El español y los siete pecados
capitales, de Fernando Díaz-Plaja
Entre los años 60 y 70, del siglo
XX, El español y los siete pecados capitales, escrito por quien luego sería un
exitoso escritor y personaje de la incipiente televisión de entonces, Fernando
Díaz-Plaja, con un hermano también muy ilustre en los medios literarios como
fue Guillermo, nos hace una pormenorizada descripción general y crítica de lo
que él, y muchos intelectuales y los que esperaban un cambio en la sociedad española,
que empezaba a abrirse al exterior, entienden que son defectos de los
españoles, obteniendo por ello un gran éxito de ventas, cuando la lectura y
adquisición de libros no era precisamente relevante en España.
Es cierto que quizás, parte de
las observaciones y críticas que hace en este libro, a un joven lector español
del siglo XXI, le parecerían extrañas, pues hay que reconocer que nuestra
sociedad ha evolucionado lo bastante para superar muchos de aquellos
estereotipos que señalaban a los españoles y por los que, nosotros mismos, nos
autolinchábamos.
Empieza por el pecado de la Soberbia, que en algunos casos
entiende que forma parte de nuestro ancestral orgullo, por lo que su condena se
realiza con matices y es uno de los capítulos más extensos y donde el escritor
encuentra más elementos para afirmarse sobre este pecado.
Posiblemente, escrito en el siglo
XXI y bajo las reglas de una democracia que parece estar en peligro, ante los
avances de una sutil dictadura socialcomunista, nada tendrían que ver, sobre
todo en términos generales, ya que, como bien sabemos los españoles de esta
época, los sentimientos de independentismo, como el respaldo a los mismos por
una minoría que precisa de esos votos para sustentarse en el poder, resultarían
extraños y ya carecen de esa soberbia que parece censurar fernando Díaz-Plaja.
También aquellos pilares sobre
los que se sustentaba la sociedad española y la política de Franco, como fueron
la Iglesia y el Ejército, ambos han sido felizmente descompuestos y desarmados,
no representando hoy ningún fermento de un nuevo golpe de Estado, éste más bien
al alcance del separatismo periférico, como demostraron los catalanes.
Tras la Soberbia nos presenta la Avaricia,
cada uno de estos siete pecados antecedido por dibujos de Mingote, y
bastante corto en su relato, pues su autor entiende que
por esa misma soberbia y ese
punto de orgullo, como un atavismo antiguo árabe, de abrir los brazos a todo
aquel forastero, siempre que sea lejos de nuestra morada, que procuramos
preservar de miras ajenas a nuestra familia o a nuestro entorno más próximo.
De la Lujuria nos hablará de esa literatura antigua que nos hizo
acreedores por el mundo a Don Juanes,
por esas obras de raptos de doncellas y de novicias, de amores ocultos, de
disputas, de celos y de quitar la honra:
Dicen que me andas quitando
la honra y no sé por qué;
¿para qué enturbias el agua
que tú no quieres beber?
De la lujuria nos quedará
también el machismo.
¿No te doy lo que necesitas? Sabes que te quiero. ¿Te falta algo? Pero
si una mujer me hace cucamonas, ¿qué quieres que haga? ¿Preferirías que dijeran
que tu marido no era un hombre?
La virginidad, la condena de
la solterona, en esta sociedad de lujuria, como los amigos han de ser
conocedores de las aventuras de nuestro don Juan, forman parte de ese pecado de
lujuria que nos achaca a los españoles, que con el feminismo y las nuevas
corrientes sociales, también forma parte de una mirada que se ha ido
desvaneciendo, aunque algunos de sus hechos aún perduren en nuestra España actual,
aunque bastante mitigados a lo que conoció la familia de los Díaz-Plaja.
Proclives a la Ira siempre
lo fuimos, prueba las numerosas guerras civiles.
Hubo un tiempo en que se dijo
que el español es un ser bajito que
siempre está irritado, quizás se fundamentara en ese temor general a Dios,
la dureza del suelo, como el hecho de estar siempre enfrentado con alguien,
adoptando para ello un vocabulario enormemente rico e iracundo, que en otras
lenguas apenas tiene ese número y variedad de vocablos injuriosos et
interjecciones. Uno de los muchos que el español emplea e improvisa, suelen
referirse a la madre o al padre.
Quizás toda esa irá larvada en
nuestro ADN provenga de ese cruce de caminos que es España, que tuvo su colofón
más sangriento en la Guerra Civil del 36 y de esas innumerables razas y
culturas que hasta la Finis Terra llegaron, como tras los fenicios, griegos,
cartagineses, celtas, romanos, godos, musulmanes y cristianos de tierras del
Norte de Europa, como flamencos, genoveses, germanos e incluso irlandeses, que
fueron empleados en los Tercios de Flandes como en la colonización de América y
Filipinas, todos ellos tratando de labrarse un mejor porvenir o asentar
diferentes ideales, enorme individualismo y la pervivencia voces reaccionarias
como un anticlericalismo que también mostró el pecado de la ira en su mayor
frenesí en varios momentos de la historia de España.
Sabido es que las ejecuciones
fueron públicas y que matar fue durante años un espectáculo, bien trenzado en
época de la Inquisición.
Poetas como Larra, en su El
día de los difuntos de 1836, nos dirá:
Aquí yace media España;
Murió de la otra media.
Y los versos de Antonio
Machado, ya en tiempos de la IIª República, que tanta sangre vio correr por sus
calles y entre hermanos:
Españolito que vienes al mundo;
guárdete Dios;
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.
Ambos poetas ilustran un ayer
que, por desgracia, aún en el siglo XXI y en Democracia vemos que está
presente, en el odio de unos vascos contra otros españoles y/o de unos
catalanes frente a otros mismos catalanes.
