sábado, 14 de diciembre de 2013

CÓMO LO CONOCÍ Y QUE ME ENGANCHÓ A ÉL, ¡AZAÑA!


CÓMO LO CONOCÍ Y QUE ME ENGANCHÓ A ÉL. ¡AZAÑA.!

Claro es que no fue en aquella escuela de un barrio nacido como las setas de las afueras y lejos de mi calle natalicia, en el patio escolar, donde un batallón de niños formados militarmente y en filas delante de un mástil veíamos antes de entrar en clase cómo se izaban a diario tres banderas, la rojo y gualda de España, la azul siniestro y las flechas con el yugo de falange o la blanca con la cruz roja de san Andrés impresa, también llamada requeté, cantando el “cara al sol”o en la academia de pago de estrecha calle de la misma barriada, donde mi madre gastaba sus escasas economías para que me enseñaran algo más, ahora a base de “hostias”, que recibíamos en la mejilla, también en fila, ahora en clase, por no resolver algún quebrado que se nos atravesaba en la pizarra, con la mano “apostólica” de un antiguo legionario, que me iban a enseñar quién era Azaña, tampoco lo iba a saber en la católica y generosa Bélgica, donde los españoles éramos recordados por los ajusticiamientos del conde Egmont y la política sangrienta del duque de Alba por aquellas Flandes, cuando nuestros monarcas gobernaban un Imperio.

Tampoco iba a saber de él en aquella Granada que pretendía olvidar su pasado y que sólo pensaba en un desarrollismo que arrasaba con todos sus vestigios, allá por los años 70, donde los gobiernos de los Fraga, Rodó, Castiella y otros del mismo pelaje. Incluso mis abuelos que había vivido en carne propia una guerra civil, se aferraban a nunca recordar aquel pasado. Ellos nada hablaban, viendo además como alguno de sus hijos descollaba e iba poniéndose al mismo nivel que aquellos aristócratas a los que ellos habían servido, aunque también sufrieran con la emigración de otros de sus hijos o convecinos. Era el peaje que teníamos que pagar para obtener créditos y recibir remesas para el desarrollismo de aquella España, cuyo servilismo aún permanecía con el miedo de una Dictadura que pregonaba a los cuatro vientos los años de paz que transcurrían, donde unos pocos seguían enriqueciéndose y donde las fronteras empezaban abrirse al turismo.

Fue en Madrid, cuando quise ingresar en la Uned, aprovechando mi estancia laboral allí, cuando por primera vez tuve en mis manos un libro que hablara de Azaña. Fue La Velada en Benicarló que me conmovió y me puso a buscar todo aquello que él hubiera escrito. A mis manos le siguieron las ediciones de Oasis, de pasta amarilla y publicado en Méjico por Marichal, con sus Diarios los que terminaron por alistarme a su credo, buscando cada vez más todo aquello que tuviera que ver con él. Vinieron Plumas y palabras, Discursos, Fresdeval, Retrato de un desconocido (escrito por su cuñado Ramón de Rivas Cherif), Los que le llamábamos Don Manuel, de Josefina Carabias, obras completas y toda la panoplia de libros que hablaran algo de él. Azaña, de Carlos Rojas, entre otras. Seguí buscando: Maura, Caída de Alfonso XIII; Gil Robles, No fue posible la paz; Lerroux y sus memorias, lo mismo que las de D. Diego Barrios o las de Largo Caballero, como todos aquellos libros de esa República.

Me atrapó su prosa y su inteligencia. Había luchado para sacar a España de la pobreza en la que se hallaba. Era un burgués que como pocos había comprendido la necesidad de una revolución, tras los errores de Alfonso XIII, para traer una Reforma Agraria, para dotar a los catalanes de una autonomía que la afianzaran a España y para que todos los españoles tuvieran libertad. Justicia, progreso y libertad para todos.

Su proyecto, el proyecto de una España republicana y libre, se despeñó con el levantamiento de unos generales que eran financiados por una oligarquía trasnochada y una Iglesia apostólica romana que no querían desasirse de sus prerrogativas, un 17 de julio. Había sido atacado por la derecha más retrógrada y por la izquierda anarquista más torpe. Ambos pusieron en manos de los militares la excusa para llevar a España una dictadura que se sostuvo durante 40 años.

Son tan innumerables las frases de su ideario que me engancharon que me quedaría corto en la breve exposición que ahora hago a continuación y que deberían ser de lectura obligada en cualquier colegio. Sus palabras hoy están más vigentes que nunca.

Para nuestros políticos y sindicalistas del siglo XXI
“Proscribimos esa anticipada pequeñez de alma; proscribimos la política como una forma de holganza retribuida, sin otra aspiración que hacerse célebres en las reboticas de los pueblos; proscribimos la política convertida en oficio que degenera en rutina, que a su vez se convierte en una habilidad desalmada; proscribimos la corrupción que tapa las bocas que un día podrían ser acusadoras o testigos; proscribimos el caudillaje y el compañerismo que prostituyen  la razón de servir; proscribimos todo compromiso inconfesable, toda transigencia inconfesable, toda transigencia injustificable y afirmamos la necesidad de un Gobierno incorruptible, riguroso, vigoroso, responsable tajante y emprendedor; es decir, del Gobierno que consiste en mantener vivo  el espíritu con que nos arrojamos a la revolución”

