas por pilastras.
Varias obras de arte en su interior. Aquí fue bautizado el pintor Pedro
Atanasio Bocanegra y en estos mismos lugares fueron hallados restos de una vía
romana pavimentada con grandes losas, que se supone era la que se encaminaba a
Guadix.
Casa de Castril, ya en la acera del Dauro, esquina con la calle de
Zafra, hallaremos la casa que fuera
propiedad de Hernando de Zafra, también
propietario del señorío de Castril, de ahí el nombre del palacio. Su portada es
probable que sea de Sebastián de Alcántara, autor de otras muchas
construcciones en Granada, tiene una gran opulencia decorativa. Destaca en su
fachada la torre de Comares, cuyo blasón concedieron a Zafra por su
intervención en las capitulaciones de Granada. Cuenta con escudos sostenidos
por niños, con relieves del Fénix sobre la hoguera en el tímpano y de leones en
las enjutas. En el tercer cuerpo, correspondiente al piso principal, se abre un
balcón decorado de pilastras y faja de veneras, a los lados, adornos rematados
por medallones con cabezas esculpidas. A la derecha, otro balcón de esquina con
pilastras y columna central, ostenta encima el lema “esperándola del cielo”.
En su día llegó a ser Museo
Arquelógico y de Bellas Artes, hoy sigue en permanente restauración o cierre,
por lo que no puede ser visitado su interior.
Frente a la Casa de Castril,
la Iglesia de san Pedro y San Pablo, sobre
el solar de la mezquita de los Baños. Su portada principal cuenta en una
hornacina con las estatuas labradas de los dos santos. En su interior obras de
la escuela de Alonso de Mena. Interior de planta de cruz latina, con
decoraciones de máscaras y serafines en las pechinas. Existe un tríptico
flamenco representando la Flagelación. Obras de Pedro de Raxis, Pedro Machuca,
José de Mora y Pedro de Mena. Esculturas de Pablo de Rojas.
Su patio de acceso nos
recuerda la distribución de las mezquitas, está cerrado por una verja metálica
y se ubica en una curva del Dauro.
Acera opuesta, Iglesia de San Bernardo, de los
beaterios carmelitas, inspirados en San Juan de la Cruz y dedicados a la
educación de niñas nobles. Fue
residencia de las monjas cistercienses. En su interior existen obras de Diego
de Mora, Juan Sevilla y Pedro Atanasio Bocanegra.
Por el costado de este
convento, como en otros anteriores, las monjas venden sus dulces, mazapanes y
otros manjares para los golosos y los buenos paladares, que le sirvieron, al
famoso cantautor granadino Carlos Cano, para dedicarles una hermosa canción a los
dulces de estos conventos.
El Paseo de los Tristes, antiguamente llamado Paseo de Guadix, se
formó sobre terrenos cedidos a la ciudad por los señores de Castril, y siempre
fue un lugar concurrido. Contó a su entrada con un mirador, hoy desaparecido,
donde la música de chirimías y trompetas animaban los espectáculos que en el se
organizaban. La vista sobre la Alhambra, a la derecha, es de una majestuosidad
insuperable. Hoy el Excelentísimo Ayuntamiento de Granada, tan inculto como
todos los otros que le han precedido desde tiempo inmemorial, ha plantado una
fea estatua en homenaje de un bailaor flamenco, que estropea la visión que uno
tiene al penetrar en estos campos elíseos, por donde el Dauro discurre, reflejando en el espejo de sus aguas las
murallas de la Alhambra.
Paseo que sirve para
exposiciones, conciertos, como aquel que tuve la fortuna de presenciar, a la
guitarra, Paco de Lucía, con su famoso Entre dos aguas, que a los pies de la
Colina majestuosa de Al Hambra, o castillo rojo, sonaba como los mismo ángeles.
Toda esta zona fue conocida
como Barrio de los Axares o de la Salud y el deleite, pues aquí tuvieron sus
moradas buen número de príncipes moros que venían de toda la cuenca mediterránea,
llamando al lugar Hospital de Africa, por la templanza de su clima y su
hermosura.
