domingo, 11 de agosto de 2024

LLANTO POR UN AMIGO QUE SE FUE

 



                    LLANTO POR UN AMIGO QUE SE FUE

 

Sólo podía ser en un hispano, en lengua castellana y de Granada, donde tantos amigos y familias vieron sus adarves marchar: judíos, moriscos, campesinos, cortijeros o simples menestrales, que un poeta como Federico diera su adiós más amargo y sentido al amigo, en una elegía que pocos, por no decir que nadie, ha sido capaz de superar.

 

En una tarde de toros, a las cinco de la tarde, de un agosto de fuego y en el pueblo de Manzanares, de sarmientos y secarral, por donde también deambulara el Quijote y su escudero Sancho Panza, antes que ellos y por donde cualquier andaluz se ha visto siempre obligado a pasar antes de alcanzar el Despeñaperros desde y para Madrid, el amado rompeolas de las Españas,  García Lorca alza su plegaria por el amigo cuya sangre, un once de agosto de 1934, un toro de nombre Granadino, hiriera de muerte al prócer y al torero, al amigo y al amante, al del corazón partío entre dos mujeres.

 

Ese destino tan trágico y fatal, al que ningún conjuro de las gitanas del Sacromonte pudo librar al poeta, tampoco lo haría con el amigo.  El de ambos estaba escrito,  en las estrellas sobre Aynadamar o por el estruendo continuo de los correosos élitros de las Chicharras en la Mancha, la tierra de aquel hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y de su amada Dulcinea

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

Federico García Lorca

A mi querida amiga
Encarnación López Júlvez

1

La cogida y la muerte

   A las cinco de la tarde.

 

Eran las cinco en punto de la tarde.

 

Un niño trajo la blanca sábana

 

a las cinco de la tarde.

 

Una espuerta de cal ya prevenida

 

a las cinco de la tarde.

 

Lo demás era muerte y sólo muerte

 

a las cinco de la tarde.

 

   El viento se llevó los algodones

 

a las cinco de la tarde.

 

Y el óxido sembró cristal y níquel

 

a las cinco de la tarde.

 

Ya luchan la paloma y el leopardo

 

a las cinco de la tarde.

 

Y un muslo con un asta desolada

 

a las cinco de la tarde.

 

Comenzaron los sones del bordón

 

a las cinco de la tarde.

 

Las campanas de arsénico y el humo

 

a las cinco de la tarde.

 

En las esquinas grupos de silencio

 

a las cinco de la tarde.

 

¡Y el toro solo corazón arriba!

 

a las cinco de la tarde.

 

Cuando el sudor de nieve fue llegando

 

a las cinco de la tarde,

 

cuando la plaza se cubrió de yodo

 

a las cinco de la tarde,

 

la muerte puso huevos en la herida

 

a las cinco de la tarde.

 

A las cinco de la tarde.

 

A las cinco en punto de la tarde.

 

   Un ataúd con ruedas es la cama

 

a las cinco de la tarde.

 

Huesos y flautas suenan en su oído

 

a las cinco de la tarde.

 

El toro ya mugía por su frente

 

a las cinco de la tarde.

 

El cuarto se irisaba de agonía

 

a las cinco de la tarde.

 

A lo lejos ya viene la gangrena

 

a las cinco de la tarde.

 

Trompa de lirio por las verdes ingles

 

a las cinco de la tarde.

 

Las heridas quemaban como soles

 

a las cinco de la tarde,

 

y el gentío rompía las ventanas

 

a las cinco de la tarde.

 

A las cinco de la tarde.

 

¡Ay qué terribles cinco de la tarde!

 

¡Eran las cinco en todos los relojes!

 

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

 



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2

La sangre derramada

   ¡Que no quiero verla!

 

   Dile a la luna que venga,

 

que no quiero ver la sangre

 

de Ignacio sobre la arena.

 

   ¡Que no quiero verla!

 

   La luna de par en par.

 

Caballo de nubes quietas,

 

y la plaza gris del sueño

 

con sauces en las barreras.

 

   ¡Que no quiero verla!

 

Que mi recuerdo se quema.

 

¡Avisad a los jazmines

 

con su blancura pequeña!

 

   ¡Que no quiero verla!

 

   La vaca del viejo mundo

 

pasaba su triste lengua

 

sobre un hocico de sangres

 

derramadas en la arena,

 

y los toros de Guisando,

 

casi muerte y casi piedra,

 

mugieron como dos siglos

 

hartos de pisar la tierra.

 

No.

 

¡Que no quiero verla!

 

   Por las gradas sube Ignacio

 

con toda su muerte a cuestas.

 

Buscaba el amanecer,

 

y el amanecer no era.

 

Busca su perfil seguro,

 

y el sueño lo desorienta.

 

Buscaba su hermoso cuerpo

 

y encontró su sangre abierta.

 

¡No me digáis que la vea!

 

No quiero sentir el chorro

 

cada vez con menos fuerza;

 

ese chorro que ilumina

 

los tendidos y se vuelca

 

sobre la pana y el cuero

 

de muchedumbre sedienta.

