NIKOLÁI GÓGOL. ALMAS MUERTAS
Uno de los grandes precursores de
los escritores rusos que alcanzaron el cénit en occidente, posiblemente sea
Nikolái Gógol, nacido en el distrito de Poldava, en Ucrania, el mayor de cinco
hermanos y de padre pequeño propietario y dramaturgo aficionado, que una vez
terminado su bachillerato marchará a San Petersburgo, para buscar empleo en la gran
ciudad cosmopolita y lejos del estilo eslavo, que caracterizaba a las demás
grandes ciudades de la Rusia de los zares. Ya por entonces escribe poesía y da
los primeros pasos para la publicación de sus obras.
Los años más relevantes de su
vida serán 1836, cuando estrena su obra de teatro Rievísor, en Moscú y San Petersburgo,
para luego realizar un viaje por Alemania, Suiza y Francia, trabajando ya sobre
su libro de Almas muertas.
Visitará Roma, Nápoles y París en
1838, mientras que en 1843 salen al público sus grandes y famosos cuentos: El
capote, Los jugadores, A la salida del teatro. Volviendo a viajar por Italia,
Alemania y Francia, trabajando simultáneamente sobre la segunda parte de Almas
muertas.
Ya al año siguiente, 1844,
nuevamente Italia, Alemania, sur de Francia y Bélgica, serán los países que
visite.
Seguirá viajando por París y
Francfort tanto en 1845 como en 1846, dando por concluido su volumen de Cartas
y Desenlace del Rievísor.
En su viaje a Jerusalén, en 1848,
su espíritu parece haberse impregnado por una profunda fe religiosa, que afecta
a su obra y a su disposición de seguir escribiendo.
En 1852, asaltado por una fuerte
depresión, quema el manuscrito de la segunda parte de Almas muertas y muere el
4 de marzo, después de muchos días negándose a alimentarse, sin haber cumplido
todavía los 43 años.
En su obra de las Almas muertas,
Gógol, gran observador de la sociedad rusa, particularmente de la campesina,
como de los terratenientes, en una sociedad todavía medieval y en lucha entre
el acercamiento a occidente como su enorme arraigo eslavo, pretende crear la
Divina Comedia de Dante en ruso y con el atavismo del padrecito ruso y rodeado de isbas,
sin que falte nunca cualquier bebida fermentada típica rusa, un samovar (recipiente para calentar el té)
y un fietiuk (papanatas).
Es en esta copia del infierno
del florentino que Gógol sitúa a su principal héroe, Chíchikov, un hombre que, por todos los medios trata de hacerse
rico y que, además, ha pasado por un enorme calvario en su propósito de legar a
su descendencia, que ni mujer ni hijos tiene, una suculenta herencia, obtenida
ésta gracias a la compra de aquellos campesinos que ya hubieran fallecido y que
aún constaran en los registros civiles pertenecientes a una aldea y a un
propietario.
Chíchikov recorre la Rusia profunda, entrevistándose con
toda la grey aldeana, con más de mil almas o campesinos a su servicio o menos,
con una servil servidumbre, con caminos de barro, y viéndose con toda la
administración que reinaba entonces, corrupta en su mayoría: jueces, asambleas
administrativas, tomadores de impuestos, como los otkupsik y la variopinta clase de fulleros (silnik) y explotadores de sus asalariados o kulaks.
Es pues una crítica implacable,
pero hecha con la misma sabiduría y arte que empleara Miguel de Cervantes en el
Quijote, trayendo a la palestra la miseria humana, que se ayuda de la narrativa
para criticar la realidad rusa, donde el humor, el ingenio, el romanticismo y
el costumbrismo ucraniano están muy presentes.
El autor, en Almas muertas,
entrega al lector su obra, que quisiera que fuera un poema, donde además de la
crítica social per se, nos detengamos
sobre una introspección sicológica y sobre el mal, que nos muestra con crudeza,
como cuando es encarcelado Chíchikov y posteriormente salvado tras la
intervención de Múrov.
Los grandes eruditos y sabios literarios nos dirán que Gógol fue
el renovador de la literatura rusa y el maestro para escritores como Dostoyevski
(el principal autor dramático de mis primeras y juveniles lecturas) y uno de
los dioses de la literatura europea del siglo XIX, y no seré yo quien lo desmienta,
pues el realismo de las Almas muertas, las elocuentes descripciones de paisajes
y personae, con sus profundos
diálogos y el ingenio del trasfondo de la obra en su crítica más inteligente y
severa, con esos campesinos muertos que
aún no constaban en los registros zaristas y que son objeto de negocio, me
parecen un enorme hallazgo.
La crítica dirá que Gógol es el
escritor de la banalidad, no lo creo así,
pues nada es trivial, insustancial e intrascendente, bien al contrario, quizás
sea la némesis, pues tiene una enorme carga de denuncia, que aunque en una obra
tan real como ésta, el humor y la abundancia de personajes, con sus distintos
caracteres, parezca diluir, el lector avispado quedará atrapado en esos hechos
que parecieran intrascendentes e una historia harto picaresca.
Un último apunte que no quisiera
dejar en el tintero, apela más a mi memoria de los autores rusos y de los
libros que he leído de ellos, una “velada”
ligazón (liaison en francés) con la literatura española, quizás por la fuerte
presencia del campesino y pastoril de la literatura española, su atraso, como
el que viven y padecen en las enormes estepas rusas, con aldeas misérrimas, el
cacique, que en Rusia es el terrateniente o kulak.
Allá la nieve, las lluvias y el barro, en la península española, la sequía, el
sol implacable y la pobreza del suelo y del arado.
Tan lejos pues y tan cercanos:
rusos e hispanos, como esos hermanos ucranianos, en un tiempo que la política y
la guerra nos enfrenta, pero que las letras nos unen más de lo que creemos
estar separados.

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