jueves, 18 de julio de 2024

COLLONGES-SOUS-SALÈVE, 1939. Un retiro para escribir de España.

 


COLLONGES-SOUS-SALÈVE, 1939

 

Pocos quizás sean los que hayan oído hablar de este pueblecito saboyano francés, en los Alpes y a escasos metros de la frontera con Suiza y a pocos kilómetros de Ginebra, donde por el año1937, Cipriano de Rivas Chérif, cuñado de Manuel Azaña, buscó este retirado lugar como refugio para el descanso futuro de su familia, particularmente del esposo de su hermana Dolores de Rivas Chérif,  casada en 1929 con el que luego sería el segundo Presidente de la IIª República española, que en esos momentos trataba de defenderse de la insubordinación militar ocurrida un 18 de julio de 1936 y la invasión llevada a cabo por fuerzas italianas y el enorme auxilio armamentístico  de la Alemania nazi.

 

Derrotada la República y a pesar de las presiones ejercidas por Negrín para que regrese a Madrid, aún sin haber capitulado y defendiéndose del asedio de Franco desde los primeros días de guerra, con su salida de España, un domingo 5 de febrero, a las 6 de la mañana,  del año 1939 y desde la villa pirenaica de la Bajol, Azaña fija su residencia en Collonges-sous-Salève, de la Alta Saboya francesa, e inicia el relato de lo que pretendía fuera un libro y su explicación sobre los motivos de la guerra de España, en orden a poner en claro sus ideas y dejar para la posteridad lo que él había vivido de primera mano, en la tragedia de española.

 

Antes de seguir escribiendo sobre lo que Azaña quiso mostrarnos y enseñarnos para que no volviéramos nunca a vernos inmersos en una nueva guerra civil, quien esto firma no pretende hacer proselitismo de la República, que palmariamente se ha demostrado nunca podrá ser un régimen conveniente para España, mientras la monarquía respete la Constitución y la unidad, y además tengamos la fortuna de contar con un rey de la talla humana y formación de Felipe VI, como por su enfrentamiento con golpistas catalanes y antes, su padre el rey Juan Carlos I, por derrotar el golpe de Estado del Teniente Coronel Tejero y traernos la democracia. Si a esto le añadimos que esa presidencia podía recaer en imbéciles del corte de Echenique, Iglesias, Irene Montero, Pachi López o desaprensivos y oportunistas de la talla de Rodríguez Zapatero, o de la torpeza de Aznar, que entronizó al filibustero Jordi Pujol en la Generalidad de Cataluña, queda bien claro que pésima representación tendríamos. Si además traemos a primer plano las disputas con Niceto Alcalá Zamora y qué decir la misma opinión de socialistas como Fernando de los Ríos, que ya en un meeting en Granada dijo que renegaba de la República, o el mismo Azaña en conversación con Negrín:  “La guerra está perdida; pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban”, queda bien a las claras que no puedo ser partidario de una república para mi patria.

 

Hecho este exordio y siendo consciente que son los políticos y clases dirigentes las que, en su interés personal, a menudo mueven las masas, como la historia nos enseña en el caso de Hitler, capaz de arrastrar tras él a toda una nación, o Mussolini a los italianos en su marcha sobre Roma, los mismos asistentes en la plaza de Oriente a vitorear a Franco o los catalanes y bilbaínos que bendecían la llegada de las tropas de Franco cuando eran conquistadas estas ciudades; y qué decir del árbol que Arzallus del PNV declaraba mover para recoger los frutos mientras ETA asesinaba y él chantajeaba al Gobierno de España, es bien claro que tenemos que seguir siendo críticos con el Poder y conocer bien nuestra historia para evitar cometer los mismos errores que tanta ruina, atraso, sangre y desesperación causaron.

 

Quién mejor que Azaña, fino literato, sabio españolista y demócrata hasta sus últimas consecuencias, a quien España le rompiera el corazón, para repasar lo que fue una maldición para los españoles de esa época y un lastre en el resurgir español posterior, que al menos en estos cuarenta años, afortunadamente bajo la tutela monárquica y constitucional, nos ha dado la paz por la que tanto se desesperó don Manuel Azaña Díaz y la prosperidad que tanto desearon aquellos políticos del 23.

 

1º.- Causas de la guerra de España.