Por estos pagos existen buen
número de casas moriscas, en su
mayoría reconvertidas en hoteles con encanto, dotadas de un patio y fuente en
su centro, naves estrechas en torno, arquerías en el piso alto, galería con
balaustrada de madera y salas con artesonado mudéjar.
He olvidado citar, al comienzo
de la acera del Dauro, el palacio de los
Olvidados, hoy museo de Sefarad, establecido por un vecino
de Córdoba, que aprovechando lo que debió ser una casa morisca y en las
proximidades de los Agrela, ha hecho un museo donde presenta la historia de los
judíos y conversos granadinos, que no se debe dejar de visitar, pues es sencillo,
hecho con muy buen gusto y nos pone al corriente sobre nuestro pasado, un tanto
triste por el edicto de expulsión que ensombreció el legado de los reyes
Católicos.
Paseo del Aljibillo, y puente de Chirimías, que daba acceso al
antiguo rey Chico, ya desaparecido,
donde en los años setenta y ochenta, intentaban llevar a cabo
espectáculos a lo Moulin Rouge de París, con el recato del Régimen que entonces
gobernaba, pero con la picaresca de los noctámbulos y de la juerga hispana. Por
este camino se subían los féretros al cementerio, también llamada cuesta de los
Muertos o de los Chinos o del rey Chico, que separa los cerros de la Alhambra y
del Generalife. Con cármenes en sus
laderas, inigualables de hermosura por
su verdor, el agua de sus fuentes y el clima. Conocidos son los de Chirimías y
el de los Chapiteles, también en el siglo XVI como “del moro rico”, que después
perteneció al Gran Capitán. Conservándose en ellos capiteles árabes y
magníficos artesonados.
Todo el valle que el Dauro
fecunda, la Alhambra, el cerro del Sol, el cerro de san Miguel y Sacro Monte,
está salpicado de pintorescas casitas y alegres huertos, cada vez más
abandonados, pero que, en el camino de la Fuente del Avellano, nos dispensan una
vista de ensueño y que Chateubriand comparó con la fuente de Vaucluse. Valle
llamado de Valparaíso, desde donde se vislumbra a lo lejos el Generalife, la
Alhambra y al fondo, la cúpula de la catedral. Mientras que Angel Ganivet
reunía en torno a la Fuente del Avellano, hoy sin agua y no muy decorosa por
los desafortunados grafiteros, su tertulia de la Cuerda y le dedicó a su ciudad
natal, uno de sus más bellos libros, Granada la bella.
Cuesta del Chapíz, de espaldas al aljibillo, en el lugar que los
moros llamaron Rabad Albaida (del arrabal blanco), barrio donde hoy están las escuelas del Ave María, fundadas por el
padre don Andrés Manjón, así como la casa
del Chapiz, edificio morisco construido por Lorenzo Chapiz y Hernán López
el ferf, hoy residencia de la Escuela de Estudios Arabes. Todas estas viviendas
guardan el estilo granaíno, con sus fuentes rectangulares, los arcos de
yesería, estrechas galerías, columnas de mármol, huertas, jardines, albercas,
cipreses y abundantes macetas de geranios, rosales y aspilistras.
A la derecha de las Casas del
Chapiz, comienza el Camino del
Sacromonte, fue la antigua ruta de Guadix, limitado a la izquierda por la
muralla del Albayzín que llegaba hasta el río. El camino avanza por la
vertiente de una montaña, cuyas cuevas sirvieron de hogar a los gitanos y hoy
en su modo de vida, gracias al turismo, las zambras y su talento para el cante
y el baile. Famosas son las del Camborio. Por estas cuevas bajaba “Chorro
Humo”, aquel gitano campanudo, que llevó a la fama el pintor catalán Fortuny,
por su porte y sus barbas de patriarca, que está toscamente representado en una
escultura a la entrada de este camino.
En el siglo XVII, los
comerciantes y corporaciones de Granada, levantaron por estas cuestas un Vía
Crucis, de cuyos vestigios quedan ya pocas cruces, cuyo final era la Ermita del santo Sepulcro.
