viernes, 27 de enero de 2023

 

LOS VASCOS, UNA RAZA SIN NORTE

Allá por 1874, concretamente un 2 de mayo, como aquel 2 de mayo de 1808 en Madrid, ahora en


Bilbao, la ciudad era liberada del asedio al que los carlistas, es decir la carcundia más retrógrada de aquella época, cuya grey era comandada por una rama desafecta de los borbones y el poder de la Iglesia, principalmente de los jesuitas y el resto de “manos muertas”, que era toda la plebe adscrita al clero y los partidos políticos más conservadores, habían mantenido para ahogar las esperanzas de libertad y progreso, que, sin embargo en una buena parte de la sociedad española, radicada en las provincias vascas, Navarra, la Cataluña del interior y por el Maestrazgo, en la proximidad a Valencia, no admitían un sesgo liberal que alumbraba el resto de España que sí apoyaban la Monarquía Constitucional, ahora representada por Alfonso XII.


Si en el Norte de España, liberales y carlistas se peleaban desgraciadamente por dos ideales bien distintos, que con el transcurrir de los años han venido a ser uno sólo, desde el Sur, uno se pregunta hoy,  si cabía mayor imbecilidad de una parte y de otra, pero lo que aún es más grave y paradójico en el siglo XXI, ¿cómo es posible que en los descendientes de esos liberales vascos, un siglo después, la semilla de libertad y fraternidad, se trocara en odio, ignorancia, crueldad, extorsión, terrorismo y asesinato sin cuartel, frecuentemente espoleados desde el púlpito, la sacristía o el atrio de un convento?

¿Acaso esos mismos liberales vascos, que celebraban su victoria frente al puritanismo y al atraso, lo que han hecho es entronizar allí lo mismo que querían combatir?

Cuentan los anales de la historia y la prensa de la época que una vez  la ciudad liberada de un sofocante asedio, no era posible describir el júbilo del vecindario. “Era una locura, un delirio. Las aclamaciones abrasaban el aire, infundiendo en las almas el fuego de una nueva vida. Bilbao creía que inauguraba una era de grandeza nacional, de cultura, de emancipación del pensamiento, de todo cuanto podía dar de sí la pujanza mental y la nativa riqueza de aquel pueblo. Pero pronto importaron el jesuitismo y a fomentarlo hasta que se hiciera dueño de la heroica Villa. Con él vino la irrupción frailuna y monjil, gobernó el Papa”. Estas desoladoras palabras, este triste epitafio a un impulso generoso de libertad y grandiosidad humana, lo describe Pérez Galdós en su último libro de los Episodios Nacionales, ya ciego, aquejado de queratitis parenquimatosa y del convencimiento de que en España no podía arraigar una República, como acababa de constatar su ruina tras seis meses de atribulada existencia, como también constataría años después otro gran estadista español, Manuel Azaña, éste sufriendo el averno en tierra de una nueva guerra civil entre españoles, ahora por todo el territorio nacional. Y si, ahora, vemos quienes gobiernan los pueblos, ciudadades y la Comunidad Autónoma Vasca, en manos del PNV o de los cachorros de ETA en Bildu, las palabras de Galdós resultarán proféticas, sobre todo cuando recordamos que los descendientes de esos liberales vascos, con la Goma-2, la pistola en la sien o enterrando en vida a quien secuestraban en Mondragón, aterrorizaban a toda España, asesinando a ancianos, mujeres y niños, sin que ni siquiera muchos de esos atentados hayan sido reconocidos y enjuiciados sus responsables, cuando sus condenados, liberados por la benevolencia del sistema judicial español, a sus pueblos de origen regresan estos gudaris, estos cobardes asesinos, reciben el aplauso y el baile atávico popular en sus lugares vascos de origen, mientras el partido gobernando en Madrid, en este caso el PSOE, silencia y se apoya en las falanges de esta casta de asesinos, coterráneos de aquel lejano Bilbao liberal.

¿Qué querían, por qué peleaban entonces, si la herencia posterior, después de arrojar sus armas frente a las hordas moras de un caudillo en la Guerra Civil del 36-39, sin hacerle frente o abandonar a su suerte a sus camaradas republicanos negociando mientras a sus espaldas con el Vaticano, para en democracia cometer más de 800 asesinatos y 3.500 atentados, iban a arrastrarse como sierpes humanas?

Quizás, los de ayer, como los Oteguis de hoy, su común ideario fuera establecer aquí un despotismo hipócrita y mansurrón, que sometiera, ayer y hoy, a la familia hispana al gobierno del patriciado absolutista y caciquil de unos pocos enfermos mentales, como fue el fundador del PNV, Sabino Arana.


Si los carlistas, ayer, faltos de recursos apelaban a la munificencia de las Diputaciones Forales y al patriotismo de los realistas pudientes, esquilmaban a los pueblos, y decididos a no perdonar medio alguno para adquirir dinero; en los siglos XX y XXI, sus descendientes lo hacían más selectivamente, con el silencio de ese PNV, las élites vascas, como con la complicidad torpe de los partidos de izquierdas, que aceptan “blanquear” a esas hordas de asesinos, hoy también presentes en Las Cortes, sin el más mínimo sonrojo o vómito, pues ellos son quienes realmente gobiernan el Estado español manejando una marioneta socialcomunista. Casta ésta de políticos privilegiados que, como nos refería Galdós, tienen en su mano “la grande olla” donde han de comer y donde extremistas como IU/Podemos, se han sentado a esa mesa desde el palacete de Galapagar o besando la mejilla y abrazando a esos asesinos.

¿Volverá la historiografía a mostrarnos un Bilbao, a una Vasconia, a una Navarra,  despertándose de ese narcótico, ese alucinógeno que son los nacionalismos y volver a florecer sus lauros liberales, o acaso ya está impregnada para la eternidad de la sangre, el nepotismo, la endogamia que los Carlistas, los gudaris y luego ETA, han impregnado su ser para siempre jamás?

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