 

Para Azaña las causas son diversas, aunque como su esfuerzo de escritor es darlas a conocer en el exterior, ya que cuando se desata el alzamiento, la propaganda logró mostrar dos bandos contendientes, el uno defendiendo a ultranza la unidad de España, la iglesia católica y luchando contra el creciente comunismo, el otro que ostenta el poder,  mostrado como el enemigo de todo ello, cuando en verdad estaba inmerso en la herencia de una crisis económica en 1931, el mismo año de la llegada pacífica de la República, un 14 de abril, por los yerros de Alfonso XIII en conceder el poder durante siete años al dictador Primo de Rivera, cerrar el Parlamento y alentar a los progresistas en su inmersión republicana por la ausencia de libertades, la censura, la dictadura y la posterior dictablanda del general Dámaso Berenguer; el partido comunista tenía escasa presencia y el propósito republicano era que mediante el sufragio universal, todos los españoles pudieran otorgar su voto para la transformación del Estado.

 

Cierto es que la República advino en plena crisis económica mundial, cuando además en España la clase media española se dividía en dos bandos, mientras el proletariado progresivamente iba siendo encuadrado en los organismos socialistas o formando parte de la anarquista CNT y la FAI, además del problema de las autonomías regionales, particularmente la catalana, una perturbación constante en la vida política española desde hacía treinta años antes.

 

Si a ese esfuerzo de resolver los conflictos y transformar la sociedad española: reforma agraria, separación de la Iglesia y el Estado, ley de Divorcio, autonomía de Cataluña, disminución de la oficialidad en el Ejército, enorme esfuerzo en la enseñanza, etcétera, una parte de esa burguesía, encuadrada en su mayoría en el partido radical de Lerroux y en la CEDA de Gil Robles, se oponen, pues no alcanzan el consenso y desde 1934 inician los enfrentamientos y la guerra soterrada, como el principio de auxilio a un bando orquestado por las potencias totalitarias, que vieron en este alzamiento militarista una oportunidad para sus proyectos de conquista en Europa y la puesta a punto de su armamento y sus ejércitos, tenemos servida una de las principales causas de la guerra: 1º la discordia de la clase media española; 2º la intervención en suelo español del ejército italiano y la enorme inversión alemana en armamento y bloqueo diplomático de los republicanos.

 

2º.- El eje Roma-Berlín y la política de No Intervención.

 

La política de No Intervención, impulsada por Francia, a pesar de que Alemania e Italia, se demostraba fehacientemente que estaban apoyando al bando rebelde, a la que se sumó gustosa Gran Bretaña, impidiendo así que la República pudiera proveerse de armamento a través de la frontera con Francia y según los acuerdos firmados antes con Edouard Hérriot en 1932, es para Azaña una de las principales razones de la derrota de las fuerzas republicanas, ya que con esta norma que se fijó en agosto del 36, el eje Roma-Berlín, podían seguir alimentando en hombres y armamento a las fuerzas rebeldes, mientras que el Estado republicano estaba inerme, no sólo por la desafección de un buen número de los más destacados militares del ejército español.

El eje Roma-Berlín, también fue un elemento de propaganda a favor de los rebeldes, como de policía en el tráfico marítimo que aislaba aún más a la República en su afán de proveerse de armas y petróleo, que sin embargo a los levantiscos le era fácil conseguir y suministraban profusamente ese mismo eje gubernamental de Roma y Berlín.

 

3º.- La URSS y la guerra de España.

 

Aún cuando se han escrito ríos de tinta sobre la URSS en la guerra de España, lo cierto es que fue la única nación que deliberada y públicamente se inclinó en apoyar a la República , a pesar de que el partido comunista español era escasamente respaldado en las urnas y que para el mismo Stalin la guerra española fue siempre una baza menor, además de estar convencidos inicialmente, pero erróneamente, que los republicanos la ganarían, y que España ya fijara relaciones diplomáticas de jure en 1933.

 

La afluencia de armamento comprado a la URSS ha sido siempre lenta, por la gran distancia, los riesgos de la navegación por el Mediterráneo, las barreras levantadas por la no intervención y que incluso en 1938 hubo un lapso de  seis u ocho meses en que ni un kilo de material ruso arribó a las costas españolas, además de no ser atendidos en su totalidad los pedidos del Gobierno español.

 

En 1937 el número de rusos presentes en España con diversas misiones ascendía a 781.

 

Ni siquiera el proselitismo soviético tenía razón de ser desde Moscú, ya que los dirigentes soviéticos sabían perfectamente de la imposibilidad de implantar el bolchevismo en una sociedad burguesa como la española y para los Gobiernos españoles la carencia de otros mercados en Europa y América para aprovisionarse de material bélico, las únicas razones por las de ese estrechamiento de lazos.

 

4º.- La República española y la Sociedad de Naciones

 

La Sociedad de Naciones, con sede en Ginebra, y precursora de las Naciones Unidas en Nueva York, fue el primer intento, fallido, donde se pudieran dirimir los conflictos entre naciones sin necesidad de acudir a las armas. Allí España era un miembro semipermanente y creían que estaba el amparo de los débiles.