En Sevilla, cuando la familia
entiende que un familiar está clínicamente desahuciado, su solución es llevarlo
al Hospital de los Incurables, muestra
de nuestra propia crueldad y aviso al enfermo de que ya no tiene remedio ni
esperanza.
A lo mejor es que el Pecado de la Ira no tiene remedio en los
españoles de ayer, ni en los de hoy, ni quizás entre los de mañana.
En el pecado de la Gula, los españoles somos menos
proclives, aunque exista un área como Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra, donde el
bien yantar sea una tradición muy arraigada, a pesar de que por esa soberbia,
esa secular pobreza, este pecado tenga poca relevancia entre los españoles de
este libro y, posiblemente, sí pueda convertirse en un hecho más presente en el
siglo XXI, gracias a un bienestar mayor y alimentos, costumbres y publicidad que
invitan a abusar de la comida o a sobrealimentarse.
En el pecado de la Envidia,
siempre hemos oído que era el mayor de los pecados capitales españoles,
tanto es así que Fernando Díaz-Plaja ya hace una introducción con una risala
apologética de Ibn Mazam, allá por 994-1064 y traducción de García Gómez, sobre
que Nadie es profeta en su patria y
donde la envidia alcanza el grado de maestría, pecado éste muy presente, sobre
todo en el mundo de las letras y de que siempre quien destacaba era enfrentado
a otro genio, de manera que los seguidores solían dividirse y enfrentarse.
El español puede tolerar en otro español un par de cualidades, pero
nunca más. De esta forma son forjados los epigramas críticos y con su sesgo
de envidia:
Talento y belleza todo en una pieza, gran rareza.
Pero la envidia no es sólo en
las clases altas, también en las de medio
pelo, como entre intelectuales o el proletariado, pasando así de lo sublime a lo ridículo.
Sólo admiran a un bando si va
unido el odio entrañable al bando opuesto, en el teatro, los toros, el fútbol y
la misma política, de ayer y de hoy.
Por ello la historia siempre
nos presenta a las glorias españolas por parejas: calvo y Vico, actores;
Cánovas y Sagasta, políticos decimonónicos; Castelar y salmerón, oradores; Galdós
y pereda, novelistas…
La envidia se transformará en
maledicencia que atenta tanto contra los individuos como contra los pueblos,
siendo a menudo esta envidia más lacerante entre nacidos en una misma vecindad
o una localidad próxima, aunque con el paso del tiempo ya están algo más
atenuados o desconocidos por el vulgo.
Burgalés mala res.
Amigo de León, tuyo te sea y mío non
Hijos de Madrid, uno bueno entre mil
Mallorca tierra porca
Alcalá de Henares, mucho te precias y poco vales
De Soria ni aire ni novia
Barcelona es bona si la bolsa zona
Así podíamos seguir por cada
uno de los pueblos y rincones de España, aunque a veces también se dé el
contrario, o ya forme parte acendrada de su historia y del cancionero:
Buena es Granada, pero junto a Sevilla no vale nada.
Buena es Sevilla, pero junto a Granada no es maravilla
Y este último:
Si vas a Calatayud
pregunta por la Dolores
que es una chica muy guapa
y amiga de hacer favores.
Esta envidia nacional impidió
que a Galdós le dieran el premio Nobel y que el mismo Cervantes fuera objeto de
burla, lo mismo que Góngora y Lope de Vega, Quevedo, Zorrilla, Pedro A. de
Alarcón, Pío Baroja, Villaespesa, Lorca y Hernández o el mismo Unamuno, Cela y
Gironella contaran con la desconsideración y, en ocasiones, célebres epigramas:
Dicen que ha hecho Lopico
contra mí, mil versos adversos;
mas si yo vuelvo mi pico,
con el pico de mis versos
a este Lopico, lo pico.
Con el pecado de la Pereza no sólo nosotros mismos nos lo
hemos endilgado estúpidamente, sino que en el extranjero, también en el país
Vasco y Cataluña, al Sur, se le ha acostumbrado a desdeñar y sellar como tierra
de perezosos, faranduleros y amigos de la fiesta, mientras ellos todo su tiempo
y sus energías estaban puestas en el trabajo, el ahorro y la inversión.
Los holandeses acostumbran a
acuñar este modus vivendi de laboriosidad, como los mismos alemanes, mientras
que en la cara opuesta a andaluces se les ha tildado de lo contrario, de manera
a resaltar la valía de esos mismos que gustaban de acuñar a los otros con este pecado
de la pereza,
Uno que hice y tres que pensé hacer,
cuatro que me apunté
Hay años en que no está uno para nada.
Sin embargo cuando después uno
escarba en los logros llevados a cabo en esas sociedades de la supuesta
laboriosidad y que otorgan a los del Sur el sello de la pereza, descubres que
en su seno quienes lideran grandes compañías, tienen liderazgo en sus empresas,
acostumbran a ser emigrados de esas tierras que más allá del Ebro o a orillas
del Cantábrico, eran señalados como gandules.
Cierto es que algún que otro
refrán antiguo, pudiera haber contribuido en este señalamiento, también
vinculado a la fatalidad o a un sentimiento religioso,
Quieres vivir sin afanes?
Deja la bola rodar
que lo que fuera de Dios
a las manos se vendrá
O este otro de un destino ya
prefijado:
Quien para pobre está alistado,
lo mismo le da correr que estar sentado.
Interesante obra que ayer tuvo
muchos adeptos, pero que hoy su autor en su revisión hubiera modificado, hecho
una mayor intervención política y quizás, suscribiera de nuevo esos Siete
pecados capitales de un Español aunque con nuevos ingredientes.

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