martes, 18 de junio de 2024

EL ESPAÑOL Y LOS SIETE PECADOS CAPITALES, DE FERNANDO DÍAZZ-PLAJA. Ayer y algo de hoy

 


El español y los siete pecados capitales, de Fernando Díaz-Plaja

Entre los años 60 y 70, del siglo XX, El español y los siete pecados capitales, escrito por quien luego sería un exitoso escritor y personaje de la incipiente televisión de entonces, Fernando Díaz-Plaja, con un hermano también muy ilustre en los medios literarios como fue Guillermo, nos hace una pormenorizada descripción general y crítica de lo que él, y muchos intelectuales y los que esperaban un cambio en la sociedad española, que empezaba a abrirse al exterior, entienden que son defectos de los españoles, obteniendo por ello un gran éxito de ventas, cuando la lectura y adquisición de libros no era precisamente relevante en España.

Es cierto que quizás, parte de las observaciones y críticas que hace en este libro, a un joven lector español del siglo XXI, le parecerían extrañas, pues hay que reconocer que nuestra sociedad ha evolucionado lo bastante para superar muchos de aquellos estereotipos que señalaban a los españoles y por los que, nosotros mismos, nos autolinchábamos.

Empieza por el pecado de la Soberbia, que en algunos casos entiende que forma parte de nuestro ancestral orgullo, por lo que su condena se realiza con matices y es uno de los capítulos más extensos y donde el escritor encuentra más elementos para afirmarse sobre este pecado.

Posiblemente, escrito en el siglo XXI y bajo las reglas de una democracia que parece estar en peligro, ante los avances de una sutil dictadura socialcomunista, nada tendrían que ver, sobre todo en términos generales, ya que, como bien sabemos los españoles de esta época, los sentimientos de independentismo, como el respaldo a los mismos por una minoría que precisa de esos votos para sustentarse en el poder, resultarían extraños y ya carecen de esa soberbia que parece censurar fernando Díaz-Plaja.

También aquellos pilares sobre los que se sustentaba la sociedad española y la política de Franco, como fueron la Iglesia y el Ejército, ambos han sido felizmente descompuestos y desarmados, no representando hoy ningún fermento de un nuevo golpe de Estado, éste más bien al alcance del separatismo periférico, como demostraron los catalanes.

Tras la Soberbia nos presenta la Avaricia, cada uno de estos siete pecados antecedido por dibujos de Mingote, y bastante corto en su relato, pues su autor entiende que

por esa misma soberbia y ese punto de orgullo, como un atavismo antiguo árabe, de abrir los brazos a todo aquel forastero, siempre que sea lejos de nuestra morada, que procuramos preservar de miras ajenas a nuestra familia o a nuestro entorno más próximo.

De la Lujuria nos hablará de esa literatura antigua que nos hizo acreedores por el  mundo a Don Juanes, por esas obras de raptos de doncellas y de novicias, de amores ocultos, de disputas, de celos y de quitar la honra:

Dicen que me andas quitando

la honra y no sé por qué;

¿para qué enturbias el agua

que tú no quieres beber?

 

De la lujuria nos quedará también el machismo.

 

¿No te doy lo que necesitas? Sabes que te quiero. ¿Te falta algo? Pero si una mujer me hace cucamonas, ¿qué quieres que haga? ¿Preferirías que dijeran que tu marido no era un hombre?

 

La virginidad, la condena de la solterona, en esta sociedad de lujuria, como los amigos han de ser conocedores de las aventuras de nuestro don Juan, forman parte de ese pecado de lujuria que nos achaca a los españoles, que con el feminismo y las nuevas corrientes sociales, también forma parte de una mirada que se ha ido desvaneciendo, aunque algunos de sus hechos aún perduren en nuestra España actual, aunque bastante mitigados a lo que conoció la familia de los Díaz-Plaja.

 

Proclives a la Ira siempre lo fuimos, prueba las numerosas guerras civiles.

Hubo un tiempo en que se dijo que el español es un ser bajito que siempre está irritado, quizás se fundamentara en ese temor general a Dios, la dureza del suelo, como el hecho de estar siempre enfrentado con alguien, adoptando para ello un vocabulario enormemente rico e iracundo, que en otras lenguas apenas tiene ese número y variedad de vocablos injuriosos et interjecciones. Uno de los muchos que el español emplea e improvisa, suelen referirse a la madre o al padre.

 

Quizás toda esa irá larvada en nuestro ADN provenga de ese cruce de caminos que es España, que tuvo su colofón más sangriento en la Guerra Civil del 36 y de esas innumerables razas y culturas que hasta la Finis Terra llegaron, como tras los fenicios, griegos, cartagineses, celtas, romanos, godos, musulmanes y cristianos de tierras del Norte de Europa, como flamencos, genoveses, germanos e incluso irlandeses, que fueron empleados en los Tercios de Flandes como en la colonización de América y Filipinas, todos ellos tratando de labrarse un mejor porvenir o asentar diferentes ideales, enorme individualismo y la pervivencia voces reaccionarias como un anticlericalismo que también mostró el pecado de la ira en su mayor frenesí en varios momentos de la historia de España.

 

Sabido es que las ejecuciones fueron públicas y que matar fue durante años un espectáculo, bien trenzado en época de la Inquisición.

 

Poetas como Larra, en su El día de los difuntos de 1836, nos dirá:

 

Aquí yace media España;

Murió de la otra media.

 

Y los versos de Antonio Machado, ya en tiempos de la IIª República, que tanta sangre vio correr por sus calles y entre hermanos:

 

Españolito que vienes al mundo;

guárdete Dios;

una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.

 

Ambos poetas ilustran un ayer que, por desgracia, aún en el siglo XXI y en Democracia vemos que está presente, en el odio de unos vascos contra otros españoles y/o de unos catalanes frente a otros mismos catalanes.

