viernes, 6 de junio de 2014

A UN JUBILADO NUEVO

UN NUEVO JUBILADO. MI TÍO PEDRO
Ya habrá recogido sus escasas pertenencias del despacho del  antiguo Hospicio de Gran Capitán, y hoy dependencias de Urbanismo de Granada, cuyas antiguas escaleras subieron y bajaron los niños huérfanos de la Granada de la leche en polvo y la custodia de las monjas , vestidas de azul y blanco con tocado en la cabeza de alas blancas,  mientras ahora lo hacen los promotores, constructores y vecinos, de la burbuja del ladrillo; donde las losas siguen conservando su antigua pátina y por los altos ventanales, la luz de la primavera de la ciudad de los Cármenes,  lo inunda todo.

A primera hora de la tarde, después de haber recogido los postreros exámenes de la asignatura de Materiales de Segundo, en la Escuela de Arquitectura Técnica de la Universidad de Granada, sin que nadie lo perciba, en su fuero interno, irá diciendo adiós a tantas horas de clase impartidas, a tantos rostros ya difuminados por los años, que siempre expectantes, acogían sus peroratas y sus enseñanzas con simpatía, ya que acostumbraba a adornarse del gracejo y del eco propio del granaíno de hondas raíces: “pollas”, “bujeros” y un buen remanso de vocablos de la época y del callejeo, repleto de epítetos machistas y comunes a una ocasión ya lejana.

Es probable que ni su jefe, en la Alcaldía , ni alguno de los rectores de la excelsa Universidad de Granada, le hayan dado las gracias por los servicios prestados, a buen seguro que tampoco buen número de sus antiguos compañeros, menos aún de sus innumerables alumnos, pues bastante  tiene con alcanzar la jubilación, rezongarán,  ya que, quizás, otros la ven como en una nebulosa, según la marcha de la economía del país, pensarán los más jóvenes cuando se crucen con él, amén de que él nunca fue muy amigo de lisonjas y palmadas en la espalda.

Sin embargo, yo que he tenido la fortuna de conocerle desde bien pequeño, aún cuando los avatares del destino nos separaron en la distancia y en los años, a pesar de que siempre conservé en la memoria infantil, su regalo de una espada recamada de falsos rubíes y unas botas de fútbol con tantos tacos como clavos, sé también que muchos de sus antiguos alumnos, ya inveterados arquitectos técnicos o aparejadores, por nuestro parentesco y desenvolviéndome en el medio de la construcción, me hablaron todos, con respeto y cariño por las enseñanzas que les transmitió, lo que me enorgullecía, no ya por la generosidad que acostumbra a conservar en una coraza, sino por que  sabía de qué manera fue capaz de compaginar el trabajo desde niño, con los estudios.

No le fue fácil, ya que en el seno de una familia de proletarios, con siete vástagos, y tras una cruenta posguerra, en la última planta de la Acera de Canasteros, de atardeceres mágicos, pero de fríos siberianos y de tórridos veranos, por ser el menor de todos, de su padre recibió siempre la dura disciplina, ya que la sociedad entonces acostumbraba a educar a base de castigos, (la letra con sangre entra, se decía) en buen número físicos, mientras que para su madre, era el hijo protegido, pues siempre, en la distancia, se enorgullecía relatándonos sus logros deportivos en campo a través y sus buenas notas académicas, como su arte con la bandurria.

Desde bien temprano conoció la dureza del mundo de la albañilería y la distribución, particularmente cuando a mano, en Los Pajaritos, descargaba los camiones de azulejos envueltos  en paja que llegaban desde Castellón de la Plana o desde la más cercana azulejera granadina; o empezaba a llevar cuadrillas para la colocación de los mismos en los numerosos edificios de La Redonda, cual setas, se iban levantando sin el más mínimo respeto ni gusto por nuestro entorno.

En toda su trayectoria profesional, cuando tuvo a su cargo un puñado  de alicatadores, siendo aún muy joven, fue siempre exigente, serio y muy laborioso, mientras ingresaba en la Universidad..
Con su Jefe, antes de emprender su propia andadura en el mundo de la enseñanza y el funcionariado, fue siempre fiel y honesto, aún cuando el destino les tenía preparada la celada de la separación, que a ellos y cuantos les queremos, también perdimos algo de nuestro pasado fraterno.

Ahora que irá abandonando el ajetreo de los exámenes y de las calificaciones, de no poder premiar a todos con un aprobado, me consta que siempre ayudó a cuantos consideró que lo merecían por su esfuerzo o por su origen humilde; fue severo con los “hijos de papá” y los chulos que llegaban al aula; como pocos, vio el cambio social que se iba produciendo en nuestra sociedad, como la avalancha de mujeres que ingresaban en la carrera.


Por todo ello, por la generosidad que siempre tuvo con cuantos nos acercamos a él y cuantos fueron a pedirle un favor, por la atención que siempre dispensó a sus mayores. Allí estaba Paco el de los niños, en su ancianidad,  esperándole para que le afeitara, con una broma, con un desplante cariñoso, que en su brusquedad era el ropaje que envolvía su gran corazón y su fiereza, le deseo que la salud le permita envejecer pacientemente, sabiendo que muchos de sus alumnos en las escasas obras de hoy en España, o en la dirección de alguna otra en el extranjero, a buen seguro que cuando tengan en sus manos una madera, un azulejo, una teja o cualquier otro material, se acordarán con añoranza de aquel profesor granaíno, Don Pedro Sáez de Tejada Martín, que sus padres y hermanos siempre le llamaron Perico, por su genio y temeridad, mientras que quien le queremos y estamos más cerca, le damos las gracias y le deseamos una jubilación bien merecida y longeva.

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