jueves, 3 de abril de 2025

GUERRA Y PAZ DE LEÓN TOLSTOI Y LO POCO QUE APRENDEMOS DEL PASADO.



 GUERRA Y PAZ, DE LEÓN TOLSTÓI, Y LO POCO QUE APRENDEMOS DEL PASADO

Cuando una vez más la historia se repite en este siglo XXI, esta vez con la agresión de Putin a Ucrania, mientras que ayer, en 1812,  era Napoleón quien se aventuraba atacando la Rusia del zar Alejandro I, repelida brillantemente por éste, primordialmente por la sagacidad y paciencia del Serenísimo, como así era llamado el Mariscal de Campo Kutúzov y un elenco de generales y comandantes rusos y prusianos, entre los que descollaron Barclay de Tolly, Bagration, Raevski,  Wittgenstein, entre los más destacados, que integraron los batallones de Cosacos, Húsares, Artilleros y Coraceros del Imperio Ruso, era el momento de leer la magna producción de León Tolstoi, Guerra y Paz, que tuvo a este insigne escritor durante cinco años inmerso en la creación de una de las grandes obras literarias legadas a la humanidad, pues además de hacer partícipe a sus lectores de aquellos momentos épicos y trágicos por las estepas de la Rusia de la aristocracia, los mujiks, la esclavitud y la ortodoxia cristiana, con una descripción de la batalla de Borodinó, que aunque los historiadores, particularmente franceses y en especial Thiers, estimaron que la habían ganado las fuerzas de Napoleón, con el genio de los Murat, Junot, Ney y Davout, de los más exaltados, además de dejarles expedita la carretera de Smolensk a Moscú, sería sin embargo considerada por Kutúzov, en su retirada, como el principio de la victoria que vendría después, a pesar del disgusto que esta debacle le supuso a Alejandro I, así como a de la mayoría de los generales que rodeaban a Kutúzov, quien muy claro tenía que la Grand Armée sin embargo empezaba a cavar su propio fosa cuando, un mes después de esta batalla, en octubre de 1812, tras la invasión de Moscú y el incendio general de la ciudad, llevado a cabo por los mismos moscovitas, se verían obligados a retirarse, perdiendo en el regreso hacía Vilma y después París, más de 300.000 hombres, por el frío reinante, temperaturas de -18º C, el asedio continuo a modo de guerrillas y la pausada pero continua persecución que ejercía el ejército imperial ruso, con la dirección del viejo y zorro Kutúzov.

En este marco, entre San Petersburgo y Moscú, la aristocracia, diplomacia y militares rusos, como las élites sociales, utilizan la lengua francesa mejor que el ruso, ya que sus preceptores y la apuesta que realizara Catalina II, La Grande, antecesora del zar Alejandro I, por elevar el nivel cultural de su pueblo, apostaron por Francia que era en esa época el faro cultural de Occidente, y París la meca de la ropa, el diseño, la enciclopedia y las buenas costumbres,  a lo que quería vincularse una nación rusa más próxima de Asia que del mismo continente al que pertenece, chocando así con el campesinado y el analfabetismo reinante, por lo que francesa era la vena cultural y de pensamiento en materia de comunicaciones familiares y de alto nivel, mientras que el alemán se utilizaba en el entramado militar, dada la enorme influencia de los asesores prusianos, quedando relegado el ruso, con su enorme diversidad de variantes según fueran caucasianos, de las orillas del mar de Barents, habitantes de Siberia o vecinos de Moscú, mayormente mujiks en estado de  casi postración, según fuera su dependencia a los señores de su demarcación.

Hecho este exordio del marco político y social que encontramos bajo el reinado de Alejandro I en   aquel aciago año de 1812, debemos detenernos en los protagonistas de esta magna obra literaria, pues aun cuando su autor haga felices descripciones de batallas, desde un punto de vista de imaginativo escritor,  y sean cientos los protagonistas, con nombre y apellido, real como ficticio, los que desfilan por sus páginas y todo el entramado busque resaltar los valores humanos, tanto los magnánimos como los despreciables, será la familia Bolkonski, con María, Andrei y Nikolái; Denísov; Dólojov y su madre María Ivánovna; Anna Mijáilovna; los Rostov; Karáguina; Karatáiev; Kuraguin; Kutúzov; Sonia, Natasha, Pierre Bezújov y, como no, el mismo Napoleón, quienes se lleven la palma de la mayor atención de su creador Tolstoi.

A través de las páginas de esta gozosa aventura iremos conociendo los entresijos vitales, amorosos y mentales de sus protagonistas, también de sus conversaciones, mayormente centrados en una élite social y su entorno. Los juegos, bailes, la desventura y las aspiraciones, como los matrimonios de conveniencia por razones de estatus o monetarias. También los distintos cambios que se sucederán en el acervo de simpatías rusas, que de admirar a cuanto podía llegarles de Francia, se irá mudando en un acervado odio, no ya sólo a Napoleón con quien Alejandro I había firmado un acuerdo fruto de la admiración que le profesaba, roto posteriormente a raíz de la muerte de Enghien, y que ya no cejará hasta verlo desterrado en la isla de Elba, donde seguirá siendo agasajado y costeado por la misma Coalición que lo había derrotado y que facilitó su huida y que no supo impedir su nuevo alzamiento.

