domingo, 5 de enero de 2014
A LA MEMORIA DE UNA COMADRONA
EN HOMENAJE A UNA COMADRONA Cuando nuestra cabeza va plateándose y que el sol se hace más perenne sobre nuestras espaldas, cualquier documento antiguo le trae a uno recuerdos y viajes ya pretéritos, este es mi caso cuando descubrí de repente unas partidas de nacimiento familiares, que si la impresión manuscrita y los datos poco me aportaban de nuevo, si consiguieron que me fijara en que mi inscripción en ese registro se hacía en virtud de lo que manifestaba mi padre y el certificado de la matrona. Yo había tenido la fortuna, para mi memoria, me temo que quizás no para aquella joven de veintidós años que un cuatro de agosto a las cinco y media de la madrugada, postrada en el lecho conyugal de un modesto dormitorio, en la calle de Niños Luchando, del número 18, en el reino de Granada, se empeñaba en echar al mundo quien meses antes estaba en su seno y había acompañado sus rezos y su compromiso matrimonial, precipitando aquella boda y cinco meses después este inminente alumbramiento. Con ella estaba la comadrona, Concepción Estrada Fernández, portadora del número 67 de colegiación. Ella fue, a buen seguro, la primera que vio asomar por el canal de la vida mi abundante pelambrera negra. Quien animaría a aquella primeriza para que empujara y no cejara en su esfuerzo, mientras los dolores y los gritos de desesperación de la madre, se escuchaban en Santa Paula o en la misma Gran Vía. En aquel espacio reducido, entre un vetusto armario de labrada ebanistería y una cómoda o sinfonier, cubierto de mármol blanco nieve, un espejo ovalado, donde aquella mujer se habría mirado días antes para que el cristal reflejara su adiós a sus sueños juveniles, pues empezaba con las responsabilidades de una nueva vida, y de ocho más que fueron abrigando sus entrañas con el paso del tiempo. Oiría el primer grito de aquel vástago, que era yo, como también el primer azote que recibía, de los muchos que luego la vida nos iría dando, aunque a menudo, en aquella sociedad, la mano ya no descansaba en el trasero, tenía por finalidad señalarnos los carrillos o la punta de los dedos, o las orejas, pues nuestros enseñantes de aquella época tenían por axioma que “la letra con sangre entra” y no había más remedio que soportarlo estoicamente, aunque cuánto maldigo todavía a todos esos que sembraron, de este modo, en nosotros tanta hostilidad. Pero me había olvidado de mi comadrona, que también acudiría al socorro de mi madre para dar a luz a tres hembras, Rosa, Blanca Nieves y Concepción, conforme fueron pasando los años, todos en el número 18 de la Calle de Niños Luchando. Ella con su destreza y una más de la familia ya, dirigía la orquesta de mujeres llevando agua hervida, paños limpios y sacando los despojos que habían servido de bolsa para cobijarnos en la placidez de su cuerpo. Según fuera el mes, la ventana de par en par, o bien cerrado el pestillo de los batientes de los altos ventanales, para que la parturienta no se enfriara, ni tampoco el recién nacido. Alguien habría acudido presuroso a avisarla urgentemente, aunque ella siempre estaba presta, con su modesto maletín negro que igual que una boca de gigante batracio cobijaba los forceps y escasos cachivaches médicos, pues toda su maestría estaba en la experiencia que había adquirido trayendo al mundo tantos y numerosos granadinos de la feligresía del Sagrario y no tanto en sus artes mecánicos. En la salita, en torno a la mesa camilla, despojada de la vetusta falda para el invierno, en verano, y lo contrario en los meses de hojarasca, mi padre, los abuelos, tíos y vecinos todos, aguardaban la noticia, también en el pasillo o el patio común de la casa vecinal. En invierno, al calor de una copa de coñac Fundador o de Anís del Mono, junto con los polvorones y mantecados que nunca faltaron en aquel hogar. En verano, también el coñac y el mismo Anís, aunque ahora sin la ayuda de los dulces navideños. ¡A palo seco!, esperarían alborozados la noticia. Allí estaba el cuñado, Jose Luis Alcaide, posiblemente las monjas de las Siervas, Amparito, el primo de mi padre, Rafael Burgos Aguado, los carpinteros empleados, que después tendrían que firmar como testigos en el Registro Civil. En el dormitorio de los abuelos, “mariposas” en aceite ante alguna imagen de Las Angustias o de los muchos santos que siempre nos acompañaron, iluminaban tenuamente la oscuridad de las largas veladas y ponían una nota de misterio en ese espacio, en cuyos altares la abuela había hecho sus preces por la madre y los nietos que, casi sin descanso, fuimos apareciendo. En aquella Granada, cuando casi todos nos conocíamos, conforme fui creciendo, en las idas a la plaza o en las frecuentes al Ruíz de Alda, aquel sanatorio de entonces para mí, lúgubres pasillos, pues yo era bastante enclenque, mi madre me señalaba a una señora y me decía que esa era quien me había traído al mundo, cosa que yo nunca entendía, mientras ellas se saludaban y la tal partera me acariciaba el cabello o me dirigía alguna frase amable, adornada de un sonriente semblante. Hoy, en la era de la tecnología, cuando ya mis restantes hermanos fueron naciendo en hospitales de enfermera con cofia y talle todo púrpura. Nívea la cama en contraste con el negro de los suelos, quisiera darle las gracias a esa comadrona, que con frío, calor; bajo la lluvia o la nieve; los truenos o los relámpagos; de madrugada o a pleno sol; sus pasos se apresuraron un buen día para extraerme, o para hacerlo con mis hermanas, en aquel domicilio donde una mujer repetía, como tantas miles y millones antes otras, los mismos espasmos y los mismos gestos que sus congéneres desde que el mundo es mundo, pero ésta era mi madre, a quien sus lozanos veintidós abriles se irían cargando de cuentas y de lágrimas, para repetir el milagro de la vida, con la ayuda y el estímulo de otra mujer, la comadrona, en nuestro caso Doña Concepción, que ayudó a concebir a aquella esperanzada muchacha.
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