sábado, 10 de abril de 2010

DE CATALANES, IIª PARTE

Cuando buen número de catalanes, muchos de ellos oriundos de buena parte de diversos rincones de España, tales como Córdoba, Aragón, Almería, Guadalajara, Castilla, Galicia, Canarias, etre otros, se olvidan de sus raíces, cambian su propio nombre, incluso, a veces, hasta reniegan de sus ancestros y paisanaje, buscando ocultar cualquier reminiscencia exterior a su nuevo Hogar geográfico, como también su acervo de antiguo; aunque me produzca aversión, rechazo, incluso sean merecedores del mayor desprecio, no dejan de basar su equivovada postura en su ignorancia, en su sometimiento al poder de los localismos catalanistas, como el temor de perder el trabajo conseguido o la alta posición alcanzada en esa sociedad de secular burguesía, amén de la notoriedad y de que siempre se dijo que si "Barcelona es bona es porque la bolsa sona".

Como quiera que la cobardía y la ignorancia, a menudo han ido cogidas de la mano para preservar el bienestar conseguido por el paisano, me apresto a significar en los párrafos que siguen algunas de nuestras muchas semejanzas entre todos los penínsulares, desde el Cabo de Creus hasta Tarifa y desde Cabo de Gata hasta Finisterre, pasando por los llanos de La Mancha

En Bañolas (Gerona) en el comienzo de la prehistoria, se hallaron restos de huesos del mismo hombre del arqueolítico del que se ha encontrado un cráneo en Gibraltar.
La llamada cultura de las cuevas o hispano-mauritana subió hasta Pallars y la Cerdeña, además de cruzar los Pirineos. También, en el neolítico, los pastores caucásico llegados a España se extendieron por toda Vasconia, el Pirineo y Cataluña. La cultura Campaniforme, desde la meseta inferior, a través del Macizo Ibérico central, penetró en tierras catalanas y por mar, la cultura dolménica, ingresaría en Cataluña para propagarse por Andalucía, la costa atlántica, Cantabria y el interior de la Península.
Los almerienses del Argar o proteibéricos avanzaron por el levante, subieron Ebro arriba hasta Vasconia y Cantabria, llegando también a Cataluña, para después entrar en Francia.
Por los pasos catalanes entraron en España las gentes de los "campos de urnas", ilirios o preceltas que luego bajarían a la Meseta por el Ebro

Por esta mescolanza de pueblos, Hecateo llamó missegetes o mezclados a los pueblos que habitaban Cataluña. En esos pueblos y en su cultura habían venido a confluir todas las etnias y todas las civilizaciones que había un día llegado a la Península.

Con el paso del tiempo, igual que a la costa meridional y el Levante, llegaron también a Cataluña, griegos y romanos.

Sin embargo, fue Roma la que influyó decisivamente sobre los antepasados de los catalanes, como también lo harían sobre todos los habitantes de Hispania. Fué en Cataluña donde se inició la romanización intensiva de la Península; los catalanes de entonces fueron quienes más ayudaron al éxito político y espiritual de Roma en España, siendo Tarraco el centro más activo a la par de romanización y de unificación de los penínsualres.
Tarragona fué el puerto y la puerta de Roma en Hispania, los habitantes del solar de aquella Cataluña formaron cuerpos auxilaires que ayudaron a los generales romanos a vencer y someter a los vascones, celtíberos, lusitanos y al resto de los otros pueblos de Hispania. Fué en Tarraco donde se reunieron durante más de trescientos años, en los "concilia" o asambleas provinciales, los representantes de las ciudades y de las tríbus todas de la mayor parte de la península; en ellas convivieron anualmente, durante más de tres siglos, gentes venidas de Lugo, Granada, Cartagena, Cantabria, Euzkadi, La mancha, Braga, Pirineo aragonés, Navarra, Asturias, la llanura castellana, los llanos de Valencia, el Moncayo, la Sierra Nevada, del Ebro, del Tajo, de Astorga y de Gerona. Roma hizo a Hispania desde la zona catalana de la Tarraconense. Durante el doominio de Roma, desde Tarraco se articuló la unidad española.

