STEFAN ZWEIG, DE EL
LIBRO DE AYER
Si alguien hubiera querido buscar
al mejor adalid de Europa, en su vertiente fraterna y literaria, probablemente
Stefan Zweig, el austrohúngaro y nacido en Viena en 1881, se habría colgado la
medalla de oro, pues toda su obra es un canto a la cultura y la defensa de los
valores de los autores y artistas europeos, como también la monografía de
grandes personajes históricos.
En El libro de ayer, al parecer publicado póstumamente, cuando en su
exilio en Persépolis (Brasil), él y su mujer Lotte ya se abandonaban a los
barbitúricos para poner fin a una vida sin patria y sin esperanza; con un
todopoderoso Hitler asesinando a los judíos, con artes inimaginables y tras los
muros de campos de concentración de exterminio, allá por 1942, y poniendo en
llamas toda Europa, con la ayuda de su partido el nacionalsocialismo, hallamos
el relato de la vida de éste vienés, de raíces judías, hijo de un adinerado
fabricante de tejidos y de una madre hija de banqueros italianos, que pronto
pudo alcanzar cuanto deseaba y también escribir y viajar, mientras en alemán
redactaba su prolífica obra, no sin absorber en sus viajes, mayormente a París
y Bruselas, las enseñanzas de los más relevantes escritores, pensadores, escultores
y pintores del momento: Romain Rolland, Stappen , Verhaeren, Khnopff, Rops,
Constantin Meunier, Minne, Van der Velde, Maeterlinck, Eekhoud, Lemonnier,
Crommelynck, James Ensor, Frans Masereel, …y sin dejar de tener amistad con sus
contemporáneos alemanes y austriacos, Rilke y Freud, entre otro, también con
músicos de la talla de Richard Strauss, para quien escribirá un libreto y que
tras el estreno en Dresde, sería prohibido como todos los libros de Zweig y de
todo aquel que tuviera sangre judía en la Alemania dominada por el
nacionalsocialismo.
Pronto visitará la India, en 1912
y la ciudad de Nueva York, en 1913, para establecerse poco después en Salzburgo,
1913, desde donde tendrá que marchar al exilio en el momento que Hitler alcanza
el poder.
Fue un mitómano, traductor,
poeta, escritor y experto coleccionista de partituras musicales de Beethoven,
como de borradores de primeros libros de grandes autores, también amigo de lo
más egregio de esa época, particularmente entre los años 1920 y 1930, fecha del
apogeo de sus libros, traducidos a todos los idiomas imaginables y de una
popularidad y venta sin parangón.
Gracias a esas fuentes y a esa
relación amistosa con los grandes personajes de la Europa central, sin nunca
comprometerse en política, ni siquiera ir a votar, logró tener siempre una envidiable información previa sobre los
acontecimientos futuros y cual Casandra moderna, sufría en sus carnes lo que se
veía venir, sin por ello poderlo adelantar a sus amigos, pues lo tacharían de
negativo y pesimista.
Aun cuando terminó sus estudios de Filosofía en
la universidad de Viena, sin lugar a dudas ayudado ya por su fama, sus primeras
publicaciones y la condescendencia de los catedráticos, dio una gran
importancia al axioma del filósofo americano Emerson, según el cual los buenos libros reemplazan a la mejor universidad,
sobre todo para él a quien la escuela ya
solo nos aburría y fastidiaba, nos dirá en el capítulo dedicado a su paso
por la universidad.
Su relato es también el del
imperio austrohúngaro y su desgarro, en un momento en el que: “Se creía en el “progreso” más que en la
Biblia, y su evangelio parecía irrefutablemente probado por los nuevos milagros
de la ciencia y la técnica que aparecían a diario”
Nos dirá también que: “Creían de verdad que los límites de las
divergencias entre las naciones y las religiones se irían diluyendo poco a poco
en un humanismo común, y que con ello la humanidad entera obtendría la paz y la
seguridad”. Por desgracia, aquel
mundo de la seguridad fue un castillo de naipes, pues dos guerras cruentas
arrasaron el suelo europeo, de 1914 a 1918, bajo el caudillismo de Guillermo
II, emperador alemán y rey de Prusia, auxiliado por el siniestro Ludendorff,
que pedían al pueblo alemán que lucharan hasta la última gota de sangre, la
misma que ellos no sacrificaron y que en su derrota, se exiliaban, el primero
en Holanda, tras su abdicación forzosa en 1918, y el militar, huyendo a Suecia,
para años más tarde aliarse con Hitler.
