CRÓNICA DEL REY PASMADO, DE
GONZALO TORRENTE BALLESTER
Si leer unas simples cuartillas,
o un panfleto publicitario, es siempre un grato pasatiempos, cuando se tiene la
fortuna de encontrarse con una novela escrita por el que fuera académico de la
lengua española, también premiado con el Cervantes (1985) o el Premio Príncipe
de Asturias (1982) y el mismo Premio Planeta (1982), el español don Gonzalo
Torrente Ballester, nacido en El Ferrol en 1910 y fallecido en Salamanca en
1999, con su obra Crónica de un rey
pasmado, el lector tiene la gran suerte de oír la voz susurrante y de las meigas de los pazos gallegos, pero en un
castellano o español ilustre, cargado de voces arcaicas y de una síntesis de la
que sentirse orgulloso y privilegiado por pertenecer a esa humanidad capaz de
solazarse en vocablos de lejanas resonancias preñadas de tantos influjos, como
de hermosos relatos antiguos, en los que una simple historia, de un tiempo
añejo, en la que a un rey hispano entonces imperial, se le prohibía yacer con su
esposa cuando le apeteciera, como también de verla desnuda, mientras la Iglesia
imponía su mandato por medio de la Santa Inquisición, con clérigos como
Villaescusa decididos a castigos ejemplares, procesiones de rogativas y actos
de fe, mientras el Valido de turno, obligado a confesar sus íntimas pasiones,
espera que la Carrera de Indias llegue a Cádiz a tiempo de volver a llenar las
arcas del reino y que, en Flandes, los tercios hayan sido capaces de vencer a
los rebeldes flamencos, mientras en la misma Villa y corte, la inseguridad y la
miseria del populacho sean el escarnecido contraste de una Nación cuyas armas
se sostienen por el crédito de los banqueros genoveses.
Aunque a la bella Marfisa, la
meretriz que hizo posible que el rey quedara pasmado ante el cuerpo de una
mujer, e hiciera patente en todos los mentideros y cenáculos que aspiraba a ver
desnuda a su mujer, no le quede claro si
el conde Peña Andrada, que facilitará su huida y su salvación con su doncella,
Lucrecia, hacia Roma, para seguir ejerciendo el mismo y viejo oficio, era quizás un diablo, con quien
también gozó antes el Gran Inquisidor, el relato discurre con esa languidez y
prosapia de las grandes obras literarias, en el que la narración se convierte
en un elixir por el que discurre la historia de una España cuyos oropeles se
desvanecen, mientras el padre Rivadesella, agustino, o el padre Almeida,
jesuita, o la misma Abadesa, desfilen por los lóbregos pasillos de palacio o
los húmedos del convento de San Plácido, sin que todavía sus élites políticas y
religiosas se pongan de acuerdo en el sexo de los ángeles, menos pues en el
disfrute de la sensualidad y el sexo entre hombre y mujer.

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