Centro político y vital de la romanización y de la unificación de Hispania, Tarraco fué también base nodal de la explotación de la península por Roma, desarrollando en sus moradores una actividad comercial y un interés y una devoción por la vida económica que no fué general ni frecuente en las otras tierras peninsulares, con la única excepción de la zona de Cádiz.

Las invasiones bárbaras, primero, y las conquistas islámicas, después, paralizaron y al cabo pusieron fin al tráfico marítimo y terrestre del que había derivado el creciente dinamismo mercantil catalán. No obstante, a la caída de Roma, por allí entraron en Hispania los godos y arruinada Tarragona, fué Barcelona el primer asiento de la corte visigoda y en ella se decidió más de una vez la suerte de aquella España que desde tarraco se había unificado.

A raíz de la conquista de Gerona en el 785 y la ocupación de Barcelona en el año 801 por el imperio franco, cuyas huestes invasoras estaban integradas por gentes de tierras vecinas: Carcasona, Rosellón, Beziers y Narbona, emparentadas racialmente desde siempre con los del sur del Pirineo, y de los godos e hispanoromanos, refugiados en esas comarcas desde la invasión muslim en el 711, Cataluña no sufrirá grandes cambios étnicos como resultado de su nueva sumisión.

Fraccionado el país en un rosario de condados, donde  sólo Barcelona, Ausona y Gerona se hallaron de ordinario regidos por un solo conde, nunca llegaron a tener una conciencia nacional, por cima de las divisiones pugnaces que apartaban entre sí a los condes de cada distrito. Sólo su hispanismo racial y espiritual podía agruparlos en una comunidad humana al enfrentarlos con las tierras francas del Norte.
Esos condados hubieron de vivir más de dos siglos inundados por el oleaje de la política de allende el Pirineo, aunque con su atención y vitalidad tendida hacia las cuestiones peninsulares, como vivían a la sazón los otros núcleos cristianos españoles de resistencia a Córdoba.

Mozárabes eran al cabo los habitantes de las ciudades catalanas cuando fueron conquistadas por el imperio de Carlomagno y lo eran hasta algunos de los hispanos refugiados en Francia. Por este motivo, los cenobios catalanes empezaron a transmitir a Europa la ciencia hispano-arábiga y el arcediano de Barcelona hubiese iniciado la serie de los traductores peninsulares del árabe al latín.

A la caída del califato, a principios del silo XI, cuando la rebelde Castilla tenía ya tres cuartos de siglo de historia unitaria y hacía otras tantas décadas que había dejado de ser un pequeño rincón para llegar del cantábrico al Duero, los condes de Barcelona lograron unificar la región y engrandecerla históricamente hasta convertirla en una potencia mediterránea rectora de un verdadero imperio.

Por ello, castellanos y catalanes, fueron solicitados por las dos facciones que se disputaban el poder en Al-Andalus a la caía del califato, atreviéndose a entrar en Córdoba con los berberiscos de Sulayman y con los eslavos de Muhammad.

La historia de Cataluña desde el siglo XI fué la proyección del hispano ímpetu del pueblo catalán hacia horizontes que fueron abriéndose ante él, tras felices o infelices pero al cabo magníficos matrimonios de sus condes o de sus reyes. Tales matrimonios permitieron a Cataluña la creación de un imperio mediterráneo-pirenaico, de Tortosa a Niza; de tipo feudal, sobradamente fuerte para constituir un factor decisivo en el equilibrio político de Francia y España.

