ESPAÑA NEGRA. DARÍO DE REGOYOS Y ÉMILE
VERHAEREN
Allá por el año 1888, el pintor
español Darío Regoyos Valdés (Ribadesella, Asturias, 1857-1913) y el poeta
belga Émile Verhaeren, su amigo, deciden hacer un viaje por la península
ibérica, aunque en este libreto Regoyos nos cuente que pasaron más tiempo por
el Cantábrico y Zaragoza.
Tras cruzar la frontera con
Francia, se detuvieron en San Sebastián y recorrieron un buen puñado de pueblos
vascos, donde el arresku, o baile
local con un pífano y un tamboril y dos bailarines que en el aire entrecruzan
sus piernas, ataviados con alpargatas, atadas a las pantorrillas y éstas
vestidas con medias blancas, pantalón negro, apretado algo más abajo de las rodillas,
camisa blanca, chaleco negro abierto y coronados con una boina negra, eran la
fauna local que animaban las fiestas delante de la iglesia y de las
innumerables capillas y de la religiosidad allí presente. Donde el luto y lo
negro todo lo ocupaba.
La vestimenta de las mujeres en
toda la cornisa cántabra era negra, como también por Aragón y con un aire de
entierro y constante presencia de la muerte, a cuyas funerarias gustará visitar
Verhaeren, pues se ve sorprendido con la enorme variedad de féretros y el
estado de los camposantos, especialmente el de Zaragoza, cuando en Bélgica la
muerte era casi tabú.
Darío Regoyos, además de ilustrar
a Verhaeren y no sorprenderse, como sí su amigo, constata que Émile dará el
nombre de España negra a cuanto ve: mujeres enlutadas mariscando, viudas de
negro rezando, procesiones interminables subiendo a la cumbre del Cabo
Machichaco, donde está la ermita,
disciplinantes hasta hacerse sangre en la espalda.
Gitanos, ciegos, matarifes tras
una corrida de toros, paseo del viático, día de Difuntos y las piedras del
Escorial, o las murallas de Ávila, jesuitas en Tolosa con su teja, y una
sociedad cercana al desastre, como así sucedió años después, en 1898, donde los
caminos son en su mayoría empedrados, las carretas, las mulas y los bueyes los
medios de tiro y la constante manifestación beata, sobre todo en Vascongadas,
sin que la fiesta de San Fermín en Pamplona, los toros camino del encierro, y los chiquillos persiguiéndolos y
apedreándolos, anuncien la enorme publicidad y derroteros que otros escritores,
esta vez venidos de más allá del “charco”, le darán a Pampelune, nombre que
sirve a Verhaeren para unir la luna y Pamplona, mientras Regoyos sigue con sus
dibujos en blanco y negro.
Verhaeren no nombrará lo que ve
como negativo, en esa España negra, habida la antigüedad de la nación española
y los vestigios arquitectónicos e históricos , de un país que también es
llamado de “charanga y pandereta”, y que en el Sur es el sol y la luz quien
todo lo invade, a donde no llegó a visitar el belga.
A lo largo de su recorrido,
contrario al confort de los viajeros anglosajones, ya que Regoyos y Verhaeren prefirieron
hospedarse en pensiones de trajinantes y por caminos poco transitados entonces,
enviará su periódica crónica en prosa a Bruselas y donde lo macabro era lo que
más le atraía, siendo la Sierra del Guadarrama, cubierta de nieve, lo que más
le impresionó.
Sin pretenderlo, Verhaeren siente
que algo en su interior le une a esa España negra, quizás por el legado
católico que los españoles dejaron en Bélgica, desde 1830 ya nación
independiente de los calvinistas holandeses; quizás por esas vírgenes y cristos
de los templos en Gante, Brujas, Amberes y Bruselas, tan cercanas a las
imágenes que uno pueda encontrar en Toledo ; quizás por la religión que logró
conservar para ellos esos mismos españoles que siglos pretéritos ocuparon los
Países Bajos, gracias a la contumacia de los Tercios de Flandes. Probablemente también,
por esos cuadros de El Greco y el silencio y oscuridad de las calles de Sigüenza
o el dibujo de Regoyos en la Visita de pésame en un hogar vasco o los Altares de
Guipúzcoa, todas las mujeres de negro y en llanto.
En el poeta y en el pintor, el
viaje sirvió para refrendar la amistad del belga y el español y añadir un mayor
acervo a la grandeza espiritual y artística de ambos: Verhaeren y Regoyos.

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