 

Sin embargo, Japón invadiendo Manchuria e Italia haciendo lo mismo en Abisinia, o imperio etíope, sin que las sanciones que allí se adoptaban sirvieran para frenar a estas dos naciones beligerantes, fue la muestra perfecta de que, también aquí en Ginebra, las quejas de España por la invasión de su territorio por parte de italianos y el auxilio dado a los rebeldes por Portugal y Alemania militarmente o impidiendo el avituallamiento por parte de los republicanos, mostró la inoperancia de la Sociedad de Naciones, donde acudió frecuentemente la España gobernante para defender su causa, sin que Gran Bretaña y Francia, cambiaran sus disposiciones, seguidas por la mayoría de los Estados presentes en este foro de paz.

 

El esfuerzo de sus diplomáticos fue siempre que saliera de territorio español cualquier combatiente extranjero y que se considerara un conflicto interno, lo que Ginebra delegó en el Comité de Londres, otra sala más para la distracción del asunto español y organismo encargado para velar en la no intervención, a pesar de que la Alemania nazi y la Italia de Mussolini no cejaban en su esfuerzo intenso en pro de la victoria de los rebeldes ya acaudillados por Franco.

 

5º.- El nuevo ejército de la República.

 

Al siguiente día del alzamiento militar, el Gobierno republicano tuvo que hacer frente a un ejército en descomposición y a la indisciplina general de las masas proletarias, que ya no obedecían a ningún Gobierno.

 

Los oficiales y jefes obedientes a la República eran sospechosos, mientras las masas asaltaban los cuarteles, se repartían algunos miles de fusiles, se quemaban los registros de movilización, incluso desaparecía el material de los establecimientos militares, mientras los proletarios y las columnas de voluntarios eran encuadrados en la UGT, CNT, FAI, que creían estar viviendo una coyuntura favorable para tomar posiciones cuando la rebelión fuera aniquilada y para liquidar todas las cuestiones políticas y sociales pendientes en España.

 

En este enorme caos y mientras los rebeldes ponían cerco a Madrid y seguían progresando sus fuerzas y conquistando más territorio desde Sevilla, en el Sur; Pamplona e Irún, al norte; el Gobierno, a las órdenes del socialista Largo Caballero, en noviembre de 1936, se marchaba en desbandada hasta Valencia, donde fijaban la capitalidad de la República, ante el temor de la próxima caída de Madrid.

 

Si en septiembre del 36 pudo llegar el primer cargamento de armas por el Atlántico para su empleo por los republicanos y que en los años 37 y 38 el ejército popular mejoró su organización, siempre careció de cuadros de mando y la misma aviación del enemigo era 6 a 7 veces superior, mientras en el mismo año 1938 al ejército republicano le faltaban 400.000 fusiles para sus soldados.

 

A pesar de todo el desbarajuste inicial, progresivamente, sobre todo a raíz de la toma de posesión del gobierno por parte del socialista Negrín, sus políticas y la organización del ejército hicieron posible que el avance rebelde tardara en lograr su objetivo treinta y dos meses después del alzamiento.

 

Fue un ejército popular de contención, que pocas veces pudo tomar la iniciativa y que mostró su bravura en batallas como el Jarama o en el Ebro, además de la derrota de las fuerzas italianas en Guadalajara, pero cobarde en el “cinturón de hierro”, que rodeaba Bilbao, pues los gudaris vascos se entregaron sin combatir, incluso dirigentes del PNV en el mismo gobierno republicano, hablaban de negociar ellos directamente con Franco.

 

Recompuesto ese nuevo ejército, en el que como comisarios de guerra intervenían militantes sindicalistas y del PCE, algunos de sus principales jefes como el Campesino, Modesto, Enrique Líster, Cipriano Mera, sin apenas formación militar y provenientes del campo o la albañilería, sostuvieron, con frágiles recursos, la guerra frente a un enemigo bien pertrechado y formado por profesionales de la milicia, aunque muy dependientes de los políticos y del destino que les era adverso.

 

6º.- El Estado republicano y la Revolución

 

Si Azaña se preguntaba que el día que el republicano, el socialista, el comunista, el burgués y el proletario, el catalán, el vasco y el castellano no pudieran dar una respuesta unánime a la pregunta: ¿por qué nos batimos?, la República estaría perdida.

 

Lo cierto y verdad es que durante los primeros días de guerra todos los intervinientes creían que para año nuevo todo estaría acabado, igual convicción por parte de los enemigos,  razón por la que cada uno tomaba posiciones para cuando la victoria se lograra, como tener mayores derechos y una mejor posición de fuerza. Por otra parte, para los agredidos, el alzamiento significaba un hecho venturoso, pues así podrían exterminar la inestable situación y los enfrentamientos larvados entre diferentes colectivos y partidos, sin percatarse que todos estaban abocados a una tragedia y a una sima insondable.

