viernes, 11 de septiembre de 2026

 


       ESPAÑA NEGRA. DARÍO DE REGOYOS Y ÉMILE VERHAEREN

Allá por el año 1888, el pintor español Darío Regoyos Valdés (Ribadesella, Asturias, 1857-1913) y el poeta belga Émile Verhaeren, su amigo, deciden hacer un viaje por la península ibérica, aunque en este libreto Regoyos nos cuente que pasaron más tiempo por el Cantábrico y Zaragoza.

Tras cruzar la frontera con Francia, se detuvieron en San Sebastián y recorrieron un buen puñado de pueblos vascos, donde el arresku, o baile local con un pífano y un tamboril y dos bailarines que en el aire entrecruzan sus piernas, ataviados con alpargatas, atadas a las pantorrillas y éstas vestidas con medias blancas, pantalón negro, apretado algo más abajo de las rodillas, camisa blanca, chaleco negro abierto y coronados con una boina negra, eran la fauna local que animaban las fiestas delante de la iglesia y de las innumerables capillas y de la religiosidad allí presente. Donde el luto y lo negro todo lo ocupaba.

La vestimenta de las mujeres en toda la cornisa cántabra era negra, como también por Aragón y con un aire de entierro y constante presencia de la muerte, a cuyas funerarias gustará visitar Verhaeren, pues se ve sorprendido con la enorme variedad de féretros y el estado de los camposantos, especialmente el de Zaragoza, cuando en Bélgica la muerte era casi tabú.

Darío Regoyos, además de ilustrar a Verhaeren y no sorprenderse, como sí su amigo, constata que Émile dará el nombre de España negra a cuanto ve: mujeres enlutadas mariscando, viudas de negro rezando, procesiones interminables subiendo a la cumbre del Cabo Machichaco,  donde está la ermita, disciplinantes hasta hacerse sangre en la espalda.

Gitanos, ciegos, matarifes tras una corrida de toros, paseo del viático, día de Difuntos y las piedras del Escorial, o las murallas de Ávila, jesuitas en Tolosa con su teja, y una sociedad cercana al desastre, como así sucedió años después, en 1898, donde los caminos son en su mayoría empedrados, las carretas, las mulas y los bueyes los medios de tiro y la constante manifestación beata, sobre todo en Vascongadas, sin que la fiesta de San Fermín en Pamplona, los toros camino del encierro,  y los chiquillos persiguiéndolos y apedreándolos, anuncien la enorme publicidad y derroteros que otros escritores, esta vez venidos de más allá del “charco”, le darán a Pampelune, nombre que sirve a Verhaeren para unir la luna y Pamplona, mientras Regoyos sigue con sus dibujos en blanco y negro.

Verhaeren no nombrará lo que ve como negativo, en esa España negra, habida la antigüedad de la nación española y los vestigios arquitectónicos e históricos , de un país que también es llamado de “charanga y pandereta”, y que en el Sur es el sol y la luz quien todo lo invade, a donde no llegó a visitar el belga.

A lo largo de su recorrido, contrario al confort de los viajeros anglosajones, ya que Regoyos y Verhaeren prefirieron hospedarse en pensiones de trajinantes y por caminos poco transitados entonces, enviará su periódica crónica en prosa a Bruselas y donde lo macabro era lo que más le atraía, siendo la Sierra del Guadarrama, cubierta de nieve, lo que más le impresionó.

Sin pretenderlo, Verhaeren siente que algo en su interior le une a esa España negra, quizás por el legado católico que los españoles dejaron en Bélgica, desde 1830 ya nación independiente de los calvinistas holandeses; quizás por esas vírgenes y cristos de los templos en Gante, Brujas, Amberes y Bruselas, tan cercanas a las imágenes que uno pueda encontrar en Toledo ; quizás por la religión que logró conservar para ellos esos mismos españoles que siglos pretéritos ocuparon los Países Bajos, gracias a la contumacia de los Tercios de Flandes. Probablemente también, por esos cuadros de El Greco y el silencio y oscuridad de las calles de Sigüenza o el dibujo de Regoyos en la Visita de pésame en un hogar vasco o los Altares de Guipúzcoa, todas las mujeres de negro y en llanto.

En el poeta y en el pintor, el viaje sirvió para refrendar la amistad del belga y el español y añadir un mayor acervo a la grandeza espiritual y artística de ambos: Verhaeren y Regoyos.

 

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