sábado, 27 de noviembre de 2010

UN LIBRO ANTIGUO

De los libros antiguos

Siempre tuve un gran predicamento por la lectura, sobre todo por aquellos libros que me hablaban de viajes y aventuras. El trabajo, la familia y que las horas del día aún me eran insuficientes para acrecentar mi formación y alcanzar objetivos en el mundo de los negocios, dejaron que esta afición juvenil durmiera en el “baúl” de los recuerdos y en la somnolencia del tiempo pasado. Con el peso de los años y con la repentina llegada de una crisis económica furibunda, que se suponía sería pasajera, pero que sentó sus reales entre nosotros y puso a prueba la fragilidad de nuestras inversiones como de nuestras anhelos empresariales, haciendo zozobrar innumerables esperanzas, sueños e ilusiones, como buena parte de nuestras vidas, sirvió, en mi caso, además de poner en riesgo todo mi patrimonio, construido a base de sacrificio, dedicación, constancia y pasión, para volver los ojos a la lectura de aquellos libros que pudieran evadirme de la continua incertidumbre y de los balances que ahora nada positivo aportaban. De tal forma que, mientras antes me recorría las ciudades en pos de nuevas enseñanzas para mi Empresa o de conocer los avances y las intenciones de nuestros competidores, ahora me refugio en las viejas librerías del Madrid de las letras, paseando delante de los puestos de libros en la Cuesta Moyano y me hubiera gustado conocer a los libreros a lo largo del Sena, que alguno de los escritores leídos disfrutó de esa misma pasión que hoy me apresa con fruición cada vez que descubro un libro que años atrás dejó de publicarse y cuyo autor ahora es un desconocido.

De esta forma, en la calle Hortaleza, en la librería que porta el nombre del insigne autor de nuestros Episodios Nacionales, Electra y de hermosos relatos sobre la vida y costumbres del Madrid de principios de siglo, del siglo XX, tuve la fortuna de encontrar un libro editado en 1939 y, además, con dedicatoria del propio promotor.

Describir el goce que me producen estos descubrimientos, si llegara a oídos de cuantos libreros visito y donde dejo parte de mis cada vez más menguados caudales, me traería más quebrantos y seguro que elevaría el precio de las preciadas joyas que tengo la fortuna de hallar y, sobre todo, disfrutar con su lectura. Confío pues en la benevolencia de estos modestos libreros, alguno de los cuales en sus desordenados anaqueles cuentan con la mayor riqueza que uno anhela y que el destino, en mi caso, me fue apartando, a saber el afán de conocer, sobre todo si tiene que ver con la historia de España, en particular sobre los trágicos años de la IIª República, el desastre de una guerra civil y los antecedentes de la formación de nuestra Patria desde los Reyes Católicos. En suma todo el devenir de lo que fuera Hispania en los tiempos modernos.

En esta búsqueda yo estaba, cuando en el diario escrito por Morla Lynch, descubrí personajes que atrajeron mi atención y que, por la admiración que siento hacia el Conde de Romanones, a raíz de la lectura de sus libros como por la caballerosa defensa que hizo en las Cortes constituyentes, del año 31, de rey Alfonso XIII, también destacaban y tenían que ver con el linaje de tan augusto prócer castellano.

Tal era el caso de Agustín de Figueroa y de sus “Memorias del recluso Figueroa”. Este autor literario, hoy escasamente conocido, si no fuera porque a su apellido une el título de marqués de Santo Floro, es hijo de D. Alvaro de Figueroa, primer conde de Romanones y su madre era hija del también ilústre ministro liberal Alonso Martínez, es padre de Natalia Figueroa y suegro del longevo y siempre discutido, pero magnífico cantante, Raphael.

Con tales antecedentes en su ascendencia, como su formación de abogado y su amistad con escritores franceses, por aquellos entonces con gran predicamento entre nuestra burguesía y en las clases ilustradas, no era de extrañar su vocación literaria, a la par que su don de gentes y la admiración que transmitía su prestancia y su señera personalidad, como su agraciado porte.

Memorias del recluso Figueroa, escrito en 1939, con dedicatoria a Bebé, la bella María Vicuña y a su esposo Carlos Morla Lynch, generoso, abnegado y amigo de la grey de escritores, actores, toreros, pintores del Madrid castizo, como de la España eterna, cuenta con un hermoso prólogo del autor teatral Alfredo Marquerie.

El pequeño libro, de hojas color sepia, está editado en Zaragoza, en la Librería General. Precio 5 pesetas y cuenta con doscientas cincuenta y siete páginas. Se diluye su lectura cual refinado azucarillo, como si se tratara de un cuento, donde la ternura del relato, por la tragedia de los acontecimientos narrados, es delicado, conmovedor y, por momentos, de inesperadas lágrimas por cuanto trasluce de doloroso y amargo, sensible y emotivo en la descripción de los personajes y de sus remembranzas.

