YO, MAHOMA, DE JOSÉ MARÍA
GIRONELLA
Que el ampurdanés José María
Gironella fue un exitoso escritor español de los años Setenta, del pasado
siglo, no muchos lo sabrán hoy día, sobre todo a partir de su obra, novelada,
de los antecedentes de la Guerra Civil, ésta misma y, finalmente, el exilio y
la reconstrucción de España por parte franquista. Obtuvo todos los premios que
se cotizaban en aquella época: Planeta, Nadal, Nacional de Literatura y el
Ateneo de Sevilla, mientras su trilogía sobre la República, la Guerra Civil y
su posterior tiempo: Los cipreses creen en Dios (1953), Un millón de muertos
(1961) y Ha estallado la paz (1966), se reeditaban de continuo, empeñado en sus
frecuentes viajes y su pasión por la historia y la humanidad, le llevaban a una
prolífica aventura literaria, que aunque nunca alcance a Galdós, pretendió
ponernos ante el espejo de un pasado en el que él mismo había sido un activo
participante, pues había nacido en Darnius (Gerona) en 1917 y fallecería en Arenys
de Mar en 2003, habiendo alcanzado una enorme notoriedad, por lo que ahora nos
vamos a detener en el libro de Yo, Mahoma,
que, probablemente por encargo de la editorial Planeta, en 1989, su avispado
dueño, el sevillano emigrado a Cataluña, el charnego José Manuel Lara, le
invitó a reescribir la Historia, en un apartado de Memorias de la Historia, en
el que los escritores populares de entonces, aceptaron encargos de novelar
famosos personajes. Éstos fueron Vizcaíno Casas, Carlos Fisas, Néstor Luján, J.J.
Benitez, Juan Eslava Galán, entre otros muchos, como nuestro Gironella, quienes
se adentraron en la vida y “milagros” de esas eminencias o de esos momentos
claves para la historiografía del mundo.
En este librito de Yo, Mahoma, Gironella nos muestra al
fundador de una nueva religión desde sus principios hasta los últimos días del
Profeta sobre la tierra, mostrándonos al hombre, al entorno y el modo en que,
progresivamente, se irá apoderando de Arabia, el lugar donde brotó el Islam.
Todo ello a modo de autobiografía, que, supuestamente, hubiera dejado escrita
Mahoma, extraído del Corán y de cuanto ha podido recabar de la bibliografía que
empleó y que nos deja referenciada su propio autor.
Sabemos que Mahoma o Mohamed,
nació en la Meca, el año 569 de la era cristiana, lugar donde existía, desde
tiempo inmemorial, una conocida Piedra negra, aunque en realidad su color es
pardo oscuro, que se creía se hubiera desprendido de la luna y que estaba
consagrada, precisamente entre otras deidades, al dios de la luna. Estaba
guardada en un templete cuadrado, llamado la Kaaba, junto a otros ídolos, a la
vez que un icono bizantino de la Virgen, madre de Jesús. No obstante, entre la
multitud de dioses ya destacaba sobre los demás: Alá.
Alá no sólo era el más grande de
los dioses, sino que pronto será el Único. Los coraichitas, de la tríbu de los
Koreihs, en la región de Heyaz, que en buena parte vivían de las
peregrinaciones llegadas a la Meca desde la Siria al norte y el Yemen al sur,
cuidan de que no cambie ese estado, por lo que, al principio, serán los
primeros enemigos que Mahoma tenga en sus predicaciones.
Sabido es que Arabia es un país
casi completamente desértico, entiende Mahoma que, no obstante Alá le hizo a
cambio algunos regalos, tales como un turbante, un caballo, un camello y le
aseguró que éste último sería el más resistente de los animales, también le dio
además una espada, la tienda para guarecerse y el don de la poesía.
Los árabes tienen siempre a su
lado, como su sombra, lo que el cristiano llama su conciencia, un espíritu, que
llaman djinn, que nombran karin, que puede ser bueno o malo.