Es por eso dudoso que hubiera podido sobrevivir a la larga el estado a hocajadas sobre el Pirineo, que los matrimonios afortunados de los condes de Barcelona habían creado, más o menos artificialmente, desade el Ebro a la Durazna; y es probable que hubiese pronto sucumbido aun sin las complicaciones político-religiosas que la herejía albigense provocó en las tierras de la Occitania catalana. Al acelerar aquéllas el tal vez inevitable proceso histórico de  apartamiento de las dos mitades del imperio de los condes-reyes, el triunfo de la Francia del Norte y de la ortodoxia centró definitivamente a Cataluña en España y unió para siempre sus destinos a los destinos de los otros pueblos españoles.
Fueron en las derrotas en Vogladum (507) y Muret (1213), donde la aristocracia catalana se convenció de su destino hispano.

Los dos primeros reyes de Aragón de la nueva dinastía catalana sintieron con fuerza los problemas hispanos, colaboraron con Castilla en la empresa de la reconquista y la ayudaron, en proporción modesta pero no desdeñable, a sostener la gran acometida almohade. El vivaz hispanismo del más hostil a Castilla, movió a Alfonso II a hacer una peregrinación a la tumna del Ápostol, patrón de España. Jaime I, criado fuera de la Península, realizó una pol,ítica acendradamente española, completó la reconquista catalano-aragonesa en colaboración con Castilla y concibió férvidamente a España como una unidad histórica.

El Conquistador renunció a Murcia y ayudó generosamente a Alfonso X de Castilla en su lucha contra los moros de esas nuevas tierras. "Lo hemos hecho -escribe-, la primera cosa por Dios... la segunda por salvar a España" Y porque sentía la solidaridad trascendente de esa comunidad, en Lyon, al salir del concilio en que se había ofrecido a ir en cruzada a Oriente, haciendo caracolear su caballo, exclamó: "Hoy ha quedado honrada toda España"

Un nuevo afortunado matrimonio, llevó a los catalanes a Italia e inició la conquista del imperio mediterráneo español: el matrimonio de Pedro II el Grande con Constanza, heredera de los Staufen de Sicilia.

En esta España medieval, también ejerció fuerte influencia la sumisión al papado, tanto en la política interior y exterior, por lo que Alfonso Enríquez de Portugal, Pedro II de Aragón, Alfonso X y Sancho IV soportaban sumisos la enemiga de los papas, y doña María de Molina compraba en muchos miles de doblas de oro, la bula de legitimación pontificial de su legítimo hijo, el rey Fernando IV de Castilla.

En esas empresas por el Mediterráneo, como luego Castilla, en el Atlántico, catalanes y castellanos  mancharon en bárbaras discordias y con brutales asesinatos y emparedamientos de algunos de sus capitanes la gloria de sus hazañas, los almogávares de Cataluña y los conquistadores de Castilla, aunque los primeros fueran mercenarios y los segundos por apetencia de riquezas.

Sacudidos, catalanes y castellanos, por frenéticos apetitos de poder, tuvieron bien abiertos los ojos a las culturas de los pueblos conquistados; los primeros trazando un bello elogio del Partenón: "la más preciada joya que en el mundo existe y tal que en vano todos los príncipes de la tierra juntos quisieran hacerla semejante"; y los segundos describieron con galanura los grandes monumentos de los imperios americanos. Si los almogávares oyeron misa, en Grecia, en el templo de Atenea, los conquistadores la oyeron en el templo del Sol, de Cuzco.

