lunes, 30 de marzo de 2026

LA VIRGEN DE LOS DOLORES Y NUESTRO PADRE JESÚS DEL RESCATE, IN MEMORIAM.

 


LA VIRGEN DE LOS DOLORES Y NUESTRO PADRE JESÚS DEL RESCATE

                                                           Dedicado a mi amigo Antonio Uribe Contreras

Corrían los albores de los años sesenta, un martes en la Semana Santa, en la calle de Niños Luchando número 18,  el ajetreo había sido incesante, no sólo en el taller de la carpintería donde el maestro Paco, su hijo, los oficiales y el aprendiz desde el amanecer se aprestaban a llevar a la iglesia de San Antón las herramientas necesarias y últimos detalles para concluir con los arreglos del palio de la Virgen de los Dolores que esa tarde noche  desfilaría por las calles de Granada, a cuya Dolorosa tan devota era la familia Gómez de las Cortinas desde la época de la Guerra Civil española, mientras que don Ramón y Pérez de Herrasti, además de Hermano mayor y gran benefactor, lo era de Nuestro Padre Jesús del Rescate, que desde la iglesia de la Magdalena, sede primigenia de ambas hermandades de Penitencia haría su aparición, un día antes por las calles.

En la casa, mientras tanto, la abuela María y la nuera Maruja, después del cuidadoso planchado, han colgada de una lámpara, la túnica blanca con capillo del mismo color y la cruz de San Andrés bordada en rojo, que vestirá Fernando, el hijo del carpintero, a su lado, la sotana infantil  roja y la sobrepelliz blanca que lucirá el nieto, Fernandito, que él por vez primera, quizás la única, desfile por las calles de Granada, poco consciente a esa edad de que aquel bello rostro de mujer cuyas lágrimas resbalan por su faz, tiene en sus manos los tres clavos de Cristo, le rodea el pelo una hermosa diadema y en el pecho le cuelga el escudo del Tercio de los Requetés, mientras todo el palio y el manto de la Virgen  son de color salmón.

A aquel chiquillo de Niños Luchando, en la procesión,  le hubiera gustado ir vestido de capirote, como los mayores,  o  ser quien ondeara  el incensario y fuera todo el camino envuelto en la nube de humo aromático de la mirra, de sándalo o de palo de santo, como hacía otro monago, pero a él le tocaba llevar dentro de una caja el incienso, que de vez en cuando surtiría al del incensario.

De regreso al templo, tras la larga y cansada caminata, las músicas y las saetas, irrumpen los gritos de ¡Arriba España!, el brazo alzado y la camisa azul, de quienes esperaban en la calle formando semicírculo, un tanto exaltados,  el retorno de la comitiva, luciendo en el pecho las insignias del yugo y las flechas; ponían una nota de zozobra a las monjas capuchinas y a los antiguos Requetés bajo las túnicas, con algún cirio que otro roto, se oían las imprecaciones y blasfemias, mientras los gritos del capataz trataban de que los costaleros guardaran el equilibrio necesario para que ni los candelabros de cola, la peana de la Virgen, las jarras y los varales del palio no sufrieran daño alguno en su entrada a la iglesia, desguarnecida de bancos  a esa hora de medianoche, en semioscuridad, donde un Ave María y aquel Por Dios, por la Patria y el Rey/Lucharon nuestros padres/Por Dios, por la Patria y el Rey/Lucharemos nosotros también, éste sotto voce, entonarían buena parte de los presentes. Entre tanto, tras las rejas las miradas inquietas y expectantes de las monjas del convento, observando angustiadas el bullicio imperante y el codiciado final.

 

Allí quedaría el abuelo, los oficiales carpinteros y el aprendiz que le acompañaron con una escalera a cuestas durante la procesión, cuidando que ninguna rama de un árbol, la esquina de un balcón o el tendido eléctrico suspendido, se interpusiera en el desfile magistral de la Virgen de los Dolores,  de madrugada tenían que apresurarse a desmantelar el palio, que todo el atrezo ornamental volviera a los cofres donde se guardaría hasta otro año y quedara tan solo el esqueleto, como el de aquella ballena del cuento, en la osamenta fría y desnuda del simple entramado de madera.

 

En la memoria de aquel chavea de Niños Luchando,  lejos queda ya ese rezo espontáneo de un Ave María en el vacío y la oscuridad  de la Iglesia de San Antón, que parecía alzarse desde lo más profundo de aquellos hermanos y saltaba quejumbroso a la garganta de cuantos se arremolinaban en torno a la Dolorosa,  que pronto sería despojada apresuradamente  de todo su esplendor y que quizás había podido felizmente, una vez al año, pasear su dolorida mirada por Granada, antes de volver a un rincón desolado y desamparado de donde seguir anhelando volver a vestir sus mejores galas y, de nuevo, año tras año, por Semana Santa, pasearse con sus dolores a cuestas por la mirada de los granadinos de ayer, de hoy y de siempre.

 

Si la Virgen de los Dolores fue la predilecta de la rama matriarcal de los Contreras  Pérez de Herrasti y Gómez De las Cortinas, Nuestro Padre Jesús del Rescate, lo fue de don Ramón Contreras y Pérez de Herrasti y de Francisca Pérez de Herrasti, quienes hicieron grandes desembolsos en el broche, sedas y túnica bordada en oro que visten la imagen de un Cristo apresado por las manos,  que ya sabe que está próximo su final en esta tierra.

 

Por la orilla del Darro, a los pies de la Alhambra y la Torre la Vela, en ese pasillo por donde el aire parece arrastrar los transparentes copos de nieve de las cumbres de la Sierra y hacerse presente cada año por estas fechas,  cual  diablillo encantado, de madrugada, de regreso a Niños Luchando, por calle Alhóndiga, Placeta de la Trinidad, calle Silencio, Escuelas, Plaza de la Universidad y Plaza de la Encarnación, el frío y la humedad parecen llenar el espacio y el trasunto de los pasos como el silencio de padre e hijo, quien cada uno de los dos ya en la memoria albergarán posiblemente para siempre, desde esa madrugá, uno de sus últimos paseos solitarios por aquella adormecida y trágica Granada a la que pronto tendrían que decirle adiós para… casi siempre.

 


En este año 2026, el Señor del Rescate y la Virgen de los Dolores, el uno desde la iglesia de la Magdalena y la Virgen desde San Pedro y San Pablo, su tercer nuevo hogar, a los pies de los baluartes de la Alhambra y en la ribera del aurífero Darro, habrán desfilado por las calles de Granada un Lunes santo, una vez más aquel chiquillo de Niños Luchando se habrá quedado con las ganas de verlos pasear por su ciudad natal, aunque en su mente sigue latente, cuando sus sienes blanquean y el Ocaso parece vislumbrarse en el horizonte, aquel martes en el que fue testigo y actor privilegiado de la majestuosa obra teatral y espiritual que Granada, cada primavera, suele alumbrar, cuando el arte, el fervor, la pasión y la esperanza, toman posesión de las calles de Granada y un viento frío la envuelve como un sudario, aunque hoy el jolgorio, el folclore y las lámparas de los móviles, las mismas redes sociales,  se apoderen de un pasado de recogimiento y sueños infantiles ya lejanos.

 

 

 

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