Sabemos que en los tiempos
preislámicos reinaba la ley del clan, que respondía de los crímenes y deudas
del individuo que perteneciera a él, también estaba la asabis, o solidaridad de la sangre que unía entre sí a los miembros
de un clan como si fueran un mismo cuerpo.
Notable es la distinción que
ellos harán de los sedentarios y de los nómadas, éstos son los beduinos, cuyo origen en árabe es la
palabra bayda, que significa estepa.
Siendo un verdadero beduino quien sólo posee camellos y su principal cuidado la
movilidad. “Me gustaría no acostarme
nunca en el mismo sitio en que me he despertado”, dirán los grandes
camelleros, cuyo salario anual lo perciben en grano o dátiles, pagado por los
sedentarios en los confines del desierto.
La vida de los beduinos, nos dirá
Mahoma, según su biógrafo, tiene una estructura de tribu, subtribu y clan, y los castigos se regían según sus costumbres,
siendo el precio de sangre una
fórmula que cada tribu arreglaba mediante pago, en Arabia resuelto con el pago
de camellos: la pérdida de un diente, cinco camellos; un ojo, un brazo, una pierna,
cincuenta camellos. También la hospitalidad es sacrosanta, aunque no deba
exceder de tres días. Con todo ello, existían los
tiempos sagrados o las llamadas treguas
de Dios.
Estas eran las condiciones donde
nace Mahoma, sin hierba, arena por todas partes, ningún árbol, con veranos
insoportables, escasez de agua y muchos comerciantes, en un Estado plutocrático
y comercial, representado por un Consejo de Notables, la mala, una asamblea sin mandato preciso.
En este ambiente verá la luz
Mahoma, con una lupia o bulto sobre la espalda, entre los dos hombros, siendo
su abuelo Abd al-Muttalib, uno de los
seis oligarcas de la Meca y su padre el hijo menor, Abdallah, casado con una hermosa joven llamada Amina, que dará a luz a Mahoma, el nombre que le impone el abuelo,
a pesar de que el padre muere antes de que pueda tener en brazos a su vástago,
dejando como herencia cinco camellos y una esclava.
Para alimentarlo mejor Halima,
esposa de un pastor, fue elegida como nodriza para amamantar al niño en las
montañas y a pocas jornadas de la Meca, en el lado de Taif.
A los seis años, habiendo
cumplido, al parecer, su abuelo Abd
al-Muttalib ciento ocho, Amina llevó
a su hijo a Yatrib (Medina) por tener
allí parientes y donde ella fallecerá, lejos de su tribu, la mayor pena para un
árabe.
Devuelto a la Meca al cuidado de su abuelo Abd al-Muttalib, contando ya Mohamed siete años y padeciendo
dolencias en los ojos por el polvo del desierto, su abuelo lo pondrá en manos
de unos monjes cristianos de Ukaz, no lejos de la Meca, que lo curaran.
Sintiéndose morir su abuelo, dos
años después, a los ciento doce años, llamó a su hijo Abu Talib a quien le fue confiado su sobrino, siendo un padre para
él, a la vez que custodiaba la Kaaba
De su tío, Mahoma, nos dirá que
era pobre, comía frutos salvajes de los que nadie se alimentaba , que vivía en
una especie de casa sacerdotal donde los ritos y las ceremonias eran
rigurosamente observados, pero donde nunca le enseñaron a leer y escribir,
ganándose la vida como beduino en caravanas, que empezarán a ser la escuela del
mismo Mahoma, que cumplía su sueño de
navegar por el desierto entre Siria y Yemen, aprendiendo de las fábulas y
leyendas de los camelleros, sufriendo las penosas marchas, descubriendo
placenteros oasis, paseando al borde del Mar Rojo, acampando cubiertos por las
estrellas, comiendo un poco de carne, dátiles y bebiendo la leche de las
camellas.
A los doce años, Mahoma se
detendrá con su caravana en la cueva de un monje cristiano, en Bosra, muy
versado sobre la ciencia de la cristiandad, se relacionará con infinitas sectas
cristianas y judaicas que por aquel tiempo existían en Arabia y durante la Tregua de Dios, en la feria anual de Odakh, donde tendrá ocasión de oír las ideas religiosas del
cristiano obispo de Jejram, Quss ben
Daída, orador y árbitro de los árabes que le influirá grandemente sobre el
valor de la palabra, herramienta que puede servir al hombre para matar, alegrar
la vida y declarar el amor o hacer la paz.
