domingo, 30 de mayo de 2010

GRANADA LA BELLA

Es curioso que a pesar del tiempo transcurrido y de nuestros distintos avatares, como de cuanto ha llovido desde que viera la luz en Granada el poeta y diplomático Angel Ganivet, allá por el año 1865, que a este Mirlo Blanco de la Alhambra, que al autor de este artículo, le unan los mismos sentimientos que a mi encumbrado paisano desde su destino en Helsingfors, hoy Helsinki, entonces bajo dominio de Rusia y hoy una Finlandia independiente.

Leyendo su librito Granada la bella, edición de Fernando García Lara y con estudio preliminar y notas de Angel Isaac, me sobrecoge cuánto nos parecemos en los afectos y en la atracción que sobre ambos nos atenaza por haber nacido en Granada.
Con ser nuestra ciudad natal un elemento suficiente para abrazar una misma simpatía, se agranda por su estancia y la mía en Bruselas, como la sugestión que a los dos siempre nos mereció la Gran Plaza y la entonces iglesia de Santa Gudula, hoy catedral de San Miguel y Santa Gudula.
En la Gran Plaza, su Ayuntamiento, la casa del Rey o las casas gremiales, de estilos gótico o barroco, se hicieron gracias a la pujanza económica de los comerciantes locales y la armonía que se orquestaba desde la fuerza de su alcaldía, rehabilitándose después de sobreponerse a la destrucción y los bombardeos de los franceses, tras su enorme devastación, aunque siempre con la misma autonomía que conociera esta ciudad incluso bajo príncipes y bajo el mandato de nuestro césar, el augusto Carlos, nativo de Gante y nieto de nuestros reyes Católicos.
En este Ayuntamiento, a los españoles nos tocó asistir a la abdicación de Carlos V en su hijo Felipe II, como seguro recordaría nuestro diplomático a su paso por Bruselas y desde su residencia en Amberes, con ocasión de su consulado en aquella antigua posesión española a orillas del Mar del Norte, con el río Escalda y con una bellísima catedral frente a la cual se encuentra la estatua de su hijo predilecto, el famoso pintor Rubens. Desde allí seguro que rememoró las hazañas de nuestra invencible infantería, los Tercios de Flandes, y en los escasos días de sol y ausente la pertinaz lluvia, contemplaría las dunas, los canales y el "plat pays" que vieran nuestros antepasados en sus confrontaciones por el dominio de los Países Bajos, que tantos miles y millares de vellones le costara a nuestra muy católica monarquía, en su máximo esplendor, como ingente sangre hispana regaran sus polders.
Antes de que la melancolía sumergiera su vida en las frías aguas del río Dagava en la lejana Riga de la Letonia actual.
Frustraciones sentimentales y la derrota de España en Cuba, con el desastre que hundió a toda la nación de entonces, en 1898, por lo que sería conocido como el precursor de esta nueva generación de hispanos hombres de las letras, como la lejanía de su amada patria chica, le llevaron a tomar tan desesperada decisión de suicidio en las heladas aguas de aquellas tierras extremas.
Sin embargo, su obra, aunque breve, destaca por la fuerza de su prosa, la brillantez y propiedad de sus ideas, como el encomiable empleo de las palabras y el dominio de la lengua castellana. De todas ellas, la más conocida y la que tuvo mayor número de adictos, como también de detractores y críticos, fue su Idearium español

La cofradía del Avellano lloró su pérdida, como también hiciera Unamuno, mientras sus obras saltaban de las páginas del Defensor a las librerías y convertirse en una de las personalidades literarias españolas de más relieve de finales del siglo XIX, como también filosóficas sobre el alma hispana, sobre lo cual Azaña en los años 20 haría una crítica feroz por discrepar de ese modo de entender España, cuyo adalid para la gente joven era entonces Angel Ganivet, hasta dejar el testigo en manos de Don Miguel de Unamuno.