“Alejémonos de Roma!”, era el grito que escuchaba Stefan de los
primeros movimientos juveniles contra el parlamento y la iglesia católica,
sobre todo en Alemania y la teoría racial antisemita que desde los discursos de
Hitler en las cervecerías bávaras, se iba expandiendo, cuando corporaciones de
estudiantes, los Burschenchaften, con
las caras tapadas, borrachos y brutales,
incesantemente provocativos, golpeaban a
los estudiantes eslavos, a los judíos, a los católicos o a los italianos,
expulsando a los indefensos de la universidad. Era un terror nacionalista
que crecía y que él veía crecer desde su casa de Salzburgo, a dos horas y media
de Munich, con un arroyo como frontera entre Austria y Alemania.
Buen número de sus compatriotas
judíos, como también en Alemania, tratan de integrarse, incluso sepultar su
creencia religiosa secular, a pesar de que tras el caso Dreyfuss en París, un
hombre como Theodor Herzl se percata de la persecución y el aislamiento permanente
que también sufren los asimilados judíos, por lo que crea la corriente sionista
y el retorno e inmigración a Palestina de los judíos. Publicará un opúsculo
titulado El Estado Judío, donde niega
la asimilación y toda esperanza de tolerancia para el pueblo de Judea, y así
era necesaria una nueva Patria. Seguiría Karl Krauss, “Una corona para Sión”
Por tanto, se convence que será
más fácil reconstruir los hechos de una
época que su atmósfera espiritual, pues las luces y sombras ya son
permanentes en Europa, que pronto rompería la alegría y el esplendor de esos
días de libertad y progreso, pues en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, sonaba
el disparo que acababa con la vida del aspirante al trono austrohúngaro y de su
esposa, Francisco Fernando y Sofía Chotek, era el detonante para la Primera
Guerra mundial.
A pesar de la despreocupación
general inicial, Stefan se encuentra en un pequeño balneario del Mar del Norte,
en Ostende, llamado Le Coq y tras una corriente de asesinatos nacionalistas,
entre ellos en Francia del socialista
Jaurès. Regresa a Viena y forzado a
ingresar en el ejército, lo hace como administrativo y bibliotecario,
consciente de que la verdadera misión del
escritor, consiste en preservar y defender lo que hay de universal en el ser
humano, mientras en un bando y en otro se hace presente el odio, éste en un
canto de odio a Inglaterra, escrito
por Ernst Lissauer, que se canta por todas partes, y el pueblo ignorante trata
de suprimir cualquier palabra que pueda mentarles al enemigo, aunque algunas
como englishen, en alemán se refiera
a angelical y las masas lo borren en
su confusión.
Finalizada la guerra y con la
miseria, los mutilados, los harapientos, el hambre y las cartillas de
racionamiento apoderándose de las calles y el escaso transporte, 1919, 1920 y
1921, serán los años de posguerra más difíciles para Austria, con una inflación
y acaparamiento de los escasos víveres, que ahoga a todos, mientras el activo
Rathenau, judío y nacido en el seno de la familia que fundara AEG de
electricidad, en la Alemania de Weimar y
el año 1922, en Génova y Rapallo, como ministro de Asuntos Exteriores de la
Alemania de Weimar, firmaba un acuerdo secreto con Rusia que sacara a Alemania
del aislamiento impuesto por el Tratado de Versalles, que serviría para el
adiestramiento en Rusia de los soldados alemanes y la fabricación de armamento,
del que más tarde Hitler sacaría buen provecho, y también para el exterminio de
los judíos. (Las tristes contradicciones humanas y de la historia, un judío
como Walther Rathenau poniendo su privilegiada inteligencia al servicio futuro
de los nazis y del aniquilamiento de sus hermanos judíos).