El camino está flanqueado, a
la derecha de su ascenso, por un espeso arbolado y el rumor, en lo hondo del
valle, del río.
Colegiata de San Cecilio, fundado por el Arzobispo don Pedro de
Castro, en el monte de Valparaíso, lugar que hizo famoso por los libros
plúmbeos, del morisco y traductor de Felipe II, Castillo, que mostraban en
lengua arábiga y hebrea, que allí había sufrido martirio san Tesifón. Se
realizó una iglesia aneja. Del proyecto grandioso, sólo quedó un colegio
dedicado a San Dionisio Aeropagita para
el estudio del Derecho, razón por la que famosos intelectuales de diversos
siglos, como el literato, poeta y embajador, Varela, estudiara aquí, como otros
grandes personajes menos conocidos de la política del siglo XVII, XVIII y XIX.
Destaca en su fachada como en
sus accesos, la estrella de Salomón o de David
Cuenta con un museo con obras
como la Virgen de la Rosa, una Inmaculada de Sánchez Cotán, un San Agustín de
Lucas Jordán, un retrato de Francisco de Goya y otro de Vicente López.
Interesante colección de ornamentos eclesiales,
tapices de Bruselas del siglo XVI, incunables, códices, uno de ellos
anotado por san Juan de la Cruz, libros de coro con miniaturas, manuscritos árabes,
retratos de protectores e hijos del Colegio.
Las Santas Cuevas, en las que existen varias capillas, nos enseñan
el horno donde fueron quemados los mártires, la cruz que llevara san Juan de
Dios cuando pedía sus limosnas y una piedra a la que se le atribuye la virtud
de conceder marido, dentro del año, a la mujer que la besa.
En el exterior del edificio,
la visión sobre la Alhambra y la vegetación que alienta el Dauro, es única.
La parte negativa, es el
edificio que fuera residencia de estudiantes de bachiller, en un costado, que
sufrió un incendio en el siglo pasado, y que sigue abandonado, cuando podía ser
un excelente colegio mayor.
Nuevamente de regreso a la
cuesta del Chapiz, entramos en el barrio del Albayzín y de la Alcazaba, lugares éstos que en tiempos árabes
estaban muy poblados, en el monte que mira a la Alhambra, separado de ella por
el Dauro.
La Alcazaba se desarrolló en el mismo lugar que la antigua ciudad
de Ilíberis, donde debieron existir fortificaciones romanas y visigodas que los
árabes destruyeron, rodeando este lugar con nuevas murallas, construyéndose la
Alcazaba, que el poeta Ibn Aljatib, llamó Cadima o antigua, distinguiéndola de
la de la Alhambra que fue posterior. Varios fueron los reyes moros que fueron
fortificando estos lugares, además de tener aquí su propio palacio. El recinto
iba desde la iglesia de san Nicolás hasta la plaza de Bibalbonud y de allí
hasta la iglesia de san Juan de los Reyes, con numerosas puertas de acceso,
siguiendo hasta la puerta Monaita.
El Albayzín se extiende adosado a la Alcazaba, entre ella y el cerro
de San Miguel, la puerta de Guadix y la de la Alcazaba, con los pies del Dauro.
Al parecer, su nombre proviene de haber sido poblado por los habitantes de
Baeza que fueron expulsados allá por 1228, por el rey San Fernando cuando
conquistó aquella ciudad, aunque hay quien dice que su significado proviene de
estar en pendiente o cuesta y también, como Aljatib, en barrio de halconeros,
siendo su centro la Plaza Larga.
Sus principales entradas
fueron las de la Puerta Elvira, de
Fajalauza, y puerta de Guadix. Contaba con barriadas, que aún bajo el
nombre y paraguas de una laboriosa población, que llegó a contar con más de
treinta mezquitas, todas ellas con sus aljibes o fuentes públicas, se llamaban Rabadalxeus,
Rabadaciezi, Rabaldalbaida, Beztene, Xarea, Fajalauza, la Alacaba y Rabadasif,
adonde llegarían también los moros expulsados de Ubeda, alcanzando la cifra de
treinta mil moradores, habitantes de casas pequeñas, sucias por fuera pero muy
limpias en su interior y provistas de cisternas de dos cañerías, una para el
agua potable y otra para las letrinas.
