CUENTOS COMPLETOS, DE NIKOLÁI
GÓGOL
Desde que se presentó ante mi
Dostoievski, en el Idiot, y en
aquellas primeras lecturas en los efluvios del nacimiento de la pubertad, a la
que seguro seguirían Les Frères Karamazov, y poco después Guerre et paix, de Tolstói, siempre me
he sentido atraído por la literatura rusa, quizás también por los relatos que
nos hacía un joven dirigente del Patro
de Saint-Josse, (Organización juvenil católica semejante a los Boy Scout en
Bruselas) de ascendencia familiar rusa, que había visitado la entonces URSS,
como los fuertes lazos que siempre logró forjar Francia con el Kremlin de
Moscú, allá por los años Sesenta, como
también en época de Catalina la Grande, en el siglo XVIII, por lo que me
faltaba completar el cuadro de esos clásicos rusos, pues Solzhenitsyn con su
Archipiélago Gulag, ya también pude conocerlo años más tarde y en español y fue
un libro de denuncia del hermetismo soviético y de la implacable represión
comunista, con la obra de Gógol (1809-1852), quizás el autor que se irguió en
el maestro de la prosa y novela rusa y en los cuentos que en las dachas delante de un samovar, los campesinos o mujiks remataban tras las continuas
cogorzas a base de vodka y de las numerosas bebidas destiladas con las que
combatían el frío, el hambre y la explotación por parte de los príncipes y la
aristocracia, a la vez que la ignorancia, el miedo, la fatalidad y el ancestral
dominio de los monjes y bátiushka, además
de la enorme fuerza y atractivo cosaco, particularmente en el sur de Rusia, en
Ucrania o en Polonia, con coraje, voluntad guerrera y de respeto al hetman, principal autoridad militar
entre los siglos XV y XVIII.
En este admirable volumen, que la
editorial Páginas de espuma, ha sabido reunir y publicar en este 2026, con enorme buen gusto, el lector se encuentra
con los varios relatos recogidos en sus Veladas en el caserío cerca de Dikanka,
en dos partes, donde la imaginación del autor, el paisaje de esas estepas
nevadas, el humilde pueblo ruso y las tradiciones religiosas, desfilan con una
profusión de imágenes y descripciones, tanto de la geografía como de los
sentimientos de los personajes, de un modo entretenido y con una forma de presentárnoslos
los accidentes, los precances y los sueños y aspiraciones humanas, como si el
mismo lector formara parte de esa trama en la que el ovillo y los hilos de la
novela van corriendo, sin que el tiempo parezca tener relevancia.
Ya en Mírgorod, también en dos partes, Tarás Bulba, en la primera, se
lleva todos los elogios, pues conocemos a una familia de cosacos, la de Bulba,
donde sus dos hijos, son empujados por el padre a una guerra en tierras
polacas, sus habituales enemigos, como lo fueron también tártaros y turcos, de
manera a que muestren su valor y aprendan la dura vida de campaña de los
cosacos, como también su rapiña, que se verá lastimada, pues son derrotados, no
logran entrar en la ciudad que asediaban y, por ende, uno de sus hijos cae
enamorado de una de las defensoras de la ciudad y pasándose a su bando. Su
padre, Tarás Bulba, que en esa fallida
guerra perderá a su otro hijo más belicoso y destinado a ser Jefe de los
cosacos de su partida, terminará asesinando su otro hijo, tras tenderle una celada
para poder apresarlo y hacerle pagar su traición.
En el Vii, es el demonio quien
está presente. En otros Relatos, como la Avenida Nevski, La nariz, La calesa,
Diario de un loco y Roma, la maestría de su prosa, la brillantez de sus
descripciones de la ciudad y calles de Roma, son luminosas, ingeniosas,
imaginativas, cargadas de una capacidad de observación sicológica propia de esa
Rusia, tan próxima de la literatura española, a pesar de nuestra lejanía,
cercano a un Mesonero Romanos, en cuanto a la mirada de su entorno, también al
mismo Cervantes, en el modo de hacer una introspección cuando hace hablar a
unos perros o cuando en el Diario de un loco constatamos el gradual deterioro
de su personaje.
Concluirá con Fragmentos, seguro
menos brillantes que cuanto antecede, pero útiles para conocer mejor una época
y unos hombres y mujeres muy apegados al terruño y a sus tradiciones, en su
mayoría con un destino miserable, pero con un paisaje que se adueña de la pluma
del escritor, pues es vasto, rico, deslumbrante y duro, pero siempre
majestuoso, a pesar del adobe de sus casas y de que, en San Petersburgo, los
comercios y sus gentes quieran hacer de sus calles unos bulevares y sus clases
adineradas aspiren a copiar lo que la moda de Francia e Inglaterra les lleva,
seducidos por esa ola de expansión y supremacía que alumbra el Occidente de
Europa.
Nikolái Gógol, el padrecito que, con su hábil crítica
social, nada estridente, pero siempre presente, logrará que otros de sus
compatriotas sigan su estela de denuncia y de maestría literaria.

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