El lastre de los nacionalismos para el progreso de España
Antedentes históricos
Superadas las disputas entre absolutistas y liberales, es decir entre carlistas y cristinos o isabelinos, entre los partidarios de la descendencia del denostado Fernando VII y los de su hermano Carlos María Isidro, que ensangrentaron buena parte de la España que va desde la primera guerra, 1833, hasta la que finalizó en 1876, es decir 43 años de luchas civiles. Poniendo de un lado una sociedad conservadora, atávica y dominada por el clericalismo, frente a quienes abanderaban las ideas manadas de la revolución francesa y los contenidos de la Enciclopedia, que trataban de introducir en la sociedad de aquella centuria.
Aún, en el siglo XXI, quedan resabios de aquellas luchas fratricidas y del reguero de sangre que no ha dejado de correr por las tierras de Iberia desde entonces, con otra cruenta guerra civil entre 1936-1939 y los ochocientos asesinatos cometidos por la banda terrorista de Eta, también nacida en tierras vascas.
Con la llegada del romanticismo a España, donde grandes escritores como Espronceda, Larra, Mesonero Romanos, Zorrilla, Hartzenbusch, Bécquer, entre otros, alcanzaron una nueva época dorada para las letras hispanas, empezó en la periferia de España y, especialmente en Cataluña, al calor del costumbrismo y de las nuevas tendencias políticas, con el auge del laicismo y la masonería, un rechazo a nuestro pasado común un cuestionamiento de la Nación y del Estado, que cobraría más fuerza si cabe tras el desastre de 1898, con la pérdida de nuestras colonias.
Es por estas fechas que surge la aspiración de una minoría burguesa catalana, comandada por Enrique Prat de la Riva, nacido en su casa solariega de Castelltersol en noviembre de 1870, donde muere el 1 de Agosto de 1917, después de estudiar derecho en la ciudad Condal. Abogado que se dará a conocer con su libro la Nacionalidad Catalana, donde su autor cuestiona que España sea una Nación integrada por varias regiones, cuya fecunda y rica variedad se ha consolidado a través de los avatares de la historia, en una superior unidad espiritual y en una conciencia colectiva.
Para él, España es ante todo, un Estado, es decir el modo de estar organizado políticamente, mientras que Nación sería una comunidad de personas que viven en un territorio llamado España, regido todo él por el mismo gobierno y unidos por lazos étnicos o de historia.
Para Prat de la Riva, Cataluña por su vigorosa personalidad y lengua, merece el reconocimiento de su nacionalidad y después, constituirse en Estado propio, distinto del Estado español.
De su gran esfuerzo en la Mancomunidad, como de sus doctrinas, a finales del siglo XIX y su gran amor a Cataluña, amén de los errores del centralismo y de los políticos de entonces, como de las frecuentes revueltas militares, hicieron que fuera calando su discurso entre las clases medias del momento, en Barcelona y en los centros de decisión y económico de Cataluña. Para ello, se hizo con el poder en el Ateneo barcelonés y en la Academia de Legislación y Jurisprudencia.
Maura incorporó en su ideario los proyectos del régimen local de Prat de la Riva, mientras que Canalejas lo adoptaba como proyecto de ley, cuya aprobación declaró cuestión de gabinete y que los señores Dato y Sánchez Guerra, en 1913, lo plantearon por Real decreto.
Prat de la Riva dio al catalanismo una base doctrinal en su libro y una organización política por medio de la Lliga, además de un sentido pedagógico y cultural al amparo de la Diputación de Barcelona y de la Mancomunidad de Cataluña.
Su temperamento fue más literario que oratorio, siendo la mayoría de sus obras escritas en catalán. Procuró propagar el catalanismo por medio de los intelectuales para que llegara al pueblo y marcó el punto culminante de una reacción anticentralista.
Curiosamente, Prat de la Riva no quiere que Cataluña se separe de España, como hace constar al hablar del nacionalismo político y muestra una fuerte preocupación porque las artes catalanas y la literatura irradien en España al igual que el criterio económico, que defiende sus intereses en las cuestiones arancelarias, ya que como está demostrado el interés de Cataluña se presentó y defendió solidarizado e identificado con el interés de España.
Un manifiesto que publicó en 1881, en defensa del proteccionismo, terminaba así: “Nuestra causa es la causa de la producción. ¡Viva España!”
Tan relevante fue este hombre, ya que, desde entonces, no sólo empezaron a emerger los nacionalismo en Cataluña, sino que, con distinto cariz, se abrieron paso por tierras vascongadas, en la persona de Sabino Arana, que nace en Abando un 26 de enero de 1865 y fallece en Pedernales el año 1903, y en Galicia, aquí con un tono más literario que vindicativo.
En el caso de Sabino Arana, cuyo credo es la base del actual Partido nacionalista Vasco, destacó por su catolicismo, por la supremacía de la raza vasca (sic), por su oposición a los inmigrantes, llamados maquetos, como su enfrentamiento con los liberales y los socialistas, ya que su ideario es de un feroz racismo y de profundas convicciones conservadoras, como de raigambre carlista.