El historiador Bermúdez de
Castro relata que era una gente muy belicosa, de enorme influencia en el reino
nazarí y que organizaron las distintas revueltas que se sucedieron ya en
tiempos de Felipe II, en 1568, como antes en 1499. Siendo en su último
levantamiento, cuando la guerra de los moriscos, de los conocidos Aben Aboo,
Aben Humeya, don Diego Hurtado de Mendoza y don Juan de Austria, la decadencia
de este arrabal, ya que sus vecinos más relevantes pasaron a Africa, mientras
su importante industria de tintes, sedas, telas y comercio, se extinguía
Es un barrio de corte
medieval, con calles estrechas, de abundante vegetación, en jardines que las
fuentes arrullan con el agua de sus caños. De elevadas tapias encaladas en
blanco, sobre las que yerguen los granados, los naranjos, los limoneros, las
brevas y desafían orgullosos el inmenso azur del cielo, los cipreses, perfumados
del boj y el mirto, con galanes de noche que embriagan el aire del verano,
mientras las cigarras siguen con su monótono y estridente grito y las campanas,
de cualquier campanario, tañen por las vísperas, los difuntos o, en la Vela, las
horas de riego para la vega. Aunque su aire, su perfume y su arquitectura, siga
siendo esencialmente musulmana.
Cerro de San Miguel, donde las tropas de Napoleón dispusieron de
una batería de cañones para vigilar la ciudad, hicieron bastantes destrozos,
como en otros lugares, y nunca supieran que en aquellos lares hubo un olivo que
retoñaba cada veinticuatro horas, en tiempos de moros, y que los cristianos
veneraban, pues también fue lugar de una iglesia y una fuente. Aquí hubo antes
una mezquita y una rauda o cementerio, motivo moderno de peregrinaciones en el
día del santo y de poemas sobre la sensualidad de su patrono, que
brillantemente compuso Federico. Por ello, también es llamado cerro del
Aceituno. Hasta este lugar llega la muralla que por aquí cerraba el Albayzín,
hasta enlazar con la puerta de Guadix y la de Fajalauza, en el barrio de los
alfareros, ya en la antigua carretera de Murcia.
Si bajamos la calle de san
Gregorio, a cuyo final está el aljibe llamado de Paso, cerca del cual existió
una mezquita, alcanzamos la iglesia de
San Bartolomé, tan bella como la de Santa Ana, con decoración en ladrillo y
arcos ornados de azulejos y discos vidriados.
Iglesia de san Cristóbal, se alza sobre uno de los cerros más altos
de Granada, perteneciente al arrabal de la Xarea del Albayzín. Fachada de
sencillo arco ojival de ladrillo y una tosca estatua en mármol de San
Cristóbal. El interior con nave cubierta de bóvedas de crucería ojival con
armadura de lazo. La escalinata está decorada de azulejos.
Esta iglesia perdió buena
parte de sus obras en los incendios que asolaron buen número de iglesias el año
36.
Casa de los Mascarones, en la que fuera calle del Agua y camino de
la puerta de Fajalauza, por la calle de Pagés y de Soto de Rojas, está una casa
que fuera, en el siglo XVIII, la vivienda del poeta Pedro Soto de Rojas, que
escribiera “Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos” y después
del escultor José de Mora. Es famosa por las máscaras colgadas en su fachada y
la placa que Federico García Lorca y la tertulia del Rinconcillo, un día le
pusieron a la memoria del poeta Soto de Rojas.
Por allí existen varias casas
moriscas singulares, en las calles Mina, Fátima, Verónica y Pardo.
