viernes, 1 de noviembre de 2019


EL MANUSCRITO CARMESÍ, DE ANTONIO GALA.

“La Sabica es una corona sobre la frente de Granada

en la que aspiran a engarzarse los astros.

La Alhambra  –Dios la guarde hasta el fin-

es un rubí en la cimera de la corona.

Su trono es el Generalife; su espejo, la faz de los estanques;

sus arracadas son los aljófares de la escarcha”



Con estas bellas estrofas se despedía de su ciudad, de su nación, del lugar que sus antepasados habían ocupado durante ocho siglos, cuyos jardines habían trazado con la paciencia de quien se enamora de una flor y por cuyos surtidores el agua brota y se desliza igual que el llanto quedo del amante que pierde a su amada, o del padre que despide a su hijo.



Aquel paraíso, codiciado por las gentes del norte, de recias y oscuras costumbres, había logrado su tan ansiado propósito,  despojar de su tierra a quienes habían nacido en ella.  Andaluces de profunda raigambre, tan españoles como sus oponentes, a quienes lo único que les separaba de sus conquistadores, no era otra cosa que la religión y la lengua, o acaso no eran ellos,   los ahora despojados y ya expatriados,   los verdaderos granadinos, quienes con su amor por su tierra la habían modelado en su arquitectura, poesía y trazado con el amor de quien se siente poseído por el fervor y la pasión de su tierra. Acaso esos reyes católicos, Isabel y Fernando, junto a su enorme séquito de cortesanos, capitanes, letrados y jerarcas de la iglesia católica, apostólica y romana, que se extasiaban pasando entre los arcos de herradura, el bordado en las tacas, o mirando con arrobamiento la majestad de los capiteles, los infinitos lazos de los autariques, las innumerables celdillas que conforman mocárabes con sus arabescos y el colorido de los azulejos, los ajimeces y celosías detrás de las cuáles ya ninguna odalisca más suspiraría, mientras el arrayán entre la pausa del agua seguía devolviendo al cielo etéreo su eterna mirada.

 

“Aquel funesto día en que me obligaron a alejarme de ti,

       acosado por la adversidad,

no hacía sino mirar hacia atrás en el viaje de la separación.

Hasta que me preguntó mi compañero: ¿Qué es lo que te has dejado?

Mi corazón”,

Que diría Ibn al Jatib



Estos granadinos, así como otros muchos millares siglos más tarde, volverían a realizar otro viaje de despedida de su amada Granada, los expulsaba el hambre y la necesidad de hallar lejos lo que los gobernantes de entonces no les permitían, alimentar dignamente a su prole.



En esta hermosa novela, premiada en 1990 con el premio Planeta, Antonio Gala, nos muestra una parte de la historia de Granada a través de los “manuscritos carmesí”, cuyos legajos emparedados en los muros de la mezquita de los Andaluces en Fez, donde el último rey granadino descendiente de los Nasr, o nazaríes, encontró su última morada.





 Con la narración que Boadil el chico, o Abû ‘ Abd Allãh, el Zogoibi o Desdichado, nos hace iremos conociendo las intrigas palaciegas azuzadas por la sultana y madre de Boabdil, la intrigante Aixa la Horra, los sentimientos más íntimos del hombre que lo mismo era atraído en una zambra por la belleza y el halago de un mozo de aquella corte o accedía a que su madre le buscara esposa lejos de las familias circundantes, con la fortuna de dar con la hija de un renombrado capitán de Loja, Aliatar, cuyo cuerpo desaparecería en aquella aciaga refriega en Lucena con los cristianos,  en la que sería apresado Boadil por las huestes del  alcaide de los Donceles.



Pero antes de llegar al apresamiento y su estancia en el castillo de Porcuna, su perro Din, su hermano Yusuf, con su mano derecha lisiada, su tío el Zagal, hermano de su padre el sultán Muley Hacén, serán quienes conciten su estima y admiración, ya que con el sultán, su padre, después de que éste hiciera su esposa a una cristiana llamada Isabel de Solís, y convertida al Islam bajo el nombre de Soraya, dándole dos hijos, que también podrían aspirar a la herencia del reino de Granada, incitando a las banderías tan frecuentes durante siglos en este reino.

 

Que no estaba hecho para la guerra, los teje manejes de los trujamanes, los secretarios y los conciertos o las añagazas de la diplomacia de sus Maleh, Aben Comisa o de sus alcaides, o las florituras con los futuros pobladores de su reino y negociadores de su capitulación, los Zafra o la más amable con el amigo Gonzalo de Córdoba, es notorio, sin embargo su voluntad de preservar la ciudad y sus pobladores, por aquellos entonces unas doscientas mil almas en la ciudad, muy poblado el Albayzín, hogar siempre de los levantiscos, los menestrales y los artesanos, y también las numerosas tahas que poblaban la Alpujarra, la Abu Xara de una lejana estirpe yemení fundadora.