Esa palabra de Dios, o Alá, es el
Corán –que Dios sea alabado-, que nunca deber ser leído sino recitado.
Huérfano y sin fortuna, Mahoma ejercerá
varios oficios, continuará acompañando a las caravanas, hasta que a los
dieciocho años se convenza de que lo que más le interesa es la historia de las
religiones y como no sabe leer, tendrá que estar muy atento a lo que oye,
escucha, mira y acontece a su alrededor, por lo que estará muy pendiente de las
gentes del Libro, judíos y
cristianos.
Todavía a los veinte años no
tenía un concreto proyecto de vida, además de fracasar en los varios oficios
que emprendió, ante la desesperanza de su tío y de su hijo Ali, su primo, muy decisivo en la trayectoria de hombre, profeta y
de proyección del Islam que más tarde emprendería Mahoma, aunque sus gustos y
antipatías ya eran bien acusados. Aborrecía a los perros y a los lagartos, a
las dentaduras amarillas, los pintores y escultores, las sedas y los bordados
costosos, el olor del ajo y la cebolla, además de sufrir a veces ataques
epilépticos.
Aunque a la vuelta de la esquina
estaba uno de sus grandes amores, una mujer viuda, casada dos veces con
banqueros, de cuarenta años de edad, una de las grandes fortunas de la Meca, Kadidja, de apodo “la comercianta”, lo
tomaría a su servicio para poco después pedirlo a su tío Abu Talib en
matrimonio, quien le depositaría una dote de veinte camellos, de un valor
aproximado de quinientos dinares y en la boda, según cuentan los cronistas de
la época, el festín duraría hasta avanzada la noche, escanciando vino de
dátiles y abriendo odres de precioso vino de uvas, en el patio de la casa a la
luz de las antorchas y de innumerables estrellas, dejando a la puerta una
camella degollada para que los pobres participaran también del convite.
La vida familiar de Mahoma fue un
modelo de pureza y virtud, aunque siguió viajando, hasta conocer Arabia entera,
mientras Kadidja le entregó cuatro hijas, Ruqaya, Zamab, Umn Kultum y Fátima.
Sólo ésta última le dio descendencia, uniéndose a ellos su primo Ali y el
esclavo sirio Zaid.
Fueron horas de felicidad con
Kadidja, que siempre le ayudó en su permanente búsqueda de Dios, conversando a
menudo con el primo de su esposa Waraka, hombre de gran cultura, que había sido
primero judío, luego cristiano, además de traductor al árabe de parte del
Antiguo Testamento y del Nuevo, también quien le transmitió sus conocimientos
sobre el Talmud y la Misná de los judíos. Abu Bakr, rico mercader de paños, se
convirtió en consejero de Mahoma. También acudía todas las noches a orar a la
Kaaba.
El año seiscientos diez, cuando
contaba con cuarenta y un años, tuvo su primer encuentro con Dios, en una
crisis que le hizo ver que algo esencial le faltaba a él y a su pueblo, por lo
que decidió, tal como hacían algunos ascetas y ermitaños cristianos del
desierto, retirarse a una caverna de las cercanías de la ciudad, en el monte
Hira, pasando largos días de plegarias y meditaciones, cuando acostado y
envuelto en su capa, el arcángel san Gabriel, vestido de blanco, se le presentó
y apretándole fuertemente de los hombros, le obligó a recitar: “Anuncia en el nombre del Señor que creó al
hombre y le enseñó lo que ignoraba”.
En cuanto supo lo sucedido
Kadidja, su esposa, ésta lo llamó profeta de su pueblo, sucediéndose nuevas
revelaciones y su convicción de ser él quien enviado por Dios tendría que
comparecer ante su pueblo para exhortarles sobre esta nueva religión, a la que
él mismo le dio el nombre de Islam,
que significa sumisión, sin que en
varios años tuviera mucha acogida, tan sólo cuarenta discípulos, en su mayoría
jóvenes, esclavos y extranjeros.