Desde la calle del Agua
llegamos a la coqueta Plaza Larga, repleta
de terrazas donde degustar un buen aperitivo o una tarta de la Virgen en la
festividad de las Angustias. Es rectangular, tiene a su derecha la cuesta de la
Alacaba que conduce al campo del Triunfo y que era la comunicación principal de
la parte occidental del Albayzín con la ciudad, así como la del Chapiz lo era
de la parte oriental. Con la Alcazaba se unían por la vecina Bib Cieda o Puerta de las Pesas o Puerta Nueva, que
enlazaba con las fortificaciones, por donde se puede llegar también a la Puerta Monaita, o Bibalbonaida o de las
Eras.
Desde la Plaza Larga y por la
calle de Panaderos, donde hay otro aljibe, llamado de Polo, llegamos a la plaza
del Salvador, donde estuvo la mezquita mayor del Albayzín, elevada por los
moros de Baeza cuando se establecieron aquí. Fue consagrada por el Cardenal
Cisneros, y en ella se estableció la Iglesia
del Salvador, que sufrió diversas modificaciones por el estado ruinoso de
su obra, conservando el patio, parte de las arquerías de algunas de sus naves y
el aljibe, que es profundísimo. Fue elevada a Colegiata, sufriendo su alfarje
mudéjar su destrucción por un incendio en las revueltas sociales del año 36, que
dieron lugar a la pérdida de obras de arte y esculturas.
A su espalda, en la plaza, se
encuentran los restos de lo que fuera la puerta árabe llamada Bibalbonud o puerta de los estandartes.
Cerca existió un hospital general de moriscos, que se convirtió en convento de
Agustinos descalzos y más tarde demolido.
Muy cerca se encuentra también
el convento de San Tomás de Villanueva o
de las Tomasas, fue también incendiado en 1933 y reconstruido. En el
callejón inmediato a la puerta del convento se halla el aljibe de las Tomasas,
a continuación un carril que conduce a la iglesia
de San Nicolás, de estilo gótico, sufrió un incendio en 1932 y actualmente
está en reconstrucción, aunque se puede subir a su torre, de donde se tiene una
espléndida vista que alcanza toda Granada.
En la plaza de San Nicolás hay otro aljibe y una de las vistas de la
Alhambra y el Generalife, con la Sierra Nevada como dosel, de las más impresionantes
que se puedan descubrir. En este lugar un presidente de los Estados Unidos,
Bill Clinton, y numerosos visitantes del mundo entero, han visto el atardecer
más espléndido que se pueda contemplar y se han quedado embelesados por el
paisaje que desde este lugar se vislumbra.
Por estos lugares tuvieron su
asiento el foro y la basílica de Iliberis, la que fue la romana Granada, de la
que se hallan pocos vestigios.
En la placeta del Cristo de
las Azucenas, donde las vistas son espléndidas sobre la Alcazaba y existen
numerosos bancos hechos en ladrillo, fuentes y pequeños jardines donde uno se
puede encontrar un improvisado baile de flamenco, una tertulia juvenil, algún
que otro botellón y alguna que otra improvisada jarana juvenil, existe un aljibe, llamado del Rey y por los
moros Alcadín (el antiguo) o aljibe grande de la Alcazaba, y en el callejón que
baja hacia la puerta Monaita hay un acueducto que conduce las aguas de la
acequia de Aynadamar, o de las lágrimas, llamado Arco de las monjas, donde durante la guerra de Sucesión fueron
ahorcados algunos partidarios del Archiduque.
Anexo a este modesto
acueducto, se encuentra lo que fue un palacio que perteneciera a la esposa de
Muley Hacem, Aixa, llamado Daralhorra, con
un gracioso mirador de estilo alhambreño
y muy próximos lugares que conoció Boabdil, pues fueron los de su segunda
entronización como monarca, donde también estuvo un palacio árabe que llegó a
convertirse en hospital de la tiña, luego orfanato, todo ello perteneciente a
los Marqueses del Zenete, cedido por los Reyes Católicos.
