EL MANUSCRITO CARMESÍ, DE ANTONIO
GALA.
“La Sabica es una corona sobre
la frente de Granada
en la que aspiran a engarzarse
los astros.
La Alhambra –Dios la guarde hasta el fin-
es un rubí en la cimera de la
corona.
Su trono es el Generalife; su
espejo, la faz de los estanques;
sus arracadas son los
aljófares de la escarcha”
Con estas bellas estrofas se
despedía de su ciudad, de su nación, del lugar que sus antepasados habían
ocupado durante ocho siglos, cuyos jardines habían trazado con la paciencia de
quien se enamora de una flor y por cuyos surtidores el agua brota y se desliza
igual que el llanto quedo del amante que pierde a su amada, o del padre que
despide a su hijo.
Aquel paraíso, codiciado por
las gentes del norte, de recias y oscuras costumbres, había logrado su tan
ansiado propósito, despojar de su tierra
a quienes habían nacido en ella. Andaluces
de profunda raigambre, tan españoles como sus oponentes, a quienes lo único que
les separaba de sus conquistadores, no era otra cosa que la religión y la
lengua, o acaso no eran ellos, los ahora despojados y ya expatriados, los
verdaderos granadinos, quienes con su amor por su tierra la habían modelado en
su arquitectura, poesía y trazado con el amor de quien se siente poseído por el
fervor y la pasión de su tierra. Acaso esos reyes católicos, Isabel y Fernando,
junto a su enorme séquito de cortesanos, capitanes, letrados y jerarcas de la
iglesia católica, apostólica y romana, que se extasiaban pasando entre los
arcos de herradura, el bordado en las tacas, o mirando con arrobamiento la
majestad de los capiteles, los infinitos lazos de los autariques, las
innumerables celdillas que conforman mocárabes con sus arabescos y el colorido
de los azulejos, los ajimeces y celosías detrás de las cuáles ya ninguna
odalisca más suspiraría, mientras el arrayán entre la pausa del agua seguía
devolviendo al cielo etéreo su eterna mirada.
“Aquel funesto día en que me
obligaron a alejarme de ti,
acosado por la adversidad,
no hacía sino mirar hacia
atrás en el viaje de la separación.
Hasta que me preguntó mi
compañero: ¿Qué es lo que te has dejado?
Mi corazón”,
Que diría Ibn al Jatib
Estos granadinos, así como
otros muchos millares siglos más tarde, volverían a realizar otro viaje de
despedida de su amada Granada, los expulsaba el hambre y la necesidad de hallar lejos lo que los gobernantes de entonces no les permitían, alimentar dignamente a su prole.
En esta hermosa novela,
premiada en 1990 con el premio Planeta, Antonio Gala, nos muestra una parte de
la historia de Granada a través de los “manuscritos carmesí”, cuyos legajos emparedados
en los muros de la mezquita de los Andaluces en Fez, donde el último rey
granadino descendiente de los Nasr, o nazaríes, encontró su última morada.
Con la narración que Boadil el chico, o Abû ‘
Abd Allãh, el Zogoibi o Desdichado, nos hace iremos conociendo las intrigas
palaciegas azuzadas por la sultana y madre de Boabdil, la intrigante Aixa la
Horra, los sentimientos más íntimos del hombre que lo mismo era atraído en una
zambra por la belleza y el halago de un mozo de aquella corte o accedía a que
su madre le buscara esposa lejos de las familias circundantes, con la fortuna
de dar con la hija de un renombrado capitán de Loja, Aliatar, cuyo cuerpo desaparecería en
aquella aciaga refriega en Lucena con los cristianos, en la que sería apresado
Boadil por las huestes del alcaide de
los Donceles.
Pero antes de llegar al
apresamiento y su estancia en el castillo de Porcuna, su perro Din, su hermano
Yusuf, con su mano derecha lisiada, su tío el Zagal, hermano de su padre el
sultán Muley Hacén, serán quienes conciten su estima y admiración, ya que con
el sultán, su padre, después de que éste hiciera su esposa a una cristiana
llamada Isabel de Solís, y convertida al Islam bajo el nombre de Soraya,
dándole dos hijos, que también podrían aspirar a la herencia del reino de Granada, incitando a las banderías tan frecuentes durante siglos en este reino.
Que no estaba hecho para la
guerra, los teje manejes de los trujamanes, los secretarios y los conciertos o
las añagazas de la diplomacia de sus Maleh, Aben Comisa o de sus alcaides, o
las florituras con los futuros pobladores de su reino y negociadores de su
capitulación, los Zafra o la más amable con el amigo Gonzalo de Córdoba, es
notorio, sin embargo su voluntad de preservar la ciudad y sus pobladores, por
aquellos entonces unas doscientas mil almas en la ciudad, muy poblado el
Albayzín, hogar siempre de los levantiscos, los menestrales y los artesanos, y
también las numerosas tahas que poblaban la Alpujarra, la Abu Xara de una
lejana estirpe yemení fundadora.