Enfrente, Boabdil se encuentra con una pertinaz decisión de unos monarcas que antes han unido las coronas de Castilla y Aragón, han sometido la aristocracia de sus reinos y cuentan expeditivos y nuevos  medios guerreros, como la artillería y una infantería comandada por decididos capitanes; reciben el aliento del Papa en Roma, con sus bulas como el dinero de los feudos católicos y la apuesta de una cruzada contra todo aquello que no sea la razón de la Iglesia y la expulsión de los muslimes de suelo europeo, para lo que vendrán también a combatir al reino de Granada, ingleses, flamencos, borgoñones, germanos, irlandeses, francos, toda la cristiandad se ha puesto en armas contra un pequeño reino que ya desde 1483 iría perdiendo gradualmente parte de su territorio, después de las talas, la sal y la creación de la ciudad de Santa Fe, lugar de grandes hechos en la historia de la moderna España y de la humanidad.



Ya en Laujar de Andarax, aún con sus dos hijos Ahmed y Yusuf en poder de los reyes, como valedores y rehenes de una paz, en la que muy pronto, para desgracia de estos granadinos, los nuevos soberanos católicos no cumplirían cuanto habían firmado en pro de los mudéjares, forzándolos al bautismo y el abandono de sus ancestrales creencias, como también se vieron obligados a renegar de su religión, los judíos, que en el edicto del 31 de julio de 1492 eran expulsados, a pesar de ser quienes más habían apoyado a esos reyes y de tener ellos también profundos lazos de sangre con la grey mosaica, Boadil y Morayma disfrutarán de la quietud de su permanente amor, con el dolor de la ausencia de los hijos, aunque nuevas nubes negras estaban al acecho, como eran los espías que los rodeaban, pagados por el rey Fernando, las sutiles amenazas, los intentos de envenenamiento o de asesinato.



De cuantos le habían acompañado en su salida de la Alhambra o en su marcha a la Alpujarra, según lo firmado en las Capitulaciones, un 25 de enero, cada vez quedaban menos, pues las deserciones, bien por su paso a Africa o su regreso a Granada, restaban fuerza, pero el amor, la cercanía a su añorado solar, lo retenían aún, sobre todo cuando la preñez de Moraima se hacía más notoria.



Sin embargo, Moraima y la niña que quiso alumbrar no verían más la luz de aquel mes de julio de 1492, su debilidad y una incipiente enfermedad, pondrían fin a sus vidas. Serían enterradas en Mondújar, en la rauda que ya albergaba los restos de los reyes que un día descansaron en la Alhambra y que hoy, para desgracia y sonrojo de los granadinos del siglo XXI, quizás una masa de asfalto esté sobre lo que quede de sus huesos, antes de partir desde el puerto de Adra hacia la ciudad de Fez, junto a unos 6.000 granadinos. Cumplía entonces treinta y un años.



El 8 de julio de 1492, descubiertas ya las Indias por Cristóbal Colón, y cuando el interés del nuevo reino hispano ahora se orientaría hacia el Atlántico, un granadino vendía sus bienes a los reyes de Castilla con la esperanza de una nueva vida allá en el reino de sus parientes los Mariníes, venidos a menos y, como siempre en los reinos de taifas, con las disputas y las guerras entre sus reinos.



En esta trágica novela, aderezada con los datos históricos y la belleza de la pluma del escritor, poeta y autor teatral, como también de su ingenio,  además de pasearse uno por una de los momentos más relevantes de la historia de formación del reino de España, en su unidad, como en la destrucción de otro cuyo legado sigue presente a orillas del  Dauro, con la majestuosidad de sus adarves, de sus palacios y de su obra de ocho siglos en la Alhambra y en la misma ciudad de Granada, el granadino de hoy se pregunta qué hubiera sido de aquel reino si hubiera podido subsistir, y si su sueño se hubiera hecho realidad, por qué los dioses no hubieran otorgado a esa España emergente su unidad con Portugal, que juntos mejor que nadie hubieran seguido mirando al Atlántico, mientras en este modesto y sencillo reino de Granada, la vida, el comercio, el devenir sólo hubiera seguido de puente entre Africa y Europa, con la mirada puesta en Oriente y en el Mar Mediterráneo.



Los vencedores, siempre se ha dicho, escriben la historia, aunque no sean los mejores, siempre son los más fuertes, esta vez, la novela de Antonio Gala, nos muestra a los perdedores, o más concretamente a su epítome, en la persona de Boabdil el chico, o el Zogoibi, que tanto da, que tuvo el infortunio de perder un paraíso y poner fin a una dinastía, triste relato el del manuscrito carmesí , que sin embargo nos condena a cuantos somos sus conterráneos por no guardar  en su ciudad natal, la de sus desvelos y amor, escaso recuerdo que honre a uno de sus últimos monarcas, al último sultán del grandioso reino de Granada, donde sólo Dios es el vencedor.

                                         -¿ Qué castillos son aquellos?
                                         Altos son y relucían
                                         - El Alhambra era, señor,
                                          y la otra la mezquita....              del Romance de Abenamar.

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