domingo, 7 de agosto de 2022

HORA DE ACABAR CON LOS DESTIERROS Y LOS EXILIOS DE ESPAÑOLES.

 

HORA DE ACABAR CON LOS DESTIERROS Y LOS EXILIADOS ESPAÑOLES

Cuando uno se pone a leer alguno de los libros de la magna obra de Galdós, particularmente el relativo a Juan Martín, el Empecinado, o el siguiente volumen dedicado a la batalla de Arapiles,  que puso la primera piedra para el abandono del ejército imperial de Napoléon en España, se sorprende ver cómo aquellos guerrilleros que desde cualquier rincón de la península, fueran pastores, médicos o sacerdotes, que a partir de un Dos de Mayo se levantaron contra la invasión francesa, después de ser condecorados, tanto por generales como Castaños o el mismo Welllesley, más conocido como Duque de Wellington, y derrotar en forma de guerrillas, y a veces en línea en batallas como las de Talavera o la misma de Arapiles, de héroes, muchos de ellos, terminaran como villanos por no comulgar con el despotismo y el abandono de la Constitución de Cádiz, la Pepa, o ver cómo, ahora llamados por el mismo rey Fernando VII, los Cien Mil Hijos de San Luis, volvían a hollar España.



Qué decir de los intelectuales de aquella época que abrazaron las ideas de la Revolución y que entendieron que el rey impuesto por Napoleón, traería a España las nuevas ideas de la Revolución, las nuevas enseñanzas de Rousseau, Diderot y la separación de la Iglesia y el Estado, un verdadero ataque a la línea de flotación de las ideas más rancias que sostenía la curia española y la de Roma. Con el ejército francés que sembraba nuestros monumentos con la pólvora y robaba todo cuando podía en su huida, también se tuvieron que marchar muchos de esos “afrancesados” que querían para sus compatriotas españoles unos ideales más liberales y menos conservadores, muy arraigados en el campesinado, mayoritario, y algo menos en las ciudades.


Ayer, esos héroes que con su valentía, su arrojo y sus nuevas tácticas de guerra, en forma de guerrillas, derrotaron a todo un Imperio, nefasto, cruel, oligarca y con un nepotismo sin parangón, pues familiares y afectos a Bonaparte, conseguían los mejores puestos o alcanzaban las más elevadas magistraturas: Pepote, en Madrid, en los países Nórdicos, en Italia, nacía una nueva dinastía al amparo de Napoleón y sus edecanes. Si el éxito les sonreía, ascendían rápidamente, no así los derrotados como Marmont o Villeneuve.


Famosos guerrilleros fueron Juan Martín, el Empecinado. El Cura Merino. Luis Lacy y Gautier, Francisco Espoz y Mina. Juan Palarea Blanes, el Médico. Pablo Morillo, que con 13 años ya batalló en Trafalgar. Juan Díaz Porlier, el Marquesito. Francisco Rovira, guerrillero en el Ampurdán. Francisco Abad Moreno, Chaleco, que después de todos los triunfos, todos los ascensos, por sus ideas liberales, terminó siendo apresado, ahorcado y decapitado en El Triunfo en Granada. Julián Sánchez, el Charro. Antonio García, mesonero en una taberna de Madrid. Y tantos otros menos conocidos.


Muchos de los citados antes, se opusieron a las leyes de Fernando VII, a la pérdida de libertad, de reunión y de prensa, por lo que  se tuvieron que exiliar, en Francia y Portugal, o terminar ajusticiados, como lo fueron el Empecinado y el mismo Francisco Abad. Triste manera de premiar su Patria su lucha contra el invasor francés.

Quizás con la abolición de esa Constitución de 1812, tras la grandiosidad del hecho histórico de vencer el pueblo español a todo un ejército imperial, nacieron las dos Españas, de un lado la del conservadurismo, del otro, los liberales. Eso sí, sin respeto entre ellos y con la clara necesidad de suprimir al contrario, de hacerlo desaparecer si sus ideas eran las opuestas.

De ahí pasamos por las guerras carlistas: destrucción y permanente empobrecimiento. Que parecían haber concluido con el abrazo de Vergara, superando así las diferencias entre liberales o cristinos frente a los carlistas.

Después de la pérdida de nuestras colonias, allá por 1898, y la desaparición de nuestra Armada, aparecerán las voces de insolidaridad catalanas y vascas que alcanzarán su cenit en 1936, a pesar de la República de las Autonomías, con la feroz guerra civil.

Más de quinientos mil muertos en combate y un millón de exiliados, que serán maltratados por los nazis y el régimen de Vichy en las playas del sureste francés.


El principal icono de esa enorme tragedia es Azaña, enterrado en Montauban, sin que la sociedad española reclame sonoramente la repatriación de los restos de este malogrado dirigente republicano español.

¿Pero acaso habremos aprendido algo de este largo tránsito de las ideas distintas, de la diversidad de maneras para encarar la política?

Me temo que no, y Juan Carlos I es el mayor ejemplo de que seguimos exiliando a grandes personajes de nuestra historia.

Juan Carlos I, que respaldó mejor que nadie el avance democrático de la sociedad española, además de hacerle frente a un golpe de Estado, hoy vive en Abu-Dhabi, lejos de su patria, exiliado, porque los dirigentes políticos nada han aprendido del exilio de tantos compatriotas a lo largo de nuestra historia.

Confiemos que nunca tengamos que maldecir al gobernante que sigue teniendo al rey emérito expatriado, a los 84 años de edad, y que nunca tenga que acompañar su féretro desde el exilio para darle sepultura en España. La mancha para él y toda la sociedad sería irreparable.

Azaña nos contaba que en su retiro del Eden, allá por la costa Atlántica, una noche apareció su enemigo Negrín y le pidió que le acompañara para salvarse de la persecución nazi y de los cuervos de falange. También supimos que este mismo Negrín, a pesar de ser contrario a Franco, peleó para que el plan Marshall también sirviera a España, además de para la reconstrucción de la extinta Alemania nazi.


Si estos españoles que tanta inquina se tuvieron, lograron reconciliarse por ese simple gesto, cuándo el gobierno español lo tendrá con el Rey Emérito, don Juan Carlos I, para que resida en España dónde y cuándo le plazca, poniendo fin a esos destierros y a esos exilios que tanto nos han separado entre los españoles.

 

 

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