 

El Estado, a las pocas horas que el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, recibiera por parte del presidente de la República, don Manuel Azaña, el encargo de formar gobierno con todo el espectro de fuerzas políticas del Parlamento, viera abortado en pocas horas su esfuerzo, pues ni los conservadores ni los socialistas querían formar parte de ese gobierno nacional, la descomposición del organismo ministerial y estatal fue total. Proliferó el desbarajuste, la desorganización general y la toma del poder a conveniencia de cada organización sindical, política, regional o simplemente local, sin que el esfuerzo común y una sola dirección y gobierno, incapaces de tomar las riendas del Estado, pudieran hacerse oír y obedecer.

 

El Estado se encontraba impotente y en poder de una revolución desencadenada de manera frenética, de tendencias propias y particulares.

 

7º.- La Revolución abortada.

 

El gobierno republicano se hundió en septiembre del 36, agotado por los esfuerzos estériles de restablecer la unidad de dirección, descorazonado por la obra homicida –y suicida- que estaban cumpliendo, so capa de destruir al fascismo, los más desaforados enemigos de la República. El buen desempeño de su aplastante responsabilidad hubiera exigido por parte de todos la asistencia más leal.

 

Estas palabras de Azaña que anteceden,  serían suficientes para describir la catástrofe y la derrota de la República, pero merece la pena seguir conociendo las razones y hechos de un desastre fruto de la desunión y la traición, también del odio, destilado lentamente, durante años, en el corazón de los desposeídos y los separatistas, por intolerancia y fanatismo.

 

Casos como unos trenes de reclutas movilizados por el Gobierno y enviados a Barcelona para reconstruir las unidades de la guarnición, no pudieron pasar la raya de Cataluña, porque las autoridades locales les impidieron seguir el viaje.

 

O la recomendación de los líderes sindicales a los milicianos: “si encontráis una vaca o una ternera, la matáis y os la repartís, ya la pagará el Gobierno”. También la de otro dirigente político que se quejaba de que los milicianos no dispusieran de agua mineral, mientras la holganza, los desfiles y el derroche de la gasolina del Estado era una forma permanente de ostentación y bravuconería. La de acudir al frente en tranvía y regresar horas después para pavonearse en los cafés, con la nueva indumentaria de los monos de trabajo azul, el fusil en bandolera y los correajes,  en lugar de luchar en las trincheras.

 

La frivolidad general y heroísmo en los frentes, la petulancia y la sombría venganza, día y noche siguió con su escabroso exterminio, mientras en el territorio ocupado por los nacionalistas, fusilaban a los francmasones, a los profesores de universidad y a los maestros de escuela tildados de izquierdismo, a una docena de generales que no quisieron cambiar de bando, o a gobernadores y políticos socialistas y republicanos, mientras que en las zonas dependientes de la República, los frailes, los curas, los patronos, los militares sospechosos de fascismo y políticos de significación derechista, en cunetas, a los pies del Palacio Real en la plaza de Oriente y en los jardines del Moro, eran arrojados con una bala en la sien o por la espalda del mismo modo que en las cunetas de los caminos.

 

Si desde el comienzo de la guerra al Gobierno le fue imposible proveerse de armamento desde el exterior, la producción en el interior decrecía, el precio que había que pagar por el transporte de las mercancías se había disparado y tenía que enfrentarse a un reino de taifas donde no solo en Cataluña o el País Vasco sus gobiernos hacían lo que ellos entendían más ventajoso, sin objetivo común, cuando el enemigo contaba con una cabeza directora y un clara meta, se añadía en esos tres o cuatro pedazos de la República, el mando a menudo dispuesto por las organizaciones sindicales frente a esos mismos políticos.

 

Las iniciativas locales abundaban y a cual más desastrosa, como la del intento de invasión de las Baleares, que ni siquiera pidieron autorización al gobierno de Madrid, ya que desde la Generalidad se proponían construir la gran Cataluña. En esta expedición de locos frente a Mallorca, se perdieron quinientos soldados, toda la artillería y las ametralladoras fueron arrojadas al mar.

 

En Bilbao, capital de la Euzkadi que acababa de recibir el estatuto, se propusieron llevar sus fuerzas para invadir Navarra y ampliar su expansión hasta Miranda del Ebro, cuando ni siquiera fueron capaces de defender el tan cacareado “cinturón de hierro”, ni  la misma ciudad de Bilbao casa a casa como lo hacían los madrileños, entregándose a las fuerzas de Franco, incluso cambiando de bando o negociando los líderes del PNV, con el Vaticano para que a ellos no les ocurriera nada, mientras contaban en el gobierno con ministros y en tierras de Vizcaya con el mando militar y la dirección de la guerra, por voluntad propia.