La animosidad de los coraichitas
se hizo más virulenta y pasó a la violencia personal, siendo asaltado y casi estrangulado
en la Kaaba, y rescatado por Abu Bakr, que más adelante sería el primer califa.
Por este motivo, aconsejó a sus
discípulos que emigraran a Abisinia, donde gobernaba un rey cristiano
nestoriano, tolerante y justo, Najashi.
Por su culpa, en La Meca se
formaron varios bandos y se prohibieron los casamientos entre miembros de
tribus rivales, por lo que tuvo que esconderse en una fortaleza de las afueras
de la ciudad, donde se le unió Omar, de gigantesca fuerza y valor, que sería
desde entonces su guardaespaldas, mientras le llamaba el príncipe
Habib-ibn-Malec, que tenía un ejército de veinte mil hombres y que aspiraba a
que hiciera un milagro sobre su hijoa, Sathila, sorda, muda, ciega y
paralítica, a la que logró sanar y por ello convencer al príncipe y a
cuatrocientos setenta habitantes.
Murió su tío Abu Talib, poco
después Kadidja, que contaba sesenta y cinco años, por lo que, como los
primeros cristianos, volvió a la predicación e hizo nuevos adeptos,
especialmente entre los pobres, los débiles, los enfermos, las mujeres y los
esclavos.
Su doctrina de que todos los
musulmanes eran –son- hermanos, aunque no fueran árabes, significó en La Meca y
Medina una revolución social.
Un esclavo de un oligarca, el
negro Bilal, adepto al Islam, estaba siendo azotado, por lo que Abu Bakr lo
compró y debido a su espléndida voz, sería el primer muecín.
Mahoma nunca ha pretendido
ocultar sus simpatías por los cristianos, pues de ellos recibió gran parte de
sus conocimientos, que gradualmente se irán introduciendo en el Corán,
reinterpretados y adaptados a otros modos y formas, ya que sus principales
maestros, a parte los antes citados, también fueron esclavos, abisinios,
bizantinos, coptos y árabes conversos, monjes, sacerdotes, además de médicos,
dentistas y la misma peinadora cristiana de Kadidja, su fiel y amada esposa.
“Cierto es que negué la
nacionalidad árabe a los judíos, pero no a los cristianos, razón por la que en
el Corán se permite a los musulmanes casar con cristianas y comer los alimentos
de los cristianos, por ser ello signo de fraternidad”.
Lo único que un musulmán es incapaz
de comprender es que pueda existir un Dios que se manifieste bajo los signos de
la Trinidad y de creer que su carne pudiera ser crucificada o que Dios pudiera
tener un hijo, también la adoración de los santos y la introducción de imágenes
y pinturas que los representen fue condenado como una idolatría, además de
prohibir todas las pinturas que representasen cosas vivientes, llamando a Jesús
como profeta.
El Corán reconoce la Torá como la
Ley que Dios reveló a los judíos y que proclamó por medio de Moisés, aunque
acostumbra a referirse constantemente a la Biblia y al Evangelio, debiéndose
gran parte de la doctrina muslim al Nuevo Testamento, tal como había sido
expuesto por los cristianos en Arabia.
“Fui llamado al-Amiin, o sea el Fiel”, -nos dirá Mahoma en este libro-, y aunque
guardé fidelidad a mi mujer, Kadidja, después de la muerte de ésta y para
consolarme, contraje nuevos matrimonios y en adelante me permití pluralidad de
esposas, aunque yo a mis seguidores otorgué por ley que sólo fueran cuatro
mujeres para cada uno de mis seguidores, a condición de poderlas mantener.”
Cierto es que entre los beduinos se practicaba la poligamia sin restricciones.