Una vez hecha esta somera introducción, cuando uno se encuentra con los doce artículos que publicara El Defensor de Granada, diario que se extinguió al tiempo que era asesinado su director Ruiz Carnero, amigo de García Lorca, en la guerra incivil de los españoles del 36 y tras su primera impresión en tierras finnesas, en la imprenta de J.C. Frenckell e hijo, a finales de julio de 1896, un ligero "frisón" o escalofrío me recorre el cuerpo pues en todas y cada una de las páginas de esta obra late el profundo amor a su tierra, a su Granada, a sus raíces y al paisaje urbano de su ciudad entre sus dos famosos ríos, el aurífero Dauro y el plateado Genil.

I. Puntos de vista
"Mi Granada no es la de hoy, es la que pudiera y debiera ser, la que ignoro si algún día será"
En este artículo su sentimiento y su visión de Granada entonces se asemeja a lo que siento yo hoy.
No es la ciudad que conocí en mis andanzas infantiles, desde Niños Luchando hasta el estadio los Cármenes en la avenida Madrid, cercano a la Plaza de Toros o al Córdoba X, al Norte; la Caleta y la estación de ferrocarril en la avenida de los Andaluces, que a tantos millares de granadinos entre lagrimas tuvo que despedir en sus frecuentes migraciones por no hallar en su tierra un trozo de pan para sus hijos.
O allá por la Ribera del Genil o el Paseo de la Bomba, al sur; cerca del Campillo, Puerta Real o lo que quedaba de la Manigua en las callejuelas de san Matías
Tampoco es ya la misma plaza Birrambla, el Zacatín, el Boquerón, san Juan de Diós o la acera de Canasteros, desde cuyas terrazas podíamos contemplar la vega.
Ni qué decir de la desaparición de los cármenes y casas señoriales en el Gran Capitán, como de las casas de vecinos en mi propio barrio, allí mismo en Niños Luchando o en la placeta de la Encarnación.
Aún cuan grande es la pérdida material, me temo, a veces, que como Ganivet, la nobleza y la distinción de sus habitantes también se ha deteriorado.
"Porque una ciudad está en constante evolución e insensiblemente va tomando el carácter de las generaciones que pasan".
Si hoy miramos nuestra ciudad. Si miramos la espalda vuelta a la Colina roja, veríamos que la vega ha sido mancillada por moles de hormigón, acero y cristal, que en nada la hacen diferente de otras de cualquier lugar del mundo , ni con la singularidad de antaño.
Triste pues el legado de nuestras clases dirigentes y triste nuestro abandono por consentir tamaños disparates con edificios impropios de nuestra cultura y de nuestra alma.
A pesar de todo, yo también como él "muchas veces, al volver a Granada después de largas ausencias, he notado en mí, al ponerme en contacto con el aire natal, cierta alegría espontánea, corpórea, que me ha hecho pensar que no era yo quien me alegraba, sino mis átomos al reconocerse"
Quién sabe si el agua de nuestras fuentes, el aire de Sierra Nevada en los duros inviernos o el sortilegio de los jardines de la Alhambra, no nos encadenan sigilosamente, de forma etérea en el momento que por primera vez abrimos los ojos al mundo en la ciudad de Granada. Como una gasa fantasmal que abriga a todos y cada uno de los hijos de Granada, vaporosa desde el cauce de sus ríos y entre sus bellas colinas
II.Lo viejo y lo nuevo
Una de las impresiones artísticas más intensas que hemos gozado la debemos a la Grand Place de Bruselas, donde lo antiguo ha sabido conservarse y dar valor a lo nuevo.
Los ciudadanos de Bruselas como el pueblo llano en nuestra guerra de Independencia, lejos de la seducción de las brillantes ideas supieron mantener su personalidad bien definida, en nuestro caso frente a todo un imperio y al sarampión de las nuevas ideas que para España sirvieron para ser despojada de sus riquezas y de su memoria, destruyendo parte del convento de San Jerónimo, utilizando la Alhambra como fortín militar y teniendo a toda la ciudad, entre los años 1810 a 1812, en la más absoluta vejación e ignominia, que además recompensaría el infausto absolutista Fernando VII con la donación de la espada del Gran Capitán a uno de los Cien Mil hijos de San Luis, de la que nos desposeían y se custodiaba, junto a sus restos,  en la maravillosa iglesia de San Jerónimo.
