FEDERICO GARCÍA LORCA
El cárdeno granadí
Retrato de Juan Ramón Jiménez
No quise, no quiero creer la noticia. Y ahuyento de mi la segura pena profunda con que me golpearía la verdad. No, diré que no, que no a todos y a mí; que el cárdeno poeta granadí no ha muerto, es decir , que no lo han matado, fusilado, ahorcado, lo que sea.
Y, sin embargo, esta muerte no creída, no querida creer, es la muerte que por su obra y su vida le esperaba, la muerte que él, niño, no sé cómo ni por qué, se fabricó; la muerte que él estilizó como un romance; que hubiese y no deseado; la muerte que ya… no, que aún no es su muerte.
Pero dicen los demás que sí, que ya todo pasó como pasó y no de otra manera. -¿Es verdad. Manuel Falla, Fernando de los Ríos, Luis Rosales, hombres y amigos nuestros de las dos Granadas?
***
Fernando de los Ríos me lo “mandó” a Madrid con esta carta:
Muy querido poeta.
Ahí va ese muchacho lleno de anhelos románticos; recíbalo vd. con amor; que lo merece; es uno de los jóvenes que hemos puesto más vivas esperanzas.
Con afecto y cordialidad le estrecha su mano
Fernando de los Ríos
Granada, 27 abril de 1919
Se sentó pálido, chato, lleno de lunares, en mi sofá y hablamos de todo y de todos. El miraba estático, con algo, mucho de luna realista, “un niño sin pies”, muchacho de la luna, mate y un poco frío. Sus lunares eran sus volcanes apagados. Traía muchos versos y no traía muchos que su madre guardaba en los cajones. Aquí y allá, Salvador Rueda; los animalitos; Villaespesa; el alhambrismo; yo; la luna. Me dejó algunos poemas que yo di a España y La Pluma.
Después, Federico García Lorca se perdió entre la baraúnda de la “Colina de los Chopos”, Residencia de Estudiantes. De vez en cuando oía yo desde mis casas Lista, 8, azotea; Velázquez, 96; Padilla, 38, un grito agudo suyo en el ámbito de la sierra. Recuerdo fijamente una tarde en que vimos morir el sol en un banco entre los chopos. Rafael Alberti, él y yo entre los dos.
En 1924, cuando el segundo concurso de “cante jondo”, fuimos a Granada con él y su hermano Paco. El viaje fue encantador. El paisaje español, desde Vilches sobre todo, cordillera de rojos olivos en guirnalda y adelfas con el rompiente de Andalucía al fondo, nos sacaba de nosotros. Por la tarde, Iznalloz, el pueblo en sombra de su monte, con su escalofrío estival.
Al fin entramos en Granada con Venus de diamante sobre la peñascosa, seca sierra gris.
Yo llevaba en mí, desde niño, la Granada de Gautier, una Granada oriental de lapislázuli, rubí y esmeralda de día, plata de noche recortada y preciosa, nítida, toda llena de aristas y brillos. A medida que Grana se acercaba en la noche, mi Granada interior se me iba escondiendo, año tras año, hasta mis días de estudiante, cuando leí en la clase de francés, “la Alamède de Grenade à la tombée de la nuit” y a los recuerdos de mi padre, que la había vivido de joven.
Se alejaba, huía de mí, o mejor, en mí, hasta mi mí más hondo, como con miedo de desaparecer o esconderse. Este conocimiento real de las ciudades siempre me ha perturbado. Siempre, dos ciudades. Málaga, New York, Sagunto, París, Avila, Barcelona, Carcasonne, han quedado luchando en mí. De cada ciudad, han seguido en mí apareciendo y desapareciendo, ciudades de dos caras, de dos lados. Granada, como todas, era “de otra manera”.
***
Sueño profundo con Granada en un tren llegando a Granada. Rumores en la sombra, agua, aire.
Por la mañana, con Federico, Isabelita, Paco, Conchita, arriba, a la Alhambra, al Generalife
viernes, 21 de marzo de 2014
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario