BELGAS Y ESPAÑOLES, TAN LEJOS
Y TAN CERCA
Es bien sabido que ir a Bruselas desde Madrid pueden suponer unas catorce horas de coche, sin parar; dos horas y media, aproximadamente, en avión “low-cost”, que sin embargo, desde la Edad Media Castilla, con su embajada burgalesa, la venta de la lana y la importación de los delicados acabados de las telas de Brujas, como los grandes pintores, se solventaron fácilmente, bien saliendo desde los puertos del Cantábrico y arribando a Amberes, después de arriesgada travesía del canal de la Mancha o, desde tierras italianas, entonces en posesión de los españoles, al igual que en Inglaterrala Borgoña, desde el momento que Carlos I y V de Alemania, tuviera en herencia lo que él mismo pasó a llamar Países Bajos, un conglomerado de ciudades, donde la riqueza de la burguesía y la pobreza de los mendigos, se hacía patente sobre los adoquines de ciudades como Gante, Bruselas, Namur, Brujas, Malinas, Breda, Nimega, Utrecht, entre otras.
Bien notorio es también que Carlos V, como mejor le conocemos en España, quiso dar leyes y estructura política a todo ese conglomerado de pujantes ciudades, envueltas a menudo en luchas por el poder local, sentando las bases de una unidad europea que se asentaba sobre la religión católica y el papado. En Roma, coloca a su mismo preceptor, Adriano VI, todo lo que se frustra por la aparición de Lutero, la inestabilidad en Inglaterra, como las frecuentes guerras con Francia para hacerse con el poder en Italia.
En el mismo Bruselas, donde Carlos V entrega el poder a Felipe II y se deshace de su cesárea áurea, pues las guerras civiles entre protestantes y católicos eran continuas, se hace más grande la Leyenda Negra de España, motivada por la enorme publicidad de los Orange, el respaldo de la dinastía de los Tudor y los franceses, todos ellos dispuestos a debilitar el Imperio español.
Aún hoy día, tanto en Holanda, como en Bélgica, es fácil encontrar denuestos contra los españoles, en el mismo himno holandés o en la severa crítica al Duque de Alba, cuando en una somera investigación uno se puede percatar que junto a esa dirección española, estaban numerosos belgas, alemanes, italianos, holandeses, incluso ingleses, defendiendo la razón católica frente al Luteranismo y al mismo Calvinismo o cuáqueros, disputaban también el poder.
Bien es verdad que los Orange lograron separar una parte de esos Países Bajos, fruto de las guerras de religión y que los católicos del sur, es decir los belgas, siguieron algunos años más gobernados por la estirpe española y los Tercios de Flandes.
Esa corriente humana, comercial,
gracias a los españoles y el descubrimiento de América, como a las ingentes
sumas que España invirtió en Bélgica para sostener su poder en esas latitudes,
también sirvió para que los belgas encontraran nuevas oportunidades, con el
cacao, con la plata o con la misma patata, aunque mayor beneficio recibieron
los irlandeses, que llegaron a perecer un millón de seres por las hambrunas y el
aprovechamiento inglés.
España, desde antiguo, tuvo una fuerza armada valona y, aún en el siglo XIX, poco después de la fundación de la nación belga, allá por 1830, mercenarios belgas que se alistaron junto a lis liberales para combatir el absolutismo de los carlistas.

El arte, la diplomacia, contaron con un elenco de belgas y españoles que fortalecieron esos lazos, como Rubens, Brughel, o ya más cerca de nosotros el más excelso de los poetas del romanticismo, Adolfo Becquer, nacido en Sevilla de padres belgas; Luis Siret, arqueólogo, impulsor de buen número de hallazgos prehistóricos en Almería y del mismo museo arqueológico de la ciudad del Indalo. En Granada, aún es recordado Hubert Meersmans, que fuera propietario del Carmen de los Mártires y que realizó numerosas obras sociales en el mismo barranco del Abogado.
Dentro de esa solidaridad belga,
de ese hermanamiento hispano, quedan los resabios de la leyenda que, aún en el
siglo XX y XXI, han hecho posible que Bélgica se convirtiera en el santuario de
ETA por los años 80, como también lo era en Francia gracias a Giscard d’Estaing
y, tras el golpe de Estado del independentismo catalán, un prófugo de la ley,
en Waterloo tiene su residencia bajo el amparo y la protección de la justicia
belga, probablemente con los resabios de errores de un ayer, de una publicidad
enconada contra el Imperio español, una hispanofobia de algunas élites que, en
cuestión de cultura, sólo tienen un ligero barniz histórico, no se han
procurado profundizar en esa historia
común y se limitan a seguir los dicterios de los primeros libros de enseñanza,
proclives a encontrar siempre un enemigo para defender ese nacionalismo que aún
no ha sido capaz de superar las barreras que Carlos V quiso derribar, en orden
a una Unión Europea más fuerte, pero que aún lastran los pequeños burgos de
ayer, los pequeños países de hoy, los nacionalismos, siempre culpables de las
guerras que asolaron a Europa, ayer, y recientemente.












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