 

Todos estos hechos, de orden económico u otro, menguaban la capacidad de resistencia de la República, no obedecían a un pensamiento común y no se amoldaban a un plan, salvo el de incautaciones, colectivizaciones o el desvalijamiento de los bancos y cajas fuertes.

 

Solo Negrín, ya en 1937 y con el gobierno en Barcelona, cuando la reorganización del Estado pudo alcanzar un único sentido, sobre todo tras desmantelar los mandos militares en Cataluña bajo las órdenes de la Generalidad y en Aragón bajo la dirección de los dirigentes de la CNT, a pesar de que las cartas estaban echadas y el reloj desgranaba las angustiosas y sangrantes horas de un final próximo.

 

8º.- Cataluña en la guerra.

 

Cataluña, desde tiempo inmemorial, siempre ha sido de importancia capital. Si en tiempo de la monarquía las cuestiones políticas y económicas de Cataluña estaban en primer plano, el hecho de la guerra y que esta región no se viera amenazada directamente y que el 20 de julio de 1936 se impusieran a los rebeldes en Barcelona, como en el resto del territorio catalán; la relevancia del puerto, el más importante del Mediterráneo para España y la única frontera terrestre con Europa, pues Irún pronto cayó en manos rebeldes, además de la importante irradiación de Barcelona en el aprecio exterior e interior, contribuían a hacer de Cataluña un objetivo de primer orden, si a esto le añadimos el peso y relevancia de su industria ahora militarizada, queda bien claro que Cataluña y Madrid eran los principales polos de atracción del enemigo.

 

Sin embargo, desde la pérdida de Cuba, en 1898, el nacionalismo catalán y el sindicalismo anarquista y revolucionario ocupaban las manchettes de los periódicos, ya que si el nacionalismo provenía del sentimiento particularista de los catalanes, por su renacimiento literario e idioma, el sindicalismo revolucionario de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) arraigado en Cataluña y con sede en Barcelona, sin embargo pretendía agrupar a todo el proletario ibérico bajo sus siglas y, por tanto, sus afiliados podían estar en cualquier rincón de España, especialmente en el campo y en las regiones más deprimidas, objeto del desprecio que les manifestaban los catalanes, que incluso algunos hablaban de raza, y de ser distintos, cuando no contrarios de los demás españoles.

 

Producido el alzamiento en julio del 36, nacionalismo y sindicalismo, de manera confusa, se estragaron en dominar todos los resortes del poder, ya fuera local o del Estado, aprestándose a recoger una gran cosecha, incluso a formar un imperio, de ahí las expediciones hasta las cercanías de Zaragoza, el intento de invadir Mallorca y de crear la “gran Cataluña”.

 

El gobierno de la Generalidad se incautaron de cualquier organismo, como también le iban a la zaga la CNT y la FAI con la Telefónica.  Creaban un ministerio de la guerra, se incautaban del Banco de España, creaban una moneda catalana, completamente ilegítima y con el privilegio de emisión sólo reservado al banco de España en Madrid. Se apoderaban de la policía de fronteras, las aduanas, los ferrocarriles y otros servicios que eran arrebatados al Gobierno de la República. La universidad de Barcelona se convertía en la Universidad de Cataluña, el teatro del Liceo propiedad de una empresa, era llamado Teatro nacional de Cataluña, donde se representaban zarzuelas madrileñas, óperas francesas e italianas. Los periódicos hablaban de la creación del ejército catalán, que al principio dirigió un militar profesional  y que después tomaría a su cargo un obrero tonelero.

 

La Consejería de Defensa catalana fue un semillero de funcionarios, de nóminas, de enchufes y de salarios, que tenía que atender la República económicamente, y otro lastre más con sus fracasadas operaciones militares en Huesca, Zaragoza, todo el frente de Aragón, desde los Pirineos a Teruel en absoluta inacción, como el descalabro de Mallorca.

 

En los tiempos de mayor desbarajuste, subyugado el gobierno catalán por la CNT, pactó con los sindicatos un decreto de militarización, concediendo en cambio que ciertas industrias serían oficialmente colectivizadas, si ya no había suficientes incautaciones y escasa laboriosidad.

 

El Gobierno catalán vino a ser el socio capitalista del tejido empresarial, organizando la producción y teniendo como único cliente al Estado y exhausta su tesorería, se volvían al Gobierno de la República para obtener su auxilio, con regateos, discusiones y liquidación de suministros de guerra y de gastos que dejaban siempre descontentos a ambas partes.