El resto ya todos lo conocemos,
Hitler, tras las dos reuniones en Munich con Chamberlain y Daladier, se
convencerá que puede agredir fácilmente a sus vecinos, sin que por ello Francia
ni Gran Bretaña muevan un dedo, tampoco la URSS; la esperanza unánime de todos
los europeos por la paz y el odio atesorado en un derrotado y antiguo soldado
de la Wehrmacht de la guerra del catorce, confidente de la policía y frustrado
pintor, a quienes las clases dirigentes y económicas alemanas, especialmente la
Krupp, los Thyssen, Reimann, Flick, Quandt, Goering y los pequeños burgueses, pondrían en sus manos los medios financieros
para el resurgimiento de Hitler, tras su encarcelamiento por su intento de
rebelión en Baviera. Busca su “espacio vital” y el “pangermanismo”, agrediendo
e invadiendo cuanto se le antoja y, acuñando la “solución final” para exterminar
a los judíos.
De esta autobiografía de Stefan
Zweig, en este mundo de ayer que el titula con enorme acierto, muchas son las
lecciones que un lector puede extraer, en el aspecto personal el gran epítome
no es otro que las últimas palabras de este libro, a saber: “la claridad y la oscuridad, la guerra y la
paz, el ascenso y la caída, solo ese ha vivido de verdad. Quizás como el
gran poeta Antonio Machado, que el camino
se hace al andar, y en la rueda de
la fortuna vital de un ser humano, como también diría Cervantes, la luz y la
sombra, el acierto y el fracaso, forman parte de ese caminar del hombre (y
mujer que acuñarían hoy los llamados progresistas)
En el aspecto español, la
conclusión es su escasa presencia en la Europa de esas dos guerras europeas, quizás
por su neutralidad, quizás por su aislamiento, quizás porque veníamos de
nuestra tragedia de 1898, y por tanto de su retraimiento y la débil relación
intelectual, comercial e industrial más allá de los Pirineos, posiblemente también la poca simpatía que le hemos merecido, bien por la expulsión de los judíos, en 1492, nuestra Guerra Civil, que ninguna observación notable le merece y nuestra ausencia del escenario internacional, a pesar de su amistad con Salvador Dalí.
También en clave española y visto
lo que en este siglo XXI sucede, como el reciente asalto fronterizo de
Marruecos, en una incipiente “guerra híbrida”, donde los inmigrantes son usados
por Marruecos como escudo en su voluntad de anexionarse Ceuta y Melilla, sin
que nunca antes hayan sido marroquíes y desde tiempos remotos siempre ciudades
españolas, una señal de alarma para España y la muestra más fehaciente del
error cometido por los socialistas españoles, principalmente por el Presidente
de Gobierno español Pedro Sánchez Castejón, de creer que entregando el Sahara,
el régimen alauita, hoy en manos de un monarca como Mohamed VI corrupto y acaparador
de palacios, riquezas y una oscura vida sexual, frenaría la inmigración y un
discurso de agravios contra Ceuta y Melilla. Todo esto ha fracasado, es una
entelequia, por lo que a España no le queda otra que fomentar el levantamiento
del Rif, cuya población es muy distinta a la de la vertiente atlántica en
relación a Rabat y auspiciar un referéndum por la autonomía y libertad de los
Saharauis, a la vez que un mejor entendimiento con Túnez y Argelia, con el respeto correspondiente a los millares de marroquíes residiendo en España. Cierto que
Francia será siempre un aliado de Rabat, por lo que nada fácil se podrá andar
si no es con la ayuda de la Comunidad Económica europea y de Bruselas, pero una
agresión como la llevada a cabo por Marruecos, tras las enseñanzas del libro de
Zweig y de las pasadas guerras en Europa como del modo en que se iniciaron,
hora es de poner pies en pared a Marruecos para evitar una conflagración que
volviera a ensangrentar a dos vecinos.
El nacionalismo, como la
inflación y la miseria humana, son el perfecto caldo de cultivo para que los
“mesías” de la política, como aquellos Mussolini e Hitler, saquen partido y
lancen a las masas a la desesperación, la lucha y el enfrentamiento, razón para
frenar cualquier atisbo nacionalista, sea del color que sea, y sí seguir
luchando por construir esa unidad europea que tanto anhelaron Jean Monnet,
Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Paul-Henri Spaak,
superando los conflictos y extrayendo lo mejor de los europeos y aparcando las
diferencias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario