
FEDERICO GARCIA LORCA, RETRATO LÍRICO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
De cinco razas: cobre,
aceituno, blanco, amarillo, negro, como los anillos de cinco metales para el
rayo, achaparrado en piña humana prieta, Federico García Lorca se vuelve una
vez y otra de lo que corre. No quiere dejar el caño de sus musarañas. Por fin, muslos
pegados y pantorrillas convexas, paso a cuadros, se va despacio por los
alargados Melancólicos, pulverizándose las cuerdas vocales con el agua de la
fuente opalina. O, en súbita carrera, choca, como un moscón contra un
parabrisas, contra el poniente cerrado, de linterna májica, grana con negros
listones paralelos, de la noche que viene a Granada.
(Las paredes de
añil de los callejones de su barrio secreto las dejó todas pintorreadas con
cisco: rosas y ascos. En el puente de las candilejas, encendidas ya en la tarde
larga, les dijo un despectivo taco concreto a las tres brujas del agua mejor.
Habló por tal oculto atajo vertical con el agüero de la escalerilla de arriba.
Se encaramó en otra
tapia y le tiró un nardo a la monja blanca que cavaba su huerto entre dos
luces. Con una gran risa cerrada, de pronto, saltó a la comba que encontró a su
paso, o pidió candela por las cuatro esquinas, de niño a niña. Luego, bajó
cabriteando por el camino viejo de las lagartijas de blanco bronce, de las
campanillas azules salpicadas de cal, de los hormigueros incesantes.)
…No se mató. ¿Se
entró por la casa caída? ¡No sabemos ya dónde saldrá! Pero, ahora ¿por qué pasadizo va acompañando con su
farola de colores al Santísimo? ¿Por qué boca de pozo, alcantarilla, cañería,
ha salido levantando la losa de mármol rojo, a la sacristía donde le esperaba
“sonriyendo” Falla? Se sacude fantasmas, aleluyas y caricias, y como un
hospiciano que no haya visto nada en el mundo, llega a casa a la hora total y,
compunjido de voz y ojos, ceño de lástima, una azucena de tela en la mano,
canta con Isabelita romances y villancicos de Nochebuena
Nadie como el poeta de Moguer, Juan Ramón Jiménez, para
describir de manera asombrosa, con su lira y su musa que revolotea como aquella
mariposa de su cuento, Platero y yo, la semblanza del gran poeta Federico.
En Federico está la amalgama de esas razas cuyo fantasma
aún hoy día pernoctan revoloteando entre las torres cuadradas de la Alhambra,
entre las azucenas, los lirios y las rosas del
Generalife,
entre el bronce sonido que expele la boca de una cueva,
adornada de chumberas y de platos de cobre,
mientras en la lejanía de la Vega,
en el atardecer, chispean las luciérnagas de la Vega,
mientras el agua de una acequia derrama su caudal de
plata,
con peces de ensueño que brillan
cuando quieren mirar las estrellas del azur
que en ellos recaman.
Desde la frondosidad de los jardines dela Alhambra,
Desde el camino de los Chinos, otrora despedida de pobres
y ricos
Desde el paseo de los Tristes,
En la fuente del Avellano, frontera del Dauro y del
Mauror,
Allá, a lo lejos
Allá, por el Genil
Allá, por las Titas,
Allá por el Campo del Príncipe,
Sube el glas de la campana, el ladrido del can
O las voces lejanas y familiares,
Mientras, en el cenit, la media luna, o la luna llena,
Juegan al pilla pilla con las estrellas,
Entre cendales de nubes de algodón,
Sudario de grandes sueños y decaídas emociones

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