Muy cerca tenemos el convento de Santa Isabel la Real, ya
que fue su fundadora la reina católica allá por 1501, en casas que habían sido
palacio de los reyes nazaríes, mandó que se hiciera una iglesia, que cuenta con
portada ojival, decorada con las divisas y armas de los Reyes Católicos y
recientemente restaurada. La torre fue hecha posteriormente y se decoró con
azulejos moriscos. El interior del templo es de una sola nave, cubierta con
armadura mudéjar de lazo. Cuenta con buen número de obras de arte en lienzos y
esculturas. El patio de acceso o Compás, todo empedrado de guijarros, es
gratísimo para soñar y rememorar historias de novicias.
Cercano a estos palacios
estuvo el de los reyes ziríes o alcázar Badis, conocido por la Casa del Gallo, desaparecido hoy y que
se extendía desde la plaza de San Miguel el Bajo hasta la Casa de la Lona., que
también llevara el apelativo de Alcazaba
Cadima. El gallo era una veleta sobre un
soldado árabe que señalaba la dirección del viento dominante.
En la plaza de San Miguel el
Bajo se encuentra la Iglesia de San
Miguel, cabecera de una plaza rectangular de simpáticas terrazas donde
tomar un aperitivo o almorzar, con un entorno de casas de estilo albaicinero;
bajo y una planta y terraza cubierta de tejas morunas. Esta iglesia no está
abierta al culto y de ella sale alguna famosa procesión en la Semana de Pasión
granadina. En esta iglesia están sepultados los pintores Pedro Atanasio
Bocanegra y Juan de Sevilla, y los escultores Diego de Mora, Agustín Vera
Moreno y Felipe González.
Cerca de la portada lateral de
esta iglesia, queda un aljibe de la que fuera mezquita, obra del siglo XIII, y
al fondo, una cruz de piedra con su Cristo clavado, protegido por una verja
metálica, en el lugar llamado de las Vistillas de San Miguel, que limitaba la
muralla y que iba a enlazar, por la derecha, con la puerta Monaita, que nos
ofrece una vista magnífica de la Vega y la ciudad.
Si descendemos por la calle de
los Oidores, llegamos a la Iglesia de
San José, que fuera antes una mezquita o morabito para los ermitaños, una
de las más antiguas de Granada, siglos VIII, bendecida en 1492 y derribada en
1517 para levantar un templo cristiano. Sólo se conserva el alminar, hoy
campanario de la iglesia, anterior al tipo almorávide, ligeramente apartado del
templo. Cuenta con una potada de piedra, de gusto ojival y la estatua del
titular. Su artesonado es mudéjar de lazo con racimos de mocárabes y adornos
platerescos. Su retablo lo ocupa en su centro una imagen de San José de Ruíz
del Peral. Guarda interesantes obras artísticas, aún cuando no está abierta al
público. En esta iglesia están enterrados el pintor Miguel Pérez de Aibar,
Felipe Gómez de Valencia y el escultor, Torcuato Ruíz del Peral.
Detrás de la iglesia está la Casa del Almirante de Aragón y hoy Asilo de san José, construida en el siglo
XVI, con interesante portada y buenos artesonados en el interior.
Descendiendo la cuesta de san
Gregorio nos encontraremos en una plazoleta recoleta, la de Porras, donde
existe una casa con bella portada plateresca, perteneciente hoy a la
Universidad de Granada como casa del estudiante.
Al final de la cuesta de San
Gregorio, hallaremos la iglesia de San
Gregorio el Bético, que ocupa el lugar que según la tradición, eran
enterrados los cristianos durante la dominación musulmana, contando con una
gran mazmorra donde fueron sepultados muchos mártires, en recuerdo de los
cuales los reyes Católicos mandaron alzar una ermita y dedicarla a San
Gregorio, Obispo de Ilíberis.
A partir de este lugar, la
cuesta que desciende toma el nombre de Calderería
y está poblada de tiendas de estilo árabe junto a innumerables teterías,
llevándonos a la calle Elvira, a la placeta de San Gil o desembocando en la
misma Plaza Nueva, punto de partida de este pequeño periplo por el Albayzín


























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