Su primera elección fue Aicha,
hija del poderoso Abu Bakr, que tenía sólo siete años, por lo que tuvo que
aguardar hasta los nueve para tomarla por esposa, el día que llevó consigo sus
muñecas a la boda, siendo sus tres grandes placeres terrenales la oración, los
perfumes y el amor de las mujeres. Llegó a tener hasta once mujeres a un
tiempo, siendo Aicha la preferida y
también María la Copta.
“Yo nunca obligué a las mujeres a
llevar el velo o chador, sólo les pedí que vistieran modestamente y que se
cubrieran la cabeza y el cuello con una bufanda”. Posteriormente su doctrina se
ha pervertido o se ha exagerado.
Buen número de las suras que podemos encontrar en el Corán,
ya habían sido dichas por el evangelista Mateo, entre otros:
No te aproveches de la necesidad de otro para comprar cosas por mucho
menos valor; más bien alivia su indigencia.
Haz bien a tu vecino, y serás creyente; desea para los hombres lo que
deseas para ti mismo.
Mahoma decidirá trasladarse
nuevamente a Yatrib (Medina), donde aún quedaban algunos familiares de Kadidja.
Siguió adelante con su
proselitismo y fijó que el número diario de oraciones para un musulmán, siempre
orientado hacia La Meca, debieran ser cinco: antes del alba, después del
mediodía, a la mitad de la tarde, tras el crepúsculo y después de anochecido; y que los cinco pilares sobre los que se
asentaba su credo eran: la fe, la oración, una vez en la vida acudir a La Meca
y darle siete veces la vuelta a la Akaaba, hacer limosna y el ayuno, con Alá como único Dios.
Una vez más, objeto de mofa y
escarnio en La Meca, tendrá que huir a la ciudad de Medina, el año 622, que
será conocido en los anales musulmanes como la Héjira.
Su obsesión por la comunidad
islámica o umma hizo que Mahoma
dejara de ser profeta para convertirse más en un estadista, en un legislador,
en un caudillo político y en un estratega, por lo que promulgó una ordenanza en
virtud de la cual todos los musulmanes emigrados de La Meca debían formar una
sola nación con las ya existentes en Medina. Los judíos gozarían de libertad
para el culto y el derecho de la protección de los musulmanes. La Meca había
sido elegida como la qibla o
dirección de la oración. Mientras tanto, religión en el Islam significaba
costumbre, comportamiento justo, verdad, actitud auténtica, siendo Abraham un
varón inspirado por Dios y padre de la raza judía y árabe.
En este contexto de Ley social,
el Corán reconoce y admite las diferencias de fortuna y garantiza la propiedad
privada, a condición de que la riqueza haya sido adquirida honestamente, mientras
el matrimonio no es considerado un sacramento, como para los cristianos, sino
un contrato.
Siendo numerosos los judíos en
Arabia, Mahoma logró un pacto solemne con ellos, en virtud del cual les
otorgaba igualdad de derechos civiles, plena libertad religiosa, protección
militar y cuidó de que las diferentes tribus pactaran entre sí.
Los musulmanes fueron obligados a
la circuncisión, a pesar de que Mahoma dijera que él había nacido circunciso.
Eligió el viernes como Sabbat de los
judíos, con la diferencia de que los musulmanes podrían trabajar en esa
festividad y, en vez de trompetas, como los judíos, o carracas de madera y
campanas los cristianos, empleó la voz humana para llamar a sus creyentes a la
oración, mientras declaraba que “Alá es Dios y Mahoma su profeta”.
Los sacrificios humanos fueron
abolidos, los juegos de azar y el uso de bebidas fermentadas prohibidas.
Implantadas las mezquitas, lugar que debe estar limpio, por lo que el calzado
se deja al exterior, construidas de modo que su eje principal apunte hacia La
Meca y que el almuédano, desde lo alto del minarete, a viva voz, anuncie la hora de la oración, debiendo entrar
para el rezo con la cabeza cubierta y vestido decentemente.
A poco de su llegada a Medina,
instituyó el ayuno, el Ramadán, que quedaría fijado definitivamente para todo
el noveno mes, absteniéndose el creyente musulmán de comer, beber, comercio
carnal y tabaco. Los niños, enfermos, ancianos y viajeros, exentos.