Primera república y Gobierno
De todos es sabido que tanto Prim, nacido en Reus en 1814, relevante militar y político progresista, fallecido en Madrid en 1870, que fuera Presidente del Consejo de Ministros de España, era catalán y tuvo una relevante participación en la Primera guerra carlista como en la guerra de Africa, durante la monarquía de Isabel II. También descollaron Francisco Pi y Margall, barcelonés, nace en 1824 y fallece en 1901, como su paisano Estanislao Figueras, 1819-1882, en su intento de introducir en España una forma de gobierno de corte republicano. Hecho este que ninguno de ellos pudo lograr ni su último presidente, el almeriense D. Nicolás Salmerón.
Todos estos relevantes personajes de nuestra historia, son catalanes que pusieron sus ideales al servicio de la Nación española, pero a quienes la fortuna en su gobierno no les fue favorable.
Lecciones de la Segunda República y de la Guerra Civil
La proverbial inteligencia de un castellano y de un español por los cuatro costados, como a él le gustaba definirse, como fue Don Manuel Azaña Díaz, procuró solventar las aspiraciones nacionalistas catalanas como las incipientes de los bizkaitarras.
En el caso de Cataluña, reconociendo el hecho diferencial junto a intelectuales catalanes, como recogiendo en el Pacto de San Sebastián, las aspiraciones de los representantes catalanes allí presentes, embrión del que luego sería el primer Gobierno de la Segunda República española.
Azaña, de nuevo, será el impulsor del primer Estatuto para Cataluña y quien mejor que nadie recoja las aspiraciones que las Bases aclamaron en la Asamblea de Manresa, en marzo de 1892, cuando renace la lengua y la literatura catalana, a pesar de la escasa fe en el porvenir literario del catalán que manifestara en la Renaixensa, Milá y Fontanals en 1854.
Será pues, bajo su influencia y su oratoria, cuyo agradecimiento hacen patente, entre lágrimas, los diputados catalanes de aquellas cortes constituyentes, presentes el día de la votación, en 1931, como nos dará a conocer en sus Diarios el ilustre Azaña.
Sin embargo, a pesar de ese respaldo, a pesar de que en el balcón de la Generalitad y en la plaza San Jaime, todo el pueblo gritará al unísono con él ¡Viva España! en su visita a Barcelona y en presencia del abuelo y president Maciá, tendrá que soportar cómo le abandonan y cómo abandonan a la República. Ejemplo bien notorio es su libro Velada en Benicarló como las manifestaciones en sus Diarios, donde pone a caer de un burro a los nacionalistas y donde podemos encontrar el abandono a que someten a los gobernantes de la España republicana, en sus afanes particulares y partidistas, contribuyendo con sus disputas internas en la pérdida de la guerra, mientras Madrid agonizaba.
No solo los nacionalistas catalanes tendrán una clara participación en el derrumbe del frente catalán como en las luchas intestinas de los republicanos. En el caso vasco, será más flagrante y desconsolador, pues la cornisa cantábrica estaba regida por tres poderes políticos distintos: el Gobierno vasco del PNV; el Consejo Interregional de Asturias y León, presidido por el socialista Belarmino Tomás, y la Junta de Santander, también con presidente socialista, Bruno Alonso. Ninguno de los tres gobiernos se había organizado seriamente, ni aceptado una verdadera coordinación militar con los vecinos.
Euskadi contaba con mayores recursos bélicos que Santander y Asturias y el llamado “cinturón de hierro” para su defensa, alrededor de Bilbao. Además, el general Llano de la Encomienda, jefe militar de la zona, carecía del respaldo del PNV y las relaciones del Gobierno vasco con las fuerzas de izquierda estaban muy deterioradas. La acumulación de dificultades, el cambio de general, fue nombrado Gámir Ulibarri, de ascendencia vasca, y la desmoralización general, deserciones de responsables militares importantes, como el jefe del frente de Marquina o el Capitán Goicocechea, director de las fortificaciones del cinturón de hierro de Bilbao, obligaron al presidente Aguirre, en su paroxismo, a tomar el mando militar directo de las fuerzas vascas el 9 de mayo de 1937.
Las continuas desavenencias de la política vasca y la confraternización de algunas unidades con los rebeldes, como en Santoña, abandonando sus pertrechos y entregándose varios batallones de “gudaris” al enemigo, además de las negociaciones con los italianos, a espaldas del Gobierno de la Nación, como de la solidaridad con su propio bando, permitieron que el día 19 de junio de1937, los atacantes entraran en Bilbao.
Si en el País vasco las desavenencias con el estado habían hecho más fácil la conquista de Bilbao, en Cataluña las disputas internas, las luchas entre las fuerzas sindicales: CNT, FAI y POUM, además de la ausencia de gobierno por parte de la Generalitad y sus aspiraciones particulares, quebraron la unidad necesaria para hacer frente a los rebeldes
miércoles, 7 de octubre de 2009
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