 

En Sevilla, cuando la familia entiende que un familiar está clínicamente desahuciado, su solución es llevarlo al Hospital de los Incurables, muestra de nuestra propia crueldad y aviso al enfermo de que ya no tiene remedio ni esperanza.

 

A lo mejor es que el Pecado de la Ira no tiene remedio en los españoles de ayer, ni en los de hoy, ni quizás entre los de mañana.

 

En el pecado de la Gula, los españoles somos menos proclives, aunque exista un área como Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra, donde el bien yantar sea una tradición muy arraigada, a pesar de que por esa soberbia, esa secular pobreza, este pecado tenga poca relevancia entre los españoles de este libro y, posiblemente, sí pueda convertirse en un hecho más presente en el siglo XXI, gracias a un bienestar mayor y alimentos, costumbres y publicidad que invitan a abusar de la comida o a sobrealimentarse.

 

En el pecado de la Envidia, siempre hemos oído que era el mayor de los pecados capitales españoles, tanto es así que Fernando Díaz-Plaja ya hace una introducción con una risala apologética de Ibn Mazam, allá por 994-1064 y traducción de García Gómez, sobre que Nadie es profeta en su patria y donde la envidia alcanza el grado de maestría, pecado éste muy presente, sobre todo en el mundo de las letras y de que siempre quien destacaba era enfrentado a otro genio, de manera que los seguidores solían dividirse y enfrentarse.

 

El español puede tolerar en otro español un par de cualidades, pero nunca más. De esta forma son forjados los epigramas críticos y con su sesgo de envidia:

 

Talento y belleza todo en una pieza, gran rareza.

 

Pero la envidia no es sólo en las clases altas, también en las de medio pelo, como entre intelectuales o el proletariado,  pasando así de lo sublime a lo ridículo.

 

Sólo admiran a un bando si va unido el odio entrañable al bando opuesto, en el teatro, los toros, el fútbol y la misma política, de ayer y de hoy.

 

Por ello la historia siempre nos presenta a las glorias españolas por parejas: calvo y Vico, actores; Cánovas y Sagasta, políticos decimonónicos; Castelar y salmerón, oradores; Galdós y pereda, novelistas…

 

La envidia se transformará en maledicencia que atenta tanto contra los individuos como contra los pueblos, siendo a menudo esta envidia más lacerante entre nacidos en una misma vecindad o una localidad próxima, aunque con el paso del tiempo ya están algo más atenuados o desconocidos por el vulgo.

 

Burgalés mala res.

Amigo de León, tuyo te sea y mío non

Hijos de Madrid, uno bueno entre mil

Mallorca tierra porca

Alcalá de Henares, mucho te precias y poco vales

De Soria ni aire ni novia

Barcelona es bona si la bolsa zona

 

Así podíamos seguir por cada uno de los pueblos y rincones de España, aunque a veces también se dé el contrario, o ya forme parte acendrada de su historia y del cancionero:

 

Buena es Granada, pero junto a Sevilla no vale nada.

Buena es Sevilla, pero junto a Granada no es maravilla

 

Y este último:

 

Si vas a Calatayud

pregunta por la Dolores

que es una chica muy guapa

y amiga de hacer favores.

 

Esta envidia nacional impidió que a Galdós le dieran el premio Nobel y que el mismo Cervantes fuera objeto de burla, lo mismo que Góngora y Lope de Vega, Quevedo, Zorrilla, Pedro A. de Alarcón, Pío Baroja, Villaespesa, Lorca y Hernández o el mismo Unamuno, Cela y Gironella contaran con la desconsideración y, en ocasiones, célebres epigramas:

 

Dicen que ha hecho Lopico

contra mí, mil versos adversos;

mas si yo vuelvo mi pico,

con el pico de mis versos

a este Lopico,  lo pico.

 

Con el pecado de la Pereza no sólo nosotros mismos nos lo hemos endilgado estúpidamente, sino que en el extranjero, también en el país Vasco y Cataluña, al Sur, se le ha acostumbrado a desdeñar y sellar como tierra de perezosos, faranduleros y amigos de la fiesta, mientras ellos todo su tiempo y sus energías estaban puestas en el trabajo, el ahorro y la inversión.

 

Los holandeses acostumbran a acuñar este modus vivendi de laboriosidad, como los mismos alemanes, mientras que en la cara opuesta a andaluces se les ha tildado de lo contrario, de manera a resaltar la valía de esos mismos que gustaban de acuñar a los otros con este pecado de la pereza,

 

Uno que hice y tres que pensé hacer,

cuatro que me apunté

 

Hay años en que no está uno para nada.

 

Sin embargo cuando después uno escarba en los logros llevados a cabo en esas sociedades de la supuesta laboriosidad y que otorgan a los del Sur el sello de la pereza, descubres que en su seno quienes lideran grandes compañías, tienen liderazgo en sus empresas, acostumbran a ser emigrados de esas tierras que más allá del Ebro o a orillas del Cantábrico, eran señalados como gandules.

 

Cierto es que algún que otro refrán antiguo, pudiera haber contribuido en este señalamiento, también vinculado a la fatalidad o a un sentimiento religioso,

 

Quieres vivir sin afanes?

Deja la bola rodar

que lo que fuera de Dios

a las manos se vendrá

 

O este otro de un destino ya prefijado:

 

Quien para pobre está alistado,

lo mismo le da correr que estar sentado.

Interesante obra que ayer tuvo muchos adeptos, pero que hoy su autor en su revisión hubiera modificado, hecho una mayor intervención política y quizás, suscribiera de nuevo esos Siete pecados capitales de un Español aunque con nuevos ingredientes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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