domingo, 13 de septiembre de 2026

ANTÓN CHÉJOV, EN LA ESTEPA Y LA VIDA. RUSIA EN LO MÁS PROFUNDO DE SU SER

 


                                    ANTON CHEJOV, EN LA ESTEPA Y MI VIDA

Tanto este libro La estepa y Mi vida, escritos por Antón Páulovich Chéjov, que nació en Tangarof, a orillas del mar Azov en el Imperio ruso, en 1860, y murió en 1904, en un balneario en Badenweiler, en el Imperio alemán, tratándose de la tuberculosis que un paciente suyo le transmitió, en su siempre azarosa vida como médico, uno se enfrenta a, quizás, menos reconocido de sus libros y, también, a la mejor descripción geográfica que se pueda hacer de la estepa rusa, con su cruda naturaleza y los hombres y mujeres que en ella habitan, abrigados en sus modestas isbas, repletas de iconostasios, y una vida que sumerge a sus habitantes en una casi edad media, en la que la servidumbre es casi esclava y los señores, cual caciques hispanos, poseen inmensas extensiones de tierra y bosques, en todo un viaje transportando sobre carretelas  centeno y arrastradas por caballos, la cosecha que tratan de vender y gracias a cuyos kópecks podrán pasar el invierno y, muchos de estos padrecitos, emborracharse con vodka. En estas carretas también viaja el niño Egórushka, huérfano, de doce años de edad, al cuidado de su tío, uno de los terratenientes responsable del transporte, y que dejará interno a su sobrino en una escuela donde ha de formarse.

Es pues un viaje, donde el narrador, Chéjov, nos muestra a esa muchedumbre de las estepas: comerciantes, campesinos, huertanos, posaderos, sus símbolos, sus miedos, su perversión, a la vez que también desfilan las aves, árboles y plantas de esta abigarrada fauna, como de las inclemencias del tiempo.

En mi vida, que para nada es una autobiografía del autor, sí está presente la cruda realidad de esa Rusia en la que la miseria es omnipresente y donde las clases, según su poder económico o estatus social, pretenden seguir rigiendo los destinos de la sociedad campesina, donde también la mezquindad, las artimañas son patrimonio de estos campesinos, a veces ladrones y truhanes, como también los dirigentes administrativos, que tratan de sisar en la paga al campesino o en una obra para la iglesia.

La soledad, en un entorno en el que el padre, arquitecto, no acepta que su hijo siga su trayectoria, para la que el mismo padre no tiene ningún talento; la concusión en la línea férrea que se instala en las cercanías Dubechnia, el desamparo de una población miserable, en definitiva son el caldo de cultivo apropiado para que pronto llegue la revolución y esa sociedad analfabeta, con enormes diferencias sociales, dentro de un entorno geográfico duro, pero generoso, aunque esta sea la visión de quien esto firma, que disfruta con la lectura de unos personajes con vivencias personales muy profundas, bastante estoicas y muy a menudo atávicas.

Es pues una enorme carga de realismo y naturalismo, como en toda la obra escrita para el teatro y que tanto éxito le produjo, La Estepa y Mi vida, seguramente no tan deslumbrantes como su Tío Vania, Las tres hermanas o El jardín de los cerezos, pero de una obra literaria equilibrada en su afán de describir el entorno, de manera brillante, y a las personas, en su marco íntimo y antropológico.

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