GUERRA Y PAZ, DE LEÓN TOLSTÓI, Y LO POCO QUE APRENDEMOS DEL PASADO
Cuando una
vez más la historia se repite en este siglo XXI, esta vez con la agresión de
Putin a Ucrania, mientras que ayer, en 1812, era Napoleón quien se aventuraba atacando la
Rusia del zar Alejandro I, repelida brillantemente por éste, primordialmente
por la sagacidad y paciencia del Serenísimo,
como así era llamado el Mariscal de Campo Kutúzov y un elenco de generales
y comandantes rusos y prusianos, entre los que descollaron Barclay de Tolly,
Bagration, Raevski, Wittgenstein, entre
los más destacados, que integraron los batallones de Cosacos, Húsares,
Artilleros y Coraceros del Imperio Ruso, era el momento de leer la magna
producción de León Tolstoi, Guerra y Paz, que tuvo a este insigne escritor
durante cinco años inmerso en la creación de una de las grandes obras
literarias legadas a la humanidad, pues además de hacer partícipe a sus
lectores de aquellos momentos épicos y trágicos por las estepas de la Rusia de
la aristocracia, los mujiks, la esclavitud y la ortodoxia cristiana, con una
descripción de la batalla de Borodinó, que aunque los historiadores,
particularmente franceses y en especial Thiers, estimaron que la habían ganado
las fuerzas de Napoleón, con el genio de los Murat, Junot, Ney y Davout, de los
más exaltados, además de dejarles expedita la carretera de Smolensk a Moscú,
sería sin embargo considerada por Kutúzov, en su retirada, como el principio de
la victoria que vendría después, a pesar del disgusto que esta debacle le
supuso a Alejandro I, así como a de la mayoría de los generales que rodeaban a
Kutúzov, quien muy claro tenía que la Grand
Armée sin embargo empezaba a cavar su propio fosa cuando, un mes después de
esta batalla, en octubre de 1812, tras la invasión de Moscú y el incendio
general de la ciudad, llevado a cabo por los mismos moscovitas, se verían
obligados a retirarse, perdiendo en el regreso hacía Vilma y después París, más
de 300.000 hombres, por el frío reinante, temperaturas de -18º C, el asedio
continuo a modo de guerrillas y la pausada pero continua persecución que
ejercía el ejército imperial ruso, con la dirección del viejo y zorro Kutúzov.
En este
marco, entre San Petersburgo y Moscú, la aristocracia, diplomacia y militares
rusos, como las élites sociales, utilizan la lengua francesa mejor que el ruso,
ya que sus preceptores y la apuesta que realizara Catalina II, La Grande, antecesora
del zar Alejandro I, por elevar el nivel cultural de su pueblo, apostaron por
Francia que era en esa época el faro cultural de Occidente, y París la meca de
la ropa, el diseño, la enciclopedia y las buenas costumbres, a lo que quería vincularse una nación rusa más
próxima de Asia que del mismo continente al que pertenece, chocando así con el
campesinado y el analfabetismo reinante, por lo que francesa era la vena
cultural y de pensamiento en materia de comunicaciones familiares y de alto
nivel, mientras que el alemán se utilizaba en el entramado militar, dada la enorme
influencia de los asesores prusianos, quedando relegado el ruso, con su enorme
diversidad de variantes según fueran caucasianos, de las orillas del mar de
Barents, habitantes de Siberia o vecinos de Moscú, mayormente mujiks en estado
de casi postración, según fuera su
dependencia a los señores de su demarcación.
Hecho este
exordio del marco político y social que encontramos bajo el reinado de
Alejandro I en aquel aciago año de
1812, debemos detenernos en los protagonistas de esta magna obra literaria,
pues aun cuando su autor haga felices descripciones de batallas, desde un punto
de vista de imaginativo escritor, y sean
cientos los protagonistas, con nombre y apellido, real como ficticio, los que
desfilan por sus páginas y todo el entramado busque resaltar los valores
humanos, tanto los magnánimos como los despreciables, será la familia
Bolkonski, con María, Andrei y Nikolái; Denísov; Dólojov y su madre María
Ivánovna; Anna Mijáilovna; los Rostov; Karáguina; Karatáiev; Kuraguin; Kutúzov;
Sonia, Natasha, Pierre Bezújov y, como no, el mismo Napoleón, quienes se lleven
la palma de la mayor atención de su creador Tolstoi.
A través de
las páginas de esta gozosa aventura iremos conociendo los entresijos vitales,
amorosos y mentales de sus protagonistas, también de sus conversaciones,
mayormente centrados en una élite social y su entorno. Los juegos, bailes, la
desventura y las aspiraciones, como los matrimonios de conveniencia por razones
de estatus o monetarias. También los distintos cambios que se sucederán en el acervo
de simpatías rusas, que de admirar a cuanto podía llegarles de Francia, se irá
mudando en un acervado odio, no ya sólo a Napoleón con quien Alejandro I había
firmado un acuerdo fruto de la admiración que le profesaba, roto posteriormente
a raíz de la muerte de Enghien, y que ya no cejará hasta verlo desterrado en la
isla de Elba, donde seguirá siendo agasajado y costeado por la misma Coalición
que lo había derrotado y que facilitó su huida y que no supo impedir su nuevo
alzamiento.
En el
epílogo del libro, Tolstoi deja bien claro el desprecio que siente por un
hombre como Napoleón, al que considera un mentiroso y Ese hombre, sin convicciones, sin principios, sin tradiciones, sin
nombre, ni siquiera francés, por un concurso de circunstancias extrañas, se
destaca entre todos los partidos que agitan el país y, sin comprometerse con
ninguno, alcanza el puesto más importante.
La ignorancia de sus camaradas, la flaqueza
y nulidad de sus adversarios, la sinceridad del engaño, la mediocridad seductora
y presuntuosa de ese hombre lo ponen al frente del ejército. Sabias
palabras que hoy mismo, en España, podrían aplicarse a sus gobernantes
socialistas; la misma Rusia de Putin, aunque aquí el matiz del asesinato del
oponente y de todo aquel que discrepe faltaría añadir; como en los EEUU, la
complicidad de los magnates de las finanzas y el comercio expectantes de nuevas
ganancias, aunque sea a costa de la vida de millares de seres humanos, bien
sean rusos o ucranianos.
Y no se
contentará con ese alegato, nos recordará: En
África se cometen numerosos atropellos contra habitantes casi desarmados. Y los
hombres que cometen esos crímenes, y sobre todo su jefe, están convencidos de
que han conquistado la gloria y se parecen a César o Alejandro de Macedonia…Nadie
le imputa como crimen la cruel matanza de prisioneros…con esa adoración demente
de sí mismo, con su audacia en el crimen y su cinismo en el engaño, puede
llevar a cabo lo que ha de suceder.
Aquí me
quiero detener, pues si a Tolstoi ya le sorprendía que un bandido al margen de la ley, como él afirmaba que era el nativo de
Córcega, a quien esto firma también le ha sorprendido siempre que los franceses
cultiven por él tan gran estima, que alcanza su paroxismo en guardar sus restos
bajo el domo de los Inválidos y lo consideren un héroe, cuando por sus
tropelías en España, Rusia y por donde pasó él y su ejército, como los millares
de muertos, incendios, ruina económica, expolio, intento de volar la Alhambra y
el mismo Kremlin, la inundación de rublos falsos en Rusia para poder comprar la
voluntad de los mujiks y los moscovitas, asesinato de presos y las forzadas migración
y millares de refugiados en toda Europa,
debería ser considerado al mismo nivel que Hitler o que los libros de historia al mismo nivel también que el exagente de la
inteligencia rusa y hoy autócrata
presidente de la Federación Rusa.
Cierto es
que historiadores como Thiers, bonapartista, consideran que el poder de
Napoléon se sustentó sobre sus virtudes y su genialidad, aunque haya otros que
lo consideren que engañó al pueblo. Según
esos historiadores, el personaje histórico es un producto de su tiempo y su
poder proviene de fuerzas distintas, es decir, el poder es su fuerza y ella
origina el acontecimiento.
En el caso
de estos déspotas, de antaño y de hogaño, lo mismo que Tolstoi se formulaba la
pregunta de por qué seiscientos mil
hombres van a la guerra cuando Napoleón pronuncia esas o aquellas palabras,
o bien hoy se enfrentan quienes hasta hace nada eran buenos vecinos, se
responde porque tenía el poder y estaban obligados a cumplir las órdenes, sin
poder atender al libre albedrío y, quizás, la ley de necesidad, les impulsara a la obediencia, aún en los casos
de fusilamiento de inocentes o al holocausto que los nazis llevarían a cabo
años después de esta primer invasión del suelo ruso. Pero en ese apretar el
gatillo, en esa custodia de los campos de exterminio, en esos bombardeos de la
población civil, acaso el soldado, el cabo, el sargento y el resto de
oficiales, hasta alcanzar el Vértice, como la gente en derredor, los administrativos
y la misma “masa neutra”, como era conocida durante la República española la
población civil, no merecerían también el castigo que alcanza a sus líderes,
que seguro pasan a los libros de historia o se evaden cuando llega la derrota,
lo que le pasó a José I en España, al emperador tras Vilna y después en
Charleroi, después de la batalla de Waterloo, eso sí en carrozas cargadas de
oro y joyas, o en un avión desde la posición Yuste del aeropuerto de los Llanos
por parte de Negrín y con el Vita repleto de fondos para sustentar a los
republicanos españoles huidos.

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