 III ¡Agua!
Su canto al gua de Granada, aunque en mi caso no tenga el mismo sentimiento, sin embargo me trae los recuerdos de aquellos últimos aguadores, de nuestras preciadas fuentes y del "yelo" necesario en las primeras neveras de mi infancia.
IV Luz y sombra
Ciertamente las ciudades han de ser diseñadas en función de su ubicación geográfica, sus edificios conservar estilos propios con la identificación racial de sus moradores y no como desafortunadas copias de modelos importados de otras latitudes.
Probablemente si hoy levantara la cabeza, Ganivet se arrojaría al foso del Genil, más abajo del puente de Castañeda y tras el pretil del puente de los Escolapios, ya que el cubo de caja Granada, el edificio de la Caja Rural, las colmenas del Camino de Ronda o los edificios de hormigón y crital fronteros con la exigua vega que muere lentamente, si no se adentra antes por los muchos desaguisados del Realejo, el Boquerón, san Lázaro, sin mencionar los centros comerciales del extraradio, que rivalizan en semejanza con cualquier otro lugar comercial del universo, acabarían con su esperanza de reencarnación.
Si a esto le añadimos los grafitis que embadurnan las paredes por doquier, el ensordecedor ruido de motos y las innumerables deposiciones de palomas y perros en fachadas y suelos, como la "corte de los milagros y mendigos", el cuadro quedaría completo.
V No hay que ensancharse
Como no pocos granadinos, nunca entedimos que fuera necesario embovedar un río que pasa por el centro de la ciudad. Cuando uno contempla las fotos de la primer vivienda de la familia Lorca en Granada, frente a las espaldas de la Iglesia de la Virgen de las Angustias, se comprende la gran pérdida que ha tenido Granada con tamaño dislate, ya que las riadas del río Darro se podían haber resuelto con unas adecuadas defensas, dentro del casco urbano, como en pantanetas y desviaciones previas; la salubridad con el embellicimiento del cauce y un alcantarillado que no tuviera al río como el medio de transporte de los detritus y la letrina del vecindario
La Gran Vía dió vida a una avenida de corte europeo, pero restó al Zacatín, los cientos de comercios que antaño hicieron de este lugar el punto más importante de venta de seda de Occidente, que era guardado por perros y con una policía propia que vigilaba este recinto, muy parecido con el dédalo de sus calles y comercios al bazar de Istambul. Cuando hoy el turismo es una de nuestras principales fuente de ingresos, además de contribuir a conservar nuestro pasado, que gran atractivo conservaría para los millares de turistas que atraen nuestros vestigios
VI Nuestro carácter
Cree que nuestro carácter como el de todos los españoles es eminentemente místico. En Granada de manera superlativa y cuando somos refractarios a la asociación, sin embargo constata que somos el país de las comunidades religiosas.
Su conclusión es que no somos capaces de asociarnos por nuestro afán de libertad y albedrío, sin embargo cuando hay por medio un ideal, no tenemos reparos en soportar una jerarquía.
De seguro que hoy no podría afirmar lo mismo, ya que el caballero "don dinero" y la pérdida de los valores seculares como Patria e Iglesia han caído de su fuste
También Granada ha quedado adormilada y, por desgracia, fenece en las cenizas del último de sus hijos que probó a darle un aire de vanguardia, Federico, a quien sus propios vecinos, como a muchos otros que traían ideales nuevos, fueron asesinados para sumergirnos en la modorra y en la oscuridad que aún en el siglo XXI sigue sumida nuestra Granada.
¿Acaso Granada alumbra hoy iniciativas en el campo de las ciencias, las artes, el derecho, la economía o la fraternidad humana?
Si cuando nuestro regidor municipal otorga un premio reciente no encuentra otro para condecorar por sus obras y méritos que a un ilustre descendiente de los famosos Giiménez de Parga, trío de leguleyos de nefasto recuerdo en el Gobierno Civil de la calle Duquesa de año 36.