Espíritu aventurero, ambición de riquezas, heroísmo, crueldad, caudillismo, apetitos de mando, sañudas discordias civiles, curiosidad humana, orgullo, devoción, señorío...Castilla y Cataluña hermanadas por una comunidad de temperamento, por una pareja estructura vital, por un idéntico hispanismo irrenunciable. Las separaron muchas diferencias, normales corolarios de la diversas proyección de su historia  hacia horizontes culturales y vitales muy distintos, por obra de su dispar situación geográfica en España y en Europa. A partir del siglo IX cataluña conoció un régimen feudal de tipo carolingio, apoyado sobre una sociedad campesina de tipo dominical, con clases rurales en situación de dependencia servil; en contraste con la articulación vasallático-beneficial castellana, dormida en el prefeudalismo visigodo y desbordada por una masa rural de libres propietarios y de colonos libres. Al estancarse por siglos la reconquista -Barcelona fué conquistada en 801 y Tortosa en 1148- en parangón con la movilidad de la frontera de Castilla -Burgos fué fundada en 882, se ganó la línea del Duero en 912, Toledo fué conquistada en 1085 y a mediados del siglo XII se había llegado a Sierra Morena-; frente al estilo de vida señorial de un pueblo habituado a ganar la riqueza a botes de lanza, surgió en Cataluña la precisión de conquistarla en las tareas de paz; por ello jaime I pudo reprochar a los castellanos su soberbia y Dante a los catalanes su "avara pobertà"

Pero en Cataluña y en Castilla -en Castilla se habían mezclado durante los siglos VIII a X todas las sangres de España-, como en Cataluña la lejana prehistoria, por bajo de uns superestructura disímil alentaba el mismo homo hispanus, con parejas calidades y análogos defectos.

Una costra diferente: feudalismo y burguesía frente a democracia y patriciado, cubría a dos pueblos parejos; a dos pueblos parejos que cuando ro´mpían las cadenas que los ataban a la monotonía de su vivir diariop, descubrían su integral semejanza.

Cuando en 1137 Cataluña se unió a Aragón, su pareja fuerza vital hizo imposible la hegemonía de Aragón sobre Cataluña y viceversa; por ello Valencia no fué incorporada a ninguno de los dos estados, sino que se constituyó en un tercer reino autónomo y con propia personalidad histórica. Su lengua fué la catalana porque catalanes fueron la mayor parte de sus repobladores -fueron aragoneses los señores y catalanes los burgueses. Pero la tierra de conquista y de colonización, como Aragón había sido antes, Valencia no se estructuró social y políticamente conforme al régimen feudal de Cataluña sino según módulos distintos, más emparentados con la tradición institucional aragonesa, y sobre una población rural morisca que también existía en Aragón pero no en Cataluña.

Si Jaime I habló de la salvación y de la honra de españa, Pedro III creía que en su duelo de Burdeos iba a debatirse el honor de España. Muntaner, soldado-cronista de la expedición catalana a Oriente habló que todos los reyes de España eran de una carne y una sangre.

La elección de Fernando de Antequera como rey de Aragón por los votos de tres aragoneses, dos valencianos y un catalán -Aragón se acercó ahora a Castilla siguiendo la natural inclinación de su deswtino histórico- cambió la postura de la dinastía frente a los diversos estados que integranan la corona aragonesa. Los soberanos de la casa de Trastamara dejaron de mimar a Cataluña y ésta perdió de pronto su posición preeminente en la política de la Confederación. Esta situacións e acentuó durante el reinado del tercero de los Trastamaras. Sacudían al país fuertes tensiones sociales: en Barcelona el proletariado -la busca- se agitaba contra la oligarquía urbana -la biga-; y en todo el principado los payeses de remensa trataban de obtener su libertad frente a los señores.

Al realizarse la unión de las dos Coronas inexorablemente había de constituirse Castilla en centro político de España, porque lo era geográficamente y porque superaba mucho en población, en riqueza y en potencial histórico a la confederación aragonesa; sobre todo después de la ruina económica y de la declinación vital del Principado, como consecuencia especialmente de sus luchas contra Juan II.

En el siglo XVI comerciaron con América, creando en 1525 una compañía mercantil en Barcelona y por ciudadanos barceloneses para exportar estameñas y calceterías a las "Indies del mar Hoceano", a la Española, san Juan, Cuba y Yucatán. Siendo en 1526, por Real Cédula de Carlos V, cuando legalmente lo pudieron ahcer frente al predomino de Castilla.

Por todo ello, España es tan obra suya como de los otros muchos grupos históricos peninsulares, sus hermanos por la sangre y el espíritu y sus iguales en derecho 

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