Para romper la desigualdad que existe y que con la crisis financiera se ha hecho más perversa sobre las clases más desfavorecidas de hoy:
“manejaremos la política hacendística y tributaria de España con un propósito político, quiero decir con un propósito de justicia... hemos de ir derechamente a romper las grandes concentraciones de riqueza territorial y mobiliaria, que dada la estructura de la sociedad española, atrozmente conservadora con el retraso de un siglo, impiden la efectividad del vigor de la democracia española, mientras esas grandes concentraciones de riqueza territorial y mobiliaria no se rompan definitivamente. Y las tenemos que romper a través del impuesto, a través de toda la legislación de Hacienda…Para acabar con los privilegios que hoy tienen sustraídos de la carga fiscal las zonas más ricas y poderosas de la sociedad española  y que no siga pesando la mayor parte del gravamen tributario sobre los pueblos que no pueden más…Es preciso tener en cuenta que este régimen republicano se tiene que caracterizar por un sentido de humanidad, de tolerancia, de comprensión, y que ha de destruir absolutamente los privilegios de las clases adineradas que ahora sojuzgan al pueblo, no con espíritu de desquite ni de revancha ni de disolución social, sino con espíritu de creación, de estabilización de la sociedad española.”

Para recordarnos lo que fue la dictadura de Franco, mucho antes que ésta se afirmara.
“La dictadura es una consecuencia o una manifestación política de la intolerancia; su motor es el fanatismo, y su medio de acción, la violencia física”

Para nuestros gobernantes de hoy, especialmente para Rajoy, que ha aceptado ciegamente la política de austeridad de Merkel, que está llevando a la mayoría de españoles al paro, la emigración o la miseria.
“Que vale más fracasar en un empeño grande  y descomunal que acertar en obras menudas; que vale más levantar a un pueblo a la altura de sus anhelos que administrarlo pacatamente, sesteando a la sombra de rutinas inveteradas y despreciables; que vale más conservarle al pueblo español la ilusión en sus futuros destinos ; que es mejor no permitir que se adormezca en la miseria o se suicide por desesperación

Es la sentencia que todos debemos tener siempre presente.
“El mayor mérito en la vida, sea la de un hombre, sea la de un pueblo, es levarse con esfuerzo a la grandeza de su destino, sobre todo cuando el destino es inmerecido y cruel, y Madrid y el pueblo español en su conjunto, no han merecido ni han querido el terrible destino que están padeciendo.”

Es la gratitud que todos debemos sentir por quienes defendieron la libertad, en un Madrid que nunca se rindió, mientras los nacionalistas vascos negociaban a espaldas del gobierno republicano con el Vaticano o los catalanistas vivían en Perpignan, lejos de las bombas y vaciando las cajas de los bancos para ellos poder vivir plácidamente en el exilio.
“Vosotros, soldados de España, que defendéis en Madrid la libertad de nuestra patria y la independencia y el honor de España, recibid mi aplauso, mi admiración y el testimonio de mi gratitud en nombre de todo el país”

Como muchas de sus sentencias, sin comentarios, todo queda dicho.
“todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo

Qué español volverá a gritar en la Plaza de san Jaime de Barcelona, en el balcón de la Generalidad, coreado por los miles y miles de asistentes
“Catalanes: ¡Viva España!, ¡Viva la República¡ ¡Viva la Libertad!

Sólo quien como Azaña tenía la sensibilidad y el conocimiento cultural de esa vieja nación Española, podían reconocer la importancia y la eternidad del legendario Museo del Prado, aunque fuera obra de los Borbones.
“El museo del Prado es más importante que la República y la Monarquía juntas”

Y si era sobre el medio ambiente, ahí están sus recuerdos sobre Carlos III
Quién se ocupará de ti, modesto árbol cuando yo deje de estar”

En música, Bethoven y Mozart le acompañarían en sus días más tristes.

Alcanzó los más grandes galardones literarios, con el premio sobre la vida de Valera. Escribió sobre el Quijote, tradujo The Bible in Spain de George Borrow.

Conocía como pocos la literatura y cultura francesa, siéndole otorgada la más lata condecoración de la república francesa, la Legión de Honor, aunque esa misma República le diera la espalda y lo enclaustrara en Montauban, a instancias de Franco y de los Nazis, que perseguían disidentes por toda Francia.

Ningún estadista, ningún político, ningún propagandista, ningún publicista, ha sido nunca capaz de reflejar en su último discurso, cuando las huestes rebeldes se acercaban a una Barcelona abandonada por sus regidores catalanes, tanta generosidad para que la reconciliación y la paz entre los españoles nunca quede lacerante, a pesar del sufrimiento y el despojo que se hacía a quienes tenían el mandato del pueblo para dirigir sus destinos. Siempre que lo releo me sobrecogen sus palabras y una nube niebla mis ojos antes de terminar su lectura.
“Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección; la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz , tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón

He tenido la fortuna de visitar dos veces su tumba, allá en Montauban, en un añoso cementerio, dejarle unas flores encintadas por nuestra bandera constitucional y, mi primera vez, un puñado de tierra de su amada Alcalá sobre el túmulo donde no está la cruz que deseaba su esposa y sí su nombre y la fecha de su nacimiento y muerte. Quedaba un raquítico ciprés, en vez de los dos que su amigo Francisco Gracia y el general Hernández Sarabia habían dispuesto a su cabecera de piedra.

Sueño con algún día escribir el libro que pergeño en mi memoria para hablarle, para que mis hijos y nietos tengan siempre vivo su recuerdo, lo mismo que yo hoy lo persigo, esperando que algún día ellos le podrán dar descanso en su tierra natal, a pesar de su propia oposición y la de quienes no quieren saber nada de sus enseñanzas, pero su sufrimiento en Francia, como el de nuestros compatriotas aquel luctuoso año 39, en campos de concentración, bien merece que esté cercano a quienes queremos rendirle permanentemente el homenaje a su inmensa tragedia y su grandiosa obra.



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