CARTA A DON MANUEL AZAÑA, EN EL SETENTA Y CUATRO ANIVERSARIO
DE SU MUERTE, UN 3 DE NOVIEMBRE DE 1.940 EN MONTAUBAN, FRANCIA
Excelentísimo Señor Presidente de la Segunda República de
España
Quienes le admiramos, quienes
pretendemos difundir su obra, quienes hemos sido atrapados por su magisterio,
quienes aspiramos a conservar su memoria, quienes lamentamos que vd. descanse
en tierra extraña, aún cuando nadie como vos para amar y conocer la cultura
francesa, cuyas élites, sin embargo, le dieran la espalda a su sueño
republicano, hoy, quien esta carta le dirige, recordando el túmulo donde descansa,
de sencillo granito grisáceo y en bronce una modesta cruz, su nombre y
apellidos, como su fecha de nacimiento y de óbito; con el modesto dosel de un
raquítico ciprés, en el antiguo cementerio de Montauban, cuya cercana brisa
marina de su río Tarn, cada noche de los difuntos pasea sus galas de algodón
neblinoso sobre el camposanto donde tantos nombres hablaron español.
Hoy, 3 de noviembre de 2014,
después de setenta y cuatro años de su desaparición, debo decirle, una vez más,
que descanse en paz. Usted gobernó un país de manera honrosa y honorable, donde
aún cuando tuviera que salir de él a empellones por una guerra civil y por el
levantamiento de los mismos militares y oligarcas que antes le habían jurado
fidelidad, sin embargo, vd. y cuantos como vd. siguieron su senda, son los
verdaderos vencedores de tan triste contienda.
Aquel que en sus últimos días le
gritara ¡Viva Azaña!, allá en el enriscado pueblo de La Bajol, que vd. creyó
fuera de su pueblo, Alcalá, era sin embargo uno de mis antepasados, y era de
Granada, o acaso era la voz en las entrañas de los hijos y descendientes de aquellos hombres que
estaban dispuestos a dar su vida por su obra, aquella en la que vd. era acogido
en Comillas, en Mestalla, en Bilbao o por millares de hombres y mujeres, o
cuando en Barcelona, en el mismo balcón de la Generalidad, les gritó a los
catalanes ¡Viva España!, y cuantos abarrotaban aquella plaza de vecindad
gótica, al unísono corearon ese grito fraterno, que nunca más se volvería a oír
en aquel histórico lugar, al contrario, ahora, son gritos por la independencia
de Cataluña y por la insolidaridad frente a los demás pueblos hermanos de
España.
Nada nuevo bajo el sol, que diría
vd. con su proverbial cachaza castellana. Aún cuando nuestros ciudadanos se
alimentan mejor y si vd. volviera a pasarles revista, como cuando un invierno
lo hacía en su paseo por el Madrid
asediado y bombardeado de entonces, nuestra raza ha mejorado, es también más
culta, sin embargo, la corrupción de los políticos ha crecido como el musgo
entre los sillares de su venerada y antigua calle La Imagen o entre los
soportales de la calle los Libreros o en el solio de la estatua de Cervantes
que su padre levantó en Alcalá, poniendo en entredicho los cuarenta años de
democracia, nuestra incorporación a la comunidad económica europea y el
progreso y la justicia para nuestros conciudadanos.
Vivimos pues una época convulsa,
en la que los grandes dirigentes de la Concordia y el entendimiento: de
derechas, izquierdas, centro y del nacionalismo, han desaparecido, superados
por sus propios y turbios manejos, la edad y la pérdida de valores de la misma
sociedad española, más atraídos todos por el “becerro de oro” que por cultivar
su espíritu, como por encontrar soluciones al enorme paro que padecemos,
sobrepasando los cinco millones de hombres y mujeres, sin que ésta sea la
principal prioridad de todos los gobernantes y suene, a lo lejos, la sombría
campana del separatismo y el trágico empobrecimiento de buena parte de nuestra
clase media, después de haber logrado superar el genocidio al que nos habían
llevado un puñado de hijos del País Vasco, bajo las siglas de una banda
terrorista, llamada Eta.
Como verá, si el problema agrario
ya no es tal para España, de triste recuerdos para vd. en Casas Viejas,
y la Iglesia ya no cuenta como antaño, no
así el independentismo catalán, que desdeña la misma Constitución del 77, y
quiere celebrar una mascarada antidemocrática el próximo 9N, con la anuencia de
los mismos gobernantes que deben velar por los intereses de todos, sembrando en
cada rincón de España, un sentimiento de
desprecio y despecho hacia lo catalán, que me temo, por ambos bandos, será
difícil de enderezar.
La economía, la globalización, la
inmigración de Africa, las pandemias, las nuevas tecnologías, la serenidad de
las fuerzas armadas, la preponderancia del poder financiero, la pujanza de las
organizaciones políticas, con cuadros que engrosan sus filas para medrar y
vivir holgadamente, no para alcanzar un ideal, son algunos de los
acontecimientos que nos ocupan en este día, cuando seguro, en el Olimpo donde
su alma sigue escribiendo su obra eterna, conversa, ya hechas las paces, con Alcalá Zamora,
Prieto, Maura, y aquel insigne “ ministro náufrago”, como con tantos amigos que le acompañan,
tales como sus amados Lola y Cipri, o el siempre desnudo, Antonio Machado, que
junto a Picasso, Goya y el mismo Velázquez, le escriben y dibujan, bajo los
arpegios de la música de Falla, Granados o Albéniz, la esencia del espíritu hispano.
Por mi parte, darle humildemente
las gracias por haberme hecho conocer y amar a esa misma España que a vd. le partió el corazón, y a la que supo escribirle el más bello discurso que estadista
alguno nunca haya podido idear para sus conciudadanos, aquel de Paz, Piedad,
Perdón.
Desde el Sur, un 3 de Noviembre
de 2014
El Mirlo Blanco

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