viernes, 24 de julio de 2026

NIKOLÁI GÓGOL, CUENTOS COMPLETOS, UN PRECURSOR DE LA MAESTRÍA LITERARIA RUSA

 


                                       CUENTOS COMPLETOS, DE NIKOLÁI GÓGOL

Desde que se presentó ante mi Dostoievski, en el Idiot, y en aquellas primeras lecturas en los efluvios del nacimiento de la pubertad, a la que seguro seguirían Les Frères Karamazov, y poco después Guerre et paix, de Tolstói, siempre me he sentido atraído por la literatura rusa, quizás también por los relatos que nos hacía un joven  dirigente del Patro de Saint-Josse, (Organización juvenil católica semejante a los Boy Scout en Bruselas) de ascendencia familiar rusa, que había visitado la entonces URSS, como los fuertes lazos que siempre logró forjar Francia con el Kremlin de Moscú, allá por los años Sesenta,  como también en época de Catalina la Grande, en el siglo XVIII, por lo que me faltaba completar el cuadro de esos clásicos rusos, pues Solzhenitsyn con su Archipiélago Gulag, ya también pude conocerlo años más tarde y en español y fue un libro de denuncia del hermetismo soviético y de la implacable represión comunista, con la obra de Gógol (1809-1852), quizás el autor que se irguió en el maestro de la prosa y novela rusa y en los cuentos que en las dachas delante de un samovar, los campesinos o mujiks remataban tras las continuas cogorzas a base de vodka y de las numerosas bebidas destiladas con las que combatían el frío, el hambre y la explotación por parte de los príncipes y la aristocracia, a la vez que la ignorancia, el miedo, la fatalidad y el ancestral dominio de los monjes y bátiushka, además de la enorme fuerza y atractivo cosaco, particularmente en el sur de Rusia, en Ucrania o en Polonia, con coraje, voluntad guerrera y de respeto al hetman, principal autoridad militar entre los siglos XV y XVIII.

En este admirable volumen, que la editorial Páginas de espuma, ha sabido reunir y publicar en este 2026,  con enorme buen gusto, el lector se encuentra con los varios relatos recogidos en sus Veladas en el caserío cerca de Dikanka, en dos partes, donde la imaginación del autor, el paisaje de esas estepas nevadas, el humilde pueblo ruso y las tradiciones religiosas, desfilan con una profusión de imágenes y descripciones, tanto de la geografía como de los sentimientos de los personajes, de un modo entretenido y con una forma de presentárnoslos los accidentes, los precances y los sueños y aspiraciones humanas, como si el mismo lector formara parte de esa trama en la que el ovillo y los hilos de la novela van corriendo, sin que el tiempo parezca tener relevancia.

Ya en Mírgorod, también en dos partes, Tarás Bulba, en la primera, se lleva todos los elogios, pues conocemos a una familia de cosacos, la de Bulba, donde sus dos hijos, son empujados por el padre a una guerra en tierras polacas, sus habituales enemigos, como lo fueron también tártaros y turcos, de manera a que muestren su valor y aprendan la dura vida de campaña de los cosacos, como también su rapiña, que se verá lastimada, pues son derrotados, no logran entrar en la ciudad que asediaban y, por ende, uno de sus hijos cae enamorado de una de las defensoras de la ciudad y pasándose a su bando. Su padre, Tarás Bulba, que en  esa fallida guerra perderá a su otro hijo más belicoso y destinado a ser Jefe de los cosacos de su partida, terminará asesinando su otro hijo, tras tenderle una celada para poder apresarlo y hacerle pagar su traición.

En el Vii, es el demonio quien está presente. En otros Relatos, como la Avenida Nevski, La nariz, La calesa, Diario de un loco y Roma, la maestría de su prosa, la brillantez de sus descripciones de la ciudad y calles de Roma, son luminosas, ingeniosas, imaginativas, cargadas de una capacidad de observación sicológica propia de esa Rusia, tan próxima de la literatura española, a pesar de nuestra lejanía, cercano a un Mesonero Romanos, en cuanto a la mirada de su entorno, también al mismo Cervantes, en el modo de hacer una introspección cuando hace hablar a unos perros o cuando en el Diario de un loco constatamos el gradual deterioro de su personaje.

Concluirá con Fragmentos, seguro menos brillantes que cuanto antecede, pero útiles para conocer mejor una época y unos hombres y mujeres muy apegados al terruño y a sus tradiciones, en su mayoría con un destino miserable, pero con un paisaje que se adueña de la pluma del escritor, pues es vasto, rico, deslumbrante y duro, pero siempre majestuoso, a pesar del adobe de sus casas y de que, en San Petersburgo, los comercios y sus gentes quieran hacer de sus calles unos bulevares y sus clases adineradas aspiren a copiar lo que la moda de Francia e Inglaterra les lleva, seducidos por esa ola de expansión y supremacía que alumbra el Occidente de Europa.

Nikolái Gógol, el padrecito que, con su hábil crítica social, nada estridente, pero siempre presente, logrará que otros de sus compatriotas sigan su estela de denuncia y de maestría literaria.

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