Para implantar su religión y
apoderarse de La Meca, , Mahoma se convenció que tendría que hacerlo por las
armas, una de ellas fue la batalla de Badr, que le permitió la expansión del
Islam, aunque sería derrotado en la batalla de Ohod, por lo que, a su regreso a
Medina los judíos desencadenaron, según Mahoma, una campaña de calumnias contra
el Islam, pues habían mostrado la debilidad del Profeta y de sus musulmanes.
A pesar de este sonoro fracaso,
se propuso atacar una importante caravana que descansaba en el oasis de Jaiba,
el año 628, que logró ocupar y devolver a los judíos sus sinagogas, los libros
y los objetos de culto.
Decidido a entrar en La Meca,
aprovechando el mes de la “tregua de Dios” para rezar en la Kaaba, conocedor de
que para las masas lo importante no era la religión en si misma, sino sus
formas exteriores, negoció con los líderes de La Meca que pretendía ir a orar
y, cuando se encontraba a diez kilómetros, y ya se veía la ciudad, regresó a la
Medina, ante el enfado de sus seguidores, para regresar un año después, esta
vez victorioso y sin disputa, fecha en la que prohibió a sus fieles beber vino,
comer carne de cerdo y de animales muertos, también dar dinero a los echadores
de la buenaventura.
Ya en el año 631, la mayoría de
los gobernadores y lugartenientes de
Mahoma son fieles al islam y siguen la táctica que les enseñara el Profeta, el
“pacto”, la “alianza”, que habían hecho posible reconquistar La Meca, quien
nada había cambiado a sus humildes costumbres, sin que por ello ningún obispo
fuera desplazado de su sede episcopal, ningún monje de su monasterio, ningún
sacerdote de su ministerio, pues Mahoma siempre consideró a los cristianos como
los hermanos más cercanos al Islam. Por el contrario, a muchos judíos, pese a
ser también gente del Libro, los consideraba hipócritas y preñados de ambiguas
intenciones.
Al año, siguiente, 632, él mismo
será quien conduzca la gran peregrinación y ningún pagano tomó parte en ella.
Sólo musulmanes.
Sobre las mujeres y en este siglo
XXI, siempre es muy controvertido leer lo que se supone dijera el Profeta, a
saber:
“En cuanto a vuestras mujeres, oh pueblo, tienen un derecho sobre
vosotros, y vosotros tenéis un derecho sobre ellas; a vuestro favor, les
incumbe cuidar de que nadie manche vuestro lecho, salvo vosotros mismos, y que
no dejen entrar en vuestra casa a persona alguna a la que no améis si no es con
vuestro permiso; y que no cometan promiscuidad. Si lo hicieran, en verdad que
Alá os permite alejarlas, separar vuestros lechos y golpearlas, pero no con
dureza…Y asegurad a las mujeres el mejor y más honroso trato. Porque, en
verdad, son como prisioneras en vuestra casa y nada pueden hacer por sí
mismas”.
En su último sermón, el del
Adiós, o Jutba, pues ya se sentía
desfallecer, Mahoma preguntará a sus fieles: “He cumplido bien mi tarea? ¡Oh,
Dios, da testimonio!, siendo la fiesta más grande de los musulmanes, la gran
fiesta o id-al-kabir.
Fallecería a los sesenta y tres
años, en Medina, era el año 632 de la era cristiana, undécimo de la Héjira,
después de haber subido al púlpito o minbar
de la mezquita de Medina y anunciar su propia muerte.
Según su legado, ascendería al
Septimo cielo y, atendido por hermosas huríes, estaría sentado a la diestra de
Alá y junto a sus padres y amada Kadidja, viendo como su doctrina se ha
expandido por el mundo, ha dado lugar a guerras y, hoy día, sigue siendo, una
obra para la disputa de los seres humanos, según sea su religión, como, quizás,
para sus seguidores, una bella obra poética que los une a todos bajo un mismo
paraguas, con la esperanza final de alcanzar también la eternidad en compañía
de Alá y de su profeta Mahoma.

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