FIGURAS EN LA GRANADA DE LORCA,
DE MANUEL OROZCO DÍAZ. EDICIONES DAURO.
Un psicólogo, nacido en el año 1914, Manuel Orozco Díaz, que contaba con unos 22 años cuando el golpe de Estado del Generalísimo Franco, en Granada, nunca adscrito a ninguno de los dos bandos, según se desprende de su propio libro y los apuntes para la historia que escribe, a pesar de los elogios que hace de un consumado falangista como fuera el alcalde Sola Bolívar y el desprecio de la figura de Gallego Burín, elabora en esta obra un magnífico cuadro de aquellos personajes que estuvieron cerca de Federico García Lorca, de manera estimulante, pues bien sabido que los asesinos y cooperantes como Nestares, los hermanos Jiménez de Parga, Valdés, Trescastro, el Chato de plaza Nueva, los Roldán y las disputas por la tierra de los otros enemigos de la familia en Asquerosa y otros desalmados, no podrían aparecer en este libro.
De modo brillante, su autor nos
irá presentado, a su manera y según la relación que el tuvo con ellos, sobre
todo en los años sesenta, quienes eran los personajes que tan cerca estuvieron
de Federico. Son el malogrado Joaquín Amigo, arrojado éste por los rojos a un
precipicio en la ciudad de Ronda, Enrique Gómez Arboleya, que terminará
suicidándose; el profesor de dibujo y de los decorados de Federico, el
sevillano Hermenegildo Lanz, que murió en mitad de la calle, como si fuera un
perro y habiéndosele desposeído de todos sus bienes, simplemente por sus ideas
liberales y su amistad con Lorca y el compositor Manuel de Falla.
La lista es bien amplia, pues
Federico gustaba de hacer amigos, de verse rodeado, pues necesitaba ser amado,
ya que su efervescente sensibilidad y su talento natural así lo conducían.
Si siempre es grato, como paisano
de ellos, saber qué grandes e ilustres personajes perdió la ciudad de la
Alhambra, es horrible descubrir de qué manera tan abominable se perdieron.
En todo este libro, donde también
el paisaje se va empobreciendo a medida que transcurren los años y que se
desvanecieron aquellos talentos, bien por ser asesinados o perseguidos, o
exiliarse, uno no logra entender cómo es posible que una generación con tan
elevado nivel cultural, con tantas ansias de libertad, no supieran llevar las
riendas del país de manera más templada, evitando el choque de trenes que fue
la guerra civil, entre unas teorías más pro revolucionarias y otras más
conservadoras y religiosas. Cómo nadie fue capaz de encontrar un punto medio,
que permitiera ese avance social, político y económico que España demandaba.
Esa sociedad de camisas azules y
porte militar, bajo palio, dio muerte a Federico García Lorca, mientras otra,
con dirigentes como Indalecio Prieto, Largo Caballeros, llevaban a cabo una
revolución en octubre del 34 y, con Azaña y Negrín a la cabeza, no fueron capaces
con la CEDA enfrente, de encontrar un acuerdo que evitara la gran deflagración
que levantó la caja de pandora para un estallido fratricida y una dictadura
posterior de 40 años. La izquierda gubernamental asesinó a Calvo Sotelo y en
las checas, como bajo la firma de Carrillo, asesinaban a escritores, curas y
sencillos emprendedores en Paracuellos.
Quien esto firma, granaíno de la
calle de Niños Luchando, quisiera haber podido conocer al autor de esta obra,
como a los numerosos personajes que aprecen en la misma, o sencillamente, que
sus antepasados le hubieran hablado de buen número de estas personas que con
ellos convivieron, sin embargo, quizás el miedo, los malos recuerdos, a esos
abuelos y familiares cercanos, el fin de la guerra civil, selló sus labios y su
mente para no contar a sus descendientes el horror que ellos tuvieron tan
cercano.
Por todo ello, este libro es una buena oportunidad de tener presente lo que ocurrió y lo que, todavía puede ocurrir, si no somos capaces de encerrar los demonios y buscar en la concordia, la libertad y el respeto, en aquellos que piensan contrariamente a nosotros, pues no sólo perdieron quienes fueron asesinados, también todos nosotros perdimos el saber y la herencia que nos hubieran dejado cuantos hombres y mujeres perdieron la vida, o silenciaron sus mentes, en una Granada vergonzante y que retrocedió por la mediocridad de los que impusieron su credo y sus a

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