 

El único cliente de esa nueva industria remodelada y militarizada era el Estado, con la intermediación de la Generalidad, que cobraba su peaje y que, con frecuencia, impedía el diálogo directo entre el comprador y el vendedor, razón por la que en septiembre de 1938 toda esa industria se sometía al Ministerio de la Guerra de la República, por lo que los representantes de los partidos catalanes y, los vascos, haciendo causa común, dimitían, después de los estragos hechos en tan deficiente actuación , alcanzando gravísima violencia y gravedad, aunque las consecuencias de este conflicto no salieron a la luz pública, pues sobrevino el desastre militar y todo quedó sepultado bajo los escombros.

 

9º.- La insurrección libertaria y el “Eje” Barcelona-Bilbao.

 

Hay quien dice que cada cincuenta años Barcelona debiera ser bombardeada para hacerla entrar en razones, muestra de que más que ninguna otra capital española, ha sufrido directamente los embates políticos de la Nación. Ya en el siglo XVII contra los Habsburgo reinando en Madrid, aliándose con los catalanes Luis XIII de Francia. Más tarde, los catalanes se unirán con la Casa de Austria y en contra del primer Borbón, quien les privará de gobierno propio que hasta entonces disfrutaban.

 

Quiero esto decir que Cataluña, con monarquía o con república, ha sido objeto de discordias y perturbaciones, ya se cometan por el  gobierno central , ya sean los catalanes con su insolidaridad quienes muestren que no saben o no quieren ponerse de acuerdo para levantar por asenso común un Estado donde se pueda convivir sin guerras civiles y sin “soluciones de fuerza”.

 

Que el Estado liberal, durante doscientos años, ni por prestigio ni por la escasa creación de escuelas, ha sabido imponerse a las diferencias locales, donde el mismo clero y unas élites burguesas imponían sus doctrinas, es una realidad más acusada en Cataluña y en tierras vascas.

 

En ambas regiones, la fidelidad a la Iglesia romana, la conservación de la lengua autóctona y la ruidosa adhesión del mismo monasterio benedictino de Montserrat, como de algún que otro obispo de Barcelona, con ínsulas separatistas, fueron los más fieros conservadores de la tradición, la lengua y su oposición al liberalismo, imperante en el resto de España.

 

Cierto es que la República no inventó el problema de Cataluña, al que el filósofo Ortega y Gasset consideraba que había que conllevarlo, y que estaba pujante y enconado tras la política dictatorial de Primo de Rivera, sin embargo, por medio de la autonomía defendida e impulsada por Azaña, buscó encontrar un punto de acuerdo, con el fin de la sagrada unidad de España y la preeminencia del Estado, lo que votó la República y permitió su inmediata puesta en marcha con la aquiescencia de catalanes y castellanos.

 

Constituido ese nuevo régimen con la autonomía de Cataluña, la lealtad absoluta entre Madrid y Barcelona y el respeto a las leyes era la clave de bóveda, que hizo crisis en mayo del 37, cuando durante cuatro días una insurrección de sindicales y libertarios tuvieron presa Barcelona bajo su fuego, sin que el gobierno catalán fuera capaz de deponer a los insurrectos, quienes también entendían que era una cuestión a dilucidar entre catalanes, para lo que no se informó al gobierno de la República.

 

Si la agresión continua por parte del gobierno de la Generalidad había sido la nota predominante en las relaciones con el gobierno de Valencia, tomando posesión de todos los resortes del estado republicano, como ya más arriba se ha señalado en el caso del Banco de España, los ferrocarriles, la industria, la milicia y las aduanas, entre lo más sonado, además de apropiarse de caudales privados, alegando necesidades de la guerra o de la “revolución”, con la pérdida de Bilbao en 1937, ciertos personajes del Gobierno autónomo de Bilbao, pasaron por Barcelona e hicieron causa común con los políticos catalanistas y proclamaron el “eje Barcelona-Bilbao”, no sin cierta sorna de las personas con dos dedos de frente.

 

Ese “eje Barcelona-Bilbao” consistía en un frente común contra la política invasora del Gobierno de la República, obligado a tomar las riendas en el desbarajuste catalán, el mismo que había existido en Vasconia y cuyo fracaso era bien notorio.

 

A pesar de que el peso político de los vascos en España siempre fue escaso, el clero nacionalista es muy influyente, acérrimo, con una fuerte creencia religiosa en esas provincias, con una lengua en disolución y sin monumentos literarios, obligado en cuanto sale de sus montañas en conocer otro idioma para comunicarse con los demás. Con unos antecedentes de guerras carlistas y con el antiguo lema de Dios, Patria y Rey modificado, donde prevalece el primero y se estrecha el segundo, mientras desaparece el tercero.

 

Salvo que la situación social era mucho menos revuelta en el país vasco que en Cataluña, la posición de aquel Gobierno respecto de la República se parecía mucho a la del Gobierno catalán, y en las relaciones con el exterior, la acentuó.

