jueves, 3 de octubre de 2013

CARTA A UNA MADRE AFRICANA


Querida madre,

Como aquellos antiguos tam-tam, seguro que ya le habrán llegado las tristes noticias de la tragedia de sus hijos desaparecidos en las cercanías de la isla de Lampedusa, no me quiero detener de cómo ya se lo ha comunicado un vecino, un pariente, ni cómo alguno de la ciudad más próxima se maneja con las nuevas tecnologías de occidente, que apresuradamente al poblado son transmitidas de viva voz.

En su memoria reciente, está el día que vio partir tan exultante juventud de azabache. De su llanto solitario, en esta choza de adobe y cañas, con el suelo de barro y burdas esteras anudadas con hojas de maíz, enjugó sus lágrimas, ocultos sus ojos en ancestrales andrajos. A su cargo quedaba un enjambre de niños menudos y raquíticos, como varios ancianos de boca desdentada , ojos enfermos, piel hecha jirones y esqueleto cadavérico.

Pero los jóvenes del lugar, en corrillos, a la sombra de una acacia, habían pasado numerosos años soñando con un norte que les antojaba la tierra de promisión, animados por aquel mercader que antes de las lluvias siempre pasaba por el pueblo, en busca de la lozana mercancía, como ave de paso, cubierto por un turbante y una larga túnica negra, como negra era su alma y negros sus propósitos.

Quizás nunca sabrá vd. de las penurias que pasaron hasta poder embarcar en un miserable esquife de madera. El polvo que tragaron en tan penoso camino. De cómo eran asaltados y las mujeres de ébano que con ellos venían, sistemáticamente violadas, sin que un gritito exprimieran sus gargantas, ni un sollozo por sus mejillas. Su cuerpo, que embriagaba los sentimientos más recónditos del macho, ellas sabían que tenía que servir de peaje a tan largo camino. Se ofrecían, como aquel lejano día de la expulsión del paraíso, en ofrenda al hombre, para que éste pueda seguir avanzando en sus sueños.

No se acordaban ya del viento furioso, la lluvia torrencial, o el sol abrasador. Tampoco de los compañeros que se fueron quedando por el camino, como un reguero estéril de miasma humana, por senderos de grava, planicies desnudas y colinas de elevadas pendientes y abruptas cimas. Como un goteo de humanidad impasible, ingrávida y sin sustancia. Cuerpos yermos en un suelo de sal iban siendo engullidos.

Ahora que habían alcanzado la costa, que por primera vez veían al océano todopoderoso, de reflejos insondables, color de esmeralda, embarcaron para, tras tanta agonía, sumergirse para siempre en las aguas del mar que años ha, unos valientes marinos lo llamaron en lengua fenecida, el Mar Nuestro, el Mar de Todos.

Qué equivocados estaban, qué equivocados están en su tierra estéril. Aquí, Señora, esa Europa que soñaba su hijo, no es más que una cloaca, donde no queda un gramo de fraternidad, donde el poder lo ostentan unos pocos, donde nos hundimos poco a poco en nuestra propia miseria, donde ya no existe el hermano, donde la política se dictamina desde el despacho de un banquero, donde los partidos que se llaman socialistas, sólo les preocupa ocupar un puesto de gobierno y no tienen ningún programa social digno para esa hermandad universal. Aquí, Señora, nos vestimos con banderas e idiomas que sólo sirven para emerger el odio que creíamos haber superado y  no para comunicarnos. Aquí, Señora mía, hemos perdido nuestra eterna sonrisa, tenemos miedo de perder nuestras efímeras conquistas de televisiones basura, clases particulares para nuestros hijos y  el jugar por las calles, el griterío de los niños y la felicidad de nuestros ancianos.

Aquí, Señora, nuestros abuelos terminaran en la cama de un hospital, apresurando su desenlace porque cuesta mucho a la sociedad mantenerlos, o bien en una residencia donde podamos olvidarlos y confundir nuestra conciencia. Aquí, Señora, nuestros políticos nos esquilman para ellos poder tener un chófer, un guardaespaldas o contratar a aquellos que después les puedan votar, sin que su empleo tenga utilidad alguna para la sociedad.

Aquí, Señora, un párroco no se enfrentará con la Justicia para que no sea desahuciada una familia, ni siquiera un partido de izquierdas. Aquí, Señora, en nuestras calles sus paisanos malviven buscando su sustento entre los contenedores de basura de nuestra abundancia. Otros, durmiendo en los portales de los bancos o guareciéndose del frío y la lluvia bajo los arcos de nuestras plazas porticadas.

Por eso, querida Señora mía, si vuelve a engendrar, inyéctele a su vástago, el veneno capaz de traer a esta sociedad la furia, la rabia y el dolor de sus congéneres, para que con su juventud y valentía, un día se levanten contra esta sociedad arcaica que como la antigua Roma, se muere y hoy nada ha hecho para salvar a sus otros hijos.

Quien esto escribe, ya con el sol otoñal sobre sus hombros, le pide nos perdone, pues hemos perdido aquellos valores que hicieron grande nuestra raza, y algún día los descendientes de alguno de aquellos hijos de Africa, renueven nuestra sangre hoy enferma y sin nutrientes, con una revolución que acabe con cuantos la cobardía nos impide salir a la calle y vomitar a la faz de nuestros políticos, nuestros banqueros y los grandes trusts, la rabia y el odio que alberga nuestro pecho envejecido y  nunca olviden cómo dejaron su rastro desde Eritrea hasta el Mediterráneo, los hijos de Africa. 

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