Querida madre,
Como aquellos antiguos
tam-tam, seguro que ya le habrán llegado las tristes noticias de la tragedia de
sus hijos desaparecidos en las cercanías de la isla de Lampedusa, no me quiero
detener de cómo ya se lo ha comunicado un vecino, un pariente, ni cómo alguno
de la ciudad más próxima se maneja con las nuevas tecnologías de occidente, que
apresuradamente al poblado son transmitidas de viva voz.
En su memoria reciente,
está el día que vio partir tan exultante juventud de azabache. De su llanto
solitario, en esta choza de adobe y cañas, con el suelo de barro y burdas
esteras anudadas con hojas de maíz, enjugó sus lágrimas, ocultos sus ojos en
ancestrales andrajos. A su cargo quedaba un enjambre de niños menudos y
raquíticos, como varios ancianos de boca desdentada , ojos enfermos, piel hecha
jirones y esqueleto cadavérico.
Pero los jóvenes del
lugar, en corrillos, a la sombra de una acacia, habían pasado numerosos años
soñando con un norte que les antojaba la tierra de promisión, animados por
aquel mercader que antes de las lluvias siempre pasaba por el pueblo, en busca
de la lozana mercancía, como ave de paso, cubierto por un turbante y una larga
túnica negra, como negra era su alma y negros sus propósitos.
Quizás nunca sabrá vd. de
las penurias que pasaron hasta poder embarcar en un miserable esquife de
madera. El polvo que tragaron en tan penoso camino. De cómo eran asaltados y
las mujeres de ébano que con ellos venían, sistemáticamente violadas, sin que
un gritito exprimieran sus gargantas, ni un sollozo por sus mejillas. Su
cuerpo, que embriagaba los sentimientos más recónditos del macho, ellas sabían
que tenía que servir de peaje a tan largo camino. Se ofrecían, como aquel
lejano día de la expulsión del paraíso, en ofrenda al hombre, para que éste
pueda seguir avanzando en sus sueños.
No se acordaban ya del
viento furioso, la lluvia torrencial, o el sol abrasador. Tampoco de los
compañeros que se fueron quedando por el camino, como un reguero estéril de
miasma humana, por senderos de grava, planicies desnudas y colinas de elevadas
pendientes y abruptas cimas. Como un goteo de humanidad impasible, ingrávida y
sin sustancia. Cuerpos yermos en un suelo de sal iban siendo engullidos.
Ahora que habían
alcanzado la costa, que por primera vez veían al océano todopoderoso, de
reflejos insondables, color de esmeralda, embarcaron para, tras tanta agonía,
sumergirse para siempre en las aguas del mar que años ha, unos valientes
marinos lo llamaron en lengua fenecida, el Mar Nuestro, el Mar de Todos.
Qué equivocados estaban,
qué equivocados están en su tierra estéril. Aquí, Señora, esa Europa que soñaba
su hijo, no es más que una cloaca, donde no queda un gramo de fraternidad,
donde el poder lo ostentan unos pocos, donde nos hundimos poco a poco en
nuestra propia miseria, donde ya no existe el hermano, donde la política se
dictamina desde el despacho de un banquero, donde los partidos que se llaman
socialistas, sólo les preocupa ocupar un puesto de gobierno y no tienen ningún
programa social digno para esa hermandad universal. Aquí, Señora, nos vestimos
con banderas e idiomas que sólo sirven para emerger el odio que creíamos haber
superado y no para comunicarnos. Aquí,
Señora mía, hemos perdido nuestra eterna sonrisa, tenemos miedo de perder nuestras
efímeras conquistas de televisiones basura, clases particulares para nuestros
hijos y el jugar por las calles, el
griterío de los niños y la felicidad de nuestros ancianos.
Aquí, Señora, nuestros
abuelos terminaran en la cama de un hospital, apresurando su desenlace porque
cuesta mucho a la sociedad mantenerlos, o bien en una residencia donde podamos
olvidarlos y confundir nuestra conciencia. Aquí, Señora, nuestros políticos nos
esquilman para ellos poder tener un chófer, un guardaespaldas o contratar a
aquellos que después les puedan votar, sin que su empleo tenga utilidad alguna
para la sociedad.
Aquí, Señora, un párroco
no se enfrentará con la Justicia para que no sea desahuciada una familia, ni
siquiera un partido de izquierdas. Aquí, Señora, en nuestras calles sus
paisanos malviven buscando su sustento entre los contenedores de basura de
nuestra abundancia. Otros, durmiendo en los portales de los bancos o
guareciéndose del frío y la lluvia bajo los arcos de nuestras plazas
porticadas.
Por eso, querida Señora
mía, si vuelve a engendrar, inyéctele a su vástago, el veneno capaz de traer a
esta sociedad la furia, la rabia y el dolor de sus congéneres, para que con su
juventud y valentía, un día se levanten contra esta sociedad arcaica que como la antigua Roma , se
muere y hoy nada ha hecho para salvar a sus otros hijos.
Quien esto escribe, ya
con el sol otoñal sobre sus hombros, le pide nos perdone, pues hemos perdido
aquellos valores que hicieron grande nuestra raza, y algún día los
descendientes de alguno de aquellos hijos de Africa, renueven nuestra sangre
hoy enferma y sin nutrientes, con una revolución que acabe con cuantos la
cobardía nos impide salir a la calle y vomitar a la faz de nuestros políticos,
nuestros banqueros y los grandes trusts, la rabia y el odio que alberga nuestro
pecho envejecido y nunca olviden cómo
dejaron su rastro desde Eritrea hasta el Mediterráneo, los hijos de Africa.

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