El libro cuenta con dos períodos o partes. En la primera describe por capítulos en sus Memorias, Notas de un refugiado, Evasión y Lo que es aquello, lo que tuvo que padecer desde que en 1936 fuera apresado en Madrid por los milicianos, su paso por las cárceles donde estuvo detenido, su “evasión”, es decir, su liberación y su marcha en el vapor Tucumán de bandera argentina hasta el puerto de Marsella, como lo difícil que era explicar a quien no lo conociera lo que era aquella sociedad de odio fratricida y de pérdida de los valores cristianos.

En la segunda parte de este libro, los dieciséis capítulos corresponden a relatos que muestran al hombre en sus miserias y grandezas. Aquí sus observaciones sobre los hechos en los que se vio inmerso o conoció de primera mano, descritos a modo de cuento o de obra teatral, nos muestran a los hombres y mujeres en su ser más íntimo, en lo más profundo de su humanidad y de su yo.

“¿Quiere usted matarme?”, primer episodio de esta segunda parte, nos muestra a un sacerdote que harto de la incertidumbre a la que se ven abocados estos hombres ante la quema de iglesias, conventos y los continuos asesinatos del clero , no puede aguantar más y se dirige de “checa” en “checa”, es decir de prisión en prisión, para ser apresado, sin que su empeño se vea satisfecho y, sin embargo, sea motivo de la sorpresa y la chacota general de los milicianos.

Le sigue “Doctor X”. Médico que para protegerse se hace pasar por loco y es internado en un manicomio. Una vez libre, uno no sabe si lo es en realidad o lo sigue fingiendo.

En “Reconciliación”. Probablemente nos está describiendo su propia vida y el encuentro que tiene lugar entre un hombre y una mujer que antes de la revolución estuvieron casados y en trámites de divorcio, que por azares de la Revolución, ahora se volvían a encontrar entre las paredes y la protección de una legación diplomática, seguramente la de Chile que estuvo en la calle Prado, próxima al Ateneo, donde el germen del amor ahora era avivado ante lo incierto del futuro de ambos y el recuerdo del pasado que les unió.

“Ruptura”. La otra cara de la moneda del amor, cuando en esa misma legación un hombre y una mujer que habían estado siete años noviando, la convivencia, las estrecheces y los propios egoísmos de ambos, no son capaces de superar sus mutuos recelos y sus diferencias, percatándose los dos de su mutua incompatibilidad en los caracteres y de afectos comunes.

“¿…y después?” De cómo un hombre termina enamorándose de la mujer que inicialmente desprecia, quien a su vez no le ama y con quien los días en este encierro le parecen un paraíso y no ansía la liberación que en la lejanía parece tronar con los obuses de los militares en el frente de la Ciudad Universitaria, por la complicidad y el afecto que entre estas paredes ambos encuentran.

“La boda de Civi” es la descripción de una de las jóvenes que tuviera a su servicio Agustín de Figueroa y que ahora le visita, en la cárcel, vestida de miliciana y anunciándole que se ha casado de manera un tanto irreverente a sus costumbres de antaño, a sus esperanzas y a la enseñanza de sus antepasados y de su cultura atávica.

“Colilla”. Generoso, heroico golfillo. Podría ser un personaje de tantos como ilustran los corrillos de nuestra zarzuela en la Gran Vía o en la Verbena de la Paloma. Nacido en la calle, conoce toda la aristocracia y la burguesía que precede a la República y termina siendo encarcelado por no delatar el domicilio de cuantos conoció y le propinaron el modesto sustento en su humilde vivir por las calles de aquel Madrid. Es el noble pícaro de nuestra literatura del siglo de oro, ahora enfrente de las clases dirigentes que no supieron frenar el abismo hacia el que se dirigía la sociedad española del 36 y de la miseria, el analfabetismo y la incuria de los campesinos.

“Un caso extraño”. Personaje que incluso en el momento de su hora final, sigue suplantando su propia personalidad en aras de alcanzar lo que la cuna no le había otorgado, haciéndose pasar por una persona de alta alcurnia, cuando todo era mentira y que le llevaría al cadalso por su enfermizo proceder de querer ser lo que en realidad no era.