En el epílogo del libro, Tolstoi deja bien claro el desprecio que siente por un hombre como Napoleón, al que considera un mentiroso y Ese hombre, sin convicciones, sin principios, sin tradiciones, sin nombre, ni siquiera francés, por un concurso de circunstancias extrañas, se destaca entre todos los partidos que agitan el país y, sin comprometerse con ninguno, alcanza el puesto más importante.

La ignorancia de sus camaradas, la flaqueza y nulidad de sus adversarios, la sinceridad del engaño, la mediocridad seductora y presuntuosa de ese hombre lo ponen al frente del ejército. Sabias palabras que hoy mismo, en España, podrían aplicarse a sus gobernantes socialistas; la misma Rusia de Putin, aunque aquí el matiz del asesinato del oponente y de todo aquel que discrepe faltaría añadir; como en los EEUU, la complicidad de los magnates de las finanzas y el comercio expectantes de nuevas ganancias, aunque sea a costa de la vida de millares de seres humanos, bien sean rusos o ucranianos.

Y no se contentará con ese alegato, nos recordará: En África se cometen numerosos atropellos contra habitantes casi desarmados. Y los hombres que cometen esos crímenes, y sobre todo su jefe, están convencidos de que han conquistado la gloria y se parecen a César o Alejandro de Macedonia…Nadie le imputa como crimen la cruel matanza de prisioneros…con esa adoración demente de sí mismo, con su audacia en el crimen y su cinismo en el engaño, puede llevar a cabo lo que ha de suceder.

Aquí me quiero detener, pues si a Tolstoi ya le sorprendía que un bandido al margen de la ley, como él afirmaba que era el nativo de Córcega, a quien esto firma también le ha sorprendido siempre que los franceses cultiven por él tan gran estima, que alcanza su paroxismo en guardar sus restos bajo el domo de los Inválidos y lo consideren un héroe, cuando por sus tropelías en España, Rusia y por donde pasó él y su ejército, como los millares de muertos, incendios, ruina económica, expolio, intento de volar la Alhambra y el mismo Kremlin, la inundación de rublos falsos en Rusia para poder comprar la voluntad de los mujiks y los moscovitas, asesinato de presos y las forzadas migración y millares de refugiados  en toda Europa, debería ser considerado al mismo nivel que Hitler o que los libros de historia  al mismo nivel también que el exagente de la inteligencia rusa y hoy autócrata  presidente de la Federación Rusa.

Cierto es que historiadores como Thiers, bonapartista, consideran que el poder de Napoléon se sustentó sobre sus virtudes y su genialidad, aunque haya otros que lo consideren que engañó al pueblo. Según esos historiadores, el personaje histórico es un producto de su tiempo y su poder proviene de fuerzas distintas, es decir, el poder es su fuerza y ella origina el acontecimiento.

En el caso de estos déspotas, de antaño y de hogaño, lo mismo que Tolstoi se formulaba la pregunta de por qué seiscientos mil hombres van a la guerra cuando Napoleón pronuncia esas o aquellas palabras, o bien hoy se enfrentan quienes hasta hace nada eran buenos vecinos, se responde porque tenía el poder y estaban obligados a cumplir las órdenes, sin poder atender al libre albedrío y, quizás, la ley de necesidad, les impulsara a la obediencia, aún en los casos de fusilamiento de inocentes o al holocausto que los nazis llevarían a cabo años después de esta primer invasión del suelo ruso. Pero en ese apretar el gatillo, en esa custodia de los campos de exterminio, en esos bombardeos de la población civil, acaso el soldado, el cabo, el sargento y el resto de oficiales, hasta alcanzar el Vértice, como la gente en derredor, los administrativos y la misma “masa neutra”, como era conocida durante la República española la población civil, no merecerían también el castigo que alcanza a sus líderes, que seguro pasan a los libros de historia o se evaden cuando llega la derrota, lo que le pasó a José I en España, al emperador tras Vilna y después en Charleroi, después de la batalla de Waterloo, eso sí en carrozas cargadas de oro y joyas, o en un avión desde la posición Yuste del aeropuerto de los Llanos por parte de Negrín y con el Vita repleto de fondos para sustentar a los republicanos españoles huidos.

El libro en sí es un canto al amor fraterno y la búsqueda de la felicidad, también  a la incongruencia de las guerras y al amor entre el hombre y la mujer; es también el testimonio de una época que parecía pereclitada, pero que con otros medios, menos caballerosos, pero igual de expeditivos y asesinos, sólo busca hoy y ayer el exterminio del contrario, dictado desde unos elegantes despachos y sin el sufrimiento de ese daño físico y moral de los combatientes o de la misma ciudadanía, de uno y otro bando. Es una vez más, el dirimir los conflictos con el estacazo, el mismo que pintaba Goya y que hundía en el barro a los dos contendientes, hoy expuesto en el museo del Prado, sin que la fraternidad, el respeto al oponente y los daños que mutuamente se causen, además de dejar una herida que tardará en cicatrizarse, merezcan la más mínima atención o la condena. Es la soberbia de dirigentes que llevan su gobierno como si estuvieran sobre un caballo y lo fustigaran continuamente con la fusta para su adorno. Es la tragedia de la humanidad que nada aprende de maravillas literarias como esta Guerra y Paz de Liev N. Tolstói, un ruso que no entendió de fronteras ni de riqueza, solo de pobres y ricos, y que sólo supo amar, además de deleitarnos con su prosa y el realismo de su magna obra, desde su credo a la fatalidad que domina el fondo del relat

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