Enfrente, Boabdil se encuentra
con una pertinaz decisión de unos monarcas que antes han unido las coronas de
Castilla y Aragón, han sometido la aristocracia de sus reinos y cuentan
expeditivos y nuevos medios guerreros,
como la artillería y una infantería comandada por decididos capitanes; reciben
el aliento del Papa en Roma, con sus bulas como el dinero de los feudos católicos y la apuesta de
una cruzada contra todo aquello que no sea la razón de la Iglesia y la
expulsión de los muslimes de suelo europeo, para lo que vendrán también a
combatir al reino de Granada, ingleses, flamencos, borgoñones, germanos,
irlandeses, francos, toda la cristiandad se ha puesto en armas contra un
pequeño reino que ya desde 1483 iría perdiendo gradualmente parte de su
territorio, después de las talas, la sal y la creación de la ciudad de Santa Fe, lugar de grandes hechos en la historia de la moderna España y de la humanidad.
Ya en Laujar de Andarax, aún
con sus dos hijos Ahmed y Yusuf en poder de los reyes, como valedores y rehenes
de una paz, en la que muy pronto, para desgracia de estos granadinos, los
nuevos soberanos católicos no cumplirían cuanto habían firmado en pro de los mudéjares,
forzándolos al bautismo y el abandono de sus ancestrales creencias, como
también se vieron obligados a renegar de su religión, los judíos, que en el
edicto del 31 de julio de 1492 eran expulsados, a pesar de ser quienes más
habían apoyado a esos reyes y de tener ellos también profundos lazos de sangre
con la grey mosaica, Boadil y Morayma disfrutarán de la quietud de su
permanente amor, con el dolor de la ausencia de los hijos, aunque nuevas nubes
negras estaban al acecho, como eran los espías que los rodeaban, pagados por el
rey Fernando, las sutiles amenazas, los intentos de envenenamiento o de
asesinato.
De cuantos le habían
acompañado en su salida de la Alhambra o en su marcha a la Alpujarra, según lo
firmado en las Capitulaciones, un 25 de enero, cada vez quedaban menos, pues las
deserciones, bien por su paso a Africa o su regreso a Granada, restaban fuerza, pero el amor, la
cercanía a su añorado solar, lo retenían aún, sobre todo cuando la preñez de
Moraima se hacía más notoria.
Sin embargo, Moraima y la niña
que quiso alumbrar no verían más la luz de aquel mes de julio de 1492, su debilidad y
una incipiente enfermedad, pondrían fin a sus vidas. Serían enterradas en
Mondújar, en la rauda que ya albergaba los restos de los reyes que un día
descansaron en la Alhambra y que hoy, para desgracia y sonrojo de los
granadinos del siglo XXI, quizás una masa de asfalto esté sobre lo que quede de
sus huesos, antes de partir desde el puerto de Adra hacia la ciudad de Fez, junto a unos 6.000 granadinos. Cumplía entonces treinta y un años.
El 8 de julio de 1492,
descubiertas ya las Indias por Cristóbal Colón, y cuando el interés del nuevo
reino hispano ahora se orientaría hacia el Atlántico, un granadino vendía sus bienes
a los reyes de Castilla con la esperanza de una nueva vida allá en el reino de
sus parientes los Mariníes, venidos a menos y, como siempre en los reinos de
taifas, con las disputas y las guerras entre sus reinos.
En esta trágica novela,
aderezada con los datos históricos y la belleza de la pluma del escritor, poeta
y autor teatral, como también de su ingenio, además de pasearse uno por una de los momentos
más relevantes de la historia de formación del reino de España, en su unidad,
como en la destrucción de otro cuyo legado sigue presente a orillas del Dauro, con la majestuosidad de sus adarves, de
sus palacios y de su obra de ocho siglos en la Alhambra y en la misma ciudad de
Granada, el granadino de hoy se pregunta qué hubiera sido de aquel reino si
hubiera podido subsistir, y si su sueño se hubiera hecho realidad, por qué los
dioses no hubieran otorgado a esa España emergente su unidad con Portugal, que
juntos mejor que nadie hubieran seguido mirando al Atlántico, mientras en este
modesto y sencillo reino de Granada, la vida, el comercio, el devenir sólo
hubiera seguido de puente entre Africa y Europa, con la mirada puesta en
Oriente y en el Mar Mediterráneo.
Los vencedores, siempre se ha
dicho, escriben la historia, aunque no sean los mejores, siempre son los más
fuertes, esta vez, la novela de Antonio Gala, nos muestra a los perdedores, o
más concretamente a su epítome, en la persona de Boabdil el chico, o el
Zogoibi, que tanto da, que tuvo el infortunio de perder un paraíso y poner fin
a una dinastía, triste relato el del manuscrito carmesí , que sin embargo nos
condena a cuantos somos sus conterráneos por no guardar en su ciudad natal, la de sus desvelos y amor,
escaso recuerdo que honre a uno de sus últimos monarcas, al último sultán del
grandioso reino de Granada, donde sólo Dios es el vencedor.
-¿ Qué castillos son aquellos?
Altos son y relucían
- El Alhambra era, señor,
y la otra la mezquita.... del Romance de Abenamar.



No hay comentarios:
Publicar un comentario