 

¡Quién me grita que me asome!

 

¡No me digáis que la vea!

 

   No se cerraron sus ojos

 

cuando vio los cuernos cerca,

 

pero las madres terribles

 

levantaron la cabeza.

 

Y a través de las ganaderías,

 

hubo un aire de voces secretas

 

que gritaban a toros celestes,

 

mayorales de pálida niebla.

 

No hubo príncipe en Sevilla

 

que comparársele pueda,

 

ni espada como su espada

 

ni corazón tan de veras.

 

Como un río de leones

 

su maravillosa fuerza,

 

y como un torso de mármol

 

su dibujada prudencia.

 

Aire de Roma andaluza

 

le doraba la cabeza

 

donde su risa era un nardo

 

de sal y de inteligencia.

 

¡Qué gran torero en la plaza!

 

¡Qué gran serrano en la sierra!

 

¡Qué blando con las espigas!

 

¡Qué duro con las espuelas!

 

¡Qué tierno con el rocío!

 

¡Qué deslumbrante en la feria!

 

¡Qué tremendo con las últimas

 

banderillas de tiniebla!

 

   Pero ya duerme sin fin.

 

Ya los musgos y la hierba

 

abren con dedos seguros

 

la flor de su calavera.

 

Y su sangre ya viene cantando:

 

cantando por marismas y praderas,

 

resbalando por cuernos ateridos,

 

vacilando sin alma por la niebla,

 

tropezando con miles de pezuñas

 

como una larga, oscura, triste lengua,

 

para formar un charco de agonía

 

junto al Guadalquivir de las estrellas.

 

¡Oh blanco muro de España!

 

¡Oh negro toro de pena!

 

¡Oh sangre dura de Ignacio!

 

¡Oh ruiseñor de sus venas!

 

No.

 

¡Que no quiero verla!

 

Que no hay cáliz que la contenga,

 

que no hay golondrinas que se la beban,

 

no hay escarcha de luz que la enfríe,

 

no hay canto ni diluvio de azucenas,

 

no hay cristal que la cubra de plata.

 

No.

 

¡¡Yo no quiero verla!!

 



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3

Cuerpo presente

 

   La piedra es una frente donde los sueños gimen

 

sin tener agua curva ni cipreses helados.

 

La piedra es una espalda para llevar al tiempo

 

con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

 

   Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas

 

levantando sus tiernos brazos acribillados,

 

para no ser cazadas por la piedra tendida

 

que desata sus miembros sin empapar la sangre.

 

   Porque la piedra coge simientes y nublados,

 

esqueletos de alondras y lobos de penumbra;

 

pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,

 

sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.

 

   Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.

 

Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:

 

la muerte le ha cubierto de pálidos azufres

 

y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

 

   Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.

 

El aire como loco deja su pecho hundido,

 

y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,

 

se calienta en la cumbre de las ganaderías.

 

   ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.

 

Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,

 

con una forma clara que tuvo ruiseñores

 

y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

 

   ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!

 

Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,

 

ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:

 

aquí no quiero más que los ojos redondos

 

para ver ese cuerpo sin posible descanso.

 

   Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.

 

Los que doman caballos y dominan los ríos:

 

los hombres que les suena el esqueleto y cantan

 

con una boca llena de sol y pedernales.

 

   Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.

 

Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.

 

Yo quiero que me enseñen dónde está la salida

 

para este capitán atado por la muerte.

 

   Yo quiero que me enseñen un llanto como un río

 

que tenga dulces nieblas y profundas orillas,

 

para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda

 

sin escuchar el doble resuello de los toros.

 

   Que se pierda en la plaza redonda de la luna

 

que finge cuando niña doliente res inmóvil;

 

que se pierda en la noche sin canto de los peces

 

y en la maleza blanca del humo congelado.

 

   No quiero que le tapen la cara con pañuelos

 

para que se acostumbre con la muerte que lleva.

 

Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.

 

Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

 



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4

Alma ausente

   No te conoce el toro ni la higuera,

 

ni caballos ni hormigas de tu casa.

 

No te conoce el niño ni la tarde

 

porque te has muerto para siempre.

 

   No te conoce el lomo de la piedra,

 

ni el raso negro donde te destrozas.

 

No te conoce tu recuerdo mudo

 

porque te has muerto para siempre.

 

   El otoño vendrá con caracolas,

 

uva de niebla y montes agrupados,

 

pero nadie querrá mirar tus ojos

 

porque te has muerto para siempre.

 

   Porque te has muerto para siempre,

 

como todos los muertos de la Tierra,

 

como todos los muertos que se olvidan

 

en un montón de perros apagados.

 

   No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.

 

Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.

 

La madurez insigne de tu conocimiento.

 

Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.

 

La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

 

   Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,

 

un andaluz tan claro, tan rico de aventura.

 

Yo canto su elegancia con palabras que gimen

 

y recuerdo una brisa triste por los olivos.

 



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