“La del entresuelo”. Hermosa y bella mujer, soltera, que vive en el entresuelo de una casa de vecinos y que por su desenfado existir y sus innumerables amoríos es objeto del desprecio de sus vecinos que ni siquiera la saludan cuando se cruzan con ella. Cuando los bombardeos se hacen más cercanos y trasciende el miedo, no dudan en ir a refugiarse en el piso del entresuelo, en casa de aquella Magdalena, quien los recibirá con los brazos abiertos y con sus atenciones los despojará del miedo latente, de los prejuicios y de la humana ingratitud que ahora por mor de las bombas y de la revolución habían fraguado en corazones y en mentes arcaicas.

“Con todos los honores” Historia de otro pícaro, este indecente, malévolo y cobarde. Se trata de Pepe, apodado el Electricista y el Tigre, según las circunstancias, dinamitero asturiano que en sus alardes de valiente se había comprometido en no abandonar nunca a un camarada muerto en la refriega. En uno de sus enfrentamientos con los rebeldes pierde a un compañero que, reclamado por su viuda, a tenor de sus promesas, se ve obligado a realizar una mascarada de entierro y meter en el féretro a un sacerdote que yacía muerto ante las tapias del cementerio del Este, en lugar del esposo cuyos restos fueron abandonados en el momento de la huída por el “valeroso” miliciano que, tras la contienda, con lo robado y el engaño vivió en Marsella con los despojos de aquella tragedia nacional.

“La predestinada”. Hermosa y preciada artista que por librarse del cautiverio se unió a un jefecillo de la milicia y en su huída en la costa de Levante fueron hechos prisioneros y fusilados con el botín de cuanto su ahora amante había despojado para poder abandonar la España que ardía entre facciones de un bando y otro.

“El peor rival”. Una novia que creyendo muerto a su heroico amado en combate, lo idealizó tanto que pretendía enclaustrarse en un convento, a pesar de su juventud y la oposición de sus padres y amigos. Este reaparece y tanto había sido idealizado que finalmente no encuentra en él cuanto lo había ensalzado, sin reconocer la realidad de sus rasgos y su persona, ya que había hecho de él un estereotipo. Terminaría casándose, no con el Supremo, ni con su novio de antes, sino con otro que éste sí, es de suponer, entraba en su esfera mental.

“Un boquete en el muro” De como dos amigos, por cobardía de uno de ellos, negándose a amparar a su vecino siendo objeto de búsqueda, cuando los vientos de la guerra cambiaron de signo, ahora se veía obligado a pedir amparo a quien antes había rechazado auxiliar. Ahora se miraban con desdén, el uno, mientras que el otro tenía que hacerlo con sonrojo. Separándoles para siempre, como un abismo, el boquete en el muro por el que aspiraron ambos a huir de sus perseguidores.

“Con los novios de la muerte”. Un legionario, a pesar de su fiereza y la dureza de su vida, cuenta cómo hecha de menos a su hijo, de quien hace tiempo nada sabe, para terminar encontrándose con él que le manifiesta su deseo de ingresar también en la legión, lo que el padre sabe de los peligros y a quien una lagrima por su broncínea faz acerca la ternura del amor filial que siente quien es el novio de la muerte.

“La madre del rojo”. En un modesto pueblo de la Alcarria, entre los restos del naufragio de la destrucción de iglesias y casonas, las viejas del pueblo rezan por sus hijos entre las ruinas de una iglesia quemada por los “rojos”, entre los cuales figura el hijo de la Soteras, quien como las demás anhela la victoria de los nacionales, pero tiembla por el hijo que tiene en el otro bando, mientras ella sufre el desamparo y en una esquina reza también en la cercanía de las otras ancianas, cuyas preces anhelan que sus hombres vuelvan al pueblo sanos y salvos.

“El doncel precursor”. De nuevo nuestro autor, utilizando la bella escultura de alabastro hecha por un anónimo escultor en honor de Martín Vázquez de Arce, cuyos restos reposan en la catedral de Sigüenza, cuando con las huestes del Duque del Infantado perdía la vida en la acequia gorda bajo las murallas de la Alhambra, meditan ambos por un mismo ideal en el alma, con un libro en las manos que solo quisieron que fuera un canto al amor y a la grandeza del ser humano.

Aquí, en su despedida Agustín de Figueroa, con la impronta del momento que vive, como del año en que redacta estas hojas, sin embargo, describe la Sigüenza que tanto amó en la proximidad de su Guadalajara donde su estirpe fue durante más de medio siglo santa y seña de estas tierras, que de antiguo los romanos trajeron el Derecho, la cultura y se fundieron en un Hispania que ahora estaba en llamas y que durante largos años padecería una contrarrevolución funesta, dictatorial, que solo en 1975 bajo la democracia y el reinado del nieto de Alfonso XIII, D. Juan Carlos I, disfrutará del período más largo de paz nunca conocido antes por los españoles.

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