DE LOS PIONEROS EXPORTADORES DEL
AZULEJO ESPAÑOL Y UNA DE SUS RUTILANTES ESTRELLAS, EL LEÓN DE CARLET.
Antes de que la memoria haga
estragos y los recuerdos de un pasado todavía nada lejano se diluyan , cuando
algunas grandes marcas españolas azulejeras señorean sus logros en las grandes
capitales del orbe, con exposiciones y
productos que nada tienen que envidiar a los de la moda, por su diseño y
calidad, quien esto firma y un día fuera testigo de los primeros pasos que
daban en el exterior los primeros esforzados hispanos, cual un joven y modesto
Bernal Díaz del Castillo o Alonso de Ercilla, hablando entonces de la conquista
de América, ahora tocaba hacerlo del
azulejo de España.
Rondaban entonces los años
setenta y estábamos bajo la égida del régimen de Franco, como con la acertada
disposición de los llamados López como ministros: Rodó y Bravo, para
incorporarnos a esa UE cuyo final del túnel parecía acercarse a no mucho tardar,
a pesar de la persistente oposición de nuestro principal competidor Italia y el
lastre de unos pesados aranceles, cuando a través de misiones comerciales y la
energía de la Asociación Nacional y Sindical de Azulejeros Españoles, con sede
en Onda, y siendo su secretario general un diplomático canario, enjuto y calvo,
Manuel González, empresas como Azulejera Granadina, presidida por un grandísimo
y visionario empresario, que también como distribuidor local tuvo una
relevante contribución en la expansión
del azulejo, don Francisco Sáez de Tejada Martín; Azuvi, con la simpatía y la
gran humanidad de Pascual Arrufat; Fabresa, con sus insignes directivos, Carda
y Usó; Bechiazul; Cedolesa, con el siempre ajetreado Manolo Devis; Sanchis,
trajeado asesor del Banco Exterior en Castellón en el farragoso papeleo de las
cartas de crédito de entonces, Diago, con mi paisano Cobo, y Cicosa del matrimonio Serra y su incansable
agente, el emprendedor, el amigo, el pater
familiae, Pepe Pellicer, apodado el
León de Carlet, quien sin dominar ningún idioma y con una endiablada agilidad
para los negocios y la cordialidad, podía sin embargo recorrerse media Europa y
luego los países árabes, de preferencia, buscando clientes, mientras se rendían
a su corpulenta apuesta y su peculiar manera de trabajar, sin horas para el
descanso y con una dedicación completa a las varias fábricas que creó.
Posiblemente en el tintero se
haya quedado algún otro personaje de esos inicios, alguna otra industria, algún
otro agente comercial, alguna traductora que también nos ayudó entonces, lo que
lamento no citar, aun así, por todos ellos, quienes aún puedan leer este
modesto homenaje como quienes seguro de esta lista ya no están, cuando la
palabra azulejo parece ceder el testigo
al de la cerámica, y cuando las nuevas
tecnologías hacen más fácil la comunicación y el comercio, quiero poner el
acento sobre esos pioneros que en modestos vehículos, con penosas carreteras y
medios de transporte, sin hablar idiomas, sin teléfonos móviles, con escasos
recursos, el más avanzado era el telex, instalado después de innumerables
recomendaciones y a qué precio; no
existía todavía el fax y en muchos casos aún había que pasar por una centralita
para una conferencia internacional; con penoso embalaje, reducido empleo de
pallets y sí de jaulas de madera; tonificación a mano, con azulejos en 15x15, blanco y los famosos
lisos o “farben”, serigrafías de dos tintas, excepción hecha de la serie
Artesanía que sin engobe y copia de los versos de la Alhambra, Azulejera Granadina
llevó hasta Australia y Dinamarca, o aquellos 15x15 reactivos, de gran éxito en
Saloni, con el inicio de las plaquetas de 10x20, de color cuero, siempre sobre
arcillas rojas.
En esta ardua andadura, a la que
quizás muchos herederos de esa hoy extraordinaria (y mal llamada) industria de
la cerámica española, que ha logrado expandirse hasta el mundo del fútbol, no
les quede tiempo para preguntarse cómo han llegado hasta ahí, tampoco nadie les
haya contado la aventura de estos pioneros del azulejo, ni sepan quién es ese
abuelo, de achacoso andar y aún maciza cabeza que deambula por la calle Enmedio
de Castellón, otrora llamado León de
Carlet, don José Pellicer, que surcó el piélago para poner una pica en Flandes
con el azulejo español y con acento de Valencia, como otros ya olvidados
compatriotas que si no merecerán el descanso en el panteón de hombres ilustres
de la España eterna, al menos precisan este sencillo recuerdo y la gratitud
para siempre.
Fdo.: Fernando Orero Sáez de Tejada
Roquetas de Mar (Almería).
17.3.2025

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