 

Ni siquiera los desastres de la guerra, nos seguirá contando Azaña, ayudaron a mejorar la colaboración militar entre el país vasco y las demás provincias de aquella zona. Caído Bilbao, ocupada Vizcaya, la tropa nacionalista vasca se desmoronó. Unos cuantos batallones vascos se pasaron al enemigo, mientras algunos políticos vascos discurrían todavía en llevar a cabo una ofensiva contra Navarra, pues según ellos, ya derrotados y hundidos, sus gudaris se enardecerían si castigaban una Navarra desleal a la causa vasca. (sic)

 

10º.- La moral de la retaguardia y las probabilidades de paz.

 

En la retaguardia, por lo general, sobre todo al inicio, la población estaba convencida de la victoria y soportó los bombardeos, como después la escasez de pan y de alimentos, con estoicismo, sobre todo en los lugares más alejados del frente de la guerra.

 

Ya en septiembre del 36, sobre todo tras la No Intervención de Francia y Gran Bretaña, Azaña tiene claro la pérdida de la guerra y conforme los días pasan, más son sus esfuerzos en intentar convencer a su entorno que hay que llevar a cabo todo tipo de ejercicios e intervenciones para conseguir el silencio de las armas, lo que él cree que traería la paz.

 

Cierto es que conforme avanzan los nacionales, consiguen sonoras victorias o recuperan más territorio, como con la caída de Málaga y el Frente del Norte, menos cartas le quedan a la República para esa paz.

 

También es cierto que en la retaguardia todo se ha encarecido, que hay escasez y que abundan quienes intentan sacar provecho en su único beneficio, como el estraperlo,  aunque en Cataluña y la misma Valencia la vida parece fluir como si nada pasara, salvo ese progresivo encarecimiento de los alimentos, y la férrea disputa por acaparrar  determinados víveres.

 

Por parte de los dirigentes políticos y sindicales cualquier movimiento para negociar la paz está mal visto, pues siguen convencidos, a pesar de los continuos reveses, de que la guerra se puede ganar, aunque los alistamientos cada vez se hacen con menos ganas y la incorporación a filas es motivo de bastante deserciones.

 

También es notorio que la inferioridad de la República, el mal uso que se hace de los escasos recursos y el desperdicio de energías causado por la discordia y la insubordinación, fomentado por las organizaciones políticas, los sindicatos y especialmente los gobiernos vascos y catalanes, asombra que la guerra se haya prolongado tanto, con ese enorme sacrificio y abnegación de una gran masa, clase media y obrera, que todo lo habían sacrificado, su bienestar, la tranquilidad, la alegría, muchos la vida, mientras unos sacripantes llevaban a cabo, por diversos estilos, un sabotaje siniestro, pone más de relieve la humilde virtud de los que cumplieron con su deber y terminaron viendo cómo se derrumbaba la República, mientras ellos tiempo antes se encontraban a salvo en Perpiñán, en París o en América.

 

La no caída de Madrid, con ese exitoso eslogan de No Pasarán sirvió para ese espíritu espartano de la población, que no hacía menguar la confianza en la victoria, a pesar de las continuas pérdidas de territorio, el hambre en Madrid por el bloqueo, cuando en Cataluña y Valencia donde al principio no faltaba de nada, ya se empezaba a carecer de cosas necesarias  y peregrinar en busca de alimentos vino a ser una de las principales ocupaciones de la familia. Hubo quien con la caída de Bilbao veía resuelto el problema que siempre ponía sobre la mesa el separatismo vasco y su profunda devoción católica y sentía menos su pérdida que la de Málaga.

 

La paz negociada era cuanto deseaba Azaña, no así Negrín que esperaba la sorda conflagración mundial que pronto iba a desatarse y que, entendía erróneamente, que podría ayudar a su bando para reconquistar el terreno perdido, mientras que Azaña sabía que eso además nos pondría  en el foco de una mayor desatención.

 

Según el E.M (Estado Mayor ) en la retaguardia son los actos de sabotaje, el espionaje, la deslealtad de algunos funcionarios, la escasez de víveres, la carestía del pan, el precio de los artículos, la desorganización del trabajo y la ausencia de mando único por las disposiciones de los “napoleonchus” vascos y los líderes catalanes y sindicales, además de un comisariado cada vez más próximo al partido comunista, si a esto le añadimos el cierre de la frontera francesa, el E.M.C. y el general Rojo en particular, mucho tuvieron que gestionar para que el derrumbe de los frentes tardara tanto en alcanzar la debacle que alcanzó a partir de febrero de 1939, por lo que procurar la paz era la única razón última en la suerte de la República y de España.

