QUÉ QUEDA EN ESPAÑA DE LOS CUATRO
BRAZOS DEL CUERPO SOCIAL: EL CLERO, LA ARISTOCRACIA, EL EJÉRCITO Y EL PUEBLO
Si nos remontamos al primer momento de la historia de España que se hacen patentes las dos Españas, que data de la guerra de la Independencia, cuando la sociedad se divide entre los afrancesados, las élites intelectuales liberales, por un lado, y la gran mayoría del clero, la aristocracia y el pueblo, del otro, cuando inician, unos el exilio y otros su emancipación por medio de la Constitución de 1812 y su ingreso en el ejército y en la guerrilla, descubrimos que, mientras la aristocracia es superada por el auge de la burguesía, a la vez que ellos se hacen más populares y se avienen a mezclarse con el populacho, vistiendo como los majos, participando en sus fiestas y en una vida de derroche, el ejército ve el ingreso en sus filas de todos aquellos que combatieron en América, los ayacuchos, del mismo modo que los Espoz y Mina, Parea y el ingente número de guerrilleros que se enfrentaron al ejército francés, engrosaban las filas reales y combatían a los Carlistas o formaban parte del ejército de los facciosos, como fueron llamados por Galdós los seguidores de Zumalacárregui y del aspirante a la corona española, el infante Carlos María Isidro, hermano del más siniestro de los monarcas, Fernando VII.
Mientras tanto, el pueblo del
siglo XIX, seguía siendo en un alto porcentaje analfabeto, las universidades
contaban con escaso número de alumnos, cuando no eran forzadas a cerrar sus
puertas por orden del Monarca o del gobierno absolutista. Qué decir del escaso
número de libros en las bibliotecas públicas, por lo que era fácilmente
manipulado por el clero o bien por las élites políticas del momento, según
fuera la capacidad de seducción del orador.
A pesar de todo ello, la Iglesia católica y apostólica romana, en el medio rural y en regiones como las Provincias Vascongadas, Cataluña y algunas zonas de Valencia y Castilla la Vieja, contaba con un clero que había sabido impregnar su apostolado y catecismo en los más desfavorecidos y manipulables, como en las altas esferas de la aristocracia, de ahí los casi cincuenta años de guerra civil entre liberales y absolutistas, o cristinos y facciosos, o lo que es lo mismo entre el Gobierno de María Cristina e Isabel II frente a las banderías de los Carlistas. Los unos con un espíritu de apertura, los otros con un rancio apego a las tradiciones, a la Iglesia y a los fueros.
El ejército fue suplantando a los
políticos, con las innumerables asonadas, incluso de sargentos en La Granja,
Fernando VII se balanceó entre las excepciones de la Constitución la Pepa y el
permanente asesinato de aquellos liberales que se prestaron a aceptar el paso
de los Cien Miel Hijos de San Luis, el absolutismo o la libertad de prensa y
reunión, cuando la democracia era censitaria.
Quedó pues la Iglesia, es decir el Clero, quien además de mover numerosas partidas para derrotar al francés que hollaba España, quiso seguir moviendo los hilos de la política, por medio de la enseñanza, el proselitismo y los jesuitas, lo que dio lugar a numerosos enfrentamientos, quema de conventos y asesinatos, que no solo tuvieron lugar tras la Guerra de Independencia, si no que lo pudimos ver con la Guerra Civil en 1936.
Y de esas disputas, de ese brazo
social que queda aún con fuerza. La aristocracia ha sido superada por sus
propios errores, camarillas y desinterés en progresar y prosperar, salvo
menguadas excepciones. El ejército, es hoy una herramienta de socorro social,
en incendios y calamidades, antes que en la preparación para un conflicto, amén
de que las nuevas tecnologías quizás, con las enseñanzas de la guerra de Rusia
y Ucrania, nos estén enseñando que sólo bajo el paraguas de la OTAN, y una
contundente inversión en medios electrónicos e ITT, se podrá hacer frente a
posibles amenazas que vengan del extremismo musulmán y de nuestros vecinos del
Magreb, además de líderes políticos carismáticos, de lo que hoy España no
posee, por desgracia.
El clero ha perdido el poder que
tenía, aunque económicamente aún esté detrás de medios de prensa, bancos e
instituciones académicas y grandes corporaciones financieras, sin que se den a
conocer francamente. El creyente, en su gran mayoría, conserva la fe, pero ha
dejado de observar el catecismo de sus mayores y las iglesias cada vez se ven
más vacías. La Iglesia, en este terreno, tendrá que replantearse, desde Roma y
sus distintos obispados, el camino a seguir en la doctrina de Cristo, con menos
ropajes y más proximidad con los ancianos, los más desfavorecidos y frente a
las élites.
El pueblo, con un alto nivel de formación, sin embargo, ha dejado en manos de una camarilla, hubo quien la llamó casta, para ingresar en ella, sus intereses e inquietudes. La insolidaridad regional y local es manifiesta, pues la Nación se ha convertido en taifas, ya que no existe una política solidaria y de país a largo plazo, se depende en Las Cortes para gobernar del voto de quienes quieren destruir esa misma convivencia y ese proyecto de progreso en común y los líderes políticos, salvo excepciones, están más por conservar el poder, que en liderar proyectos que hagan frente a los problemas que sacuden a la sociedad española.
Ayer, el pueblo, era manipulado
por su ignorancia y analfabeto; ogaño, desgraciadamente, lo sigue siendo por
una clase política que ha hecho de esta función su negocio y no quieren
abandonarlo, pues tienen grandes emolumentos, amén del poder y la protección de
la Justicia y de las fuerzas del orden. La Iglesia, apenas alza la voz, pues
depende de que la clase política les siga pagando. El ejército, bien que ha entendido
cuál es su función, sin embargo ya no tiene relevancia para descabezar un
gobierno y la aristocracia, ya no existe.




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