sábado, 4 de junio de 2022

Un adiós, cuando nos vamos haciendo viejos.

 Un adiós, cuando nos vamos haciendo mayores.

Solamente cuando uno despide a un familiar, a un amigo, cuando se vuelve a reencontrar con aquellas caras que lo acompañaron a uno en tantos momentos felices de la vida, y en otros no tanto, las páginas del libro aquel que llevamos a cuestas, empiezan a desprenderse y, ahora, notas que se hace más liviano; que las hojas se nos escapan de las manos, que aquello que hemos ido pergeñando, sin apenas darnos cuenta nosotros mismos, se hace más ligero, que ya pesa menos, aún cuando debiera tener mayor contenido. Sin embargo, todos aquellos que forjaron lo que hoy somos y, quizás, lo que vamos a legar, los seres y los lugares por donde transcurrió y todavía siguen nuestras vidas, cada vez están menos presentes en cuerpo y alma, a pesar de que nos acompañan firmemente y nos damos cuenta que los echamos mucho de menos.

El pasado viernes despedía a mi tía Lolita en su eterno viaje. Desde muy joven, ella y mi admirado e idolatrado tío Paquito, estuvieron muy presentes en mi vida. Posiblemente porque fui el primer nieto, el primer sobrino de una larga lista de nietos, de una extensa lista de sobrinos.

En Almuñecar, cuando veraneábamos, en París a la primer feria que acudió Azulejera Granadina, la de Batimat, en Calahonda cuando íbamos a saludarlos,  y así en numerosas ocasiones. Como esposa del patriarca del clan de los Sáez de Tejada, Paco, ese gran empresario que desde la mayor de las modestias logró levantar una buen conglomerado de empresas, en una Granada de postguerra y dejar a sus hijos y nietos los frutos de sus enormes desvelos, gracias a su clarividencia para los negocios, como a no dudar de mucha solidaridad de sus hermanos y, como no, suerte y el acendrado respaldo de su esposa.  Mi memoria me trae tantos sitios, desde el barrio San Francisco, donde Paquito aparcaba su Ossa y encargaban a aquel niño que cuidara del bebé Mari Carmen. Luego cerca de Calvo Sotelo, en aquel ático con vistas al Albayzin, o los domingos almorzando con Juan el de la Michelín, o la cena de Navidad, todos juntos en su casa, siempre me sentí arropado por ellos. Qué decir de las oportunidades de trabajo que me dio mi tío: Azulejera Granadina y Matimex, amén de nuestros frecuentes encuentros y reuniones en Madrid o en el Camino de Ronda.

Por todo ello, y a modo de agradecimiento a ella, Lolita, pues nunca podré llamarla de otra forma que como siempre la llamábamos, a Paquito, a mis abuelos, a mis padres, a todos mis tíos, a todos cuantos han hecho posible que yo también guarde el mejor de los recuerdos, vayan las fotos que acompaño en mi algo abandonado blog de Calle de Niños Luchando 12, que de vez en cuando me abre su puerta para que siga desvelando algunos trozos de mi memoria por si el día de mañana, algún Orero, algún Sáez de Tejada, se acuerda que hubo un núcleo, una raíz en Granada donde ellos seguirán también conservando ese lazo, se encuentren donde se encuentren, que a mí me ha permitido escribir estas líneas y recordar a una buena mujer, a mi tía Lolita, y como no, a mi siempre añorado Paquito, además de a una saga de buenas personas.

Cuantos aparecen en estas fotos, son solo una pincelada y otro buen puñado,  aunque no estén en esta muestra, sí que es seguro que están siempre en mi recuerdo y en mi corazón.

Para Lolita que ahora ya se ha reencontrado con el amor de su vida, mi tío Paco, que descanse en paz y a sus hijos, nietos y cuantos la recordamos, quede este modesto homenaje, repaso breve de sus vidas y de la mía, pues todos ellos han contribuido a que las personas, los lugares y los emprendimientos, tengan una razón de ser, la que un día se inició, en mi caso, en calle de Niños Luchando 12 o en la misma Acera de Canasteros, en la inigualable Granada.
















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