VII Nuestro arte
"Un hombre, hasta cierto tiempo, necesita nutrirse "en su tierra" como las plantas; pero después no debe encerrarse en la contemplación de la vida local, porque entonces cuanto cree quedará aprisionado en un círculo tan estrecho como su contemplación"
Dónde un Alonso Cano, Pedro Antonio de Alarcón, Alvarez de Castro, Fray Luis de Granada, Mariana Pineda, Francisco Ayala, José Tamayo, Angel Barrios, Carlos Cano, Eugenia de Montijo, Duque de Galatino, Familia Acosta o un lucero como Federico
VIII ¿Qué somos?
"Una interinidad". Probablemente este aserto siga conservando la misma validez en el siglo XXI que cuando Ganivet escribía este atículo. Granada dejó de ser la capital de un reino, el Nazarí, pero seirvió de tranpolín en la conquista y colonización de un nuevo mundo, hecho propiciado por los siete siglos de reconquista y la hegemonía de una monarquía que heredaba la fuerza de las dos coronas más pujantes de la península, Aragón y Castilla, con un mismo fín, la expulsión de los muslimes.
En Granada quiso la reina Católica tener su última morada, en el antiguo convento de San Francisco, hoy convertido en Parador, mientras que su nieto, el césar imperial Carlos V, levantó en la Alhambra su propio palacio, exuberante obra arquitectónica del Renacimiento, como el panteón donde reposaran sus antepasados, en la Capilla Real, cuya arquitectura de filigrana en fachada, a la salida de los oscuros vericuetos de la alcaicería, resaltaría el esplendor de su obra y del homenaje a sus áureos padres y abuelos, Juana la loca y Felipe el hermoso, e Isabel y Fernando.
En Granada pasó su luna de miel el Emperador flamenco con Isabel de Portugal, como también lo hiciera por un corte período de tiempo Felipe V.
Granada no solo fue sede de la corte Hispana, sino que el talismán de la última victoria sobre los musulmanes y la belleza de su legado andalusí, atrajeron a innumerables clérigos y artesanos, que transformaron gradualmente la Granada árabe en la ciudad renacentista que se impuso tras la conquista.
Sin embargo, desde entonces, su cetro ha perdido la hegemonía que tuviera en el pasado y hoy sigue buscando la preeminencia que tuvo o
IX Parrafada filosófica ante una estación de ferrocarril
Apunta la necesidad de que también las estaciones de ferrocarril, como puerta de entrada a la ciudad, tenga identidad propia, sobre todo con las formas arquitectónicas propias del lugar
X. Constructor espiritual
Aboga de nuevo por la singularidad de las construccional es que nacen de lo humilde  y por nuestra propia decoración. "El arranque decorativo más audaz que registran las historias es la reja, la ventana o el balcón adornados con tiestos de flores".
Igual que amí, muchos cuadros que he encontrado en libros o exposiciones, me han hecho pensar: esto es de Granada.
Se extraña que las casas de pisos hayan sentado sus reales frente al patio andaluz, hecho irreversible por razones económicas, de crecimiento demográfico y nuestra escasa imaginación para hallar fórmulas que puedan conciliar la casa antigua, libre y autónoma, frente a los pisos.
XI Monumentos.
"Los monumentos góticos hay que mirarlos desde muy cerca de la base, porque sus líneas se unen siempre en un punto ideal del espacio y los del Renacimiento a gran distancia, para abarcar toda la amplitud de sus proporciones.
Esto es fácil de corroborarlo cuando uno se pone frente a la Catedral de Granada, en la plaza de las Pasiegas, al igual que Granada es todo monumento, en especial en la Alhambra o en el Albaicín, mientras las cumbres nevadas de nuestra Sierra acentúan, al atardecer, desde el balcón de san Nicolás, la exuberante belleza de las murrallas de nuestra alcazaba, donde se destaca la torre de Comarex.
XII Lo eterno femenino
Finaliza su libro destacando la necesidad de que la mujer participe activamente en la sociedad, no solo por su intrínseco atractivo, sino por la beneficiosa aportación, que ya es notoria en todos los países europeos más avanzados.

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