 

Sublevado Madrid por el general Casado, mientras Besteiro y sus escasas fuerzas, trataban de salvar a la población de los últimos latigazos y venganzas de la guerra, luchando entre sí la misma milicia republicana por las calles del centro de la capital de España contra los comisarios y organizaciones comunistas, mientras por Barcelona un 26 de enero de 1939, las vanguardias del cuerpo de ejército navarro y  marroquí, alcanzaban el Tibidabo de  la ciudad condal, y los generales Solchaga y Yagüe eran aclamados en su paseo por la plaza de Cataluña, las Ramblas y la plaza san Jaime, el éxodo hacia Francia era ya una realidad, mientras más de 500.000 españoles cruzaban la frontera con Francia hasta el día 10 de febrero.

 

Todos recibían con alivio el fin de la guerra, que pronto pondría su nota final con la toma de Madrid.

 

CONCLUSIÓN

 

A un lector del siglo XXI, que se haya tomado la molestia de leer estas hojas, extraídas de la majestuosa obra de Azaña, a quien tanto admiro por su grandeza literaria como por la gran voluntad que puso en hacer una España mejor, aunque sin ser capaz de contrapesar todo aquello que pudiera abocarnos al cataclismo que él y nuestros antepasados sufrieron en una guerra civil y en casi cuarenta años de lenta apertura hacia la luz de la democracia que, curiosamente, volvimos a disfrutar con la misma Monarquía, con el mismo linaje que él destronó, yo busco que el triste duelo de este grandioso alcalaíno, que con su misma derrota cual Quijote, quiso legarnos la enseñanza de un fracaso y de una disputa que nunca más debiera acontecer entre españoles.

 

¿Y qué se puede hacer para que la historia no se repita? Cierto es que si hoy, 18 de julio de 2024, cuando este trabajo doy por terminado y que en la era de Franco fue motivo de fiesta y de una paga extra, el tema de Cataluña está más presente.  El separatismo ha vuelto a fortalecer aquellos denostados lazos del “eje Bilbao-Barcelona”. En el solio del gobierno se sienta un socialista que ha hecho de su ministerio el mayor ejercicio de mentira, incluso de corruptelas, con su esposa sentada en el banco de los acusados por fechorías comerciales, refrendadas por el mismo partido socialista que lo sostiene, el PSOE que fundara Pablo Iglesias,  poniendo a sus pies órganos de la Justicia, amnistiando golpistas catalanistas, siendo derrotado en las elecciones y soportado gracias al voto de populistas, separatistas y asesinos de ETA ahora confundidos en el oscuro partido bizcaitarra Bildu. Con una “guardia pretoriana” ministerial y una bancada de diputados socialistas sin pudor para tanta ausencia de valores, con dirigentes socialistas exitosos como González y Guerra, opuestos a tales políticas y prácticas gubernamentales, que como último hito se pretende amordazar a la prensa y tener como rehén aquellos periódicos a los que piensa dopar con 100 millones de euros para comprar su silencio y que todo sea alabanza comprada. El porvenir no deja de ser oscuro, a lo que se suma una inmigración descontrolada, un presupuesto económico que no se aprueba, unas elecciones en Cataluña en stand by y un prófugo catalanista que desde su exilio en Waterloo, para no dar cuentas a la justicia española de sus manejos económicos, sus contactos con Putin y quien con sus 7 votos tiene la llave de la existencia del gobierno socialista de Sánchez como del gobierno en la comunidad autónoma de Cataluña, los recuerdos sobre los días previos a la guerra civil del 36, vuelven a estar presentes.

 

Ayer eran Hitler y Mussolini quienes frenaban a las democracias, hoy se trata de Putin en Rusia y Xi Jinping en China quienes causan miedo y pueden llevarnos a una guerra planetaria, mientras en España Cataluña y Euskadi con su odio hacia España, siguen lastrando la unión y la prosperidad igual para todos los españoles.

 

Ortega y Gasset nunca creyó en ese consenso y armonía entre castellanos y catalanes, quizás ha llegado la hora de que desde Madrid se busquen nuevos horizontes, como puede ser el Norte de Africa, Portugal y América, donde poner a trabajar todas nuestras energías y presencia, fortalecer el puerto de Valencia y Algeciras, invertir más en la frontera con Francia por Aragón y contrarrestar el peso de Cataluña y País Vasco, invirtiendo más en el resto de España para que la calidad de vida y la riqueza ya no sea tan preeminente entre catalanes y vascos.

 

Si catalanes y vascos no desvían nuestra atención ni nuestras energías, España puede evitar una nueva perturbación, un nuevo fracaso social y un nuevo enfrentamiento civil, cuando delante de nosotros se encuentran oportunidades de desarrollo, creatividad, solidaridad  y respeto en el Magreb, en Portugal y en nuestras tierras hermanas de Hispanoamérica, como en toda la cuenca del Mediterráneo, donde debemos de volver a ser junto a Italia, un actor primordial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

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